Aprender a estar sós sem nos sentirmos sós

No artigo de Osíris Lópes Valdéz, o silêncio deixa de ser solidão e se torna o reencontro conosco mesmos

Osiris Lópes Valdéz
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Querido e gentil leitor:

Às vezes confundimos estar sozinhos com nos sentirmos sozinhos. Talvez porque tenhamos aprendido a medir nossa companhia pela quantidade de pessoas que temos ao nosso redor, pelas mensagens que chegam ao telefone, pelas conversas que mantemos ou pela presença de alguém do outro lado da cama. E, no entanto, existe uma solidão que dói e outra que pode nos ensinar a viver de uma maneira completamente diferente.

Estar sozinhos nem sempre significa que nos falte alguém. Às vezes significa que, por um momento, deixamos de buscar fora aquilo que precisamos aprender a encontrar dentro de nós mesmos.

Reconheço que nem sempre é fácil. Quando desaparece o ruído dos outros, também surgem nossos próprios pensamentos. E nem sempre queremos ouvi-los. Há silêncios que nos incomodam porque nos obrigam a fazer perguntas que conseguimos evitar enquanto estávamos ocupados ou acompanhados.

Mas talvez seja aí que começa uma das formas mais profundas de nos conhecermos.

Quando aprendemos a estar sozinhos, começamos a descobrir do que realmente gostamos quando ninguém está dando opiniões. O que queremos quando não precisamos atender às expectativas de outra pessoa. Quais coisas fazemos por desejo e quais fazemos simplesmente por medo de decepcionar, de ficar para trás ou de nos sentirmos diferentes.

A solidão também pode nos ensinar a desfrutar da nossa própria companhia. Sair para caminhar sem precisar de uma conversa. Sentar em um café e observar o mundo. Ler um livro durante horas. Ouvir música. Viajar. Cozinhar para nós mesmos. Pensar. Escrever. Até mesmo passar uma tarde sem fazer absolutamente nada e descobrir que o silêncio também pode ser uma forma de descanso.

Há uma liberdade especial em não precisar que alguém esteja permanentemente ao nosso lado para sentir que nossa vida tem sentido.

Isso não significa que deixemos de precisar dos outros. Eu não acredito em uma vida completamente isolada. Acredito na companhia escolhida.

Com o tempo, também compreendi que existe uma enorme diferença entre escolher a solidão e nos sentirmos abandonados por ela. Uma pode se transformar em refúgio; a outra pode se transformar em uma ferida. Por isso, não se trata de romantizar a ausência nem de dizer que não precisamos de ninguém. Trata-se de aprender a reconhecer quando buscamos companhia porque queremos compartilhar nossa vida e quando a buscamos apenas porque temos medo de ficar a sós conosco mesmos.

E então surge uma pergunta que talvez todos devêssemos nos fazer alguma vez: sabemos realmente quem somos quando não há ninguém nos observando?

Talvez essa seja uma das perguntas mais difíceis e, ao mesmo tempo, mais necessárias.

Porque, quando deixamos de ter medo da nossa própria companhia, algo muda. Já não aceitamos qualquer presença simplesmente para evitar o vazio. Já não confundimos estar acompanhados com ser amados. Já não sentimos que devemos permanecer em lugares que nos fazem mal apenas porque temos medo de partir.

Estar sozinhos conosco mesmos é uma oportunidade de nos ouvirmos sem interrupções e de descobrir que dentro de nós existe uma pessoa que talvez tivéssemos passado tempo demais sem ir visitar.

E talvez, querido leitor, aprender a estar sozinhos não seja aprender a viver sem os outros. Seja aprender a viver conosco mesmos o suficiente para que a presença dos outros seja uma escolha, e não uma necessidade.

Porque, quando conseguimos desfrutar da nossa própria companhia, deixamos de ter medo do silêncio.

E então compreendemos algo belo: estar sozinhos nem sempre significa estar sem companhia. Às vezes é, simplesmente, ter aprendido a fazer companhia a nós mesmos.

Osiris Lópes Valdéz

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El ruido del mundo y el silencio de lo bueno

Osiris Valdés López

‘El ruido del mundo y el silencio de lo bueno’

Osiris Valdés López
Osiris Valdés López
Imagem criada pelo ChatGPT
Imagem criada pelo ChatGPT

I. La paradoja de la humanidad

Hay algo profundamente absurdo en la historia de la humanidad.

Hemos aprendido a descifrar el universo, a caminar sobre la Luna, a crear máquinas capaces de almacenar el conocimiento de siglos enteros en la palma de una mano. Sin embargo, todavía no hemos aprendido a convivir plenamente entre nosotros.

Seguimos construyendo armas con la misma pasión con la que podríamos construir esperanza. Seguimos perfeccionando la destrucción mientras millones de personas intentan sobrevivir a ella.

II. La lógica invisible de la guerra

Quizás por eso pienso que la guerra le teme a los abrazos. Porque un abrazo derrumba en segundos los muros que el odio tarda años en levantar.

La guerra necesita distancia. Necesita que olvidemos el rostro del otro. Necesita convertir personas en enemigos, nombres en estadísticas y vidas en daños colaterales. Necesita, sobre todo, que dejemos de reconocernos.

Por eso se disfraza. Se viste de uniformes, banderas, discursos y consignas. Se presenta como heroísmo, como justicia o como destino inevitable. Pero detrás de cada guerra siempre aparece la misma verdad incómoda: la incapacidad humana de sostener el dolor ajeno.

III. Poder, promesas y decepción

En teoría, los presidentes son considerados los “padres de la nación”. Y si esa metáfora fuera real, su responsabilidad sería tan simple como inmensa: proteger, cuidar, guiar.

Pero la realidad insiste en desviarse de esa idea.

En cada ciclo electoral se repiten las promesas, los discursos de esperanza, las palabras que hablan de futuro. Y, sin embargo, con demasiada frecuencia, esas promesas se diluyen con el tiempo, dejando tras de sí una estela de distancia, decepción y desconfianza.

No se trata solo de política. Se trata de una pregunta más profunda: ¿qué ocurre cuando la palabra pierde su valor?

IV. La fragilidad de la existencia

Vivimos como si el tiempo fuera infinito. Pero no lo es. Ninguno de nosotros está aquí para siempre.

Y aun así, seguimos atrapados en dinámicas de conflicto, competencia y destrucción que parecen olvidar lo esencial: la vida humana es breve, frágil e irrepetible.

¿Qué sentido tiene construir un mundo lleno de violencia, engaños y guerras si el final es exactamente el mismo para todos?

Tal vez el problema no sea únicamente político, sino profundamente humano. Tal vez hemos olvidado que vivir no debería ser solo sobrevivir dentro de sistemas de confrontación, sino intentar construir algo que merezca ser habitado.

V. Cultura, violencia y normalización

Incluso la cultura con la que crecen las nuevas generaciones refleja esa tensión. Muchos de los videojuegos más populares giran en torno a la guerra, las armas y la competencia violenta, mientras millones de niños los juegan con naturalidad. No como juicio moral, sino como síntoma: la violencia ha dejado de ser excepción para convertirse en entretenimiento cotidiano.

Y entonces surge una pregunta inevitable:

Si somos capaces de imaginar tantos mundos virtuales, ¿por qué nos cuesta tanto imaginar un mundo real donde vivir no implique destruirnos unos a otros?

VI. El origen del conflicto

La guerra nunca comienza cuando se dispara un arma. Comienza mucho antes.

Comienza cuando dejamos de escuchar. Cuando creemos que nuestra verdad justifica la anulación del otro. Cuando la indiferencia se vuelve costumbre. Cuando el sufrimiento ajeno deja de interpelarnos.

VII. La otra dirección

Y, sin embargo, la historia también está llena de quienes eligieron otra dirección.

Personas que tendieron la mano donde otros levantaban el puño. Personas que respondieron con compasión en medio de la violencia. Personas que entendieron que la paz no es debilidad, sino una de las formas más exigentes del coraje.

Porque amar no es un sentimiento abstracto. Amar es un acto de reconocimiento.

Es aceptar la humanidad incluso cuando incomoda. Es rechazar la idea de que el odio sea inevitable. Es comprender que ninguna bandera vale más que una madre llorando a su hijo. Que ningún territorio justifica una infancia rota. Que ninguna victoria compensa una vida perdida.

VIII. Hacia una nueva admiración

Tal vez ha llegado el momento de cambiar el foco de nuestra admiración.

De mirar menos a quienes destruyen y más a quienes reparan.

Menos a quienes dividen y más a quienes sostienen.

Menos a quienes gritan y más a quienes escuchan.

La guerra teme a los abrazos porque los abrazos contienen una evidencia insoportable: que la humanidad, en su forma más simple, todavía desea ser cuidada.

IX. El cansancio del mundo

Hay días en los que el mundo parece demasiado pesado para mirarlo sin cansancio.

Las noticias se repiten como un eco: guerras, pobreza, hambre, enfermedades, crisis, desplazamientos, pérdidas. Como si la realidad global estuviera compuesta únicamente de fracturas.

Y en medio de ese flujo constante, aparece una sensación silenciosa pero creciente: la idea de que el mundo no deja de empeorar.

No porque el mundo haya cambiado en su esencia, sino porque la forma en que lo consumimos nos lo devuelve siempre herido.

Todo parece regido por el conflicto, por el dinero, por la desigualdad. Y en ese escenario, lo que se desea no es ignorar la realidad, sino poder respirar dentro de ella sin hundirse.

Simplemente poder escuchar, de vez en cuando, algo que no duela.

X. Lo que permanece

Al final:

Los imperios caen.

Las fronteras cambian.

Las ideologías se transforman.

Pero permanece algo más resistente que todo eso: la capacidad humana de cuidar.

Quizás la verdadera revolución de nuestro tiempo no sea tecnológica, económica ni militar.

Quizás sea emocional.

Quizás consista en reaprender lo más básico: mirar, escuchar, comprender.

Porque mientras exista un solo ser humano capaz de elegir el amor por encima del odio, la guerra no tendrá la última palabra.

XI. Preguntas incómodas del sistema

¿Cómo se sostiene la confianza en las leyes cuando, en demasiados casos, las instituciones que deberían protegerlas también fallan en representarlas con integridad, en distintos lugares del mundo?

Pensemos en la economía a nivel mundial, también resulta profundamente inquietante. En muchos casos, parece haberse normalizado una estructura en la que solo unos pocos acceden a una vida cómoda, mientras la mayoría sostiene el sistema con jornadas interminables de trabajo, a menudo superiores a las cincuenta horas semanales, intentando cubrir gastos básicos, facturas y deudas que los mantienen atrapados en un ciclo constante de presión económica.

Es como si una gran parte de la población viviera dentro de un engranaje invisible, donde el esfuerzo no siempre se traduce en estabilidad, sino en supervivencia.

Y en ese mismo escenario global, existen países marcados por sistemas políticos extremos, ya sean regímenes autoritarios o estructuras profundamente inestables, donde la libertad, la seguridad o las oportunidades no están distribuidas de manera equitativa.

Más allá de las ideologías, lo que queda expuesto es una realidad incómoda: la sensación de que el valor de la vida humana no siempre ocupa el centro de las decisiones económicas y políticas.

¿Qué somos? ¿En qué nos hemos convertido? ¿Qué es la vida, o para qué venimos a ella? Parecemos estar atrapados en estructuras que nos condicionan constantemente.

Vivimos atravesados por clases sociales, ideologías políticas y sistemas de normas que, en demasiadas ocasiones, parecen desconectados de la experiencia humana real.

Y entonces surge una pregunta incómoda, casi inevitable: si la vida es un espacio limitado y frágil, ¿por qué la organizamos tantas veces como si no lo fuera? ¿Por qué aceptamos dinámicas que nos alejan de lo esencial, de lo humano, de lo que realmente importa?

  Reflexionemos sobre este manifiesto humanista contemporáneo —o ensayo filosófico-político de tono literario, como ustedes lo sientan y lo perciban deberíamos denominarlo—. Al final, vistos desde el cielo, todos parecemos diminutos, como hormigas. La vida es demasiado breve, todos deberíamos poder cumplir nuestros sueños. Pienso que ya es hora de que la humanidad pueda respirar en un mundo mejor .

Osiris Valdés López

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