José Ernesto Hernández

Mario Antonio Rosa

José Ernesto Hernández: Epístola de asombro por un poeta

Mario Antonio Rosa
Mario Antonio Rosa

Un poema es una cosa que será.
Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser.
Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser.
Huye del sublime externo, si no quieres morir aplastado por el viento.
Si yo no hiciera al menos una locura por año, me volvería loco.
Tomo mi paracaídas, y del borde de mi estrella en marcha, me lanzo a la
atmósfera del último suspiro.

Vicente Huidobro
Altazor o el viaje en paracaídas

Hay prólogos que no existen. Prólogos que no resisten la poesía. La vida, en su corteza, es un prólogo indefinido, desdoblado, ágil o absorto. Prologar como si hilvanáramos un monólogo a veces puede desnudarnos al vacío.

De modo que, para hablar con la poesía, para decirle a la poesía el monto de sus alas, para señalarla, con todas sus alturas es preciso desvanecernos, olvidar las reglas, ser déspotas con el rigor. Yo diría a esto, un intento de soñar, adormecerse un poco, cambiar, si somos atrevidos, la forma de los ojos.

Ya Miguel Hernández nos dio el nacimiento, tenemos tres heridas: la de la vida, la de la muerte, la del amor. Esta tríada, en un poeta es monumental. La siente más, la conoce demasiado cerca, y hasta aprende a herirla, para brotar palabras.

Y una vez Huidobro, el creacionista, hablaba de un salto mortal atado a un paracaídas desde su estrella íntima capaz de cubrir el cosmos, el miedo, la hendidura. Crear desde el dolor es nacer en dominio sobre el mundo. El lenguaje es lanza, y jinete. Mundo, es un gigante, ya lo confirmó Alonso Quijano, el bueno, con aquellos molinos hastiados de eternidad y de lamer los espíritus del viento. El poeta, hijo enfurecido de la totalidad asume el salto, y se sorprende.

Estamos muy cerca de un poeta. Los prólogos no existen. Pasa que la poesía funde su antorcha rebelde del decir y del hablar, el nombrar, el totalizar la palabra, restándola de la cotidianidad. Vive contrario, respira contrario, amanece inmenso. Y a veces, no sé si un prólogo es suficiente para decir tanto. ¿Con qué palabra lo defino? ¿Qué adjetivo, qué pronombre? La circunstancia es única. Es mayor el paradigma.

Muy cerca de José Ernesto Hernández, ocurre una alquimia exacta y demoledora, alejada de prólogos y nombres; una palabra empieza el acto con un océano montado en ola única, rapaz. Lo demás es ir viendo, desde el paracaídas, el todo de la palabra, lo que su inventiva, biografía en sol naciente y luna nueva, audacia e imaginería estremezcan. Es una manera de decir totalidad.

No, mientras escribo esto el prólogo se difumina con distancia. Se me acercan estos versos de un libro al que el poeta ha llamado Es tristemente bello escribir un poema donde morirse, y el fijar una óptica para un libro como este comienza en una danza dispar, movediza, sin consuelo de acierto.

¡Qué gran vuelta a una de las heridas del poeta, la vida! Diré que el libro es mágicamente denso, porque las fórmulas creadoras asumen ríos a contracorriente, la imaginación regresa a su niño escondido, y juega con su abecedario para la soledad, el vacío, la pérdida, el amor y hasta me atrevo a nombrar monólogo, en un teatro a cámara negra, un perseguidor y una música a lo lejos, esta vez, espejo rendido.

Portada del libro 'Epístola de asombro por un poeta
Portada del libro ‘Epístola de asombro por un poeta

Hugo Mujica, poeta argentino, abre la marea fuerte de este libro, y tras de él, el discurso del poeta, un lenguaje muy interior que se desprende y resplandece. Hay unos versos que lo exponen como un golpe de agua capaz, y sucedáneo:

hay que destruir la  

casa que fuimos 

para edificar sobre  

los escombros  

nuestro otro hogar.

(Donde la casa olvida tu nombre)

Este poema es iluminador, y a su vez desolador, es un mapa limpio de sobrevivencia; una casa, tal vez la de todos, se mira con tristeza, una casa que hemos tenido todos que, de momento, no te conoce, te deshabita, tritura tus raíces. Un incendio inofensivo que en su mudez trae capítulos de la memoria y a su vez seduce a una desaparición. Es una forma de dolor, una caricatura contra una vida, locuaz y concluida que, en la mirada total se hace nada. Siempre, en este visto existencialista enfrentaremos la dureza de tener casa sin hogar, pisar los escombros y edificar quién sabe dónde.

Creo que en todo hogar siempre hay una despedida, un despecho, un vacío que dormía entre cimientos de felicidad; alguien marcha, y todo cambia, se van llenando soledades. El poeta lo demuestra en estos versos donde todos habitamos, y donde se aferra a regresar libre de lo perdido:

correr hacia dentro, 

expurgar mis huesos 

hasta encontrar algún hilo rojo, 

que me enseñe el camino de regreso: 

a la falda de la abuela  

a la hermandad cómplice, 

a la ruta de la golondrina, 

a la mansedumbre materna.

(Donde la casa olvida tu nombre)

Esta sección del libro nos narra el camino de un desprendimiento, la nostalgia herida, la ansiedad, el pasado y su línea del presente. El pasado traza un territorio en el frente de las palabras; la imaginación en su día presente las observa, con limpieza y dolor. Hay, elementos en el sendero que pedirían un regreso, un intento de amor, un acto de amor incluso, pero la vida del poeta esta hecha de verdades y presentes migratorios a un estado absoluto de poesía. En este libro como diría Miguel de Unamuno hay un ¡ADENTRO! muy contemplativo; claro está queda el deseo de regresar, el espíritu así lo ordena, porque el espíritu al final abre la brecha al paso del futuro.

Y sigue, la lluvia interior, cubre el cosecho de palabras vivas. José Ernesto nos recuerda el niño que yace en algún lugar de nosotros. La segunda parte de este poema El niño que se hizo sombra encierra una gran verdad, y una revelación: el hombre encierra de silencio su niño hasta ser su sombra. He aquí la marca:

Qué pesadilla esta  

de calaveras de pájaros  

girando sobre mi cuerpo,  

en esta noche que me traga  

y me escupe dentro de un 

baúl de juguetes mustios. 

hay algo de mi pasado  

que no tuve, algo como…  

una mirada, un abrazo o un dulce 

que hoy reclama su espacio; 

pero estoy lleno de cenizas. 

ay de mí, siempre herido, 

taciturno, melancólico.

(El niño que se hizo sombra)

¿Acaso somos un niño de sombra, callado, mustio, sosegado por nuestros actos? Cada poema en esta parte del libro-si decir todo-es destinado al ser, a su travesía, sus facetas solares y lunares, su tiempo, su espacio, su solera de palabras, su silencio. El poeta, en sí mismo, es un soliloquio. Discursa, tambalea, llora, se atreve a reír y sueña.

Dos secciones adicionales conforman el libro: Vulnerable Animal y Bajo el filo de las palabras. Cada uno escrito con la originalidad que lleva el alma y su ambiente de contemplación. El poeta asume el hombre de hojalata y desangra el poderío, de la expresión. Y es que José Ernesto, poeta total, no puede vivir bajo otro orden que el filo de las palabras; el subir, la pendiente, paso a paso, a sol y luna, también noche oscura, y conquistar el término medio-como Aristóteles en su tabla mágica-de la voz y la rendición de los destinatarios. Hablar en poesía conlleva una libertad honrada y magnífica, precisa, Paul Válery oscilaba entre el vuelco al desprendimiento, la dación, el mensaje perfecto. He aquí que José Ernesto en el centro de su escenario rompe incluso con las intermitencias de la vida y de la muerte, porque poesía es eso, provocar que los prólogos desistan de fijar el orden; es leer el poema y hacerse vital desde el poema mismo.

Cierra el libro con el título de su nombre, Es tristemente bello escribir un poema donde morirse lo dejo a la imaginación del lector de estas páginas. Solamente, bajo la premisa anterior, les advierto, resume ante el todo del ser una vitalidad que se hará compañera de tus días, ya no habrá muerte, sólo el universo indomable que rompe con su cerco, las palabras:

porque escribir para fallecer  

es un juego cuyas instrucciones  

llevo cicatrizadas en el alma. 

es tristemente bello escribir  

un poema donde morirse, 

como resquebrajar con un verso  

las puertas del miedo 

y volverme a encontrar sin  

fracturas en los ojos del cielo. 

dime, Lady Lazarus,  

si morir es un arte, 

¿cómo transmuto en  

una alondra bajo el  

peso de este poema?

(Es tristemente bello escribir un poema donde morirse)

Es este libro un viaje del siempre, bajo cualquier día, por encima de las horas, bajo la verdadera poesía. Es, el asombro. ¡Enhorabuena POETA!

Mario Antonio Rosa

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