¿Por qué lo que vino literariamente después del Boom no fue tan exitoso?

Alexander Anchia Vindas

‘¿Por qué lo que vino literariamente después del Boom no fue tan exitoso?’

Alexander Anchía Vindas
Alexander Anchía Vindas
Um jovem de perfil, usando camiseta verde, está sentado em uma escrivaninha estudando e escrevendo. À sua direita, livros abertos flutuam no ar de forma surrealista. O quarto tem papel de parede estampado, uma estante ao fundo com bichos de pelúcia, materiais escolares e uma lousa branca com anotações em inglês.
Fonte da imagem: Pixabay.com

Introducción

El fenómeno literario conocido como “El Boom Latinoamericano” parte la historiografía de la literatura en dos partes cual si fuera la historia Antes o Después de Cristo para el mundo con una cosmovisión occidental.

No obstante, antes del “Boom” ya existía una identidad, ya existía un canon de obras, ya existía una cosmovisión latinoamericanista de la realidad. Tal consolidación se comenzó a gestar incluso desde antes de las Independencias con autores latinoamericanos inmersos en la Literatura Española tales como: Garcilaso de la Vega, Sor Juana Inés de la Cruz, Ruiz de Alarcón y Leopoldo Lugonés por citar algunos de ellos.

Seguidamente con el romanticismo latinoamericano, por ejemplo, la novela María de Jorge Issacs, luego el naturalismo y realismo con otras obras, hasta que se consolidó el Realismo Mágico base previa para el Boom
Pero si fue durante el Boom el que le concedió un foco mediático a la literatura Latinoamericana.

¿Qué es el Boom?

El Boom Latinoamericano fue un fenómeno literario que surgió en la década de 1960 y se consolidó en los años 70 y se extendió en sus postrimerías hasta entrada la década del 2000 con sus últimos autores. Se caracterizó por la difusión internacional de la narrativa latinoamericana. Se trató de un movimiento editorial y cultural que permitió que escritores de la región alcanzaran reconocimiento mundial, transformando la percepción de la literatura en español.

El Boom se originó por varios factores:

La modernización editorial en Europa y América, que facilitó la publicación y traducción de obras.

El interés creciente en realidades políticas y sociales de América Latina, en un contexto de dictaduras, revoluciones y tensiones de la Guerra Fría.

La aparición de nuevas técnicas narrativas influenciadas por el modernismo europeo y el realismo mágico.

Los autores del Boom están plenamente identificados pero el Boom fue un fenómeno editorial, una brillante idea de editores en España que ayudaron a consolidar una literatura muy diversa e importante que se venía produciendo en el lado Oeste del Atlántico. Sin la labor de Carmen Balcells y editores como Carlos Barral, la narrativa latinoamericana difícilmente habría alcanzado la proyección mundial que logró en los años 60 y 70.

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El Post boom

Surgió como respuesta y evolución del Boom, principalmente se dio a partir de los años 90s. y algunos de ellos permanecen hasta nuestros días. Estos movimientos se caracterizaron por diversificar las voces, simplificar las estructuras narrativas y abrir espacio a temas antes marginales. Los temas y motivaciones han variado.

Algunos de esos movimientos del Post boom son: Macondo, narrativa histórica, literatura de migraciones, sexualidad y marginalidad, experimental, narcotráfico y novela negra latinoamericana.

Autores hay muchos, pero por citar a algunos autores sobresalientes en diferentes épocas algunos con actualidad previa a la llegada del siglo XXI y otros que permanecen hasta nuestros días se puede citar a Roberto Bolaño, Cesar Ayra, Isabel Allende, Laura Esquivel Álvaro Mutis, Jorge Bucay, Fernando Vallejo, Mario Bellatin, Jorge Volpi, Daniel Sada, Cristina Rivera Garza y Juan Villoro.

No obstante, si en esencia la literatura latinoamericana continuaba con su intensidad de conflictos, su maestría a contar historias, su rigor literario y su vocación de mantener una narrativa-cosmovisión latinoamericanista ¿Por qué decayó su atención?

Evidentemente después del año 2000 al concatenarse también con el fallecimiento paulatino de las figuras del Boom, no es posible otorgar a una única razón la desaparición del foco mediático mundial sobre la literatura latinoamericana.

Particularmente el autor de esta pequeña reflexión se atreverá a señalar varias razones para esa desaparición del foco mediático sobre la literatura interamericana:

a) Fallecimiento de las figuras del Boom. Evidentemente si un movimiento se centró en algunos de esos autores, una de las razones es su desaparición paulatina. Los nuevos autores no han superado; o, no han logrado cautivar a los lectores lo suficiente, tal como lo hicieron los autores del Boom.

b) Los movimientos del Post boom han sido más localistas, menos coordinados en el tiempo y generaron menor uniformidad en cuanto a estilo y tramas. Los autores tendieron a aislarse, y esos movimientos no tuvieron homogeneidad en cuanto a sus orígenes, postulados literarios y fechas.

c) La tecnología modificó las formas de acercarse a la lectura. Evidentemente la incursión de leer libros en línea con formatos como e-pub, pdf. El uso de tables y la incursión del libro electrónicos o audio libros, generó en ciertas generaciones alejamiento de la lectura al no comprender el uso de esos dispositivos y tipos de archivos. En tanto tampoco para las generaciones de Y o Z, tales dispositivos no derivaron en un aumento masivo de la lectura

d) El ciudadano posmoderno es más “light” en cuanto a sus gustos y preferencias: Tal como lo esbozó Zygmunt Bauman en su libro de la modernidad líquida o posmodernidad. Como lo dijo luego Vargas Llosa en su ensayo de la Civilización del Espectáculo, pasamos a un tipo de ciudadano del mundo, menos consciente, individualista y conformista con una literatura más light; o una ausencia total de la lectura. El ciudadano posmoderno estudiado tiende a ser más tecnócrata y enfocado más en su campo directo de trabajo, privándose del resto de lo que ocurre a su alrededor

e) Algunas propuestas fueron pensadas más para un ciudadano más light y no lograron universalizarse, tal como en el caso de la novela de narcotráfico que al pensarse para guiones de película o telenovelas latinoamericanas no derivó en universalización.

Conclusión

La literatura latinoamericana cuenta actualmente con una identidad consolidada, cuenta con una propuesta conocida, con una reinvención en curso; no significa que al no tener el foco mediático no sea una literatura exitosa. Actualmente la literatura hispanoamericana se debate entre un crecimiento propio, acorde a su historia previa de rigor, estética, principios y valores como lo fue otrora a lo largo de sus distintas épocas y conocimientos.

O, por una propuesta más inmediata que responda más al tipo de ciudadano promedio de la posmodernidad, el cual busca textos más inmediatos, ojalá algunos de ellos se puedan entender desde el teatro, el cine o la televisión.

Alexander Anchia Vindas

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Financiamento do abismo

Clayton Alexandre Zocarato

Conto ‘Financiamento do abismo’

Clayton Alexandre Zocarato
Clayton A. Zocarato
Imagem criada pelo ChatGPT - https://chatgpt.com/c/6a199272-57b8-83e9-b14a-eac43d0201db
Imagem criada pelo ChatGPT – https://chatgpt.com/c/6a199272-57b8-83e9-b14a-eac43d0201db

O banco funcionava dentro de uma catedral submersa. As colunas eram feitas de vértebras humanas empilhadas como mármore antigo, e os caixas eletrônicos respiravam lentamente, como animais adormecidos no fundo do oceano. 

Todas as manhãs, Augusto atravessava o grande salão inundado por uma luz azulada que parecia vir de um céu afogado e sentava-se diante de sua mesa, onde carimbava contratos invisíveis para pessoas sem rosto.

Ninguém sabia exatamente o que o banco financiava. Alguns diziam que eram sonhos interrompidos. Outros acreditavam que eram memórias falsas implantadas em idosos solitários. 

Havia ainda quem jurasse que os empréstimos serviam para manter viva uma criatura enterrada sob a cidade, algo tão antigo que nem possuía nome, apenas fome.

Augusto jamais perguntou.

Há muito tempo aprendera que perguntas criam corredores. E corredores levam a portas. E portas, inevitavelmente, revelam espelhos.

Seu trabalho consistia em analisar pedidos de crédito enviados por pessoas que desejavam comprar pequenas eternidades: juventude provisória, amores artificiais, filhos obedientes, silêncio interior, esquecimento seletivo, reconhecimento social, sensação de pertencimento. O banco oferecia tudo. Parcelava a alma em até quarenta anos.

Naquela terça-feira chuvosa — embora nunca chovesse dentro da cidade subterrânea — Augusto recebeu um envelope preto sem remetente. Ao abri-lo, encontrou apenas uma frase escrita com letras tortas:

“Seu financiamento foi aprovado.”

Ele sentiu um frio percorrer o corpo.

Não se lembrava de ter solicitado nada.

Passou o resto do dia tentando ignorar o envelope, mas a frase parecia crescer sobre a mesa como fungo úmido.

Ao final do expediente, percebeu que os demais funcionários haviam desaparecido. As cadeiras estavam vazias. Os relógios giravam ao contrário. Um odor de terra molhada invadia o salão.

Foi então que ouviu os passos.

Lentos.

Moles.

Como pés descalços caminhando sobre órgãos vivos.

Do corredor principal surgiu uma mulher extremamente magra vestida de branco. Seus cabelos arrastavam-se pelo chão como raízes procurando cadáveres. O rosto era familiar, embora Augusto não conseguisse lembrar de onde.

— Você atrasou muitas parcelas — disse ela.

— Eu não fiz empréstimo algum.

A mulher sorriu.

Seu sorriso possuía dentes demais.

— Todos fazem.

Ela colocou sobre a mesa um enorme contrato encadernado em pele escura.

Na capa lia-se:

CONTRATO DE EXISTÊNCIA

Augusto tentou rir, mas sua garganta produziu apenas um ruído metálico.

A mulher abriu o documento.

Cada página continha momentos de sua vida.

Seu nascimento.

Seu primeiro medo.

A tarde em que o pai o abandonou num posto de gasolina durante quarenta minutos apenas para lhe ensinar “autonomia”.

O cachorro morto encontrado na infância.

A primeira masturbação.

O cheiro do quarto da mãe durante a depressão.

O instante exato em que percebeu que envelheceria.

Tudo registrado.

Tudo assinado.

— Isso é impossível.

— Não — respondeu ela. — Impossível é existir gratuitamente.

A mulher explicou que todos os seres humanos nasciam endividados. O simples ato de respirar já gerava juros. Cada desejo produzia uma taxa adicional. O sofrimento acumulava correção monetária. O medo de morrer era a principal garantia do sistema.

— E quem criou isso?

Ela inclinou a cabeça.

— Vocês.

O salão pareceu expandir-se ao infinito.

Augusto sentiu as paredes respirarem.

A mulher desapareceu.

No lugar dela surgiu uma porta vermelha no centro do banco.

Uma porta que antes não existia.

Augusto sabia que não deveria abri-la.

Mas certas portas começam a nos abrir antes mesmo de serem atravessadas.

Ele girou a maçaneta.

Do outro lado havia um hospital abandonado.

As paredes estavam cobertas por fotografias de pessoas dormindo. Algumas sorriam. Outras choravam durante o sono. O chão era feito de água rasa, e peixes pequenos nadavam entre seringas enferrujadas.

No corredor principal, dezenas de pacientes permaneciam deitados em macas, todos usando máscaras sem expressão.

Uma enfermeira aproximou-se.

Seu rosto era completamente liso.

Sem olhos.

Sem boca.

Sem nariz.

Apenas pele.

Mesmo assim, Augusto teve a impressão de que ela sorria.

— Seja bem-vindo ao setor de inadimplência afetiva.

Ela conduziu Augusto pelos corredores.

Em um quarto havia um homem tentando arrancar o próprio reflexo do espelho.

Em outro, uma senhora costurava fotografias da juventude sobre a própria pele.

Mais adiante, crianças brincavam de funeral usando pequenos caixões de madeira.

— Quem são essas pessoas?

— Clientes.

— Do banco?

— Da realidade.

A enfermeira abriu uma porta metálica.

Dentro havia uma sala gigantesca cheia de gavetas catalogadas.

Cada gaveta possuía o nome de uma emoção.

CULPA.

VERGONHA.

DESEJO.

MELANCOLIA.

CIÚME.

NOSTALGIA.

— O que é isso?

— Arquivo central da psique humana.

Ela puxou uma gaveta marcada como “MEDO DE NÃO SER AMADO”.

Dentro havia milhões de pequenos corações batendo lentamente.

Augusto sentiu náusea.

— Isso é loucura.

— Loucura é apenas um quarto sem janelas dentro da consciência.

A enfermeira então entregou a Augusto uma chave dourada.

— O diretor deseja vê-lo.

— Diretor de quê?

— Do abismo.

Ela apontou para o elevador no fim do corredor.

As portas abriram-se sozinhas.

O interior estava cheio de areia.

Augusto entrou.

O elevador começou a descer.

Os números no painel não indicavam andares.

Indicavam idades.

Depois surgiram números negativos.

-1.

-8.

-23.

O elevador continuou descendo.

Augusto começou a ouvir vozes.

Milhares delas.

Eram pensamentos que tivera durante a vida inteira.

Pensamentos violentos.

Sexuais.

Covardes.

Ridículos.

Todos repetidos simultaneamente.

Tentou tapar os ouvidos.

Inútil.

As vozes vinham de dentro.

Quando as portas se abriram, Augusto encontrou-se diante de uma praia noturna.

O céu estava cheio de relógios derretidos.

No horizonte, um gigantesco coração mecânico pulsava lentamente dentro do oceano.

E ali, sentado numa cadeira de escritório enterrada parcialmente na areia, estava seu pai.

Morto havia quinze anos.

Usava o mesmo terno cinza do funeral.

— Você demorou — disse ele.

Augusto recuou.

— Isso não é real.

— Claro que não. Mas você sempre preferiu as coisas irreais.

O pai acendeu um cigarro.

Da fumaça surgiram pássaros negros que desapareceram no céu.

— O que é este lugar?

— Sua contabilidade interior.

— Eu estou sonhando?

— Não exatamente. Sonhos ainda possuem misericórdia.

O pai explicou que o banco era apenas a superfície administrativa de algo muito maior: uma estrutura metafísica alimentada pela incapacidade humana de aceitar o vazio.

Os homens criavam religiões, relações, dinheiro, consumo, ideologias e rotinas para evitar encarar o abismo primordial existente dentro deles.

Mas cada tentativa de preencher o vazio apenas aprofundava o próprio vazio.

Como cavar um buraco usando o próprio corpo.

— Então estamos condenados?

O pai riu.

— Condenados? Augusto, vocês transformaram a condenação em estilo de vida.

Ao longe, figuras humanas caminhavam para dentro do mar carregando televisores nas costas.

Outras enterravam os próprios rostos na areia.

Uma multidão inteira rezava diante de um enorme cartão de crédito pendurado no céu como lua.

— O que acontece com quem não paga a dívida?

O pai apontou para o oceano.

Das águas emergiam criaturas humanas sem olhos.

Elas carregavam maletas executivas presas aos pulsos por correntes.

— Tornam-se parte da máquina.

Augusto sentiu o chão tremer.

Então percebeu que a areia era feita de dentes.

Milhões deles.

O pai levantou-se lentamente.

— Existe algo que você precisa ver.

Caminharam pela praia durante horas ou segundos — naquele lugar o tempo parecia um animal ferido incapaz de mover-se em linha reta.

Chegaram a um prédio gigantesco construído inteiramente com espelhos.

Cada espelho refletia uma versão diferente de Augusto.

Augustos ricos.

Augustos miseráveis.

Augustos assassinos.

Augustos religiosos.

Augustos mendigos.

Augustos felizes.

Augustos suicidas.

— O que é isso?

— Todas as pessoas que você poderia ter sido.

Ao entrar no edifício, Augusto percebeu que os corredores eram feitos de carne pulsante.

As paredes sussurravam frases ditas por sua mãe durante a infância.

“Você precisa ser alguém.”

“Não decepcione seu pai.”

“Pessoas comuns desaparecem.”

Em uma sala encontrou centenas de versões de si mesmo sentadas diante de computadores antigos.

Todos trabalhavam compulsivamente.

Todos estavam exaustos.

Nenhum parecia saber o motivo.

Um dos Augustos ergueu a cabeça.

Seus olhos eram dois buracos vazios.

— Produzimos sentido artificial.

— Para quê?

— Para evitar o silêncio.

Outro Augusto começou a bater a cabeça contra o teclado enquanto chorava sangue.

— O silêncio revela.

As luzes piscaram.

Todos os Augustos pararam simultaneamente.

Viraram os rostos na direção dele.

E disseram juntos:

— Você ainda acredita possuir alguma coisa?

Augusto correu.

Correu pelos corredores vivos.

Correu até encontrar uma escada infinita descendo para dentro de uma escuridão líquida.

No fundo havia uma única cadeira de dentista iluminada por uma lâmpada oscilante.

Sentada nela estava a mulher do banco.

— Chegamos ao núcleo.

— O que você quer de mim?

— Nada.

Ela sorriu novamente.

— Você é quem quer alguma coisa. Sempre quis.

A mulher pediu que Augusto se sentasse.

Ele obedeceu sem compreender por quê.

Acima dele surgiu uma máquina enorme feita de olhos humanos conectados por fios umbilicais.

— O que é isso?

— O mecanismo do desejo.

A máquina começou a funcionar.

Augusto viu sua vida inteira atravessá-lo.

Cada ambição.

Cada carência.

Cada humilhação escondida sob performances de normalidade.

Percebeu que jamais amara verdadeiramente ninguém.

Apenas buscara pessoas capazes de anestesiar temporariamente seu medo de existir.

Percebeu que trabalhara não por realização, mas para provar algo indefinido a fantasmas familiares.

Percebeu que seus sonhos eram anúncios publicitários infiltrados na alma.

Percebeu que nunca estivera sozinho porque sempre carregara dentro de si um tribunal inteiro.

Começou a gritar.

A mulher aproximou-se lentamente.

— O ser humano é a única criatura que transforma a própria prisão em decoração.

A máquina acelerou.

Os olhos giravam.

Milhares deles.

Observando.

Julgando.

Consumindo.

Augusto sentiu algo romper-se dentro de sua mente.

Então aconteceu o silêncio.

Um silêncio absoluto.

Branco.

Imenso.

Pela primeira vez desde a infância, não desejava nada.

Nem sucesso.

Nem amor.

Nem permanência.

Nem respostas.

Apenas vazio.

Mas o vazio agora não parecia ameaçador.

Parecia honesto.

As correias se soltaram.

A mulher observou-o com estranha ternura.

— Poucos chegam até aqui.

— O que acontece agora?

— Agora você decide.

— Decido o quê?

— Continuar financiando o abismo ou aprender a habitá-lo.

Ela entregou-lhe um espelho pequeno.

Ao olhar, Augusto não viu seu rosto.

Viu apenas um quarto escuro.

No centro do quarto havia uma criança sentada no chão.

Ela chorava silenciosamente.

Augusto reconheceu imediatamente quem era.

A criança ergueu os olhos.

— Você me abandonou.

Augusto começou a tremer.

Tentou tocar o espelho.

A superfície tornou-se líquida.

Então caiu para dentro.

Despertou num apartamento minúsculo.

O despertador tocava.

O sol atravessava parcialmente as cortinas.

Tudo parecia normal.

Por alguns segundos acreditou que tivera apenas um pesadelo.

Levantou-se.

Foi até o banheiro.

Lavou o rosto.

Ao erguer os olhos para o espelho, encontrou uma pequena frase escrita no vidro com vapor:

“Saldo devedor: infinito.”

Augusto recuou.

O apartamento começou a emitir sons estranhos.

As paredes respiravam.

Os móveis pulsavam como órgãos internos.

Da televisão desligada surgiu a voz da mulher:

— O sistema nunca esteve fora de você.

As luzes apagaram.

No escuro, Augusto ouviu milhares de teclas sendo digitadas.

Percebeu então que sua mente inteira funcionava como um escritório administrativo dedicado a organizar medos.

Cada memória era um documento.

Cada trauma, um contrato.

Cada desejo, um boleto vencido.

Sentou-se no chão.

Exausto.

O silêncio voltou.

Lentamente compreendeu que passara a vida inteira tentando comprar autorização para existir.

Dos pais.

Da sociedade.

Do trabalho.

Do amor.

De Deus.

Sempre esperando algum carimbo metafísico que legitimasse sua presença no mundo.

Mas talvez existir fosse justamente suportar a ausência desse carimbo.

Talvez maturidade fosse aceitar que nenhuma estrutura viria salvá-lo do vazio fundamental.

Talvez liberdade começasse quando o homem deixasse de pedir empréstimos emocionais ao mundo.

Augusto chorou.

Não de tristeza.

Mas de cansaço.

Um cansaço antigo.

Herdado.

Transgeracional.

Como se milhares de ancestrais frustrados ainda respirassem dentro de seus pulmões.

A noite caiu rapidamente.

Do lado de fora, a cidade parecia normal.

Pessoas caminhavam.

Carros passavam.

Casais jantavam.

Mas Augusto agora enxergava.

Via as correntes invisíveis ligando cada ser humano às próprias carências.

Via homens usando ternos costurados com ansiedade.

Via mulheres carregando aquários cheios de expectativas mortas.

Via crianças já hipotecadas ao futuro.

Todos sorrindo.

Todos cansados.

Todos pagando parcelas emocionais intermináveis.

Na madrugada, ouviu uma batida na porta.

Ao abrir, encontrou apenas um envelope preto.

Dentro havia um único papel.

“Parabéns. Seu refinanciamento foi autorizado.”

No verso havia uma assinatura.

A sua própria.

Augusto sorriu pela primeira vez em muitos anos.

Depois queimou o papel.

As chamas iluminaram brevemente o apartamento.

E por um instante, antes que o fogo apagasse, ele teve a impressão de enxergar dentro das labaredas a gigantesca catedral submersa onde o banco continuava funcionando eternamente.

Centenas de funcionários sem rosto carimbavam contratos.

Milhões de pessoas aguardavam atendimento.

E no centro do salão, sentado sozinho diante de uma mesa vazia, estava ele mesmo.

Trabalhando.

Ainda.

Sempre.

Enquanto, muito abaixo de tudo, no fundo do abismo financiado pela humanidade inteira, alguma coisa respirava satisfeitamente.

Clayton Alexandre Zocarato

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