De Cuba ao ROL, Osiris Valdés López!
Osiris Valdés Lopez traz ao ROL a vibrante literatura de Cuba, a Ilha da Juventude, Coração do Caribe, um caleidoscópio vibrante de cores e história!

Osiris Valdés López, natural de Havana, Cuba, é uma figura proeminente no mundo artístico e literário, enriquecida por sua dupla nacionalidade, cubana e espanhola. Filha de pai cubano e mãe espanhola, sua vida tem sido um entrelaçamento de culturas que moldou sua visão artística e literária.
Desde jovem, Osiris mergulhou no mundo das artes, combinando sua formação em Economia com uma profunda paixão pela literatura e pelas artes plásticas. Frequentou aulas de dança e estudou teatro no Instituto Cubano de Rádio e Televisão cubana, com a renomada atriz de cinema e televisão, Eslinda Núñez.
Sua carreira literária reflete a criatividade e dedicação, abrangendo poesia lírica, prosa, sonetos, romances e peças teatrais. Seus trabalhos foram traduzidos para o inglês, hebraico e italiano, destacando-se pela capacidade de abordar temas universais com sensibilidade singular.
Da sua produção literária, destacam-se: De Cores no arco-íris; O arco-íris de meus desejos insaciáveis; Me acontece em Cuba, levando-a ser contemplada com o Prêmio Golden Eagle World 2024, concedido pela União Mundial Hispânica de Escritores (UHE)
Prêmio Mundial César Vallejo e o Prêmio União Mundial Hispânica de Escritores, 2024.
Na área jornalística desde 2019, Osíris colabora com colunas em diversos veículos digitais, onde aborda temas culturais e realiza entrevistas com artistas de destaque da música e da literatura.
Osiris se apresenta aos leitores do ROL com a crônica Cartografía de lo que nos hace humanos (Mapeando o que nos torna humanos), que reflete sobre a empatia como a essência da humanidade, destacando a capacidade de enxergar e compreender o outro em um mundo agitado e anônimo, impessoal.
Mapeando o que nos torna humano

En medio del ruido del mundo moderno, todavía existen personas capaces de mirar a los demás con ternura. Seres que escuchan con eEn medio del ruido del mundo moderno, todavía existen personas capaces de mirar a los demás con ternura. Seres que escuchan con el corazón abierto, que abrazan incluso sin tocar, y que poseen la extraña habilidad de hacer que alguien se sienta visto después de años de invisibilidad. Tal vez ahí habite una de las formas más puras de la empatía: la capacidad de volver significativa la existencia del otro.
Vivimos tiempos acelerados. Todo parece correr demasiado deprisa: las ciudades, las noticias, los pensamientos, los días. Muchas personas sonríen mientras por dentro sostienen silencios que nadie ve. Otras han aprendido a ocultar el cansancio detrás de la costumbre, como si la fragilidad fuera una condición inevitable de la vida adulta. Y aun así, entre tanta velocidad, todavía aparece —casi en secreto— esa forma de luz que no hace ruido: la comprensión.
Porque la empatía no es debilidad. Es una de las expresiones más altas de la inteligencia humana.
Es la capacidad de detenerse frente al dolor ajeno sin desviar la mirada. Es comprender que cada persona carga una historia invisible, y que a veces una sola palabra puede convertirse en refugio. Recuerdo una escena sencilla: una persona sentada en el transporte público, con la mirada perdida en el vidrio, intentando sostenerse en silencio. A su lado, alguien sin conocer su historia le pregunta con una voz mínima: “¿Estás bien?”. No había solución, no había consejo, no había respuesta perfecta. Solo esa pregunta. Y, sin embargo, en ese instante algo se iluminó dentro de ella. Como si el mundo, por un momento, dejara de ser hostil.
A veces la vida entera se sostiene en gestos que parecen insignificantes.
Una conversación honesta. Una mano ofrecida sin condiciones. Un “estoy aquí” dicho en el momento justo. Pequeños actos que no cambian el mundo en apariencia, pero que pueden cambiar el modo en que alguien decide permanecer en él.
La empatía tiene una cualidad profundamente luminosa: transforma lo humano en hogar.
Convierte la distancia en cercanía, el miedo en reconocimiento, la soledad en compañía. Nos recuerda que no estamos hechos únicamente para sobrevivir, sino para reconocernos unos a otros mientras atravesamos esta compleja experiencia de estar vivos.
Y aunque el mundo a veces parezca inclinarse hacia la dureza o la prisa, también está habitado por una multitud silenciosa de personas que aún practican la bondad sin nombre. Seres que ayudan sin testigos, que consuelan sin discursos, que sostienen al otro sin pedir nada a cambio. Presencias que, sin saberlo, mantienen encendida una forma de humanidad que no siempre aparece en los titulares.
Porque cuando alguien se siente verdaderamente comprendido, algo dentro de él se tranquiliza. Algo vuelve a su lugar.
Y quizá esa sea la verdad más simple y más olvidada: que seguimos siendo humanos mientras aún podamos reconocernos unos a otros sin prisa, sin juicio y con una ternura que no necesita explicación.
Mientras exista alguien capaz de mirar así, el mundo no habrá perdido su centro ni la vida su esencia.l corazón abierto, que abrazan incluso sin tocar, y que poseen la extraña habilidad de hacer que alguien se sienta visto después de años de invisibilidad. Tal vez ahí habite una de las formas más puras de la empatía: la capacidad de volver significativa la existencia del otro.
Vivimos tiempos acelerados. Todo parece correr demasiado deprisa: las ciudades, las noticias, los pensamientos, los días. Muchas personas sonríen mientras por dentro sostienen silencios que nadie ve. Otras han aprendido a ocultar el cansancio detrás de la costumbre, como si la fragilidad fuera una condición inevitable de la vida adulta. Y aun así, entre tanta velocidad, todavía aparece —casi en secreto— esa forma de luz que no hace ruido: la comprensión.
Porque la empatía no es debilidad. Es una de las expresiones más altas de la inteligencia humana.
Es la capacidad de detenerse frente al dolor ajeno sin desviar la mirada. Es comprender que cada persona carga una historia invisible, y que a veces una sola palabra puede convertirse en refugio. Recuerdo una escena sencilla: una persona sentada en el transporte público, con la mirada perdida en el vidrio, intentando sostenerse en silencio. A su lado, alguien sin conocer su historia le pregunta con una voz mínima: “¿Estás bien?”. No había solución, no había consejo, no había respuesta perfecta. Solo esa pregunta. Y, sin embargo, en ese instante algo se iluminó dentro de ella. Como si el mundo, por un momento, dejara de ser hostil.
A veces la vida entera se sostiene en gestos que parecen insignificantes.
Una conversación honesta. Una mano ofrecida sin condiciones. Un “estoy aquí” dicho en el momento justo. Pequeños actos que no cambian el mundo en apariencia, pero que pueden cambiar el modo en que alguien decide permanecer en él.
La empatía tiene una cualidad profundamente luminosa: transforma lo humano en hogar.
Convierte la distancia en cercanía, el miedo en reconocimiento, la soledad en compañía. Nos recuerda que no estamos hechos únicamente para sobrevivir, sino para reconocernos unos a otros mientras atravesamos esta compleja experiencia de estar vivos.
Y aunque el mundo a veces parezca inclinarse hacia la dureza o la prisa, también está habitado por una multitud silenciosa de personas que aún practican la bondad sin nombre. Seres que ayudan sin testigos, que consuelan sin discursos, que sostienen al otro sin pedir nada a cambio. Presencias que, sin saberlo, mantienen encendida una forma de humanidad que no siempre aparece en los titulares.
Porque cuando alguien se siente verdaderamente comprendido, algo dentro de él se tranquiliza. Algo vuelve a su lugar.
Y quizá esa sea la verdad más simple y más olvidada: que seguimos siendo humanos mientras aún podamos reconocernos unos a otros sin prisa, sin juicio y con una ternura que no necesita explicación.
Mientras exista alguien capaz de mirar así, el mundo no habrá perdido su centro ni la vida su esencia.











