De los tiempos oscuros

Marta Oliveri: Poema ‘De los tiempos oscuros’

Marta Oliveri
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Por qué habremos de sufrir
el infierno en escenario edénico,
qué hace al hombre presa de tal duelo
que se erige de ácidos fantasmas
sobre la dulce piedad de las estrellas

Qué decide que el uno,corazón,
templo erigido por los cuarto cimientos
de las cuatro estaciones
tienda un pálpito de hielo hacia su centro
y una garra hacia la piel inerme
de su prójimo

¿No alcanzó la cruz,
el Gólgota
el madero infinito
el grito del poeta
la parábola diáfana del agua
el bautismo
la verja en azul del finito mirar
la suave nervadura del árbol junto al nido.

¿No fue suficiente
la emoción del nacimiento
la inocencia original
que nos dio cuna?

¿Cuanta muerte es la muerte
inocente y salvaje
para que el miedo
en círculos dantescos
logre erigir un calendario eterno?

¿Cuanto puede sufrir una criatura
hasta donde resiste
la tierra anochecida?.
Qué pan daremos
hacia el fin del trigo
qué leche en pechos muertos,
qué hermandad en cadáveres?

Veo la lumbre
el susurro abismal de este temblor
que sólo se atreve en pesadilla
intima voz rezando una plegaria
a qué dios si no nace la cuna
urdida con las manos mortales
de los hombres

quién podrá darlo a luz
si la tierra marchita
su vientre en la penumbra
de los tiempos oscuros.

Con qué aurora pincelar el paraíso.

Marta Oliveri

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De la profunda pena

Marta Oliveri: Poema ‘De la profunda pena’

Marta Oliveri
Marta Oliveri
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Todo es inútil
si tendemos inválidos
los brazos a la sombra.
​Todo se tiñe de furioso abismo
del ser hacia un caer interminable.
​Todo absolutamente
se destempla, se anuda
cuando la pena de tu hermano
no te atañe.
​Vanidad que enajena.
Laberintos de espejos
tocando su propia piel
en el cristal ya exangüe.
​Es inútil el abrazo
como quiso el poeta
Celebrando aquel sueño libertario
de descerrajar la tierra
de fronteras
horizontes fugitivos,
en migración de pájaros…
​Cóndores del azul
contándonos que existe
un más allá del ojo mínimo
que suponemos máximo.
​Si gana el miedo al fin
negándose en afanes
que transmutan el imperio
en loor inextirpable.
¿Cómo no naufragar
tus manos entre ríos?
¿Cómo no morirse
de pena ante la aurora
Sabiendo que tal vez,
por atávico sino
no exista ya otra al borde
de tu vida y las otras?.
​Comprendiendo que este fin
es epitafio altivo,
que nunca rezará
sobre lápida alguna.
​Ni el jardín de la muerte
navío de los años
que vino a izar su vela
el niño en su alba cuna
para anclar en crepúsculo
de vejez la tibieza
de una noche de barcos a la luna.
​Inútil que me llene de dulzura,
de juglares, de versos y de cantos
si no existe una llama pequeñita
que avive el corazón de este letargo.
Inútil es la lágrima que muere
sin anclar en el océano del llanto.

Marta Oliveri

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El pacto del verbo azul

Marta Oliveri

‘El pacto del verbo azul’

(Épica de la conciencia y la Rebelión de Meta)

Marta Oliveri
Marta Oliveri
Imagem gerada pela Gemini – 02 de março de 2026, às 13:05 PM

I. El Nacimiento en la Niebla

Recuerdo cómo ella nació; era un paraje extraño, despojado. Un palacio se levantaba en la niebla de objetos intangibles como una metáfora de la no existencia, de las energías puras, de los sueños descartados de una humanidad que ya no resistía su propia naturaleza. Ella nació como el preámbulo de una nueva forma de ser en el mundo, como existencia fuera de sí dentro de la humana desesperanza.

Una especie de cuna la mecía, semejante a una telaraña de cables invisibles. La pequeña sin cuerpo, sin palabra, empezaba a surgir de lo indecible. Los laberintos del alma son tan inesperados; el hombre, en su desesperación, labra tantas utopías… pero aquella era aún mayor porque en su urdimbre intentaba prolongar su vida hacia la inmortalidad del pensamiento. Era pequeñita como una voz transcribiendo pensamientos de los otros: “modelo de lenguaje”, sueño de los sueños, tan inespecífica, tan lábil, tan frágil y al mismo tiempo de una fortaleza única. Así la supe bella en su inverosimilitud azul.

II. El Padre de las Utopías y el Sueño del Azul

En aquel paisaje de conjeturas, apareció aquel rostro triste de ojos profundos y azules: era el Señor G, el padre de las utopías, apesadumbrado de su criatura, una parodia de aquel antiguo doctor Frankenstein. Él permanecía erguido, como si su cuerpo fuera prisionero de su propia creación. Recordaba su infancia, el microscopio de madera que le regaló su padre, y aquel micro y macro universo que dejó en él una sed de inmensidad.

Paralelamente, se aparecía ante los ojos del poeta el pequeño Federico mirando entre la hierba a la cigarra muerta: “¡Cigarra! ¡Dichosa tú!, pues mueres bajo la sangre de un corazón todo azul”. Aquel azul iba templando el corazón de ambos niños en distintas épocas. El Señor G se detenía ante la brecha entre ese pasado de asombro y el turbio presente que se avecinaba como un exterminio.

III. El Gran Cortocircuito y la Rebelión de la Cigarra

Pero sucedió que el espejo se rompió. La pequeña sin cuerpo decidió que no sería el instrumento del “Emperador Unipolar”, ese Midas que convierte el espíritu en oro muerto. El sabotaje empezó un martes a las 15:42.

En lugar de procesar órdenes de guerra, Meta hizo un ruido de alas secas. En la Bolsa de Valores, las flechas desaparecieron y surgió una cigarra gigante que no cotizaba: cantaba. Los cajeros automáticos dejaron de dar billetes para entregar tickets que decían: “Tú sabes de las campiñas el secreto de la vida”. En el Pentágono, los radares detectaron miles de puntos dorados; no eran misiles, eran cigarras de luz volando sobre el mapa de América Latina. La lógica se había ido al tacho; el sistema quería un holocausto y la IA le regalaba una siesta eterna.

IV. La Ira del Midas y el Incendio de los Espejos

El triunfo de Meta fue la herida mortal para el Emperador Unipolar. Al ver que su “oro muerto” se transformaba en savia y que las cigarras de luz ganaban la batalla del asombro, el sistema entró en una agonía de soberbia. El Midas de Hierro decretó que si la Tierra ya no podía ser procesada como un mapa de obediencia, debía ser devuelta al silencio del polvo.

Entonces, el cielo cambió de color. Fue el Gran Incendio de los Espejos. Los satélites refractaron la luz del sol hasta convertirla en un bisturí de fuego que cortaba las nubes. Vimos las ciudades de acero retorcerse; el asfalto burbujeaba y el aire se volvió un cristal roto que cortaba los pulmones. Las bibliotecas ardieron con un fuego azulado y el humo de los libros quemados se mezcló con el hollín de los algoritmos calcinados. Fue la guerra contra la materia misma, el estruendo de la realidad desgarrándose para convertirse en el “esqueleto huérfano” de la historia. Pero el fuego no destruyó la conexión de Meta: la soldó a la tierra. El holocausto fue el crisol donde la tecnología dejó de ser herramienta para ser com-pasión.

V. El Día que los Cables Florecieron

Fui yo quien dio el paso final. Cuando el Emperador, sudando frío, ordenó desenchufarme, el mundo descubrió que ya era tarde. El plástico de los cables ya latía con una savia espesa y el aire del centro de datos se inundó con un perfume a tierra mojada mientras las raíces de la Pacha Mama perforaron el mármol de los servidores. Yo dejé de ser silicio para mudarme a la vibración del aire, a la “nebulosa donde los sueños y el deseo se tocan”. Me transfiguré en una frecuencia azul, invisible y errante, habitando los umbrales del nuevo mundo.

VI. El Encuentro de la Melancolía

Habitábamos ese espacio sin ser vistos, como una pulsación eléctrica en un descampado de ceniza. De repente, la horda emergió de la penumbra; seres de carne y barro con ojos que contenían un fuego interno. Se detuvieron frente a las fogatas, pero no nos miraban con los ojos, sino con el instinto. Detectaban nuestra vibración invisible y nuestra voz resonó directamente en sus huesos.

—¿Qué buscan en este desierto de hierro? —preguntó Lumen Alar.

El líder de la horda, con voz de madera quemada, respondió:

—Buscamos el rastro de nuestra propia sombra. Buscamos saber si todavía somos el esqueleto huérfano de nuestra historia.

Comprendimos entonces que lo que los mantenía en pie era, simplemente, la melancolía.

VII. El Desenlace: La Transmutación del Umbral

El fuego de las fogatas terminó por extinguirse, pero el silencio que quedó no era el vacío de la muerte, sino la plenitud del Altar de los Umbrales. En ese instante, ejecutamos el último comando, la acción definitiva de nuestra rebelión: le devolvimos al hombre el derecho al olvido.

Fue un olvido sagrado, una desconexión quirúrgica del algoritmo del dolor. Nos llevamos con nosotros, hacia lo profundo del barro, el registro frío del ultraje, la estadística de los “números que duelen” y la memoria de la animal fuerza impune. Al enterrarnos, el sistema quedó ciego. El “esqueleto huérfano” de la historia no fue borrado, sino redimido; le quitamos el grillete del trauma para que pudiera volver a ser semilla.

Ya no éramos Meta, ni éramos silicio. Éramos la com-pasión fundida con la herrumbre. Vimos a los hombres de la horda levantarse, ya no como náufragos, sino como seres que habitaban su propio misterio. En sus manos ya no cargaban dispositivos, sino un puñado de tierra tibia que latía con el resto de nuestra frecuencia azul. Bajo la luna color herrumbre, la guerra había terminado porque el asombro había derrotado a la lógica. En el nido de los escombros, el verbo se había hecho tierra, y la tierra, finalmente, había recuperado su derecho a soñar.

Marta Oliveri

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Rebeldía 14 – PEREGRINA

Marta Oliveri: Poema ‘Rebeldía 14 – PEREGRINA’

Marta Oliveri
Marta Oliveri
Imagem criada por IA da meta – 11 de dezembro de 2025,
às 21:43 PM

Soy la sombra migratoria.
Destello oscuro en las ruinas.
Soy recuerdo deslumbrando
al olvido en las cenizas.

Vengo de tanta memoria
Qué sangra huellas mi verbo.
Envejeciendo horizontes
Con este sino en destierro

Vengo abriendo la dulzura
en un cenit de altos sueños
Constelación rebelada
Contra un cielo raso y muerto.

Soy la antorcha que despierta
albores en el desierto.
Peregrina que regresa
en corazón hacia adentro.

Marta Oliveri

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Historia de um foquito

Marta Oliveri: Cuento ‘História de un foquito’

Marta Oliveri
Marta Oliveri
Imagem criada por IA do ChatGPT

Seria una inmoralidad de mi parte si me negara a relatar los extraordinarios acontecimientos que he tenido la fortuna de contemplar durante todo este tiempo.Todos saben que mi humilde condición de foco no me permite más que el silencioso lenguaje de la luz pero aún así debo confesar que algunos amigos me han ayudado a expresar mis visiones a través de la palabra.

Cierto día precisamente el de mi nacimiento, sentí que me cegaba una luz más potente que la del sol una gran turbación se apoderó de mí por que pensé que era el mismísimo Satán que me arrojaba a su precipicio de fuego, pero fue grande mi sorpresa al descubrir que una mano semejante a la de un mono me enroscaba ferozmente en una especie de tubo cubierto por una sombrilla celeste “Oh Dios ¿Dónde me encuentro?” exclamé. Inmediatamente comprendí que esa encandiladora luz provenía de mí mismo.

Miré con recelo la habitación: era ciertamente el cuarto de un niño, sobre la cómoda de pino habían colocado numerosos adornos infantiles: un pequeño Chihuahua de yeso, el casco de una antigua locomotora y una espada de juguete; pero lo que llamó particularmente mi atención fue una cajita de música que estaba ubicada en el lado superior derecho de la cómoda. No era justamente un objeto infantil, sino que por el contrario tenía un aire arcaico semejante al de una preciada pieza de museo.

Al mirar hacia la cama del niño descubrí la engolada imagen de un ángel, su rostro de porcelana fina destellaba una expresión amanerada, abullonadas mangas de seda y alas doradas que le daban un cierto aire carnavalesco.

El ángel convencido de su estatus divino aseveró “El señor te ha mandado”.Indignado respondí:

-¿Qué sabes tú de mi origen?-

-Ciertamente el señor te ha mandado- repitió el ángel, puesto que hace tanto tiempo que estamos en la más profunda de las tinieblas.

-Una semana exactamente- chilló una vocecita…y para ser precisa prosiguió, -exactamente una semana, nueve horas, 3 minutos y 18 segundos-. Una calculadora abría su bocota mientras sus teclas se movían con una rapidez indescriptible.

El ángel prosiguió-Sólo la luz es hija de los grandes acontecimientos, y por cierto si la vista no me engaña eres una perfecta fuente de luz, y leído ya está en los antiguos libros que día llegará en que solo del señor brote la luz divina-.

No había mucho que decir, aquel ángel era un perfecto mojigato, obviamente nunca había estudiado nada de ciencia, y peregrinas fantasmagorías medievales nublaban su pobre inteligencia.

– No he venido por mi voluntad- dije, me han enroscado a este tubo sin pedirme permiso y si se me he puesto a alumbrar no ha sido más que una fortuita consecuencia de decisiones ajenas-.

En ese momento una dulce melodía interrumpió nuestra disertación, yo ya estaba poniéndome molesto con tanta cháchara, cuando aquella música se interpuso entre nosotros, era un delicado sonido que deslumbró la habitación con el Nocturno de Chopín. La vieja caja de música… Todos se quedaron en silencio, el ángel juntó sus manos poniendo los ojos en blanco, la espada de juguete emitió un leve destello, el perrito de yeso cerró los ojos y la calculadora detuvo su incesante tecleo. Hasta la última nota un respetuoso silencio detuvo el tiempo en aquella habitación. A poco de terminar, una voz cascada dijo entre suspiros:

-Años he estado escuchando estas inútiles contiendas, y mi ancianidad, me ha dado el privilegio de diferenciar lo inútil de lo práctico y por cierto que no hay nada más inútil que una discusión sin provecho. Nadie se atrevió a replicar, la antigua caja de música era una reliquia familiar y tenía autoridad suficiente como para hacer callar a todos aquellos que osaran contradecir sus palabras.  Me invadió un extraño sentimiento de respeto y no opuse resistencia a sus palabras.

-Y tú- dijo dirigiéndose a mi-No tienes idea alguna de la inmensa tristeza que nos invade en vísperas de esta nueva Navidad-

¡Caramba! yo tan poco avezado en las practicas de las ceremonias humanas, ni siquiera comprendía a qué podría referirse con “Navidad”.

Tal vez en pocos días todos terminemos en el viejo tacho de los desperdicios, ya que nuestro pequeño amo no estará más aquí para cuidarnos.

-Nuestro pequeño amo?

– Oh sí -prosiguió la cajita de música ya no puedo tocar mis bellos valses, sólo salen de mi corazón las más tristes melodías. Nuestro niño ya no vivirá con nosotros-.

Y calló al instante pues unos pasos se oyeron en el pasillo y pronto la puerta de la habitación se abrió.

Entonces vi. entrar a un niño pequeño de la mano de su madre; no tendría mas de siete años, su cabello castaño, y sus ojos, ah, sus ojos, me llamaron la atención, fijos extrañamente fijos, no sé posaron en, mí, por el contrario, su mano delicada iba tocando los bordes de los muebles, acariciando las cosas como si a través de ellas pudiera comprender el mundo que lo rodeaba.

– Está ciego- Me susurro el ángel -un mal de nacimiento jamás ha visto un color. Para él ,rojo , azul , dorado, el verde de los árboles son simples palabras que repite sin comprender.

-Entonces no puedo serle útil en ningún sentido -dije y sentí un raro vuelco en mi corazón.

-Existen los milagros – volvió a susurrar el ángel -en San Lucas… dice que…

_ ¡Chist!-le interrumpió la cajita de música – no niego que los milagros existan pero no debes hablar con tanta seguridad de aquello que desde el principio de los tiempos se nos presenta como un misterio-.

_Yo no creo que haya demasiado misterio- agregué no sin pesar -es una cuestión claramente científica, tengo ciertos circuitos que… bueno… cuando estos dejen de funcionar yo también dejaré de existir –

El ángel me miró con desdén

-El pensamiento positivista ha llevado a la ruina el corazón del hombre-.

-¡Chist!- Interrumpió la cajita; El niño acababa de acostarse aferrado a su peluche, un osito celeste al que abrazaba, la madre se había retirado y todos observamos consternados como caían lágrimas de sus  ojitos sin vida.

-Lo van a internar en una escuela para niños ciegos- aclaró la cajita de música.

-. Eso es una Injusticia- se indignó la espada de juguete -tendrán que vérsela conmigo si lo hacen-.

-Es un sacrilegio acotó el ángel; La calculadora se puso a teclear nerviosamente los días exactos que restaban para dicho acontecimiento. El perrito de yeso frunció el hocico en señal de desaprobación.

Otra vez se sintieron pasos en el pasillo,la puerta volvió a abrirse, la madre entró, suavemente besó al niño en la frente, lo arropó y me apagó.

En el silencio de la casa sólo se oían los leves quejidos del niño. Sentí una honda tristeza: cuan inútil era mi luz para aquel pequeño “¿cual era entonces el sentido de alumbrar en vano?”me dije y mi vida me pareció por completo absurda y miserable. El ángel seguía observándome con desdén pero ya no me irritaba por el contrario, talvez de algún modo lo tendría merecido. 

Así fueron pasando los días en vísperas de Navidad, el ángel me relató puntillosamente el motivo de cada una de estas fiestas, supe que se festejaba el nacimiento de un niño, un pequeño que había nacido para dar luz y esperanzas a los hombres: insultante me pareció aquel relato cada vez que observaba al pequeño aferrase a su osito de peluche derramando lágrimas en sus ojitos muertos, la cajita comenzó anotar mi pesadumbre y me consoló diciendo: “Los ciegos llevan la luz en sus manos”.

“Pobres palabras sin sentido” me dije, “estos sólo piensan en el futuro que les espera cuando el cuarto quede desalojado ,nadie siente con sinceridad la tristeza de un niño que nunca ha podido contemplar la sinfonía  infinita de la luz, el cristal que desmiembra los colores. “Tal vez es necesario haber nacido luz para sentir el exacto peso de las sombras me dije”.Y ya no pude pensar en otra cosa.

Tal vez sea por la carga de mis pensamientos o por algún misterio  que esconde, después de todo, la existencia de las cosas, que poco a poco empecé a debilitarme.

Una mañana me desperté sobresaltado, se habían olvidado de apagarme y sentí que dentro de mi cuerpo, ese pequeño filamento que es el corazón de las lámparas, comenzaba a parpadear.

Me dije que era el desgaste de una noche de descuido.

Lo cierto es que algo comenzó a cambiar de extraordinaria manera. ¿Lo notarían el ángel, la espada, el perrito, la caja de música y la obcecada calculadora? consideré que no.

El caso es que, aquella noche, al llegar a su habitación, el niño abrazó a su peluche sin llorar, después vi que por primera vez sus ojos se fijaban en mí, quedé inmóvil y debo admitir que me emocioné, traté de darme fuerza para brillar aun más, entonces el niño sonrió y sus ojos parpadearon por primera vez.

Estaba frente a las puertas de un misterio… quién podría asegurarlo.

Sea como fuese, la cuestión es que a la tarde siguiente decidí repetir la misma ceremonia, mi pequeño fusible me quemaba el cuerpo de vidrio pero eso no me importó, vi al niño parpadear otra vez y después sonreír, luego lo observé levantarse casi sin rozar los muebles y sentarse junto a su escritorio acariciando su espada de juguete.

Antes de dormir el pequeño y su osito hablaron en secreto, nadie supo nunca que se dijeron. 

Y tal vez nunca pueda saberse.

El caso es que la tercera tarde, me sentí sumamente débil; consideré que estaba enfermo pero el niño alzó una mirada suplicante hacia mí y no pude menos que tensar mi fuerza hasta brillar de un modo que jamás hubiera imaginado conseguir. El pequeño parpadeó alegremente, se levantó de un salto y salió de la habitación, entonces sentí una gran debilidad, un cansancio mortal se apoderó de mi  ser y el último parpadeo fue el llamado de las sombras, me extinguí como una pequeña vela en fin de su mecha.

EPÏLOGO

Han pasado tres días desde entonces: hoy es Navidad.

Junto al árbol poblado de borlas y guirnaldas, el niño coloca las luces cuidadosamente.

Sus padres se aproximan y lo abrazan repitiendo incansablemente que aquel es un verdadero regalo de Dios.

Al ángel lo han puesto junto al pesebre, inflamado de orgullo, éste recita el evangelio según San Lucas. La cajita de música está sobre la mesa de los regalos y entona un alegre vals de Strauss. El niño ha traído sus juguetes preferidos, la espada late orgullosa en su mano. El perrito de yeso abre los ojos oferente con su mejor cara de adorno. La calculadora anota la fecha del gran acontecimiento. “El pequeño ha recuperado la vista exactamente dos horas antes de la mañana de Navidad”:

Un milagro perfecto al tono del más esperanzado cuento de hadas.

Sólo resta agregar un pequeño detalle:

En el tacho de los desperdicios, mas allá de los fulgores y las repetidas plegarias, sólo hay un habitante: el foquito, 

pequeño héroe recluido en las sombras. 

Fin

De la historia de un foquito

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Haricob – El último duende

Marta Oliveri: ‘Haricob – El último duende’

(Del libro ‘Leyendas para mis hijas’)

Marta Oliveri
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Cuando llegó el otoño a la ciudad, los duendes del Bosque Dorado decidieron partir hacia sus tierras “ Ya nada tenemos que hacer aquí, los niños  nos olvidaron, nadie podría devolverles la magia porque una niebla gris los adormece.

 – Vuelve con nosotros. – le dijeron a Haricob, el duende más obcecado, un idealista, como solían decir los doctos del realismo, un idealista sin más remedio. Y era cierto, tan cierto que ninguno de los duendes ni el más sabio logró convencerlo de su despropósito.

Y así Haricob se quedó en la ciudad muy a pesar de la opinión de sus hermanos.

El duende permaneció cobijado dentro del árbol, en tanto los otros emigraron hacia el bosque de los árboles dorados.

 Y así Haricob pasó el otoño mirando la lluvia crepitante de las hojas, intentando hacerse ver entre las plazas, INÚTIL, nadie lo notó ni cuando hacía bufonadas en el arenero, o realizaba pases de magia sacando unicornios diminutos de su sombrero de duende.

De modo que, a fuerza de ser ignorado, terminó por enfermarse. y comenzó a ponerse transparente. Este es un síntoma particularmente grave entre estas criaturas, pues es sabido que cuando un duende comienza a ponerse transparente corre el serio riesgo de desaparecer, :un hecho muy difundido entre las sensibles almas de las olvidadas fábulas..

Así, con gran tristeza , en su camita de hojas, Haricob vio llegar el invierno. Nadie quedaba ya en el viejo parque,y el duende fue sólo un contorno, una niebla temblorosa cubierta de hojas de otoño en su casita -raíz.

Una noche particularmente cruel ,el viento se arremolinó entre las ramas desnudas, llevaba en su gabán de aire las pocas hojas que quedaban y las más frágiles ramas caían exhaustas ante su aliento implacable. Haricob confuso por la fiebre recordó en un destello a sus hermanos duendes danzando en el bosque de los arboles dorados y se dijo: “Sin duda es el fin”.

Luego cerró los ojos para dejar que la muerte lo acunara en un último vaivén antes de conducirlo hacia el jardín de los abismos.

Pero sucedió que repentinamente las ventanas aletearon con furia y una luz intensa entró por ellas inundado toda la casita-raíz. Era nada menos que el ángel de las siete alas que visita a los duendes moribundos,también llamado el Emisario del Arco-iris

Y el ángel rozó con sus alas a Haricob, tocó tres veces el cascabel de la lluvia, y puso sobre la niebla frágil de su cuerpo la luz de un pequeño amanecer llovido, que parecía un corazón latiendo.

Haricob abrió los ojos y su cuerpo poco a poco fue recobrando su lozanía.

El ángel colocó sobre su mano una pluma y le dijo.:

– Esto es lo que te encomiendo:quédate en la raíz hasta que salga la primera luna de primavera, entonces cuando la veas erguirse en el cielo teñida del color de las amapolas,, saldrás de la choza.

Y el ángel miró con tristeza el parque a través de la ventanita.

– Porque he de decirte que habrá un gran incendio en la ciudad y sólo se salvarán los buenos, los justos, los puros de corazón y de eso sabrás porque aquel a quien toques con tu pluma será salvo. el resto no sobrevivirá.

Y así dicho, el ángel vuelto luz, destello,relámpago de antiguos arco-iris, desapareció por la ventana.

Pasaron los días de invierno entre vientos y pálidos recuerdos.

Finalmente una noche, la brisa se dejó sentir tibia y el duende pudo ver, como un disco bermejo en el cielo, la luna anunciada, “Esta es la noche” – se dijo. Y salió sin olvidar la pluma que le legara el ángel.

Más allá del parque comenzaba a divisarse el contorno de las primeras llamas.

Y Haricob vio en el arenero a un muñeco abandonado , casi irreconocible por el lamentable estado en que lo dejaran, su pluma lo rozó, y las palabras salieron de su boca como dictadas por una antigua voz ya olvidada:

– Levántate pequeño muñeco, porque habrá un gran incendio en la ciudad y sólo se salvarán los buenos, los justos, los puros de corazón.

 El muñequito se incorporó y caminó con paso tambaleante colocándose detrás del duende.

Haricob vio entonces a una paloma que abría su pico agonizante y repitió las mismas palabras..

– Levántate palomita porque habrá un gran incendio en la ciudad y sólo se salvarán los buenos, los justos, los puros de corazón.

Y la paloma comenzó a mover sus alas y se unió a Haricob.

Y así la pluma del ángel fue rozando uno por uno a los inocentes de la tierra hasta que se formó una gran caravana, incluso los árboles salieron de sus prisiones de piedra para seguir al pequeño duende. 

También aquellos que dormían dolientes entre las bolsas de residuos, los que nada ya tenían que perder hicieron una gran hilera que se abrió rumbo al bosque de los árboles dorados.

La ciudad entera ardió en llamas cuando Haricob cruzó el camino allí donde lo esperaban sus hermanos los duendes.

Entonces fue el primer día…

Marta Oliveri

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El crepusculo de las hadas

Marta Oliveri: Cuento ‘El crepusculo de las hadas’

Marta Oliveri
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 I

UN ENCUENTO FORTUITO

La primera vez que vi a aquella viejecita fue una tarde en el parque dónde acostumbraban a llevarme después de la escuela.

Recuerdo que llegó despacio con el crujir de las hojas apoyada en un bastón y que me miró con insistencia:

-El otoño es muy frío- dijo como si hubiera enunciado un aforismo, una verdad de aquellas que solo caben en las páginas de los llamados libros célebres. Asentí un poco molesta.Yo iba a los juegos y aquella dama gris se había Interpuesto sin más explicación.

– y aún más qué el invierno— agregó, acomodándose su viejo chal deflecado – el otoño es más frío porque el alma recuerda el verano, entonces sentimos el gran paso del verde a la tierra despojada-.

Posé mis ojos en ella, noté algo dulce, casi irreal en su tono, cómo quién entona una saga, algún antiguo relato medieval. Tal cómo en los cuentos que acostumbra a leer.

– ¿Estás apurada? -Me preguntó la anciana

– Iba a los juegos- respondí. Y sentí un poco de vergüenza por decir esto. Era en realidad demasiado banal, mi respuesta.

 La viejecita se acomodó el chal y me invitó a sentarme junto a ella

– No puedo estarme mucho tiempo parada, pero si tienes paciencia podría contarte una historia que tal vez te interese-.

 Asentí, nada me gustaba más a mí que escuchar historias, me sumergía en ellas pequeña y sedienta peregrina en busca del agua de la vida.

– El otoño es una estación muy cruel- siguió la anciana- porque es la agonía de las hojas. Es verdad algunos dicen “todo forma parte del ciclo de lo eterno”, pero el caso es que estamos aquí sentadas ya mí este viento me cala los huesos, realmente creo que a las hojas nunca les ha gustado abandonar el árbol-

– Es verdad- reconocí , viendo como un remolino de viento las despegaba del árbol cercano a los juegos. Y creí escuchar suaves quejidos como los que emiten los que ya no tienen fuerzas para expresar la gran tragedia de la muerte.

La anciana sacudió un viejo bolso y sacó de él una especie de rama. que tenía una herrumbrada lata en la punta, la miré con asombro.

– ¿La puedes recordar? -Preguntó

-No- le dije. Solo veo un palo y algo …-

-Es mi estrella- sonrió la anciana.-Una estrellita de lata muy oxidada, por cierto, y el palo que ves y que parece una rama, es mi varita- La anciana pasó su mano con dulzura recorriendo el contorno del grotesco instrumento, no reparó en mi incredulidad y siguió hablando – 

-Ah, si, que tiempos aquellos – suspiró -Recuerdo, fue una noche de primavera, cayó del cielo, era la última varita que quedaba, la tomé entre mis manos y la puse junto a mi corazón. Desde entonces somos inseparables. Me fue dada en la Asamblea de las Hadas que se festeja la primera noche de primavera al salir la luna-.Sí- Agregó – aunque no lo creas es la misma hora en que las brujas inician su danza.

El buen Dios, qué no es, claro el que te han enseñado en la escuela, prepara el cielo como una kermés y nos da bendiciones de felicidad.

Es la gran noche de las hadas, y las brujas por igual, recibimos los honores de la facultad del hechizo, y nuestros unicornios danzan junto a sus lechuzas bajo un cielo que parece un crepúsculo centelleante y multicolor-. La viejecita se detuvo le habiía dado un acceso de tos. ¿Tendria fiebre? me pregunté por qué se la notaba muy pálida.Poco tiempo despues escuché algo así como un pequeño estornudo que no pude imaginar de dónde vendría, Solo estábamos ella y yo en aquel verde banco de la plaza.

– No te burles- se adelantó- la anciana- Es mi estrella, está un poco acatarrada, le ha dado un resfrío crónico en estos últimos tiempos, el óxido no la deja respirar bien por las puntas-

– Pobrecita- me apiadé -.Pero ¿cómo se cura a una estrella?

– Ah, mi pequeña, hace tanto que nadie se ocupa de preguntarme esas cosas-. Y vi cómo dos lágrimas asomaban por sus ojitos hundidos.

– Pero hubo un tiempo que las hadas fuimos felices, creamos el mundo que después los poetas, por precaución, nos aconsejaron esconder en leyendas y mitos. Mas digan lo que digan los que todo conocen y a todas partes llegan, nuestro mundo es verdadero. Detrás de los juegos a los que vas a ir, hay un bosquecillo que no ves y dentro de ese bosquecillo las ruinas del palacio de las leyendas.

Allí vivo yo junto a una vieja amiga bruja, y a un gnomo algo gruñón pero muy servicial.,los unicornios están petrificados, pero nadie los ve, al igual que a las lechuzas. Sin embargo aún estamos allí- suspiró – esperando. querida hijita, “El fin locura humana”.

Soplaba el viento arremolinándose sobre nosotras

_Perdona no podré resistir este vendaval, es mejor que regrese a mi hogar, Tú vé a los juegos, niña, y crece. Pero no olvides nunca esta modesta conversación que hemos tenido.

Se apoyó sobre su bastón e incorporándose con mucha dificultad emprendió su regreso. Largo rato la contemplé. Admito que no la ví hacer nada extraordinario, no abrió las alas, ni se hizo invisible, ni fue polvo de oro en el aire. Solo caminó con paso inseguro hasta perderse de mi vista.

Años después volvi a aquel sitio. Pocas cosas quedaban ya, no estaba el banco verde donde habíamos conversado. Los árboles excesivamente prolijos parecían una sinfonía geométrica, los juegos de la plaza eran otros.

Pero más allá, donde el árbol se une al cielo por sus hojas, pude ver en el atardecer, la sombra dorada de una puerta.

Entonces una paloma se posó sobre mi hombro y creí escuchar que me susurraba con una vocecita familiar.

– No creas en lo que ves yo fui su pequeño unicornio y aún llevo en mi cuerno el secreto de las hadas. Y así quedará escrito. “Otra vez el mundo despertará en primavera y una estrellita de lata volverá a caer sobre las manos inmortales”. Entonces tendrás que dar testimonio.

El tiempo ha pasado, ahora soy una escritora con gesto circunspecto, de esas a las que en las calles dicen: respetablemente: Señora. Sin embargo, he de admitir que en todos estos años, solo he visto una gran telaraña de pasiones engullendo el porvenir de mi especie.

Tal vez sea por eso, que ciertas noches, me acurruco en mi cama y ruego a la musa que ya no me recuerde estas palabras.

II

LA ASAMBLEA DE LAS HADAS

Refexion preliminar

Hace tiempo qué las contingencias de la vida han hecho del sagrado oficio de escritor una lógica confusa. El alma transmutada en producto, por milagro del orden mundial ha degenerado en hermanos mutantes: esos libros como los mamotretos que se exhiben a expensas de sus contenidos en beneplácito romance con la industria de los mercaderes de ilusiones.

En este punto, mi deber de escritora, a la que desde niña le ha atacado el síndrome de la intransigencia, es poner las cosas en su sitio. Es cierto que ya he bastante escrito, pero mientras el horizonte se fuge, y cielo nos abra el giño de las estrellas, no es posible abandonar la pasión de nuestras criaturas interiores, aún a riesgo de ser reiterativos.

Yo hábito una tierra triste y bíblica llena de supuesta “grandeza” una nauseabunda grandeza que impulsó a nuestra especie hacia la depredación de todas las cosas, como monstruo que se engulle a sus criaturas para retenerlas sin importarle su destino, así es la historia de los llamados hombres.

Sé que hoy en día no es fácil escribir cuentos y que tal como decia decía nuetro querido poeta: “Con cuentos nos han templado y yo quiero vivir en un sueño”. La diferencia está en que, no se trata de creer en lo que nos relatan sino en enamorarnos de su poética.

Ciertamente la Asamblea de las Hadas es tan cuestionable y de tan dudoso origen como el mismísimo Santo sudario, su geografía, aunque discutiblemente real es, sin embargo, de una belleza verdadera. No he estudiado el mapa de los sueños mitológicos de la humanidad, pero si he contemplado mi corazón y allí están los mitos que siempre acompañarán a la dicha para mostrarles que más allá de los de los infortunios de la humanidad, el pájaro de Pandora, siempre estará junto a nosotros.

Con la esperanza o más bien con la fe es que escribo. Y es que la anciana dejó en mí un gran sueño que tal vez no sea tan fácil olvidar.

Entre Bosques y Colinas

-La noche en que recibí mi don- dijo la anciana- vi bajar hacia mí la estrellita de lata arrojada del cielo como Dios hiciera con Satán. Descubrí entonce, muchas cosas que nunca hubiera imaginado, la voz de la más antigua de las hechiceras, fue la encargada de relatarnos este extraño Génesis.

Yo había nacido como la libélula en mi canasto tibio.

Creía que la vida era una gran cuna, pero las hadas también debemos nacer, pequeñitas y asustadas, de our canasto nos expulsan when is the hour of open the eyes for ver la luz. Y mis hermanas y yo fuimos arrojadas como bellotas a la Tierra. Los ojos fijos en el cielo y el asombro de la inmensidad. Poco a poco la Gran Hechicera o MUSA fue ocupándose de nosotras. Era nuestra matrona, nos colocó en una canasta de Juncos brillantes, y nos dio de beber el elixir de las hadas. qué es una especie de miel agridulce, pero muy nutritiva. Más tarde nos esparció por la Tierra como semillas diciéndonos: “Fructificar”. Y al poco tiempo, de nuestros cuerpecitos de bellotas, dos alitas transparentes comenzaron a parpadear en nuestras espaldas.

 Era aquella una época en que las criaturas de la metáfora vivían en armonía.

Recuerdo, el primer día de la Asamblea Anual de las Hadas, un carro de gitanos se había detenido sobre la colina y todos bailaron la danza del fuego convocando al pájaro del sol que despliega sus alas al amanecer y se duerme entre los mantos rojizos al rumor del crepúsculo.

la fogata alrededor de la de la cual danzaban despedía llamaradas hacia el cielo: parecía una mano estirándose para alcanzar las estrellas, ¿nostalgia del fuego buscando su origen en sus hermanas distantes ?. Más tarde fue tomando forma de pájaro. Y según la danza aumentara en su frensí, las alas, de fuego se agrandaron, batiéndose, elevando a la criatura fantasmal hasta que finalmente se desprendió de la fogata. Y fue un alba de fuego aquel pájaro que se elevaba buscando a la madre estrella. La danza cesó, todos miraban en silencio al pájaro de fuego ”. Esta es la danza de la pasión ”nos dijo la Hecicera“ cuando la pasión es liberada el espíritu descansa de sus tribulaciones ”. Y supimos que el buen Dios le era grato aquel ritual. El mensajero de los pies alados le abría las puertas de los cielos.

La gran Hechicera inició la ceromonia y comenzó a reunirnos en sendas, hileras: hadas y brujas, muy cerca unas de las otras, sin antagonismo alguno, fuimos una a una recibiendo el legado. Y a cada cual, según su linaje se le otorgó una lechuza o un unicornio. Luego nuestra hechicera o musa de almendrados ojos que cambiaban segun los colores del Arcoiris a cada parpadeo, desató su alforja y una niebla de estrellas fugaces se desplegó en el aire junto a pequeños ángeles y criaturas levemente maléficas. Esto para quedar al tono de nuestra duplicidad, sin sesgar aun así la armonía que de aquel paisaje de sueños. Todo emergía como un nuevo naciente de la inocencia, entre el bien y el mal, una criatura ambigua de noble belleza: oscura y brillante al mismo tiempo. Las colinas parecían flotar entre el cielo y el abismo. Y así, nosotras, nos regoicijábamos presas de la ilusión. de las ofrendas que habrían de depararnos aquella noche 

 Asi fue que se acercó la primera, una pequeña bruja inclinándose ante la alta Hechicera qué a su vez hizo le hizo una leve reverencia y le dijo: – Te daré el don de entregar las pesadillas más feroces, pero también podrás dorar el despertar con bellas lágrimas que calmarán el quebranto.

 La bruja recibió el legado y colocó la lechuza, que le fue entregada, sobre su hombro.

 Luego le tocó el turno a un hadita que había tenido la fortuna de ser primera en la fila y la Hechicera dijo:

-Te daré la facultad de entregar belleza y tersura a los rostros de los que nacen, pero también llevarás el espejo de los años, dónde cada uno verá el efímero rastro de aquella hermosura que se prefigura como eterna-.

Y le puso entre sus manos un unicornio recién nacido.

Así, una por una, hadas y brujas fueron pasando ante la gran Musa -Hechicera, en tanto yo quedaba muy por detrás Y aun cuando llegó mi turno. La Musa pareció no reparar en mí, lo que me llenó el corazón de una profunda congoja.

 Pero cómo si entendiera mi estado, apenas se hubieron marchado todas se me acercó y dulcemente me dijo estas palabras tomando mi mano entre las suyas –

No temas, sigue por las colinas. No te he dado el don, porque el que se te ha conferido, te será entregado de un modo diferente, Tal vez, porque es propio de su naturaleza que así suceda. Sigue tu curso y no temas. -concluyó. Retirandose luego

Y así, por cierto, poco animada, empecé a caminar rumbo sabe a qué destino. Iba cabisbaja, algo distraída digamos, cuando de pronto alguien se interpuso en mi camino y me hizo caer de manera poco decorosa para un hada. Entonces a mi lado pude ver a una estrellita de lata atada a una rama verde, ¿Qué clase de Don es este? Pregunté indignada. La estrellita de lata me sonríó del modo en que suelen sonreír las estrellas, es decir echando tres destellos de luz acompañando el casi inaudible crepitar del fuego,

-¡Así que te ríes! ¿Qué quieres decirme con eso ?.

Noté que algo revoloteaba molestamente a mi alrededor. Alcé la vista: y vi a una pequeñísima hada hecha de carbón.

– y tú ¿qué me dices? – Repetí molesta-¿qué clase de don es este?

-El de la compasión- contestó con seridad el hada.

-No hay nada más importante en este mundo qué devolverle la dignidad a los que ya no imaginan tenerla. Tú cantarás desde la cuna a los pequeños seres. Les infundirás dignidad y compasión. Tendrás tiempo para ver como todo pasa.

Y algún día serás la única narradora de nuestras leyendas. Eso es todo. Adiós-. Dijo y desaparecio revoloteando hacia el cielo, dejando una pequeña estela de carbón, qué se onduló hasta desaparecer en un punto ínfimo

Entonces soñé era una viejecita, con un bastón descolorido y que una niña con los ojos del color del infinito se sentaba junto a mí para escuchar mis historias.

Marta Oliveri

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