Hay cosas que no se pueden explicar por mucho que lo intentes. El otro día me dijo una amiga que a ella no le gustaba leer poesía; se aburría. Sorprendida la miré e intenté comprender cómo a alguien le puede aburrir la poesía, esa dulce melodía que impregna el alma y la desdibuja para volver a crearla con matices distintos, dramáticos, con un dolor que puede romperse en mil pedazos imposibles de recoger, aplastados por aquellos a los que se les regala el derecho a ser amados por incautos que se lanzan al abismo con los ojos cerrados.
Imposible describir el escalofrío que hace tambalear mi cuerpo al leer que su amada descansa bajo el frío mármol; imposible explicar lo que siento cuando el cielo llora desesperado y mi corazón sigue el ritmo de los pasos de aquel amor cuyas pisadas las olas del mar borraron, invitándonos a abrir otras puertas… laberintos enrevesados de los que nos negamos a huir por miedo a perdernos y a no encontrarnos.
Algunas personas piensan que la poesía no sirve para nada, pero si no existieran los poemas, ¿cómo podrías describir el alba? ¿Cómo describirías el aroma a mañana? ¿Cómo te explicaría que la eternidad se consigue mediante palabras que riman y embellecen un mundo gris sin alma?
Imposible explicarte todo eso sin poesía; imposible mirar un atardecer y no contarte cómo muere el sol bañado en sangre para que cada noche nazca la dama de cabellos plateados y pasee entre luces de diamantes. Cómo podría explicarte sin poesía que sus miradas cambiaron mi vida, que sus latidos detuvieron el mío y que sin ellos moriría.
Es complicado explicar que el tiempo se detiene cuando la brisa me trae su aroma, que miro al cielo y tiendo mi mano para rozar sus dedos y sentir que aún se halla junto a mí, esperando para darme un beso. Cómo explicar cuando mis ojos luchan por evitar que el mundo vea mis anhelos, que con una sonrisa deconstruida sigo creando la historia de mi humilde vida, invisible como la mariposa que bate sus alas y silenciosa pasea sin desear ser vista.
A veces me delata una mirada perdida, una palabra sin sonrisa, una caricia silenciosa que no se explica. Lo siento, no puedo explicar qué es poesía, porque para mí es el aire que mece y acaricia, la tormenta que escuece mis heridas y la miel que endulza el amor que suspira.
Lento, muy lento. Lo que en sus poemas era una hermosa bendición, en sus novelas fue una lenta, aunque dulce, tortura. Estoy hablando de Thomas Hardy y de su novela Tess d’Urberville.
Primero me enamoré de su vida y sentí curiosidad por el hombre cuyo corazón reposa con su amada Emma y su cuerpo con los grandes poetas en la Abadía de Westminster. Entonces descubrí sus perfectos, románticos y dramáticos versos; de esos que te envuelven como una cálida manta en una noche de frío, de esos que hielan tus huesos con el dolor de alguien que ha perdido al amor de su vida sabiendo que ya lo había perdido antes de que durmiera eternamente en el blanco mármol pulido.
Como un suave fuego que calienta mi cuerpo, entró en mi corazón y grabó su nombre en un tatuaje invisible y eterno. Así que decidí avanzar en nuestra relación y aventurarme con una de sus novelas porque, como ya sabéis, me atrae todo lo que la sociedad censura, aquello que se critica, porque supongo que es interesante.
La novela elegida fue Tess d’Urberville y, en su defensa, he de decir que no sé si la recomendaría o no; y digo “en su defensa” porque me ha dejado perpleja en muchos sentidos. En primer lugar, esta novela debería llevar detalladas instrucciones para aquellos valientes en los que surja la inquietud de leerla.
Es una novela densa, muy densa, y os lo dice alguien que está acostumbrada a leer novela clásica inglesa. He leído a las hermanas Brontë, a Virginia Woolf, Jane Austen, George Orwell, Oscar Wilde e innumerables poetas que se han convertido en mis amigos, amantes y arquitectos de sueños con puentes que me hacen viajar a tiempos llenos de romanticismo.
Pero sí, con esta novela he estado a nada de castigarla de cara a la pared; casi seiscientas páginas en las que las descripciones son tan densas que, cuando llegas a los sucesos interesantes, apenas recuerdas en qué punto estabas. Y ahora diréis los eruditos insufribles que las novelas clásicas son así, y tenéis razón; he leído demasiado a los clásicos como para saber que lo son, pero lo que empieza como pura poesía descriptiva termina desquiciándome con cada detalle desmenuzado del paisaje. Sin embargo, creo que no ha sido eso lo que se me ha atragantado de esta novela; lo que realmente me ha desquiciado ha sido la historia en sí misma.
Entonces entendí la magia de Thomas Hardy y que no todos estamos preparados para leerlo; es como la comida mexicana: me encanta el picante, pero cuando te comes un taco mexicano real es cuando entiendes que no estás preparada para el verdadero picante, ya que su nivel de tolerancia es mucho mayor al nuestro. Vamos, un arte.
Pues eso pasa con esta novela; no estaba preparada, pero me alegro de haberla leído. Thomas Hardy muestra la hipocresía de la sociedad en estado puro: el doble rasero con el que se medía a las mujeres y a los hombres, lo efímero que puede ser el amor que pasa al odio en dos segundos y la triste realidad de que, al final, todo se compra con dinero.
A Tess le arrebataron su inocencia, la amaron, la juzgaron y, tras empujarla al abismo, decidieron que ella era el error. Creo que por eso se me ha hecho demasiado larga: porque sufría con su dolor y, si hubiera podido adentrarme en esas páginas y rescatarla, lo habría hecho.
Así que, si me preguntáis si la recomendaría… os diría que solo para los que estén preparados para pausar su vida y avanzar lentamente con cada descripción hasta llegar a imaginar los campos, el olor a césped, el sol de la tarde con sus últimos rayos acariciando la piel de Tess, un amor que se cuece a fuego lento y una traición que asesina el corazón del lector.
Quizás por eso la novela clásica es tan difícil de leer en la actualidad, pero tal vez… deberíamos hacer caso y detenernos, dejar de correr en este mundo de locos y obligarnos a vivir la vida como la cadencia de los versos y las descripciones de Thomas Hardy: sin prisa.
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Que el tiempo se detenga cada noche; que las horas sean elegantes y lentas ondas que avanzan, sin apenas ser vistas, en el lago, fruto del amor de dos cisnes enamorados que pasean invisibles bajo un techo estrellado. No deseo dormir; mi vida comienza cuando las calles descansan libres de los pasos agitados de aquellos que viven presos en el día, atados, enredados en un ciclo infinito de sueños desechados.
De día… una simple mortal, invisible, vulgar… sin desear ser más.
De noche… un alma que vuela en la oscuridad, acariciada sensualmente por Percy Shelley y atrapada entre los brazos de Lord Byron, acogiendo con agrado sus besos robados, sus labios, su mentira anunciada que me permito creer sin cuestionar nada. El villano de la historia, si la inocencia no hubiera sido borrada de mi cuerpo o simplemente deseara guardar la honra que en aquellos tiempos exigían los hipócritas.
John Keats pasea sus melancólicas palabras y recorre cada centímetro de mi cuerpo con su calma, pero Ibn Hazm me ama con su desgarradora pasión, me posee con cada declaración y me persigue con su mirada como el atributo al nombre, como alguien que nunca abandonará la batalla.
Y después de disfrutar entre las sábanas de versos y eternos ritmos de baladas, converso con Nietzsche sobre la prisión de los hombres, sobre su seguridad construida sobre una idea manipulada. A nuestra conversación se une Charles Baudelaire: cómplice, amigo, camarada… tan parecido a mí, que sus versos con mis opiniones se solapan.
Entonces paseo en la noche; Thomas Hardy me acompaña, pero es demasiado lento y no siempre estoy preparada, así que con una mirada me comprende y corro hacia la nada, hacia la mujer que me entiende como si fuera mi hermana: Emily Dickinson, aquella que apartó el mundo de su puerta creando una hermosa esencia entre aquellas paredes encerrada. Y con los dedos manchados de tinta, en pijama y algo extrañada, me pregunta: ¿Cómo puedes vivir en un mundo que no amas? ¿Cómo puedes ser dos personas tan distintas sin ser juzgada?
Yo me levanto de la cama, miro a través de su ventana y contesto: Cada día y cada noche libré mil batallas, suspiraba por un mundo inexistente, por un mar en calma; soñaba con vivir en un poema, en una de las historias narradas. Ansiaba que el mundo dejara de ser gris, que mi vida cambiara y la gente dejara de disparar a las almas.
Pero comprendí que mi felicidad estaba atada a sus actos, y aquello hizo que reflexionara. Depender de seres ajenos a mi causa es estar presa sin haber deseado entrar en la batalla. Solo yo consigo darme paz; solo yo sé que mi placer acaricia mi piel sin despreciar las cicatrices que de día me dañan. Soy la misma moneda, pero con diferentes caras: sol y luna, hielo y fuego, dulce y amarga. Soy Jane Austen de día y Virginia Woolf de noche, en su habitación propia. Soy complicada, un poco loca; amo la vida, pero detesto el mundo donde se aloja. Ingratas personas…
Vivo de noche, sueño de día, sonrío aunque el mundo no me sonría; porque no espero nada, tengo todo lo que necesito bajo la luna plateada.
Maria Beatriz Muñoz RuizImagem gerada pelo ChatGPT – https://chatgpt.com/c/69e4015f-6a78-83e9-b4a2-3e09d2621e9a
Cuando la gente que me rodea descubre mi cara oculta de escritora y mi largo recorrido literario y periodístico, siempre me dicen: “Seguro que con alguna de tus novelas te haces famosa”. Yo sonrío y respondo que no me importa nada de eso; soy feliz escribiendo y haciendo feliz a mis lectores o, como yo digo, “soy feliz repartiendo felicidad”.
A todo el mundo le sorprende mi falta de ambición. Lo que no saben es que una vez, hace años, soñé con ganarme la vida escribiendo; soñé con el mejor trabajo del mundo y, como poetisa romántica y autora de bastantes novelas romántico-eróticas, me imaginaba escribiendo bajo un precioso sauce, sentada sobre un verde y mullido césped mientras los últimos rayos del sol bañaban mi piel, acariciándome dulcemente.
Pero aquello dolía demasiado. Tuve que caerme muchas veces hasta comprender que mi alma necesitaba paz. No deseo danzar en la brusquedad de un río agitado; necesito la paz de un apacible y escondido lago en el que únicamente pasean dos hermosos cisnes que se demuestran su amor bajo la plateada luna.
Es difícil de explicar, pero mi paz está en no esperar nada ni del universo ni de la gente. Pocas veces lo he comentado, porque mi visión del mundo y de las personas puede interpretarse como pesimista, oscura y en ruinas. Y lo cierto es… que no os equivocáis.
Los que me conocen se sorprenden al leer alguno de mis poemas llenos de melancolía y tristeza soñadora cargada de realidad grisácea, más que nada porque siempre tengo una sonrisa para cualquiera, porque los que se acercan a mí saben que van a pasar un buen rato, porque amo a los animales y soy demasiado empática con los que sufren.
Es difícil de decir, pero sigo pensando que la humanidad es el error más grande del universo. Cuando observo las estrellas y la luna bailando entre las olas del mar, cuando el rojizo atardecer muere cada día invisible a la mirada de la gente y los árboles mecen sus hojas en una sensual danza… me siento pequeña y feliz por saber que lo soy; porque nos creemos poderosos y, sin embargo, cuando la naturaleza ruge, huimos aterrados.
Os voy a contar una historia de la mitología griega que seguramente conoceréis bien: todo comienza con un desafío a los dioses. Prometeo, un titán que sentía un gran afecto por los seres humanos, decidió ayudarlos robando el fuego sagrado del Olimpo. Su objetivo era que la humanidad pudiera calentarse, cocinar y progresar. Sin embargo, este acto de rebeldía enfureció a Zeus, el rey de los dioses, quien decidió que tal regalo no quedaría sin castigo.
Para vengarse, Zeus ideó un plan ingenioso: ordenó crear a la primera mujer, Pandora. Cada dios le otorgó un don especial para hacerla irresistible: Hefesto la moldeó con arcilla, Afrodita le dio belleza y Hermes le dio elocuencia y una curiosidad insaciable. Pero Pandora no era solo un regalo; era, en realidad, una “trampa hermosa” enviada para equilibrar el beneficio que el fuego había traído a los hombres. Zeus envió a Pandora a la Tierra como esposa para el hermano de Prometeo, Epimeteo. Con ella envió una vasija sellada, advirtiéndole que bajo ninguna circunstancia debía abrirse. Zeus sabía que la curiosidad que él mismo le había dado a la joven terminaría por ganar la batalla.
Un día, incapaz de contenerse más, Pandora levantó la tapa. En ese instante, una nube oscura de males salió disparada: la enfermedad, el dolor, la envidia, el hambre y la vejez se escaparon para siempre, llenando un mundo que hasta entonces había sido perfecto.
Aterrorizada por lo que había hecho, Pandora cerró el recipiente lo más rápido que pudo. Cuando el silencio volvió, se dio cuenta de que algo golpeaba suavemente contra las paredes del fondo. Era Elpis, la Esperanza.
Aunque los males ya estaban sueltos por todas partes, la Esperanza se quedó dentro de la vasija como el único consuelo para la humanidad. Hay muchas teorías acerca de esto; algunos dicen que esto significa que, por muy difíciles que se pongan las cosas, los seres humanos siempre conservarán esa chispa interior que permite creer en un mañana mejor.
Mis teorías, como no, se asemejan a las ideas de mi filósofo preferido, Nietzsche. ¿De verdad creéis que los dioses pensaron en Elpis como algo bueno para los humanos? Yo pienso que Elpis fue el mayor de los males, la esperanza que hace que el pueblo torturado piense que habrá tiempos mejores, y ahí es donde entra la siguiente manipulación urdida con el tiempo para seguir controlando a los tontos mortales: la religión. Esa que promete riqueza y salvación en un reino que nadie ha visto, esa que premia al que sufre y padece, al humilde, al que tiene la esperanza de ser mejor una vez muera.
Un pueblo vigilado por Dios no necesita cámaras, no necesita leyes; es fácil de controlar. Cuando Dios muera, los poderosos tendrán un grave problema, pero mientras tanto, algunos seguirán guardando a Elpis en su pecho y otros la dejarán encerrada, mientras puedan, en el lugar más oscuro. ¿Y tú? ¿Piensas que Elpis fue una bendición o una maldición?
Maria Beatriz Munoz RuizCumbres Borrascosas – Imagem criada por IA do Grok https://grok.com/imagine/post/b1c6c33a-67ee-46e8-86ba-1e38aeb071d9
Hace un tiempo escribí una crítica literaria sobre la novela de Emily Brontë, Cumbres Borrascosas, sin haber visto su adaptación cinematográfica. Hoy, después de salir del cine, puedo reafirmarme en una idea que rara vez falla: los libros casi siempre son mejores.
He salido con un sabor agridulce. Aún no sé muy bien qué pensar de la película; quizá el problema hayan sido mis propias expectativas. Tal vez esperaba reencontrarme con la intensidad desgarradora de la novela y, en su lugar, me encontré con una versión suavizada.
Tengo la sensación de que buena parte del público no había leído la obra original y, por eso mismo, la disfrutó más que yo. Quien desconoce el texto de Brontë no echa en falta lo que no sabe que ha sido omitido.
Comenzaré por lo positivo. La interpretación de los actores es sobresaliente; el vestuario, impecable; y los paisajes, junto con el decorado, resultan verdaderamente inmejorables. La atmósfera visual está muy lograda, aunque, en mi humilde opinión, habría prescindido de ciertos detalles —como esas gafas de sol en una escena concreta— que rompen la coherencia temporal.
Hablo de “nueva versión” porque, en efecto, lo es: han eliminado personajes fundamentales, suprimido episodios clave —como el encuentro de Heathcliff y Catherine con los Linton— y alterado tanto el carácter como la esencia de varios protagonistas. Incluso han transformado el papel de Isabella hasta hacerlo casi irreconocible, ya que ha pasado de ser hermana a simple acolita. En definitiva, han reescrito media novela. Y digo media porque la segunda parte, al parecer, no despierta demasiado interés.
Es cierto que a mí misma esa segunda parte me resultó más densa en su momento; sin embargo, es en ella donde se revela con mayor crudeza el verdadero Heathcliff: vengativo, devastado, consumido por el resentimiento que nació en la primera mitad de la historia.
La película, en cambio, opta por romantizarlo todo en exceso. Se convierte así en una versión más comercial, más adaptada a la sensibilidad contemporánea. Incluso el ama de llaves, que, aunque no fue de mi agrado en la novela, tampoco era necesario convertirla en una villana envidiosa y vengativa.
Por otro lado, el giro que le han dado al personaje de Isabella desvirtúa por completo la intención original de Brontë. La historia se vulgariza, se sexualiza y se simplifica. Y aunque suene severo, mi crítica no implica que no haya disfrutado ciertos momentos de la película. De hecho, ha logrado materializar una fantasía compartida por muchos lectores: escuchar a los protagonistas pronunciar un “te amo”.
En la novela no hay besos. Ni siquiera una confesión explícita de amor. Y, sin embargo, el amor está en cada página, latiendo con una intensidad que no necesita palabras. Se percibe. Ellos lo saben. El lector lo sabe.
Brontë no buscaba la perfección romántica; creó un universo de pasión desmedida, de frustración y de tormento. Un amor áspero, inquietante, que deja el alma en desasosiego. La película, en cambio, parece desconfiar de la inteligencia del espectador, como si fuera necesario subrayarlo todo, explicarlo todo, hacerlo más evidente —incluso a través de escenas prescindibles— para garantizar su comprensión.
El final, además, da la impresión de cerrar definitivamente la puerta a la continuación de la historia, como si la segunda generación nunca hubiera existido.
En conclusión, si deseas disfrutar plenamente de la película, quizá sea mejor no haber leído la novela. Pero si lo que buscas es comprender la intensidad, la oscuridad y la complejidad del amor que imaginó Emily Brontë, entonces acude al libro… y no esperes demasiado de la película.