Mario Antonio Rosa: Poema ‘El enemigo de los nombres’
Mario Antonio Rosahttps://gemini.google.com/app/88824a27bc8ce279?utm_source=app_launcher&utm_medium=owned&utm_campaign=base_all
Mi comida fue, unas estrellas en la distancia, lavarme la cara a estragos de rocío, o desde un pozo, donde los sueños se herían con vigilia. Nada ocupa mi vuelta en el mundo; los ojos van aprendiendo a tocarse con el viento.
Aquí, ante una loma radiante o un camino de hierba que sepulta tierra hospitalaria camino por mis pasos, me cobija la oscuridad de mi frente mi seca noche y sus sílabas, mi rasgo de silencio.
A lo lejos, la fuerte solera del infinito: ciudad arriba a largo trazo de lágrimas.
No quiero que sepas quien soy, no quiero tu aliento en la nuca, ni el parpadeo, de las manos que hice propias luego del tiempo. Basta tu amor, alma, y tu oración cerrada el disloque de tranvías que ya te echaban a la voz ciega como el mar y tu corazón cantando.
Piensa en mi beso invisible donde solo cabe la lámpara desnuda por los dos.
Mario Antonio Rosahttps://gemini.google.com/app/73456a82871148a4?utm_source=app_launcher&utm_medium=owned&utm_campaign=base_all
La piel toca, los labios huyen en un día ecuatorial de cicatrices solitarias y una hoguera continua se deslumbra en los ojos en la gran cosecha de calor y árboles quietos
pienso lento
siento dolor, a veces lejanía, campo largo, extraño la tierra de la lluvia, las cimas grises que imitan la escala del espejo, voy sanando dormido con ese amor que aprieta, ese amor de perfiles que supura la gran noche de su aliento
alta mar y ganas de llorar
no, cerraste los ojos en mi espalda huiste, luego volver resucitado, echar el corazón, remar odios, somnolencia, vértigo y luego felicidad así las cosas en este desierto que cava el cielo tantas, tantas cosas con su escama de miedo pero me volveré a desnudar bajo tu sueño, tu imperio corto, ese abecedario donde las gentes se cobijan
intento estar recién nacido
de pronto he escrito esto en forma de abanico, pronto es mediodía, todo desaparece, incluso tus huellas, livianas como arena joven, en corriente ciega, invadiendo contra nadie, de estrellas bajas, soledad,
una extraña quietud, de esas que abraza cuando todo se ha perdido.
¡Bajad la voz, que está con su rigor, que es grande, sin saber qué hacer, y está en su mano la calavera hablando y habla y habla, la calavera, aquélla de la trenza; la calavera, aquélla de la vida!
César Vallejo España, aparta de mí este cáliz
Estás con tus manos contra el agua y el rostro te habla con agua contraria, la tarde avisa con una vocal al oído, la ciudad templada en su rodilla de salitre, murmurando. naves de frío, y la habitación cerrándote los ojos.
Siguen pasando años imaginado por tu muerte con sabor de sombra, en esa soledad escrita por esclavos donde fuiste libre al vendaval del corazón; en esa campana que el aire escribe con la luz y luego en los labios, se va con alas susurrando. De modo que, en esa soledad de todas las vidas, los nombres que se rasgan, ya hacen sueño para la patria, la esclava mayor, de todas nuestras lágrimas.
¿Qué pasó en la vuelta de media luna? No sé, te perdí los pasos, la frente mojada con el tiempo, en la calle, las luchas iguales se extinguieron, recogía esos abrazos contra el silencio y la sangre los fusiles desvelados que te llamaban en aquel 1873 en un mes de marzo dominado de cerezos, lluvia vieja, pero la firma gritaba como un surco en el relámpago, y nuestra primera libertad tenía olor de fiebre
y los niños se bautizaban con saliva de noche estrellada, la molienda quedaba sorda bajo calaveras, ¡era el grito!
Tu sol, rociando a los mortales.
Yo regreso a la ventana que se quedó abierta frente al Cerro Concepción, donde dormía tu cuerpo o quizás cambio mi sombra en los puertos que te apagan porque la trenza del océano se hace a tu costilla a tu farol de voces, en esa mesa tendida con Betances. Yo puedo volver a morir con una estatua única repetida por tus palabras en cada lucha y estampida sintiendo el sueño y la pérdida, la raya de las hojas, por esa manumisión que nos llevó a la vida, por ti, cantando en tu descanso, volviendo a repetirte porque seguimos esclavos, duele la ceguera, es tempestad, los días se devuelen entre vidrios amargos, y no somos Puerto Rico.
Quiero ver esos ojos que se cerraron esa calma de aquel Valparaíso de las sales con la tierra roja, y el invierno en los metales nudos de olas en los flacos puertos ahogados en los siglos
‘José Ernesto Hernández: Epístola de asombro por un poeta‘
Mario Antonio Rosa
Un poema es una cosa que será. Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser. Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser. Huye del sublime externo, si no quieres morir aplastado por el viento. Si yo no hiciera al menos una locura por año, me volvería loco. Tomo mi paracaídas, y del borde de mi estrella en marcha, me lanzo a la atmósfera del último suspiro.
Vicente Huidobro Altazor o el viaje en paracaídas
Hay prólogos que no existen. Prólogos que no resisten la poesía. La vida, en su corteza, es un prólogo indefinido, desdoblado, ágil o absorto. Prologar como si hilvanáramos un monólogo a veces puede desnudarnos al vacío.
De modo que, para hablar con la poesía, para decirle a la poesía el monto de sus alas, para señalarla, con todas sus alturas es preciso desvanecernos, olvidar las reglas, ser déspotas con el rigor. Yo diría a esto, un intento de soñar, adormecerse un poco, cambiar, si somos atrevidos, la forma de los ojos.
Ya Miguel Hernández nos dio el nacimiento, tenemos tres heridas: la de la vida, la de la muerte, la del amor. Esta tríada, en un poeta es monumental. La siente más, la conoce demasiado cerca, y hasta aprende a herirla, para brotar palabras.
Y una vez Huidobro, el creacionista, hablaba de un salto mortal atado a un paracaídas desde su estrella íntima capaz de cubrir el cosmos, el miedo, la hendidura. Crear desde el dolor es nacer en dominio sobre el mundo. El lenguaje es lanza, y jinete. Mundo, es un gigante, ya lo confirmó Alonso Quijano, el bueno, con aquellos molinos hastiados de eternidad y de lamer los espíritus del viento. El poeta, hijo enfurecido de la totalidad asume el salto, y se sorprende.
Estamos muy cerca de un poeta. Los prólogos no existen. Pasa que la poesía funde su antorcha rebelde del decir y del hablar, el nombrar, el totalizar la palabra, restándola de la cotidianidad. Vive contrario, respira contrario, amanece inmenso. Y a veces, no sé si un prólogo es suficiente para decir tanto. ¿Con qué palabra lo defino? ¿Qué adjetivo, qué pronombre? La circunstancia es única. Es mayor el paradigma.
Muy cerca de José Ernesto Hernández, ocurre una alquimia exacta y demoledora, alejada de prólogos y nombres; una palabra empieza el acto con un océano montado en ola única, rapaz. Lo demás es ir viendo, desde el paracaídas, el todo de la palabra, lo que su inventiva, biografía en sol naciente y luna nueva, audacia e imaginería estremezcan. Es una manera de decir totalidad.
No, mientras escribo esto el prólogo se difumina con distancia. Se me acercan estos versos de un libro al que el poeta ha llamado Es tristemente bello escribir un poema donde morirse, y el fijar una óptica para un libro como este comienza en una danza dispar, movediza, sin consuelo de acierto.
¡Qué gran vuelta a una de las heridas del poeta, la vida! Diré que el libro es mágicamente denso, porque las fórmulas creadoras asumen ríos a contracorriente, la imaginación regresa a su niño escondido, y juega con su abecedario para la soledad, el vacío, la pérdida, el amor y hasta me atrevo a nombrar monólogo, en un teatro a cámara negra, un perseguidor y una música a lo lejos, esta vez, espejo rendido.
Portada del libro ‘Epístola de asombro por un poeta
Hugo Mujica, poeta argentino, abre la marea fuerte de este libro, y tras de él, el discurso del poeta, un lenguaje muy interior que se desprende y resplandece. Hay unos versos que lo exponen como un golpe de agua capaz, y sucedáneo:
hay que destruir la
casa que fuimos
para edificar sobre
los escombros
nuestro otro hogar.
(Donde la casa olvida tu nombre)
Este poema es iluminador, y a su vez desolador, es un mapa limpio de sobrevivencia; una casa, tal vez la de todos, se mira con tristeza, una casa que hemos tenido todos que, de momento, no te conoce, te deshabita, tritura tus raíces. Un incendio inofensivo que en su mudez trae capítulos de la memoria y a su vez seduce a una desaparición. Es una forma de dolor, una caricatura contra una vida, locuaz y concluida que, en la mirada total se hace nada. Siempre, en este visto existencialista enfrentaremos la dureza de tener casa sin hogar, pisar los escombros y edificar quién sabe dónde.
Creo que en todo hogar siempre hay una despedida, un despecho, un vacío que dormía entre cimientos de felicidad; alguien marcha, y todo cambia, se van llenando soledades. El poeta lo demuestra en estos versos donde todos habitamos, y donde se aferra a regresar libre de lo perdido:
correr hacia dentro,
expurgar mis huesos
hasta encontrar algún hilo rojo,
que me enseñe el camino de regreso:
a la falda de la abuela
a la hermandad cómplice,
a la ruta de la golondrina,
a la mansedumbre materna.
(Donde la casa olvida tu nombre)
Esta sección del libro nos narra el camino de un desprendimiento, la nostalgia herida, la ansiedad, el pasado y su línea del presente. El pasado traza un territorio en el frente de las palabras; la imaginación en su día presente las observa, con limpieza y dolor. Hay, elementos en el sendero que pedirían un regreso, un intento de amor, un acto de amor incluso, pero la vida del poeta esta hecha de verdades y presentes migratorios a un estado absoluto de poesía. En este libro como diría Miguel de Unamuno hay un ¡ADENTRO! muy contemplativo; claro está queda el deseo de regresar, el espíritu así lo ordena, porque el espíritu al final abre la brecha al paso del futuro.
Y sigue, la lluvia interior, cubre el cosecho de palabras vivas. José Ernesto nos recuerda el niño que yace en algún lugar de nosotros. La segunda parte de este poema El niño que se hizo sombra encierra una gran verdad, y una revelación: el hombre encierra de silencio su niño hasta ser su sombra. He aquí la marca:
Qué pesadilla esta
de calaveras de pájaros
girando sobre mi cuerpo,
en esta noche que me traga
y me escupe dentro de un
baúl de juguetes mustios.
hay algo de mi pasado
que no tuve, algo como…
una mirada, un abrazo o un dulce
que hoy reclama su espacio;
pero estoy lleno de cenizas.
ay de mí, siempre herido,
taciturno, melancólico.
(El niño que se hizo sombra)
¿Acaso somos un niño de sombra, callado, mustio, sosegado por nuestros actos? Cada poema en esta parte del libro-si decir todo-es destinado al ser, a su travesía, sus facetas solares y lunares, su tiempo, su espacio, su solera de palabras, su silencio. El poeta, en sí mismo, es un soliloquio. Discursa, tambalea, llora, se atreve a reír y sueña.
Dos secciones adicionales conforman el libro: Vulnerable Animal y Bajo el filo de las palabras. Cada uno escrito con la originalidad que lleva el alma y su ambiente de contemplación. El poeta asume el hombre de hojalata y desangra el poderío, de la expresión. Y es que José Ernesto, poeta total, no puede vivir bajo otro orden que el filo de las palabras; el subir, la pendiente, paso a paso, a sol y luna, también noche oscura, y conquistar el término medio-como Aristóteles en su tabla mágica-de la voz y la rendición de los destinatarios. Hablar en poesía conlleva una libertad honrada y magnífica, precisa, Paul Válery oscilaba entre el vuelco al desprendimiento, la dación, el mensaje perfecto. He aquí que José Ernesto en el centro de su escenario rompe incluso con las intermitencias de la vida y de la muerte, porque poesía es eso, provocar que los prólogos desistan de fijar el orden; es leer el poema y hacerse vital desde el poema mismo.
Cierra el libro con el título de su nombre, Es tristemente bello escribir un poema donde morirse lo dejo a la imaginación del lector de estas páginas. Solamente, bajo la premisa anterior, les advierto, resume ante el todo del ser una vitalidad que se hará compañera de tus días, ya no habrá muerte, sólo el universo indomable que rompe con su cerco, las palabras:
porque escribir para fallecer
es un juego cuyas instrucciones
llevo cicatrizadas en el alma.
es tristemente bello escribir
un poema donde morirse,
como resquebrajar con un verso
las puertas del miedo
y volverme a encontrar sin
fracturas en los ojos del cielo.
dime, Lady Lazarus,
si morir es un arte,
¿cómo transmuto en
una alondra bajo el
peso de este poema?
(Es tristemente bello escribir un poema donde morirse)
Es este libro un viaje del siempre, bajo cualquier día, por encima de las horas, bajo la verdadera poesía. Es, el asombro. ¡Enhorabuena POETA!
‘Julia M. Toro: la poesía, como bala de encuentro’
Mario Antonio Rosa
Las primeras armas de fuego aparecieron/ en los campos de batalla europeos mientras/ los caballeros y hombres de armas usaban / armaduras de placas. Contrariamente a lo que / algunos podrían pensar, ambas continuaron / usándose simultáneamente durante siglos. (Marioantonio Rosa – Taste of History – 23 de abril 2023)
Portada del libro ‘La bala que escondes en tus manos’ de Julia Magaly Toro
El amor, o el duelo. ¿Alguien lo dijo? ¿Será posible unir estas dos máscaras para esta definición? Perder el amor reúne un duelo involuntario, que llega en mala frescura al corazón humano. Es una condición de quemarse y expiar. Surge ciega, la pureza. Alcanza los poros, y el verbo. De modo que, la transgresión abre su cielo natural, prístino, válido al manifiesto.
La condición humana abarca las experiencias fundamentales que caracterizan la existencia, incluyendo las dimensiones físicas, mentales y emocionales. Confluyen experiencias universales como el nacimiento, el crecimiento, el dolor y la muerte, así como un amplio espectro de sentimientos como la felicidad, la ambición, la ira y la desesperación.
Filósofos como Platón y Descartes, han explorado estos temas, lo que ha dado lugar a importantes reflexiones sobre la justicia, la identidad y la naturaleza de la existencia.Este rico entramado de indagaciones continúa inspirando debates sobre lo que significa ser humano, reflejando tanto las luchas como las aspiraciones inherentes a la experiencia humana. Eso es la existencia, y eso es el poeta. La existencia en su médula, busca expandirse, brotar, gritar, inmolar y rehacer su cauce. Nadie escapa.
Por eso, siempre, me siento identificado con la premisa de que el poeta es el más cercano espectador de la condición humana y en ese ruedo, se expresa en uno de los muchos polos que absorbe lo sublime. Transgredir es existir. En el poeta, es una fuerza despejada y libre, sin prórroga, profusa. Desde el intento de una imagen a una mala palabra de asfixia, bajo la poesía, la posibilidad es fuerza e impulso.
Ese enunciado lo encontramos en el libro La bala que escondes en las manos de la poeta puertorriqueña Julia Magaly Toro. Libre origen, verbo exacto. Nada más. Libro construido en una de las muchas génesis del alma e invicto en el equinoccio de la piel. El libro, como una bala escondida, encierra su destello personal al equilibrio de la expresión y del ritual de unas imágenes diestras y con poder. La poeta escoge la bala, hija primogénita de la pólvora, allá en la antigua China —y después—como un único incendio para cambiar en el decir, expresar.
Los poemas de este libro son un ejercicio honesto y noble de escribir la poesía como un escape, en anatema contra los discursos y estilos. Julia, poeta, es su propio estilo, su soledad, su acrobacia de soñar, su desvelo, Es lo que escribe, conquiatada por la imagen, lo respirado y vivido:
Dame un poco de tu cromo
haz de este acero uno inoxidable
no perfecto como oro y platino
quiero poder reaccionar a tu oxígeno
a lo que alimenta tu conocimiento
tus recuerdos, tus vivencias, tus días
construye en mí una espada de doble filo
que penetre en la piel con simetría
y haga una cicatriz alineada y perfecta…
(Armadura)
La fusión de amor de amor origina la densidad del acero y el ritmo de la siempre apertura de la espada. Ondea un acto de piel y luz que derrota los requisitos del oro y el platino. La poeta funde su más allá con el amado donde también se puede conjugar el espíritu. Y digo eso, porque en todo el libro camina secreta una transparencia que solo cae en el fin y asombro del espíritu. Amar, quizá, más allá de los huesos. Esa misma simbiosis crea por fin una armadura impenetrable, una ronda de altura y fuego.
El libro en su contenido está dividido en los diversos manifiestos del fuego abierto del revólver. Persisten las escalas, los temas, tipos de bala, tiro al blanco, chaleco antibalas, calibres, balas de salva—¿realmente existen?— y municiones. Todo el ser y su caído entorno deambula en esta creación apartada de las modas y rompiendo cauces. La poeta conoce su rumbo visual por la vida, ama su oficio, teme a las grandezas de la revelación y es rebelde en el discurso. Todo nos lleva al preclaro conjuro de una poeta que camina, sin adivinanzas. Pero no termina ahí. Hay un poema donde la existencia participa como un dardo contra lo impasible. Es un poema colectivo. Lo escribimos todos y Julia, lo plasma en el tiempo:
Su mano derecha sostiene
una lata de salsa de tomates
que pone de nuevo en el estante
que vuelve a agarrar
es un constante análisis matemático
de qué puede comprar con lo que queda
cuánta hambre puede quitar esa lata
sino tengo cómo pagar las habichuelas
si al pan puedo darle un beso
y tomarlo con agua del grifo
en una cárcel está el pueblo
y los políticos en su guiso
¡ay, gobierno cabrón!
que insistes en poner impuesto a todo
ni siquiera los barquitos de papel están exentos…
(Sicarios)
La poeta señala la mentira social. La apariencia de un país tupidamente capitalista y próspero donde el hambre riega con silencio sus provisiones y abandona almas. Pero ¿que tipo de abundancia nos pisa el ruedo? País irresoluto, con una economía de cartón y en crisis y una deuda externa explotada en discusiones virales y posturas políticas. Y dos partidos echándose a la llenura de sus mochilas. En este poema se repasa la realidad de un Puerto Rico que alguna vez fue de ensueño, un clamor de patria, una denuncia. Parte de la existencia: el entorno y su llamarada. La paz, es parte de esa mentira social; la guerra un motivo, sin resurrección.
De modo que, nuestras letras nacionales tienen en Julia M. Toro una poeta dueña de un verbo innovador, De una prestancia esencial en el modo de la buena poesía. Desde el cuerpo, el dolor, la piel, el alma, el chaleco antibalas que nos presta en su palabra nos cubre en un buen comienzo, y sobre todo fin. Es poeta de este tiempo, escrita con futuro:
Mario Antonio RosaImagem gerada pelo ChatGPT – https://chatgpt.com/c/69c2d78f-0590-83e9-b818-d61410ebfcf7
Desde un día arrodillado, en el agua, el árbol, la presa verde, todavía grande de quietud, y los latidos de las aves ausentes, aguacero madre, arrecia llena en turbonadas el sendero parido de sequía, y yo llevo un astro pesado de sueño, duermo siglos, y el ruido polar del agua cayendo; yo he caído diluvios el amor partido como un delta inalcanzable de soles torpe dormir, pobre, con varios hogares desiertos. Quisiera que alguien me llame, ¿quién? Tener un beso en la proa de este nadar tan mío y roto. Hacer poesía de peces en arena rediviva yo soy otro nombre en las anclas y las noches cortas otro nombre más, en el ahogado que arde en mariposas. Despierto, sí, de viejas tempestades heridas con luz. Buscando algo, amado en mi ceguera, al fin de pie, mirando el ahogo del sol, quizá tener dos alas, he inventarme el aire suelo, y el aire grande, con ese niño viejo que palpita olas para las huellas.
Quizá este hombre que soy, escrito a sangre en lejanía.