Fuentévar

Rafael Peñas Cruz

Reseña ‘Fuentévar – Un poemario de Francisco Caro’

Rafael Peñas Cruz
Rafael Peñas Cruz
Capa do livro 'Fuentévar', de Francisco Caro
Capa do livro ‘Fuentévar’, de Francisco Caro

Un poema es un itinerario, dice Francisco Caro citando a Wallace Stevens, y eso es lo que Fuentévar es, una serie de hitos en el caminar de un hombre por su pueblo, un lugar de La Mancha, áspero y tierno a la vez, tierra de soñadores y vastos cielos.
Cada poema es un detenerse a pensar, a verse el hombre reflejado en un paisaje, dejando que las palabras fluyan en respuesta a un topónimo o un accidente geográfico evocador de un sentimiento.

rancisco Caro Arquivo pessoal
Francisco Caro Arquivo pessoal

Subimos con el poeta a la Sierra de la Cruz, desde la que contemplamos una tierra eterna y eternamente cambiante.
Hay poemas en este libro que traen la risa alada de las aguas primaverales, y otros que tienen el silencio helado de los riscos azotados por vientos invernales. También están aquellos en los que nos parece escuchar el incesante canto de las chicharras del estío castellano, esos tres meses de infierno en los que la tierra arde y la memoria reverbera por el asfalto de carreteras que se amoldan a desmontes y parameras.

Fuentévar es un recorrido anímico por una geografía que tiene nombres propios, lugares que hicieron al hombre, igual que el hombre ha hecho siempre los lugares a fuerza de sudores y desvelos.
Fuentévar es un lugar con una historia escrita en sus casas y calles, en sus senderos, sus torrentes y sus ermitas, que guardan el silencio de los ancestros en cementerios de lápidas desgastadas por el viento.

Chirrían veletas y cancelas en estos poemas y baten al viento los portales de graneros abandonados. El itinerario del poeta nos lleva constantemente de un presente solitario y sosegado a un pasado de fatigas y hambrunas, pero también de juegos infantiles y anhelos juveniles.

La memoria del poeta guía nuestros pasos verso a verso.
Fuentévar es el libro de un hombre que vuelve a su tierra y se reconcilia con sus silencios y sus piedras, que se reconoce en ese paisaje erosionado por el trascurrir de los siglos, llanuras de cereales extendiéndose en el tiempo tanto o más que en el espacio.
El poeta anda por arroyos y hondonadas, un paisaje que refleja la vaciedad última de nuestra existencia según nos dicen los sabios taoístas chinos.

De todas las tierras que en el mundo hay, posiblemente ninguna carga con tanto peso espiritual como esa tierra manchega de colinas yermas y árboles que crecen en intemperies descorazonadas.

La tierra manchega es un espejo en el que el poeta ve reflejada su suerte, pero sus pensamientos y recuerdos son también los horizontes que todos nosotros perdimos.

Este libro es un itinerario por una España rural dejada de lado por el avance de progresos y desarrollos, pero que guarda en ella la esencia de lo que un día fuimos y, por tanto, de lo que somos. Cada poema es un alto en el camino, una plegaria laica en viejas ermitas que guardan vírgenes desamparadas, testimonio de tantas plegarias desatendidas.

‘Tejera’, ‘greda’, ‘pretil’, ‘brocales’, ‘arzollo’… Fuentévar habla un lenguaje rico y preciso, rescatado por el poeta en un afán por salvar del olvido un mundo que se desvanece, purificando con sus versos el profanado lenguaje de la tribu.
Fuentévar es un regreso a una identidad diluida en porvenires y deserciones, una identidad que se resiste a ser pasto de las llamas de las hogueras de las vanidades.

Este libro huele a jara y hierbas estivales, sabe al aire gélido y limpio que sopla por las planicies del recuerdo, pero no es, como el poeta mismo declara en unos versos que dedica a la gran poeta extremeña Efi Cubero, un canto nostálgico para espabilar penas, sino un atender a la extrañeza que al escuchar la noche van dictando los poemas.

Francisco Caro es un poeta español nacido en 1947, natural de Piedrabuena, en la provincia de Ciudad Real. Fuentévar ha sido publicado por la editorial Mahalta: https://www.mahalta.es/producto/fuentevar/

Rafael Peñas Cruz

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Zurbarán en la National Gallery de Londres

Rafael Peñas Cruz

‘Zurbarán en la National Gallery de Londres’

Rafael Peñas Cruz
Rafael Peñas Cruz

La exposición de la obra de Zurbarán que se exhibe actualmente en la National Gallery de Londres es magnífica, y una oportunidad única en la vida para contemplar gran parte de la obra del maestro español reunida en un mismo lugar, ya que, para mi sorpresa, se trata de su primera retrospectiva en el Reino Unido. Resulta curioso que no se le haya dedicado mayor atención antes, ya que es uno de los grandes del Siglo de Oro español.  

Zurbarán se encuentra entre la modernidad de Velázquez y el sentimentalismo barroco de Murillo, aunque quizás su pintura esté mucho más cercana en su espiritualidad a la de El Greco o Sánchez Cotán, cuyos mecenas también eran principalmente la Iglesia y, por lo tanto, desarrollaron un arte más anímico, tanto en contenido como en forma.

Cristo y la Virgen en la casa de Nazaret, de Francisco de Zurbarán, foto de Rafael Peñas Cruz
Cristo y la Virgen en la casa de Nazaret, de Francisco de Zurbarán, foto de Rafael Peñas Cruz

Todos ellos se dedicaron a dar forma visual a conceptos e ideas en una época en que la representación pictórica se había convertido en un campo de batalla entre bandos religiosos rivales. Por un lado, los reformistas luteranos que, al igual que el islam antes que ellos, proscribían el arte figurativo como idolatría y se erigían como iconoclastas. Ante este desafío, la Iglesia Católica Romana, en lugar de ceder, redobló su apuesta por el uso de la imaginería cristiana para transmitir la magnificencia y el poder de todo lo divino.

La exposición presentada en Londres incluye numerosas pinturas importantes procedentes de colecciones de todo el mundo. Como es habitual, cada sala aborda un aspecto diferente del arte del pintor, desde su carácter devocional hasta la meticulosidad con la que Zurbarán, hijo de un comerciante textil de Extremadura, reproducía las telas con sus pinceles, así como el papel que desempeñaban en su obra objetos inertes como los utensilios de cerámica fina.

Hay algo solemne y profundo en la dramática representación del metal y la arcilla en los bodegones de Zurbarán. Del mismo modo, hay algo místico, más que vanidoso, en su perfecta representación de la tela. Tanto en los bodegones como en las vestimentas, ya sean de finos brocados y sedas o el tosco tejido de los hábitos dominicos, siempre todo presentado sobre un fondo oscuro, se nos invita a ir más allá, desde la transitoriedad de las formas sensuales hasta la eternidad del espíritu.

Detalle del cuadro Santa Margarita de Antioquía, foro de Rafael Peñas Cruz
Detalle del cuadro Santa Margarita de Antioquía, foro de Rafael Peñas Cruz

 Zurbarán pintó en una época de dudas y decadencia del hasta entonces poderoso Imperio español. El esplendor y la confianza del siglo XVI comenzaban a desvanecerse lentamente, asediados por la envidia y la ambición de otras potencias europeas, y amenazados por la crisis de fe provocada por la propagación de la rebelión luterana en algunos de los dominios europeos de los Habsburgo.

Inmerso en interminables guerras religiosas y con las flotas españolas siempre en peligro de ser interceptadas por corsarios al servicio de ingleses, franceses u holandeses, el Imperio de los Habsburgo se tambaleaba y perdía lentamente su poder.

Sevilla, capital comercial del mundo en aquel entonces, también era una ciudad en crisis; inundaciones y pestes habían diezmado su población, disminuyendo su antiguo esplendor. El barroco había traído consigo una crisis de fe no solo en materia religiosa, sino también en la autoridad de la monarquía y en el poder divino de la Iglesia. Los españoles se encontraban sumidos en una crisis perpetua; nada parecía estable, todo estaba en constante cambio.

Detalle del cuadro "San Francisco" de Francisco de Zurbarán. foto de Raafel Peñas Cruz
Detalle del cuadro “San Francisco” de Francisco de Zurbarán. foto de Raafel Peñas Cruz

En este contexto inestable, donde casi nada parecía tener sentido, la espiritualidad religiosa ofrecía un refugio. Los monjes, santos y vasijas de cerámica de Zurbarán brindaban serenidad y firmeza en medio del caos de un mundo en decadencia. Las numerosas órdenes religiosas establecidas en Sevilla organizaban procesiones y colaboraban con artistas para pintar imágenes devocionales que inspiraban fe y la sensación de algo superior a las penas y el dolor contemporáneos, algo con lo que creo que puede identificarse el espectador de hoy.

Los principales clientes de Zurbarán eran las órdenes religiosas que controlaban la ciudad, para quienes pintaba retablos y retratos de mártires y santos. Sus imágenes, casi siempre sobre un fondo oscuro, conectaban el aquí y el ahora con un mundo más allá de las apariencias, un mundo donde aún reinaba la justicia divina.

Los monjes de Zurbarán parecen siempre incorpóreos, desprovistos de materialidad, lo que contrasta con la materialidad de sus túnicas y vestimentas. Es un pintor que transita entre la ausencia y la presencia, entre lo material y lo espiritual. En esto reside algo que lo conecta con los pintores zen de China y Japón: una tensión entre lo visible y lo invisible, entre las texturas y los colores perfectos de telas y objetos y el fondo oscuro en el que todo se desvanece.

"Bodegón con jarros" de Francisco de Zurbarán. Foto de Rafael Peñas Cruz
“Bodegón con jarros” de Francisco de Zurbarán. Foto de Rafael Peñas Cruz

Es un pintor del movimiento inmóvil, como se aprecia en la forma en que los pliegues de la ropa de sus figuras se adaptan a sus formas, siguiendo las leyes de la gravedad, aunque con una cualidad estática. Las figuras de sus retratos parecen congelados en el devenir, detenidos fuera del flujo temporal, e invitándonos a detenernos a nuestra vez, a ordenar nuestros pensamientos y a contemplar.

El arte de Zurbarán plantea interrogantes importantes sobre el papel de las imágenes en nuestras sociedades, especialmente en estos tiempos en que la IA está causando estragos en nuestra vista y nuestro cerebro. ¿Acaso ver es creer? ¿Cómo influye nuestro pensamiento visual en lo que creemos? ¿Y qué es más importante para nuestro desarrollo humano: creer en lo que vemos o en lo que aún no se ha visto?

Invito a todos los que estén en Londres hasta el 23 de agosto a plantearse estas preguntas mientras visitan esta estupenda exposición.

Rafael Peñas Cruz

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Romería – Una película de Carla Simon

Rafael Peñas Cruz: ‘Romería – Una película de Carla Simon’

Rafael Peñas Cruz
Rafael Peñas Cruz
Trailer oficial do filme Romería, de Carla Simon
Trailer oficial do filme Romería, de Carla Simon

Una película no apta para quienes no disfrutan del cine lento. Comparada con el bombardeo frenético e incesante de imágenes de los anuncios y tráileres previos a la proyección, el tercer largometraje de la joven cineasta catalana Carla Simón avanza a paso de tortuga.

No sucede gran cosa cuando Marina, una joven que necesita el certificado de defunción de su padre para solicitar una beca, viaja a Galicia, donde vive la familia paterna.

Allí, unos padres a los que no llegó a conocer, adictos a la heroína, pasaron sus últimos días antes de separarse, incapaces de seguir juntos, asfixiados por la niebla tóxica de las drogas en la que sus altos ideales habían ido a morir.

La historia nos resulta familiar a todos los españoles de cierta edad: los años ochenta, las esperanzas de libertad de una nueva generación que creció tras el cruel régimen de Franco. La «Movida» en Madrid, el «rollo» en Barcelona y sus equivalentes en todas las ciudades españolas: una búsqueda de liberación inspirada en los movimientos hippie y punk que, con frecuencia, terminaba entre la espada y la pared, ya fuera en un monótono trabajo de oficina o en alguna ocupación artística financiada por el gobierno, o, como en el caso de Alfonso, el padre de la protagonista, en el callejón sin salida de la adicción a la heroína.

Marina, incipiente cineasta, sigue la huella que dejaron sus padres a través de las voces de familiares y amigos, reconstruyendo las piezas del rompecabezas de sus vidas. Navega entre estas olas de descubrimiento y dolor armada con una cámara de vídeo y el diario de su madre, del que lee fragmentos mientras recorre los escenarios donde se desarrolló la tragedia de sus padres: la ciudad gallega de Vigo y las islas Cíes, un foco de movimiento hippie y estilo de vida alternativo en aquellos ya lejanos tiempos.

Los encuentros con diferentes personas durante su peregrinación -la romería del título-  tejen un tapiz de la vida en España en el tiempo que transcurre entre la vida de sus padres y la suya propia. Reconocemos ciertos patrones, vemos su origen: la hipocresía autoritaria tras la aparente respetabilidad de la época de Franco, encarnada por sus abuelos, gente de frialdad indiferente, heredada en diferente medida por sus hijos.

Marina descubre una vida con la que se siente desconectada, pero que forma parte de sus orígenes, y a la que debe enfrentarse. Marina es un ángel enviado del cielo para ayudarnos a comprender y reconciliarnos con el pasado.

Vemos las imágenes que captura con su cámara y presenciamos con ella las pequeñas crueldades de la novela familiar en la que de repente se encuentra inmersa, sintiéndose a la vez interesada y distante.

La película es un viaje a través de un pasado que todos reniegan con ahínco. Las generaciones más jóvenes fuman y consumen drogas, pero, para bien o para mal, sin el afán de liberación y expansión mental con el que lo hacía la generación de los padres de Marina, como descubrimos en los fragmentos del diario de su madre.

Probablemente sea lo mejor, pensamos, pero ¿qué pasó con esos altos ideales, con ese espíritu romántico y aventurero que animaba la vida de los padres de Marina? ¿Qué pasó con las utopías que tanto anhelaban? ¿Es eso todo lo que hay, se pregunta la película, la disyuntiva entre la espada y la pared?

Los anteriores largometrajes de Carla Simón, «Verano 93» y «Alcarrás», profundizaban en su biografía, aunque de forma superficial, como también lo hace en «Romería». Los detalles cambian y hay una imprecisión y una reticencia a ser específica al respecto. Lo que le importa a la directora no son los hechos en sí, sino la reconstrucción imaginativa de la vida mediante el poder narrativo del cine.

Sí, la película puede ser lenta, pero está impregnada de la poesía de una visión unificada, la de Marina, un alter ego de la directora en su propia búsqueda por reconstruir una historia a partir de los pecios que deja el naufragio de la vida.

Rafael Peñas Cruz

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