El ruido del mundo y el silencio de lo bueno

Osiris Valdés López

‘El ruido del mundo y el silencio de lo bueno’

Osiris Valdés López
Osiris Valdés López
Imagem criada pelo ChatGPT
Imagem criada pelo ChatGPT

I. La paradoja de la humanidad

Hay algo profundamente absurdo en la historia de la humanidad.

Hemos aprendido a descifrar el universo, a caminar sobre la Luna, a crear máquinas capaces de almacenar el conocimiento de siglos enteros en la palma de una mano. Sin embargo, todavía no hemos aprendido a convivir plenamente entre nosotros.

Seguimos construyendo armas con la misma pasión con la que podríamos construir esperanza. Seguimos perfeccionando la destrucción mientras millones de personas intentan sobrevivir a ella.

II. La lógica invisible de la guerra

Quizás por eso pienso que la guerra le teme a los abrazos. Porque un abrazo derrumba en segundos los muros que el odio tarda años en levantar.

La guerra necesita distancia. Necesita que olvidemos el rostro del otro. Necesita convertir personas en enemigos, nombres en estadísticas y vidas en daños colaterales. Necesita, sobre todo, que dejemos de reconocernos.

Por eso se disfraza. Se viste de uniformes, banderas, discursos y consignas. Se presenta como heroísmo, como justicia o como destino inevitable. Pero detrás de cada guerra siempre aparece la misma verdad incómoda: la incapacidad humana de sostener el dolor ajeno.

III. Poder, promesas y decepción

En teoría, los presidentes son considerados los “padres de la nación”. Y si esa metáfora fuera real, su responsabilidad sería tan simple como inmensa: proteger, cuidar, guiar.

Pero la realidad insiste en desviarse de esa idea.

En cada ciclo electoral se repiten las promesas, los discursos de esperanza, las palabras que hablan de futuro. Y, sin embargo, con demasiada frecuencia, esas promesas se diluyen con el tiempo, dejando tras de sí una estela de distancia, decepción y desconfianza.

No se trata solo de política. Se trata de una pregunta más profunda: ¿qué ocurre cuando la palabra pierde su valor?

IV. La fragilidad de la existencia

Vivimos como si el tiempo fuera infinito. Pero no lo es. Ninguno de nosotros está aquí para siempre.

Y aun así, seguimos atrapados en dinámicas de conflicto, competencia y destrucción que parecen olvidar lo esencial: la vida humana es breve, frágil e irrepetible.

¿Qué sentido tiene construir un mundo lleno de violencia, engaños y guerras si el final es exactamente el mismo para todos?

Tal vez el problema no sea únicamente político, sino profundamente humano. Tal vez hemos olvidado que vivir no debería ser solo sobrevivir dentro de sistemas de confrontación, sino intentar construir algo que merezca ser habitado.

V. Cultura, violencia y normalización

Incluso la cultura con la que crecen las nuevas generaciones refleja esa tensión. Muchos de los videojuegos más populares giran en torno a la guerra, las armas y la competencia violenta, mientras millones de niños los juegan con naturalidad. No como juicio moral, sino como síntoma: la violencia ha dejado de ser excepción para convertirse en entretenimiento cotidiano.

Y entonces surge una pregunta inevitable:

Si somos capaces de imaginar tantos mundos virtuales, ¿por qué nos cuesta tanto imaginar un mundo real donde vivir no implique destruirnos unos a otros?

VI. El origen del conflicto

La guerra nunca comienza cuando se dispara un arma. Comienza mucho antes.

Comienza cuando dejamos de escuchar. Cuando creemos que nuestra verdad justifica la anulación del otro. Cuando la indiferencia se vuelve costumbre. Cuando el sufrimiento ajeno deja de interpelarnos.

VII. La otra dirección

Y, sin embargo, la historia también está llena de quienes eligieron otra dirección.

Personas que tendieron la mano donde otros levantaban el puño. Personas que respondieron con compasión en medio de la violencia. Personas que entendieron que la paz no es debilidad, sino una de las formas más exigentes del coraje.

Porque amar no es un sentimiento abstracto. Amar es un acto de reconocimiento.

Es aceptar la humanidad incluso cuando incomoda. Es rechazar la idea de que el odio sea inevitable. Es comprender que ninguna bandera vale más que una madre llorando a su hijo. Que ningún territorio justifica una infancia rota. Que ninguna victoria compensa una vida perdida.

VIII. Hacia una nueva admiración

Tal vez ha llegado el momento de cambiar el foco de nuestra admiración.

De mirar menos a quienes destruyen y más a quienes reparan.

Menos a quienes dividen y más a quienes sostienen.

Menos a quienes gritan y más a quienes escuchan.

La guerra teme a los abrazos porque los abrazos contienen una evidencia insoportable: que la humanidad, en su forma más simple, todavía desea ser cuidada.

IX. El cansancio del mundo

Hay días en los que el mundo parece demasiado pesado para mirarlo sin cansancio.

Las noticias se repiten como un eco: guerras, pobreza, hambre, enfermedades, crisis, desplazamientos, pérdidas. Como si la realidad global estuviera compuesta únicamente de fracturas.

Y en medio de ese flujo constante, aparece una sensación silenciosa pero creciente: la idea de que el mundo no deja de empeorar.

No porque el mundo haya cambiado en su esencia, sino porque la forma en que lo consumimos nos lo devuelve siempre herido.

Todo parece regido por el conflicto, por el dinero, por la desigualdad. Y en ese escenario, lo que se desea no es ignorar la realidad, sino poder respirar dentro de ella sin hundirse.

Simplemente poder escuchar, de vez en cuando, algo que no duela.

X. Lo que permanece

Al final:

Los imperios caen.

Las fronteras cambian.

Las ideologías se transforman.

Pero permanece algo más resistente que todo eso: la capacidad humana de cuidar.

Quizás la verdadera revolución de nuestro tiempo no sea tecnológica, económica ni militar.

Quizás sea emocional.

Quizás consista en reaprender lo más básico: mirar, escuchar, comprender.

Porque mientras exista un solo ser humano capaz de elegir el amor por encima del odio, la guerra no tendrá la última palabra.

XI. Preguntas incómodas del sistema

¿Cómo se sostiene la confianza en las leyes cuando, en demasiados casos, las instituciones que deberían protegerlas también fallan en representarlas con integridad, en distintos lugares del mundo?

Pensemos en la economía a nivel mundial, también resulta profundamente inquietante. En muchos casos, parece haberse normalizado una estructura en la que solo unos pocos acceden a una vida cómoda, mientras la mayoría sostiene el sistema con jornadas interminables de trabajo, a menudo superiores a las cincuenta horas semanales, intentando cubrir gastos básicos, facturas y deudas que los mantienen atrapados en un ciclo constante de presión económica.

Es como si una gran parte de la población viviera dentro de un engranaje invisible, donde el esfuerzo no siempre se traduce en estabilidad, sino en supervivencia.

Y en ese mismo escenario global, existen países marcados por sistemas políticos extremos, ya sean regímenes autoritarios o estructuras profundamente inestables, donde la libertad, la seguridad o las oportunidades no están distribuidas de manera equitativa.

Más allá de las ideologías, lo que queda expuesto es una realidad incómoda: la sensación de que el valor de la vida humana no siempre ocupa el centro de las decisiones económicas y políticas.

¿Qué somos? ¿En qué nos hemos convertido? ¿Qué es la vida, o para qué venimos a ella? Parecemos estar atrapados en estructuras que nos condicionan constantemente.

Vivimos atravesados por clases sociales, ideologías políticas y sistemas de normas que, en demasiadas ocasiones, parecen desconectados de la experiencia humana real.

Y entonces surge una pregunta incómoda, casi inevitable: si la vida es un espacio limitado y frágil, ¿por qué la organizamos tantas veces como si no lo fuera? ¿Por qué aceptamos dinámicas que nos alejan de lo esencial, de lo humano, de lo que realmente importa?

  Reflexionemos sobre este manifiesto humanista contemporáneo —o ensayo filosófico-político de tono literario, como ustedes lo sientan y lo perciban deberíamos denominarlo—. Al final, vistos desde el cielo, todos parecemos diminutos, como hormigas. La vida es demasiado breve, todos deberíamos poder cumplir nuestros sueños. Pienso que ya es hora de que la humanidad pueda respirar en un mundo mejor .

Osiris Valdés López

Voltar

Facebook




Oficio

Alexander Anchía Vindas

El Poema ‘Oficio’ del Poeta Brasileño Geraldino
y su Enseñanza para Nuevos Poetas

Alexander Anchía Vindas
Alexander Anchía Vindas
Geraldino - Arquivo Pessoal
Geraldino – Arquivo Pessoal

Me encontraba a media formación para convertirme en poeta. En mi país a inicios de Siglo hubo una actividad llamada Simposio de Libertad y Poesía, organizada por el poeta y promotor cultural costarricense Mata Guillén. Entonces uno de los talleres que se impartieron en el auditorio por la Escuela de Filología Hispánica fue el Poeta Extenso como propuesta poética lírica en la Literatura Hispanoamericana. Entra entonces una figura con el poeta venezolano Joshu Landa y nos revela como fuente del conocimiento el poema Oficio del poeta brasileño Geraldino, pero ¿quién es Geraldino? O como lo puedo presentar al lector hispano-parlante.

Biografía de Geraldino

Geraldino es un reconocido poeta brasileño nacido en 1955 en São Paulo. Desde joven, mostró un interés profundo por la literatura, influenciado por la rica tradición poética de su país y por movimientos literarios contemporáneos. Su obra abarca una variedad de temas, desde la identidad cultural hasta la naturaleza, y se caracteriza por un lenguaje evocador y una búsqueda constante de la belleza en lo cotidiano. A lo largo de su carrera, ha publicado varios libros de poesía y ha sido galardonado con premios que destacan su contribución a la literatura brasileña. Geraldino también ha desempeñado un papel importante como mentor de nuevos escritores, compartiendo su experiencia y visión a través de talleres y conferencias.

Consejos para Nuevos Poetas

Para los nuevos poetas, es fundamental comprender que la escritura es un proceso que requiere tanto disciplina como creatividad. Uno de los consejos más importantes es leer ampliamente, no solo poesía, sino también prosa, para enriquecer el vocabulario y la comprensión del lenguaje. Además, se aconseja escribir diariamente, aunque sea en pequeñas dosis, para desarrollar la voz personal y mejorar la técnica. Es esencial no temer a la revisión; la primera versión de un poema rara vez es la definitiva. Finalmente, los nuevos poetas deben aprender a observar el mundo con atención, ya que la inspiración a menudo se encuentra en los detalles de la vida cotidiana.

Análisis del Poema ‘Oficio’ de Geraldino

El poema “Oficio” de Geraldino es una reflexión profunda sobre la naturaleza del acto de escribir y el compromiso que conlleva ser poeta. A lo largo de sus versos, el autor comparte su experiencia y ofrece una serie de enseñanzas que pueden servir de guía para aquellos que deseen adentrarse en el mundo de la poesía. A continuación, se presentan algunos de los versos más significativos del poema, acompañados de un análisis que destaca su relevancia.

1. “Escribir es un acto de amor, / un regalo que se hace al mundo.”

Estos versos iniciales establecen la premisa central del poema. Geraldino sugiere que escribir no es solo un ejercicio técnico, sino un acto profundamente personal y emocional. Para un nuevo poeta, este concepto es vital, ya que implica que la autenticidad y la pasión son esenciales en el proceso creativo. Un poema debe surgir del corazón, y el poeta debe estar dispuesto a compartir su visión con los demás.

2. “Las palabras son herramientas, / y el poeta, un artesano.”

Aquí, Geraldino compara al poeta con un artesano, lo que implica que la poesía es un oficio que requiere habilidad y dedicación. Para un aspirante a poeta, este verso resalta la importancia de la técnica y la práctica. Las palabras, al igual que las herramientas, deben ser utilizadas con destreza y cuidado para construir algo significativo. Este mensaje invita a los nuevos poetas a perfeccionar su arte a través del estudio y la práctica constante.

3. “Hay que escuchar el silencio, / pues en él habita la verdad.”

Este verso enfatiza el valor de la introspección y la observación. Geraldino sugiere que el silencio puede ser una fuente de inspiración y claridad. Para un nuevo poeta, esto significa que es fundamental encontrar momentos de quietud para reflexionar y conectar con sus propias emociones y pensamientos. La verdad poética a menudo surge de la contemplación y la atención plena a lo que nos rodea.

4. “No temas al rechazo, / pues cada verso es un paso.”

Geraldino aborda el miedo al rechazo, un sentimiento común entre los escritores. Este verso sirve como un recordatorio de que el camino del poeta está lleno de altibajos. Cada poema, ya sea bien recibido o no, es una oportunidad de crecimiento y aprendizaje. Para los nuevos poetas, es crucial entender que la escritura es un viaje continuo, y que cada intento contribuye a su desarrollo artístico.

5. “Las críticas son espejos, / reflejan lo que hay en ti.”

Este verso invita a los poetas a ver las críticas como herramientas de autoconocimiento. Geraldino sugiere que las reacciones de los demás ante un poema pueden ofrecer valiosas perspectivas sobre la propia escritura. Para un nuevo poeta, esto implica que deben estar abiertos a recibir retroalimentación y utilizarla como un medio para mejorar y evolucionar en su arte.

6. “El poema es un hijo, / que nace y crece en el papel.”

Con esta metáfora, Geraldino personifica al poema como un hijo, lo que implica que cada obra tiene su propio proceso de gestación y desarrollo. Este verso resalta la importancia de la paciencia en el proceso creativo. Los nuevos poetas deben entender que, al igual que los hijos, sus poemas requieren tiempo, cuidado y dedicación para florecer y alcanzar su máximo potencial.

7. “Y al final, lo que importa / es la huella que dejas.”

Finalmente, este verso encapsula la esencia del legado poético. Geraldino enfatiza que el objetivo último de un poeta es dejar una huella en el mundo a través de sus palabras. Para los nuevos poetas, esto significa que su trabajo tiene el poder de impactar a otros y de resonar más allá de su propia vida. La búsqueda de la voz única y la autenticidad se convierten en un imperativo en su viaje literario.

Conclusión

El poema ‘Oficio’ de Geraldino no solo es una obra poética rica en significado, sino que también actúa como un compendio de enseñanzas valiosas para nuevos poetas. A través de sus versos, Geraldino ofrece una guía que abarca desde la pasión y el compromiso hasta la técnica y la autoconfianza. Al seguir estos consejos y reflexionar sobre los mensajes del poema, los aspirantes a poetas pueden encontrar inspiración y dirección en su propio camino creativo. La poesía, en su esencia, es un viaje compartido que conecta a los escritores con sus lectores, y Geraldino, a través de su obra, nos recuerda la belleza y la responsabilidad que conlleva este oficio.

Alexander Anchía Vindas

Voltar

Facebook




Avanço tecnológico e relações humanas

Evani Rocha: ‘Avanço tecnológico e relações humanas’

Evani Rocha
Evani Rocha
Imagem gerada pela IA do Gencraft – 30 de abril de 2026, às 09h21

Qual a sua percepção sobre o mundo à sua volta? Você é do tipo que sempre enxerga o ‘copo quase cheio’? Na verdade, ninguém é otimista o tempo todo, haja vista, os tempos difíceis que vivemos! Por um lado, os avanços da tecnologia que tornou a vida mais prática. O surgimento da potencialidade da IA nos assusta. Vivemos em uma era digital, porém de incertezas, quanto ao futuro da Inteligência Artificial. Às vezes tememos pelo que o homem, de posse desse ‘poder’, possa fazer…! (É um dos grandes desafios éticos que o ser humano terá que enfrentar).

Por outro lado, parece que ainda não saímos das cavernas. Os noticiários diariamente noticiam casos criminais que ultrapassam o horror: roubar, furtar, usurpar, torturar e matar, entre outros, tem se tornado casos rotineiros na sociedade. Parece que a vida perdeu totalmente o valor!

Nos perguntamos: onde está a sabedoria e inteligência humana, criadora dessa tão avançada tecnologia? Chegamos praticamente ao ápice tecnológico e estamos descendo ao ‘abismo da humanidade?!’ Não é possível que possamos aceitar esses crimes absurdos como normais. Não podemos mais viver em paz, assistindo a esse show de horrores, cotidianamente!

Não é porque é com o outro, pois um dia, infelizmente, pode bater à nossa porta. Precisamos urgentemente fazer uma análise da nossa percepção sobre o mundo em que estamos. Quebrar certos velhos paradigmas só é possível quando clareamos essa percepção e mudamos nossa forma de agir. A mudança começa em nosso mundo interior, para então, ganhar o ambiente exterior. O ambiente exterior é a família, a educação e os valores que passamos aos nossos filhos; os ambientes em que os jovens frequentam, a escola. A educação nas escolas não pode ser só ‘conteúdo’, precisa disciplinar, transmitir valores, como respeito, cuidado, empatia e amor ao outro!

A educação formal é apenas um ramo da formação de um cidadão. E penso que é para agora, urgentemente, desde os pequeninos, aos jovens, saindo do ensino médio. Muitos outros ramos devem ser acrescidos nessa ‘árvore da formação de um cidadão’: que seja mais humano, que olhe o outro com empatia, que internalize valores, como respeito, responsabilidade, amor à vida…, não somente à sua vida, mas a vida do outro, dos animais, da natureza em geral. Assim, talvez para um futuro a médio e longo prazo, consigamos quebrar esse ciclo venenoso de criminalidade que está tomando conta das sociedades, não só no Brasil, mas em sociedades pelo mundo.

Que não seja utopia, coexistir, uma sociedade que possa tirar proveito de todos os benefícios da tecnologia, ao mesmo tempo que vivencia relações humanas mais saudáveis e pacíficas!

Evani Rocha

Voltar

Facebook




A renovação ética em tempos de divisão

Taghrid Bou Merhi

‘A renovação ética em tempos de divisão: como a palavra reconstrói o mundo’

Taghrid Bou Merhi
Taghrid Bou Merhi
Imagem criada pelo ChatGPT - https://chatgpt.com/c/69f17bf2-5150-83e9-bdf6-59df1b503674
Imagem criada pelo ChatGPT – https://chatgpt.com/c/69f17bf2-5150-83e9-bdf6-59df1b503674

Em tempos em que os mapas se fragmentam e as distâncias entre o medo e o discurso se estreitam, o mundo parece entrar em uma nova fase de partilha: partilha de geografias, de riquezas, de narrativas e até mesmo da própria definição da verdade. As lealdades se distribuem como se distribuem os interesses, e as fronteiras são traçadas dentro da linguagem antes de serem desenhadas sobre a terra.

Nesse clima tenso, a questão já não é apenas política ou cultural — ela se torna, em sua essência, ética: como o ser humano pode recuperar o equilíbrio dos valores em um tempo dominado por paixões, interesses e visões conflitantes? Daí nasce a necessidade de uma renovação ética que não se reduza a um discurso moralizante nem se limite a slogans genéricos, mas que se manifeste como uma transformação profunda da consciência individual e coletiva — uma reconstrução do ser humano a partir de dentro.

A partilha não é um conceito neutro; ela implica uma distribuição de poder e de sentido. Quando os povos dividem a terra, dividem também a história, a memória e os símbolos que a acompanham. Quando as comunidades compartilham narrativas, as verdades se multiplicam a ponto de se confrontarem, e a voz única se fragmenta em estilhaços de vozes. Essa realidade cria um estado de rigidez moral, em que os princípios se tornam instrumentos de defesa e a diferença passa a ser percebida como ameaça. Em tais momentos, não basta apegar-se aos valores herdados; é preciso questioná-los, interrogar suas raízes e libertá-los do uso utilitário que esvazia seu significado.

A renovação ética não significa substituir superficialmente um sistema por outro, mas retornar às perguntas fundamentais: o que é justiça? O que é responsabilidade? Quais são os limites da liberdade quando ela se cruza com a liberdade do outro? Essas questões ocuparam os filósofos ao longo dos séculos, e, a cada época turbulenta, novas respostas emergiram. Após as guerras europeias, o filósofo alemão Immanuel Kant escreveu sobre o dever moral como um compromisso interior baseado no respeito do ser humano por si mesmo e pelo outro.

Seu projeto não era mera especulação racional, mas uma tentativa de estabelecer um critério que transcendesse interesses imediatos. A ideia do “imperativo categórico” surgiu como um convite a agir de modo que a ação pudesse ser universalizada — um comportamento cuja legitimidade provém de sua possibilidade de se tornar regra comum entre os seres humanos.

Cerca de um século e meio depois, em meio ao colapso dos valores europeus nas duas guerras mundiais, o filósofo francês Emmanuel Levinas apresentou uma concepção ética distinta, colocando a responsabilidade pelo outro como origem de todo sentido. Ele não partiu de uma lei abstrata, mas do rosto do outro, cuja presença se impõe como um chamado ético impossível de ignorar. Em tempos de divisão, quando grupos se cristalizam em identidades rígidas, recordar o rosto do outro torna-se um ato de resistência contra a objetificação e a exclusão.

A literatura também não permaneceu distante dessa inquietação ética. Nos romances de Fiódor Dostoiévski, o conflito entre o bem e o mal se desenrola no interior da alma humana, em contextos sociais marcados por desigualdade e angústia espiritual. Suas personagens vivem em ambientes turbulentos, onde a responsabilidade individual é constantemente posta à prova: pode o ser humano justificar seu erro pelas circunstâncias? A renovação nasce da confissão ou da punição? Suas obras revelam que a transformação ética começa quando o indivíduo enfrenta a si mesmo com honestidade dolorosa.

Albert Camus, por sua vez, abordou a moralidade em um mundo absurdo. Em seu romance “A Peste”, a epidemia torna-se metáfora do mal coletivo e da prova da consciência. As personagens não dispõem de certezas metafísicas que as tranquilizem, mas escolhem a solidariedade e a ação. A renovação ética aparece, assim, como um gesto cotidiano, uma insistência no sentido em meio ao absurdo.

Em outro contexto, o pensador indiano Rabindranath Tagore escreveu sobre a unidade entre o ser humano e a natureza, defendendo a superação do egoísmo nacional em direção a um horizonte mais amplo de humanidade. Sua visão não era política no sentido restrito, mas espiritual e cultural: a renovação começa pela reconciliação entre o eu e o mundo. Em tempos de disputa por poder e recursos, seu chamado à abertura e à tolerância soa como um convite ao reequilíbrio interior.

A filosofia árabe contemporânea também abordou essa questão sob diversas perspectivas. O pensador marroquino Mohammed Abed Al-Jabri propôs uma crítica da razão árabe e sua reconstrução sobre bases racionais, afirmando que qualquer renascimento ético exige a desconstrução das estruturas mentais que perpetuam o fechamento. O filósofo libanês Charles Malik, que participou da redação da Declaração Universal dos Direitos Humanos, via na dignidade humana o alicerce de qualquer projeto ético moderno. Esses esforços demonstram que a renovação não é ruptura com a tradição, mas leitura crítica que abre novos horizontes.

Na era digital, a crise ética assume novas formas. A verdade se dispersa entre plataformas, e a opinião se converte em mercadoria. Nesse cenário, a honestidade torna-se uma responsabilidade ainda mais pesada. O Dia Mundial da Liberdade de Imprensa recorda que a liberdade de expressão não é privilégio, mas compromisso. O escritor e o jornalista não podem se refugiar na neutralidade quando a dignidade humana está em jogo. A renovação ética implica redefinir a relação entre liberdade e responsabilidade, entre o direito de falar e o dever de verificar.

O trabalho também ocupa lugar central nesse debate. O Dia Internacional dos Trabalhadores destaca a dignidade das mãos que constroem, cultivam e cuidam. Em um mundo onde a riqueza é distribuída de forma desigual, reconhecer o valor do trabalho é um ato ético. O filósofo alemão Karl Marx identificou na alienação do trabalhador um sintoma de desordem moral na estrutura econômica. Sua análise não era apenas econômica, mas crítica à perda da humanidade em um sistema que transforma o indivíduo em instrumento de produção. Sob essa perspectiva, a renovação ética exige repensar as condições de justiça social.

A questão ambiental igualmente integra esse processo. O Dia Internacional da Biodiversidade nos lembra que a relação entre humanidade e planeta não é mera exploração, mas responsabilidade. O filósofo alemão Hans Jonas formulou o “princípio da responsabilidade” voltado às gerações futuras, defendendo uma nova ética capaz de reconhecer a fragilidade do mundo natural. Em tempos de crise climática, a renovação ética torna-se uma necessidade existencial ligada à preservação da vida em todas as suas formas.

Diante desses exemplos, torna-se evidente que a renovação ética não nasce de decretos, mas de transformações sutis na consciência. Ela começa quando o indivíduo compreende que sua identidade não anula a humanidade compartilhada, que sua força não legitima a dominação e que sua pertença não justifica a exclusão. Em tempos de divisão, pode ser tentador apegar-se ao interesse imediato; contudo, a história mostra que sociedades que negligenciam sua dimensão ética mergulham em ciclos de violência difíceis de romper.

Literatura, filosofia e ciência não são esferas isoladas da vida cotidiana, mas laboratórios de sentido. Quando um poeta escreve sobre a dor do outro, redistribui a luz sobre áreas esquecidas da consciência. Quando um cientista reflete sobre o impacto de nossas escolhas no planeta, coloca diante de nós um espelho do futuro. Quando um filósofo questiona justiça e liberdade, abre caminhos para reconstrução.

A renovação ética, portanto, não é luxo intelectual, mas condição para a sobrevivência do sentido em um mundo fragmentado. É um percurso que exige coragem para reconhecer erros, disposição para escutar e capacidade de imaginar um mundo que acolha a diferença sem convertê-la em conflito permanente. Talvez não transforme rapidamente os mapas políticos, mas transforma o ser humano que os desenha.

Ao final, permanece a pergunta suspensa no espaço da reflexão: se o mundo divide terras, riquezas e narrativas, seremos capazes de compartilhar também a responsabilidade e reconstruir uma ética comum que salve nossa humanidade da erosão ou permitiremos que a partilha se converta em fratura irreversível?

Taghrid Bou Merhi

Voltar

Facebook




Mi paz sin Elpis

María Beatriz Muñoz Ruiz: ‘Mi paz sin Elpis’

Maria Beatriz Muñoz Ruiz
Maria Beatriz Muñoz Ruiz
Imagem gerada pelo ChatGPT - https://chatgpt.com/c/69e4015f-6a78-83e9-b4a2-3e09d2621e9a
Imagem gerada pelo ChatGPT – https://chatgpt.com/c/69e4015f-6a78-83e9-b4a2-3e09d2621e9a

Cuando la gente que me rodea descubre mi cara oculta de escritora y mi largo recorrido literario y periodístico, siempre me dicen: “Seguro que con alguna de tus novelas te haces famosa”. Yo sonrío y respondo que no me importa nada de eso; soy feliz escribiendo y haciendo feliz a mis lectores o, como yo digo, “soy feliz repartiendo felicidad”.

A todo el mundo le sorprende mi falta de ambición. Lo que no saben es que una vez, hace años, soñé con ganarme la vida escribiendo; soñé con el mejor trabajo del mundo y, como poetisa romántica y autora de bastantes novelas romántico-eróticas, me imaginaba escribiendo bajo un precioso sauce, sentada sobre un verde y mullido césped mientras los últimos rayos del sol bañaban mi piel, acariciándome dulcemente.

Pero aquello dolía demasiado. Tuve que caerme muchas veces hasta comprender que mi alma necesitaba paz. No deseo danzar en la brusquedad de un río agitado; necesito la paz de un apacible y escondido lago en el que únicamente pasean dos hermosos cisnes que se demuestran su amor bajo la plateada luna.

Es difícil de explicar, pero mi paz está en no esperar nada ni del universo ni de la gente. Pocas veces lo he comentado, porque mi visión del mundo y de las personas puede interpretarse como pesimista, oscura y en ruinas. Y lo cierto es… que no os equivocáis.

Los que me conocen se sorprenden al leer alguno de mis poemas llenos de melancolía y tristeza soñadora cargada de realidad grisácea, más que nada porque siempre tengo una sonrisa para cualquiera, porque los que se acercan a mí saben que van a pasar un buen rato, porque amo a los animales y soy demasiado empática con los que sufren.

Es difícil de decir, pero sigo pensando que la humanidad es el error más grande del universo. Cuando observo las estrellas y la luna bailando entre las olas del mar, cuando el rojizo atardecer muere cada día invisible a la mirada de la gente y los árboles mecen sus hojas en una sensual danza… me siento pequeña y feliz por saber que lo soy; porque nos creemos poderosos y, sin embargo, cuando la naturaleza ruge, huimos aterrados.

Os voy a contar una historia de la mitología griega que seguramente conoceréis bien: todo comienza con un desafío a los dioses. Prometeo, un titán que sentía un gran afecto por los seres humanos, decidió ayudarlos robando el fuego sagrado del Olimpo. Su objetivo era que la humanidad pudiera calentarse, cocinar y progresar. Sin embargo, este acto de rebeldía enfureció a Zeus, el rey de los dioses, quien decidió que tal regalo no quedaría sin castigo.

Para vengarse, Zeus ideó un plan ingenioso: ordenó crear a la primera mujer, Pandora. Cada dios le otorgó un don especial para hacerla irresistible: Hefesto la moldeó con arcilla, Afrodita le dio belleza y Hermes le dio elocuencia y una curiosidad insaciable. Pero Pandora no era solo un regalo; era, en realidad, una “trampa hermosa” enviada para equilibrar el beneficio que el fuego había traído a los hombres.
Zeus envió a Pandora a la Tierra como esposa para el hermano de Prometeo, Epimeteo. Con ella envió una vasija sellada, advirtiéndole que bajo ninguna circunstancia debía abrirse. Zeus sabía que la curiosidad que él mismo le había dado a la joven terminaría por ganar la batalla.

Un día, incapaz de contenerse más, Pandora levantó la tapa. En ese instante, una nube oscura de males salió disparada: la enfermedad, el dolor, la envidia, el hambre y la vejez se escaparon para siempre, llenando un mundo que hasta entonces había sido perfecto.

Aterrorizada por lo que había hecho, Pandora cerró el recipiente lo más rápido que pudo. Cuando el silencio volvió, se dio cuenta de que algo golpeaba suavemente contra las paredes del fondo. Era Elpis, la Esperanza.

Aunque los males ya estaban sueltos por todas partes, la Esperanza se quedó dentro de la vasija como el único consuelo para la humanidad. Hay muchas teorías acerca de esto; algunos dicen que esto significa que, por muy difíciles que se pongan las cosas, los seres humanos siempre conservarán esa chispa interior que permite creer en un mañana mejor.

Mis teorías, como no, se asemejan a las ideas de mi filósofo preferido, Nietzsche. ¿De verdad creéis que los dioses pensaron en Elpis como algo bueno para los humanos? Yo pienso que Elpis fue el mayor de los males, la esperanza que hace que el pueblo torturado piense que habrá tiempos mejores, y ahí es donde entra la siguiente manipulación urdida con el tiempo para seguir controlando a los tontos mortales: la religión. Esa que promete riqueza y salvación en un reino que nadie ha visto, esa que premia al que sufre y padece, al humilde, al que tiene la esperanza de ser mejor una vez muera.

Un pueblo vigilado por Dios no necesita cámaras, no necesita leyes; es fácil de controlar. Cuando Dios muera, los poderosos tendrán un grave problema, pero mientras tanto, algunos seguirán guardando a Elpis en su pecho y otros la dejarán encerrada, mientras puedan, en el lugar más oscuro. ¿Y tú? ¿Piensas que Elpis fue una bendición o una maldición?

Maria Beatriz Muñoz Ruiz

Voltar

Facebook