Vivan com alegría

Carlos Javier Jarquín: Crónica ‘Vivan com alegría’

Carlos Javier Jarquin
Carlos Javier Jarquin
Un joven lee un libro junto a una ventana con luces digitales y un arcoíris al fondo, simbolizando el futuro y la tecnología.

La adolescencia es ese intervalo de la vida en el cual puedes marcar una diferencia si sabes elegir cómo deseas ser de adulto. La vida te presenta dos mundos: el bien y el mal, pero la elección es personal. Aprendan a vivir esa etapa sin tanto estrés, sin miedo. Vivan con alegría, con entusiasmo, con ganas de conocer el mundo y aspiren a lo que quieran. Si son disciplinados, comprometidos y honestos con ustedes mismos podrán lograr todo y más de lo que se puedan imaginar, sin importar las circunstancias del presente.

En la adolescencia nace la verdadera cimentación del futuro que anhelas. La era digital puede ser una herramienta de doble filo. Para algunos ofrece oportunidades excepcionales; para otros puede ser lo peor que les ha pasado. Depende de cada uno, no de los demás. Con las redes mucha gente cae en la trampa de perder su tiempo y las principales víctimas son los adolescentes.

Queridos jóvenes: los invito a aprovechar al máximo, a invertir y a utilizar la magia que la tecnología nos brinda para hacer cosas grandes que, sin ella, serían más difíciles de materializar. Aprovechen al máximo el universo digital al que tienen acceso; hagan de esta herramienta su principal fuente de inspiración. Sepan usar ese tiempo amplio que tienen hoy, en comparación con el que tendrán en la vida adulta. 

En estos años dorados comienzan a despertar en el cuerpo y en la mente preguntas, curiosidades, sentimientos, emociones… En fin, es una etapa de diversas exploraciones en las cuales, en cada una de ellas, deben actuar con absoluta responsabilidad. En esta etapa dorada de la existencia, donde cada decisión es crucial, aprovechen el tiempo para estudiar, leer e investigar; así se podrán enriquecer a través de los libros y del conocimiento científico. Lean e investíguenlo todo, pero principalmente sobre los temas que más les despiertan curiosidad.

Para ti que tienes entre 12 y 18 años, te digo desde lo más hondo: no pienses aún en construir una familia. Mejor piensa en quién quieres convertirte cuando seas adulto. Tu cuerpo está en constante cambio; también se comienza a consolidar tu personalidad y tu pensamiento, pero a este último debes prestarle más atención y, por ende, dedicarle tiempo exclusivo, dedícale tiempo a solas, a oscuras, a preguntarte quién eres y quién deseas llegar a ser. 

Aprende a escuchar. Escucha a tus padres, que muchas veces no aciertan, pero casi siempre aman. Escucha a tus profesores, que siembran en ti lo que un día cosecharás sin saberlo. Escucha a los adultos que te ofrecen su tiempo, porque su voz es el eco de sus propios errores y aciertos. Si aprendes a escuchar, te ahorrarás incontables noches de lágrimas y días de arrepentimiento. Pero sobre todo, si aprendes a escucharte a ti mismo, habrás encontrado la brújula que nunca se desvía. Vivir con alegría no es ignorar la tormenta, es bailar bajo la lluvia sabiendo que el arcoíris siempre encuentra su momento. Y ese momento, queridos jóvenes, es ahora.

Carlos Javier Jarquín

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Bosques silenciados por el fuego

María Beatriz Muñoz Ruiz

‘Bosques silenciados por el fuego’

Maria Beatriz Muñoz Ruiz
Maria Beatriz Muñoz Ruiz
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Hay un recuerdo que tengo grabado a fuego de aquellos meses grises de la pandemia, cuando el mundo se volvió pequeño y nos quedamos encerrados entre cuatro paredes. Recuerdo, sobre todo, los días de lluvia.

Me asomaba a la ventana y el olor me subía desde la calle: ese aroma a tierra húmeda, a tierra mojada, a vida despertando. En ese momento, sentía una necesidad imperiosa, casi dolorosa, de salir, de tocarla, de pasear descalza.

Echaba de menos la casa de mis padres, sentir la hierba fresca bajo mis pies al desayunar, el rocío de la mañana, ese frescor que te reconcilia con el mundo. Estar encerrada me hizo entender que ese olor y esa sensación no eran un lujo; eran una necesidad vital.

Por eso, ver hoy cómo se levantan esas columnas de humo denso y gris en los montes de Granada y en tantas otras sierras del mundo me provoca un pellizco en el corazón que me devuelve a esa sensación de asfixia.

Siento una tristeza enorme al pensar en todo lo que el fuego se lleva en cuestión de minutos. No se queman solo troncos y ramas; se quema ese olor a tierra mojada que tanto añoramos cuando nos falta. Se quema el hogar de miles de seres vivos que no tienen voz para pedir ayuda: aves que pierden a sus crías en los nidos, animales que corren despavoridos sin saber adónde ir, atrapados entre las llamas.

Ellos no están ahí para decorar el paisaje; forman una red invisible que mantiene vivo el ecosistema, limpia el aire que llega a nuestras ciudades y nos regala cada gota de oxígeno que respiramos. Si destruimos su hogar, nos estamos quedando sin el nuestro. A veces miramos las noticias con frialdad, como si el monte fuera algo ajeno o lejano.

Y me duele aún más saber que, en la mayoría de los casos, detrás de esta tragedia hay un descuido, una colilla mal apagada, una imprudencia que se podría haber evitado.

Imaginad que el bosque es vuestro hogar, porque al igual que los animales, muchas personas han perdido sus hogares y su mundo se ha detenido. Cuando estás al otro lado del televisor dices “Por lo menos han sobrevivido, lo demás son cosas materiales. El seguro del hogar les cubrirá”.

Es cierto que la vida vale más que las pertenencias, pero entre esas pertenencias la mayoría de las veces hay recuerdos irremplazables que un seguro de hogar no puede valorar. Entonces se me viene a la cabeza un simple sobre con veinte euros que mi abuelo llevaba en el bolsillo para darme antes de ser ingresado y morir.

A veces, cuando lo echo de menos saco esos veinte euros del sobre que conserva su olor a tabaco, ese olor tan característico y único que necesito oler, entonces absorbo ese aroma a él, y recuerdo su sonrisa, sus abrazos y su forma de ser. Si pudiera salvar tan solo una cosa material sería ese sobre.

Ahora imaginad a un pequeño cervatillo que siempre ha vivido en ese bosque, en un segundo mira atrás y ve solo fuego, un huracán de llamas que se traga todo en cuestión de segundos. Si sobrevive y es llevado a otro sitio, nada será igual, tendrá que adaptarse, pero nada será igual.

Todos sufrimos, los bosques forman parte de nuestro planeta, son los hogares de miles de animales, nuestro oxígeno y la base que sustenta el mundo. Si no cuidamos el planeta nos estamos matando a nosotros mismos. ¿Queréis vivir o morir?

Cuidarlos es cuidar la memoria de ese frescor bajo los pies, la vida de los animales que los habitan y el único futuro posible para los que vendrán después, para que ellos también puedan oler la tierra mojada y apreciarla.

María Beatriz Muñoz Ruiz

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Miti e utopie

Elisa Mascia: ‘Miti e utopie’

Elisa Mascia
Elisa Mascia
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La vita è in ogni momento appesa a un filo. Ricordarlo è d’obbligo soprattutto quando si è concentrati su utopie e miti irraggiungibili. Avere ferma consapevolezza dell’ essere in bilico costante tra qui ed ora con i piedi ben piantati nel presente
è una lodevole presa di coscienza, espressione di maturità del singolo individuo.

Nella sintesi perfetta il pensiero è perentorio. È d’uopo riflettere e meditare per scandire i rintocchi degli attimi in cui non ci si sposta dal sostare sulla soglia.

Non si procede né si retrocede. Applicabile in qualsiasi circostanza o situazione della vita.

Elisa Mascia

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Arquitetura para um vazio habitável

Clayton Alexandre Zocarato

‘Arquitetura para um vazio habitável’

Clayton Alexandre Zocarato
Clayton A. Zocarato

Antes que o primeiro tijolo fosse assentado, o terreno já estava vazio. Não porque lhe faltassem construções, mas porque lhe sobravam presenças. 

Havia milhões de vozes atravessando o ar como enxames elétricos, milhões de imagens comprimindo os olhos, milhões de gestos transformados em arquivos, e, ainda assim, nenhuma existência parecia ocupar verdadeiramente o espaço que reivindicava.

O mundo havia aprendido a multiplicar contatos enquanto demolia encontros. A tecnologia não construíra uma nova civilização; apenas revestira de luzes um antigo deserto.

Toda arquitetura nasce de uma ausência. Levantam-se paredes porque existe o vento, fecham-se portas porque existe o medo, abrem-se janelas porque existe o desejo de olhar além daquilo que aprisiona. 

Contudo, havia surgido um novo tipo de construção cuja finalidade não era proteger corpos nem aproximar almas. Edificava-se o vazio. Cada tela era uma parede transparente. 

Cada perfil era uma janela voltada para um horizonte inexistente. Cada notificação era um pequeno martelo golpeando os alicerces da interioridade.

Nunca tantos haviam falado tão incessantemente para dizer tão pouco.

A palavra perdera sua espessura. Tornara-se um objeto descartável, produzido em escala industrial como copos plásticos destinados ao lixo poucos segundos depois de utilizados. 

As frases deixaram de carregar experiências para transportar impulsos. O pensamento foi substituído pela velocidade da reação. 

Já não importava compreender. Bastava responder antes que outro respondesse primeiro.

A inteligência passou a medir-se em segundos.

A sabedoria desapareceu dos relógios.

O silêncio converteu-se em uma espécie de escândalo moral.

Quem permanecia calado parecia culpado de alguma conspiração invisível. Era preciso comentar tudo, opinar sobre tudo, indignar-se diante de tudo, esquecer tudo logo em seguida. 

A memória coletiva começou a respirar como um animal asmático: inspirava acontecimentos gigantescos para expirar banalidades poucos minutos depois.

Nada permanecia.

Nem mesmo a dor.

Principalmente a dor.

A dor, outrora professora severa da condição humana, foi transformada em espetáculo portátil. Chorava-se diante da câmera e sorria-se quando ela era desligada. O sofrimento tornou-se uma estratégia de mercado. 

O luto passou a competir por curtidas. A solidão ganhou filtros capazes de torná-la esteticamente agradável. As cicatrizes precisavam ser fotogênicas.

O horror deixou de causar horror.

Precisava apenas gerar engajamento.

Era curioso observar como a humanidade aprendera a construir pontes digitais enquanto demolia todas as pontes invisíveis que ligavam uma consciência à outra. Aproximavam-se os aparelhos; afastavam-se os corações. 

Os dedos adquiriram uma intimidade impossível com superfícies lisas de vidro, enquanto desaprendiam o peso de outra mão.

O toque perdeu densidade.

O abraço tornou-se uma lembrança anatômica.

As pessoas passaram a existir como vitrines ambulantes. Cada fotografia era cuidadosamente polida para esconder o acúmulo de poeira interior. 

Produziam felicidade como quem produz cimento: em massa, rapidamente, sem perguntar se alguém realmente necessitava daquela matéria endurecida.

Viviam cercadas por espelhos que refletiam apenas versões editadas da própria inexistência.

Já não havia biografias.

Havia campanhas publicitárias.

Cada indivíduo transformou-se em departamento de marketing de si mesmo.

A sinceridade começou a parecer um erro de configuração.

Os algoritmos compreenderam antes dos próprios seres humanos que ninguém desejava conhecer a verdade. A verdade era lenta, contraditória, frequentemente desagradável. 

Preferia-se a confirmação das certezas, mesmo quando essas certezas conduziam lentamente ao abismo. A mentira tornou-se confortável porque se ajustava perfeitamente ao formato das expectativas.

Nunca a realidade foi tão opcional.

Era possível escolher qual mundo habitar sem sair do mesmo quarto.

Cada tela funcionava como um pequeno universo privado onde toda discordância podia ser eliminada com um simples toque. Assim nasceu uma geração incapaz de conviver com o diferente porque aprendera que toda divergência podia ser bloqueada. A alteridade transformou-se em defeito técnico.

Não havia mais adversários.

Havia inconvenientes.

A convivência foi substituída pela filtragem.

O amor sofreu a mesma mutação silenciosa.

Durante séculos, amar significava suportar a presença imprevisível de outra existência. Exigia demora, paciência, renúncia, escuta e, sobretudo, fracasso. Todo amor verdadeiro carregava inevitavelmente o peso da imperfeição.

Agora, porém, o amor precisava caber na velocidade dos aplicativos.

Precisava ser eficiente.

Precisava ser reversível.

Precisava oferecer garantia de satisfação.

Como qualquer produto.

Quando duas pessoas deixavam de proporcionar prazer imediato, bastava deslizar um dedo. A esperança passou a funcionar como um catálogo infinito de possibilidades. 

O problema era que a abundância destrói o valor da escolha. Quem acredita possuir infinitas alternativas jamais mergulha verdadeiramente em uma delas.

A superfície venceu a profundidade.

Não porque fosse mais bela.

Mas porque era mais rápida.

A intimidade tornou-se perigosa. Conhecer verdadeiramente alguém implica descobrir rachaduras. 

E as rachaduras diminuem o valor de mercado das pessoas. Melhor permanecer na luminosidade dos primeiros encontros eternamente inacabados. Melhor colecionar começos do que enfrentar qualquer continuidade.

Assim nasceu uma multidão especializada em inaugurar relações, mas incapazes de construírem  permanências.

Tudo começava.

Nada amadurecia.

O tempo perdeu sua vocação agrícola.

Já não cultivava. Consumia-se.

Até mesmo a esperança passou a envelhecer antes de nascer.

As conversas transformaram-se em negociações emocionais. Cada gesto escondia cálculos invisíveis sobre retorno afetivo, reciprocidade, visibilidade social. 

A generosidade tornou-se investimento. A amizade converteu-se em rede de contatos. O afeto passou a obedecer às mesmas leis do mercado financeiro: rendimento, valorização, liquidez.

A alma aprendeu a falar a linguagem das bolsas de valores.

E faliu silenciosamente.

Talvez a maior tragédia não fosse a ausência do amor, mas sua simulação perfeita. Já não era necessário amar. Bastava reproduzir todos os sinais externos do amor. 

Fotografias, declarações públicas, aniversários comemorados diante de espectadores invisíveis, viagens cuidadosamente documentadas, beijos interrompidos pela necessidade de registrar o próprio beijo.

A experiência passou a existir para ser lembrada antes mesmo de ser vivida.

Toda felicidade precisava de testemunhas.

Caso contrário, parecia não existir.

Pouco a pouco, o ser humano começou a confundir existência com visibilidade. O invisível tornou-se equivalente ao inexistente. As emoções silenciosas perderam legitimidade. A contemplação foi substituída pela exposição.

Até Deus pareceria insuficientemente conectado para sobreviver naquele ambiente.

A eternidade não possuía perfil.

O infinito não publicava conteúdos.

O mistério era péssimo produtor de audiência.

Enquanto isso, uma estranha sensação espalhava-se sem fazer ruído. Era um vazio diferente daquele conhecido pelos antigos filósofos.

Não era o vazio provocado pela falta de respostas. Era o vazio produzido pelo excesso delas. Nunca houve tantas opiniões disponíveis. Nunca houve tão poucas perguntas verdadeiras.

A humanidade deixara de buscar sentido.

Passara apenas a administrar distrações.

E cada distração exigia outra ainda maior para esconder a anterior.

Assim se erguia, todos os dias, a mais sofisticada construção da história: uma arquitetura monumental feita de conexões instantâneas, emoções descartáveis, afetos terceirizados e consciências continuamente ocupadas para jamais perceberem que habitavam,  desde muito tempo, uma casa sem fundamento, cuidadosamente decorada para impedir que seus moradores escutassem o eco da própria ausência.

O paradoxo tornou-se invisível justamente porque se tornara absoluto. Nunca a humanidade produzira tantos mecanismos para evitar a solidão, e nunca a solidão alcançara tamanha sofisticação.

Ela já não precisava do isolamento físico para existir. Aprendera a sobreviver em cafés lotados, escritórios compartilhados, salas de aula, aeroportos, elevadores, festas e até mesmo entre corpos que dividiam a mesma cama. A solidão descobrira que o lugar mais seguro para esconder-se era exatamente no centro da multidão.

Não havia mais desertos.

As pessoas haviam se tornado desertos.

Cada consciência carregava um clima próprio de estiagem. O pensamento secava antes de amadurecer. As emoções evaporavam antes de encontrarem linguagem.

Tudo precisava nascer pronto, explicado, resumido, traduzido em imagens pequenas o suficiente para caberem entre dois anúncios. A lentidão passou a ser interpretada como defeito biológico.

O espírito tornou-se incompatível com a velocidade.

O silêncio, que outrora permitia ao ser humano encontrar-se consigo mesmo, passou a ser percebido como uma falha do sistema.

Era necessário preencher cada segundo com algum ruído: uma música, um vídeo, um comentário, uma conversa superficial, qualquer coisa que impedisse a aproximação daquela pergunta antiga que atravessa todas as épocas: “Quem permanece quando tudo se cala?”

Poucos ousavam escutá-la.

Responder era impossível.

Ignorá-la parecia mais confortável.

A tecnologia, que prometera ampliar horizontes, acabou reduzindo a paisagem interior. O infinito foi comprimido na dimensão de uma tela. A experiência humana passou a ser organizada por algoritmos cuja maior virtude consistia em impedir qualquer surpresa verdadeira. 

O inesperado tornou-se inconveniente. O espanto passou a ser tratado como erro estatístico.

Já não se descobria.

Consumiam-se descobertas previamente calculadas.

O acaso foi domesticado.

Até o destino começou a parecer previsível.

O ser humano deixou de caminhar para procurar alguma coisa. Caminhava porque o aplicativo indicava uma rota. 

Lia porque alguém recomendava. Pensava porque outro já havia pensado primeiro. Revoltava-se conforme o assunto do dia. Esquecia obedecendo ao calendário invisível das tendências.

A liberdade sobrevivia apenas como estética.

Era uma fotografia antiga pendurada na parede de uma casa abandonada.

A autonomia foi lentamente substituída pela personalização. Pareciam conceitos semelhantes, mas eram inimigos silenciosos. A autonomia exige decisão; a personalização apenas adapta a prisão ao gosto do prisioneiro. Escolhiam-se as cores da cela, mas jamais suas paredes.

Chamavam isso de liberdade.

Talvez porque toda prisão confortável dispense grades.

A própria identidade tornou-se um projeto interminável. Durante séculos, buscava-se descobrir quem se era. Agora, fabricava-se continuamente quem se desejava parecer. A existência converteu-se em design.

Cada dia exigia uma nova versão.

Cada versão precisava superar a anterior.

Nenhuma delas sobrevivia até a semana seguinte.

As máscaras deixaram de esconder o rosto.

Passaram a substituí-lo.

Houve um tempo em que a mentira precisava esconder-se da verdade. Hoje, a verdade pede licença para existir entre versões mais agradáveis dela mesma. 

A sinceridade tornou-se grosseira porque insiste em possuir arestas. As pessoas preferem narrativas cuidadosamente polidas, ainda que completamente vazias.

A realidade perdeu valor de mercado.

A aparência tornou-se o principal ativo financeiro da alma.

Tudo precisava parecer extraordinário. Um café deixava de ser café para tornar-se experiência gastronômica. 

Uma caminhada precisava transformar-se em jornada de autoconhecimento. Um simples amanhecer exigia legenda filosófica. O cotidiano passou a sentir vergonha de sua simplicidade.

Mas a vida continua acontecendo nas coisas pequenas.

Enquanto todos fotografavam o pôr do sol, ninguém percebia a escuridão crescendo por dentro.

O amor sofreu a consequência mais devastadora dessa mutação invisível.

Antes, amar era reconhecer no outro um mistério impossível de possuir completamente. 

Havia humildade nesse reconhecimento. Existia beleza justamente porque sempre permanecia alguma região desconhecida.

Agora, desejava-se transparência absoluta.

Tudo precisava ser explicado, compartilhado, monitorado, validado. O mistério tornou-se ameaça.

A confiança foi substituída pela vigilância. O cuidado converteu-se em controle.

Chamavam ciúme de zelo.

Chamavam dependência de intensidade.

Chamavam posse de compromisso.

Pouco a pouco, o amor deixou de ser encontro entre duas liberdades para transformar-se em contrato entre duas carências.

Não se buscava alguém para caminhar ao lado, mas alguém capaz de anestesiar provisoriamente o próprio vazio.

O outro deixou de ser sujeito.

Transformou-se em remédio.

E todo remédio perde efeito quando utilizado para curar aquilo que pertence à própria existência.

Foi então que surgiu uma epidemia silenciosa.

Pessoas emocionalmente exaustas.

Não por excesso de sofrimento.

Mas por excesso de superficialidade.

A superfície exige esforço permanente. É preciso mantê-la brilhando. A profundidade, ao contrário, aceita até mesmo a escuridão.

No entanto, poucos ainda possuíam coragem para mergulhar.

Mergulhar tornou-se perigoso.

Ali habitavam perguntas.

E perguntas verdadeiras jamais oferecem conforto.

Elas retiram o chão.

Mostram que o edifício inteiro talvez tenha sido construído sobre areia.

Foi assim que a moral também começou a dissolver-se. Não através de grandes revoluções, mas pela lenta substituição da consciência pela conveniência. 

O certo passou a depender do número de compartilhamentos. O justo passou a obedecer às estatísticas da aprovação coletiva.

A ética transformou-se em enquete.

A consciência tornou-se refém da audiência.

Ninguém perguntava mais se determinada ação era boa.

Perguntava-se apenas se seria aceita.

A coragem desapareceu discretamente. Não foi assassinada. Foi ridicularizada. Tornou-se antiquada diante da eficiência das adaptações. Aprendeu-se a sobreviver modificando convicções conforme a direção do vento. 

A coerência começou a parecer fanatismo. A firmeza tornou-se sinônimo de inflexibilidade.

O caráter converteu-se em software.

Recebia atualizações constantes.

Até perder completamente sua versão original.

Nesse cenário, a esperança assumiu uma forma curiosa. Já não acreditava na transformação do mundo. Limitava-se a esperar pela próxima distração. Um novo lançamento. 

Um novo escândalo. Uma nova polêmica. Um novo consumo. A expectativa deslocou-se do futuro para a novidade.

O amanhã morreu.

Restou apenas o próximo minuto.

Talvez fosse essa a verdadeira arquitetura do vazio: construir uma civilização tão ocupada consigo mesma,  que jamais encontrasse tempo para perguntar por que existia. Uma engenharia perfeita da dispersão. Um urbanismo espiritual onde,  cada avenida conduzia inevitavelmente ao mesmo lugar: um centro completamente desabitado.

As cidades cresceram.

Os edifícios tocaram as nuvens.

As redes conectaram continentes.

As inteligências artificiais aprenderam a conversar.

Mas algo infinitamente mais simples desapareceu sem deixar vestígios.

A capacidade de permanecer diante de outro ser humano sem desejar escapar.

Porque fugir tornou-se um hábito.

Permanecer tornou-se um ato revolucionário.

E ninguém mais parecia disposto a habitar aquilo que mais temia encontrar: o silêncio onde a própria alma, finalmente despida de todas as conexões, perguntava se ainda existia alguém vivendo dentro dela ou se restava apenas uma bela construção erguida para proteger um vazio que, há muito tempo, deixara de ser ausência para tornar-se o único morador permanente da casa chamada humanidade.

O vazio possui uma inteligência silenciosa.

Ao contrário da dor, ele não grita. Ao contrário da tristeza, não exige lágrimas. Diferentemente do desespero, não ameaça destruir imediatamente aquilo que toca. Sua estratégia é mais refinada. Ele acomoda. 

Aprende a decorar os cômodos da consciência até que seus habitantes deixem de perceber sua presença. Um dia, descobre-se que toda a existência foi organizada ao redor dele, como uma cidade construída para proteger uma ruína cuja origem ninguém mais recorda.

Talvez por isso o mundo parecesse tão funcional.

Funcionava perfeitamente.

Produzia.

Consumiria ainda mais.

Compartilhava.

Competia.

Acumulava.

Exibia.

Apenas…  não vivia.

A vida fora reduzida à administração permanente da sobrevivência simbólica. Já não bastava existir. Era necessário provar continuamente que se existia. Cada fotografia representava um certificado provisório de presença.

Cada comentário era um pedido de reconhecimento. Cada aprovação pública funcionava como uma respiração artificial aplicada sobre uma identidade incapaz de sustentar-se sozinha.

A existência tornara-se dependente do olhar alheio.

Quando ninguém observava, algo dentro do ser humano começava lentamente a desaparecer.

Era curioso perceber que a maior invenção da época não fora a inteligência artificial.

Fora a artificialização da inteligência.

Pensar tornou-se perigoso porque pensar interrompe o fluxo. Quem pensa profundamente desacelera. Quem desacelera deixa de produzir.

Quem deixa de produzir torna-se invisível para uma sociedade cuja religião é o desempenho. Assim, até a contemplação passou a carregar uma aparência de culpa.

O descanso perdeu sua inocência.

Era preciso justificá-lo.

Era preciso transformá-lo em produtividade futura.

Até o lazer passou a trabalhar.

A alma nunca teve férias.

Esgotava-se em silêncio.

A exaustão tornou-se uma medalha invisível. Quanto mais cansado alguém estivesse, maior parecia seu valor social. O sofrimento deixara de ser um problema para converter-se em capital moral. 

Todos competiam para demonstrar quem suportava a agenda mais cruel, quem dormia menos, quem respondia mais rapidamente, quem permanecia permanentemente disponível.

A disponibilidade substituiu a presença.

Estava-se acessível.

Jamais presente.

A presença exige inteireza.

A conexão exige apenas sinal.

Pouco a pouco, o corpo começou a denunciar aquilo que a linguagem insistia em esconder. Ansiedade, insônia, crises de pânico, depressões sem nome, uma angústia difusa espalhando-se como neblina entre pessoas incapazes de explicar por que sofriam. Procuravam causas imediatas quando a origem encontrava-se muito mais profundamente enterrada.

O espírito havia sido amputado.

Continuava vivo.

Mas aprendera a caminhar sem parte de si.

A medicina oferecia diagnósticos.

A economia oferecia soluções.

A publicidade oferecia desejos.

O entretenimento oferecia distrações.

Ninguém oferecia significado.

Porque o significado não pode ser vendido.

Ele exige demora.

Exige fracasso.

Exige silêncio.

Exige uma coragem que o mercado jamais conseguiu transformar em mercadoria.

As antigas religiões perderam espaço não apenas porque deixaram de convencer, mas porque o próprio mistério tornou-se insuportável.

O homem contemporâneo deseja respostas antes mesmo de formular perguntas. A dúvida tornou-se uma espécie de doença cognitiva.

Tudo precisa ser explicado.

Tudo precisa ser classificado.

Tudo precisa caber em categorias.

Mas a existência sempre escapou das classificações.

O amor, sobretudo.

Durante séculos, o amor era a experiência que desmontava qualquer arquitetura racional. Ele interrompia projetos, desmontava certezas, colocava o indivíduo diante de sua própria vulnerabilidade. Amar era aceitar perder parte do controle sobre si.

Agora ama-se,  exatamente para manter o controle.

Calculam-se compatibilidades.

Monitoram-se comportamentos.

Interpretam-se mensagens.

Cronometram-se respostas.

Mensura-se interesse.

Audita-se afeto.

O coração aprendeu contabilidade.

E esqueceu poesia.

O beijo transformou-se em protocolo.

O desejo converteu-se em algoritmo.

Até a saudade tornou-se inconveniente.

Ela demora demais.

A sociedade da aceleração não suporta aquilo que amadurece lentamente. Uma árvore é lenta. Um velho é lento. Um livro é lento. O perdão é lento. A confiança é lenta. O amor verdadeiro é quase geológico.

Mas tudo ao redor exige velocidade.

Por isso as raízes começaram,  a surgirem com defeitos.

Preferiram plantas artificiais.

Jamais crescem.

Jamais morrem.

Jamais vivem.

Também as relações humanas aprenderam essa estética do plástico. Tornaram-se resistentes, bonitas e absolutamente incapazes de produzir frutos.

Havia uma estranha economia afetiva em funcionamento.

As pessoas economizavam entrega.

Economizavam sinceridade.

Economizavam tempo.

Economizavam vulnerabilidade.

Guardavam tudo para um futuro que jamais chegava.

No fim, acumulavam reservas emocionais que nunca seriam utilizadas.

Morreram ricos de sentimentos nunca compartilhados.

Talvez esse fosse o maior desperdício da história.

Não petróleo.

Não ouro.

Não florestas.

Mas ternuras que jamais encontraram coragem para existir.

Enquanto isso, a infância desaparecia cada vez mais cedo. As crianças aprendiam a produzir versões de si antes mesmo de descobrirem quem eram.

Cresciam diante de espelhos digitais que devolviam imagens cuidadosamente corrigidas. O erro tornou-se proibido.

Mas somente quem erra descobre alguma coisa.

A perfeição é estéril.

O fracasso sempre foi mais fértil que o sucesso.

Entretanto, ninguém queria fracassar.

Fracassar significava desaparecer.

Assim nasceu uma geração inteira aterrorizada pela possibilidade de não ser extraordinária.

Como se a beleza da existência dependesse da exceção.

Quando, talvez, sua grandeza estivesse justamente na simplicidade de uma vida comum.

Uma conversa sem registros.

Um abraço sem fotografia.

Um passeio sem localização.

Uma lágrima sem testemunhas.

Um amor sem plateia.

Mas isso já parecia pertencer,  a outra civilização.

A intimidade tornou-se clandestina.

O recolhimento adquiriu aparência de resistência política.

Estar sozinho passou a ser quase um gesto revolucionário.

Porque quem suporta permanecer consigo mesmo já não pode ser facilmente manipulado.

Quem conhece o silêncio torna-se menos dependente do ruído.

Quem encontra sentido dentro de si compra menos ilusões.

Talvez fosse exatamente isso que tornava o vazio tão indispensável ao funcionamento daquela época. Ele precisava permanecer habitável. Não podia revelar sua verdadeira natureza. 

Precisava parecer confortável, moderno, eficiente, elegante. Precisava convencer seus moradores de que aquela ausência era, na verdade, liberdade.

E eles acreditavam.

Decoravam cuidadosamente suas celas.

Chamavam de autonomia aquilo que era apenas isolamento sofisticado.

Chamavam de independência aquilo que era incapacidade de confiar.

Chamavam de autenticidade a fabricação incessante de personagens.

Chamavam de felicidade a interrupção momentânea da angústia.

No fundo, a arquitetura permanecia intacta.

Belíssima.

Iluminada.

Premiada.

Inteligente.

Conectada.

Mas bastava apagar todas as telas por alguns minutos para que se ouvisse, ecoando entre as paredes invisíveis daquela construção monumental, um som antigo que nenhuma tecnologia conseguira eliminar.

O som da própria ausência.

Porque nenhuma civilização desmorona quando perde seus edifícios.

Ela começa a ruir quando seus habitantes já não conseguem reconhecer o rosto do outro, nem suportar o peso do próprio silêncio, transformando a existência numa sucessão interminável de corredores perfeitamente iluminados que conduzem sempre ao mesmo aposento vazio, onde a única coisa realmente habitável é aquilo que lentamente deixou de ser apenas falta e passou a constituir a própria estrutura da condição humana contemporânea.

Talvez nenhuma época tenha confundido tão profundamente progresso com deslocamento. Caminhava-se sem cessar, mas já não importava para onde. O movimento bastava como justificativa.

A velocidade tornou-se uma forma de esquecer que toda direção exige um destino. Assim, as estradas multiplicaram-se enquanto os caminhos desapareciam.

A humanidade passou a acreditar que avançava porque tudo ao redor se movia.

Mas o deserto também muda de forma quando o vento sopra.

E nem por isso deixa de ser deserto.

Houve um tempo em que as cidades eram construídas ao redor de praças. As praças permitiam que o olhar repousasse sobre outro olhar. Eram arquiteturas da convivência. 

Depois vieram os grandes centros comerciais, onde o encontro foi lentamente substituído pelo consumo. Agora surgiam espaços ainda mais silenciosos: ambientes onde nem mesmo o corpo precisava comparecer. Bastava a projeção de sua imagem.

O ser humano retirou-se da própria presença.

Delegou sua existência às representações.

Como,  antigos reis que governavam por meio de emissários, passou a viver através de perfis, fotografias, estatísticas, históricos de navegação, registros de localização, preferências calculadas e memórias armazenadas em servidores mais duradouros que sua própria carne.

Talvez nunca tenha existido uma época tão obcecada pela permanência.

E tão incapaz de permanecer.

Os vínculos dissolviam-se com a facilidade das palavras escritas sobre a água. Promessas tinham prazo de validade inferior ao entusiasmo que as produzia. Juramentos envelheciam antes da primeira dificuldade.

A fidelidade tornou-se um conceito arqueológico, como colunas de templos soterrados por uma civilização que já não compreendia a linguagem das próprias ruínas.

O amor continuava sendo pronunciado.

Mas sua gramática havia morrido.

Restavam apenas os substantivos.

Os verbos desapareceram.

Já ninguém sabia conjugar “cuidar”, “esperar”, “renunciar”, “perdoar”, “permanecer”. O amor foi reduzido a um sentimento, quando sempre fora, sobretudo, uma disciplina da presença. 

Amar exigia construir diariamente uma casa dentro do outro. Agora preferia-se,  alugar quartos provisórios na superfície das pessoas.

Era mais barato emocionalmente.

Também era infinitamente mais solitário.

A moral seguiu o mesmo destino. Não caiu por causa de grandes catástrofes ideológicas, nem foi destruída por revoluções sangrentas. Foi corroída pelo hábito aparentemente inofensivo da indiferença.

O mal já não precisava de convicções. Bastava distração. Bastava que todos permanecessem suficientemente ocupados consigo mesmos para não perceberem a dor alheia.

A crueldade perdeu o rosto.

Vestiu a máscara da pressa.

Enquanto isso, a consciência era lentamente terceirizada. Pensavam as plataformas. Escolhiam os algoritmos.

Recordavam os dispositivos. Calculavam as máquinas. O homem conservava apenas a sensação de decidir. Sua liberdade transformara-se numa elegante interface gráfica.

Nunca a servidão foi tão confortável.

As correntes aprenderam a sorrir.

Talvez fosse essa a mais perfeita realização do vazio: convencer seus habitantes de que ele era plenitude. 

Como um edifício cuja estrutura inteira repousasse sobre o nada, mas cuja decoração fosse tão sofisticada que ninguém ousasse perguntar pelos alicerces.

Entretanto, toda arquitetura possui fissuras.

E toda fissura possui memória.

Às vezes ela surgia durante a madrugada, quando a luminosidade das telas finalmente cedia lugar à escuridão do quarto. Às vezes aparecia diante de um espelho, onde a própria imagem parecia devolver um desconhecido.

Outras vezes manifestava-se em meio a centenas de pessoas, quando uma inexplicável sensação de abandono atravessava o peito sem qualquer motivo aparente.

Era o vazio chamando pelo seu verdadeiro nome.

Não um inimigo.

Não uma doença.

Mas a prova silenciosa de que nenhuma tecnologia conseguiria substituir aquilo que constitui a essência da experiência humana: a necessidade de sentido.

O problema é que o sentido jamais aceita ser produzido em escala industrial.

Ele nasce lentamente.

Como nasce uma floresta.

Como amadurece uma amizade.

Como envelhece um amor.

Como se constrói uma consciência.

Nada disso suporta aceleração.

Nada disso admite atalhos.

Por essa razão, a sociedade preferiu fabricar simulacros. 

Criou,  versões rápidas da felicidade, cópias instantâneas do pertencimento, reproduções digitais da intimidade, caricaturas do reconhecimento. E, durante algum tempo, acreditou que a encenação bastaria.

Mas toda representação depende da existência de um original.

Quando o original desaparece, resta apenas um teatro encenado para plateias igualmente fictícias.

No fim, ninguém mais sabia distinguir quem observava e quem era observado.

Quem desejava e quem apenas reproduzia desejos alheios.

Quem falava e quem apenas ecoava vozes produzidas em algum lugar invisível.

O silêncio, então, retornava.

Não como castigo.

Mas como a última linguagem ainda incapaz de mentir.

Porque o silêncio nunca promete.

Nunca seduz.

Nunca vende.

Ele apenas revela.

E aquilo que revelava era insuportavelmente simples.

Toda aquela civilização monumental, revestida de fibra óptica, inteligência artificial, comunicação instantânea, mercados globais e promessas infinitas, continuava incapaz de responder à pergunta que acompanha o homem desde que aprendeu a contemplar o próprio reflexo na água: Para que existir?

Talvez nenhuma resposta definitiva seja possível.

Talvez jamais tenha sido.

Mas houve épocas em que essa pergunta era compartilhada ao redor de uma mesa, de uma fogueira, de um livro, de um abraço ou de um olhar demorado. Agora ela era sufocada por notificações antes mesmo de terminar de nascer.

E uma pergunta que não pode amadurecer transforma-se em ansiedade.

Uma consciência que não suporta o silêncio transforma-se em ruído.

Uma sociedade incapaz de amar transforma o afeto em mercadoria.

Uma moral sem transcendência converte-se em estatística.

Uma liberdade sem interioridade reduz-se à escolha entre vitrines.

Foi assim que o edifício chegou ao fim de sua construção.

Não havia teto desabando.

Não havia incêndios.

Não havia guerras atravessando suas paredes.

Tudo permanecia impecavelmente organizado.

Os corredores brilhavam.

Os elevadores funcionavam.

As janelas refletiam um céu artificialmente azul.

As portas abriam-se automaticamente.

As vozes continuavam circulando por cabos invisíveis.

As imagens viajavam à velocidade da luz.

As máquinas aprendiam.

Os mercados cresciam.

As cidades respiravam.

As pessoas sorriam.

E, exatamente por isso, quase ninguém percebeu que o edifício nunca fora uma moradia.

Era apenas um monumento cuidadosamente projetado para tornar o vazio confortável o suficiente para ser confundido com lar.

Talvez essa tenha sido a maior obra arquitetônica da modernidade.

Não construir cidades.

Nem erguer impérios tecnológicos.

Nem conectar continentes.

Mas ensinar milhões de pessoas a habitarem a própria ausência sem jamais chamá-la pelo nome.

E quando o último brilho das telas finalmente se apagar, quando todas as conexões regressarem ao silêncio primordial de onde vieram, talvez reste apenas aquilo que sempre esteve escondido sob os alicerces dessa construção magnífica: um ser humano diante de si mesmo, sem testemunhas, sem algoritmos, sem máscaras, sem audiência, descobrindo tarde demais que nenhuma arquitetura, por mais perfeita que seja, consegue oferecer abrigo àquele que passou a vida inteira fugindo da única morada que jamais poderia abandonar: a própria consciência.

Clayton Alexandre Zocarato

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Manual de propriedade do nada

Clayton Alexandre Zocarato

‘Manual de propriedade do nada’

Clayton Alexandre Zocarato
Clayton A. Zocarato
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O primeiro artigo deste manual estabelece que o nada não pode ser possuído

O segundo corrige o primeiro e informa que tudo aquilo que não pode ser possuído desperta imediatamente o desejo de posse. 

O terceiro artigo revoga os anteriores e declara que a propriedade é apenas uma ficção criada pelo medo de desaparecer. O restante deste documento consiste na lenta assinatura de um contrato invisível entre o ser e o vazio.

No início havia apenas uma pequena rachadura.

Nada dramático.

Uma fissura discreta atravessando o pensamento como uma linha de ferrugem sobre uma lâmina antiga. 

Não era tristeza. 

Não era desespero. Era apenas a sensação de que todas as coisas estavam ligeiramente deslocadas de si mesmas. 

As palavras já não coincidiam com os objetos. 

Os espelhos refletiam superfícies, mas não devolviam identidades. 

Os dias surgiam iguais uns aos outros como páginas impressas por uma máquina cansada.

Foi então que apareceu a escritura.

Nenhuma assinatura era exigida.

Nenhuma testemunha.

Nenhum cartório.

O documento já estava assinado desde sempre.

O ser apenas descobria, tarde demais, que seu nome habitava aquelas cláusulas.

A primeira delas era simples:

“Concede-se ao proprietário o direito irrestrito de cultivar ausências.”

E as ausências começaram a crescer.

Primeiro como ervas daninhas entre os pensamentos.

Depois como árvores.

Depois como florestas inteiras.

A paisagem interior tornou-se um território de corredores vazios. As ideias passaram a ecoar sem encontrar paredes.

As perguntas reproduziam-se em velocidade assustadora, enquanto as respostas desapareciam como pássaros migratórios que jamais regressam.

O vazio intelectual não chegou como ignorância.

Chegou como excesso.

Excesso de informação.

Excesso de ruído.

Excesso de opiniões.

Uma avalanche de palavras cobrindo lentamente o significado das coisas.

Bibliotecas inteiras foram transformadas em desertos.

Os livros permaneciam sobre as estantes, mas já não eram lidos.

As frases permaneciam sobre as páginas, mas já não eram compreendidas.

O pensamento converteu-se numa fábrica de repetições.

Produzia reflexões em série.

Embalava conceitos.

Vendia certezas.

Distribuía convicções prontas para consumo.

E, ao final de cada expediente, recolhia cuidadosamente qualquer vestígio de dúvida.

O nada sorria.

Era um proprietário paciente.

Nunca exigia pagamento imediato.

Preferia os juros.

Acumulava pequenas parcelas de desistência.

Uma renúncia hoje.

Outra amanhã.

Uma reflexão abandonada.

Uma pergunta esquecida.

Uma inquietação silenciada.

Até que o território inteiro passasse para seu domínio.

Então veio a segunda cláusula.

“Concede-se ao proprietário o direito de transformar relações em superfícies.”

E o vazio social iniciou sua expansão.

As vozes multiplicaram-se.

As conversas desapareceram.

As multidões aumentaram.

Os encontros tornaram-se raros.

Jamais houvera tantas janelas abertas para o mundo.

Jamais houvera tantos quartos fechados por dentro.

A comunicação tornou-se uma ponte construída apenas até a metade do rio.

Os gestos perderam profundidade.

Os abraços passaram a tocar apenas tecidos.

Os olhares atravessavam rostos sem encontrar presença.

Todos pareciam próximos.

Ninguém realmente chegava.

O ser começou a colecionar contatos como quem coleciona sombras.

Milhares de nomes.

Milhares de imagens.

Milhares de ecos.

Nenhuma companhia.

A solidão já não era ausência de pessoas.

Era ausência de significado.

Era uma praça lotada de estátuas.

Um mercado repleto de fantasmas.

Uma festa onde cada convidado conversava exclusivamente com seu próprio reflexo.

O nada ampliava seus domínios.

Silenciosamente.

Metodicamente.

Sem violência.

Como a ferrugem.

Como a poeira.

Como a noite.

Depois surgiu a terceira cláusula.

A mais extensa.

A mais perigosa.

“Concede-se ao proprietário o direito de substituir valores por conveniências.”

E o vazio moral encontrou terreno fértil.

As palavras virtude, honra, compromisso e responsabilidade tornaram-se objetos arqueológicos.

Peças de museu.

Relíquias de uma civilização esquecida.

Tudo passou a ser medido por utilidade.

Tudo passou a ser calculado por vantagem.

Tudo passou a ser avaliado por rentabilidade.

O bem deixou de ser uma direção.

Transformou-se numa estratégia.

A verdade deixou de ser uma busca.

Transformou-se numa ferramenta.

A consciência deixou de ser uma voz.

Transformou-se num ruído de fundo facilmente ajustável.

O ser observava tudo isso sem perceber que assinava novas páginas do contrato.

Cada concessão parecia insignificante.

Cada renúncia parecia temporária.

Cada acomodação parecia razoável.

Mas o nada era um colecionador de fragmentos.

Sabia que montanhas são feitas de grãos.

Sabia que abismos começam como rachaduras.

Sabia que desertos nascem da morte lenta de pequenas fontes.

O contrato crescia.

As páginas multiplicavam-se.

As cláusulas estendiam-se para além do horizonte.

E o proprietário do nada tornava-se cada vez mais rico.

Até que chegou o momento inevitável.

A vistoria.

O ser caminhou pelos corredores da própria existência.

Abriu portas.

Examinou gavetas.

Percorreu arquivos.

Investigou memórias.

Procurou algo que ainda lhe pertencesse.

Encontrou apenas espaços vazios.

As estantes estavam intactas.

Mas os livros haviam desaparecido.

As molduras permaneciam nas paredes.

Mas as imagens haviam evaporado.

Os relógios continuavam funcionando.

Mas o tempo já não acontecia.

Tudo estava presente.

Nada existia.

Foi então que compreendeu a natureza da propriedade.

Jamais possuíra o nada.

Era o nada quem o possuía.

A escritura sempre estivera invertida.

O proprietário era a propriedade.

O senhor era o terreno.

O dono era a mercadoria.

A assinatura no final do contrato não representava uma conquista.

Representava uma rendição.

E naquele instante surgiu uma pergunta.

Talvez a última pergunta.

Talvez a única pergunta verdadeira.

Se o nada podia ser proprietário de tudo, o que existiria além dele?

Nenhuma resposta apareceu.

Apenas silêncio.

Um silêncio vasto.

Profundo.

Antigo.

Mas pela primeira vez esse silêncio não parecia vazio.

Parecia possibilidade.

Como um campo antes da semeadura.

Como uma página antes da escrita.

Como uma madrugada antes do primeiro pássaro.

Talvez o nada não fosse apenas destruição.

Talvez fosse também um espelho.

Um lugar onde todas as ilusões de posse terminam.

Um tribunal onde todas as propriedades são revogadas.

Uma fronteira onde o ser descobre que jamais possuiu coisa alguma.

Nem riquezas.

Nem ideias.

Nem pessoas.

Nem tempo.

Nem a si mesmo.

E ao compreender isso, algo inesperado aconteceu.

O contrato começou a desaparecer.

As cláusulas dissolveram-se.

As assinaturas tornaram-se poeira.

Os selos evaporaram.

As páginas transformaram-se em vento.

Restou apenas a existência.

Nua.

Sem títulos.

Sem escrituras.

Sem garantias.

Sem proprietários.

Sem propriedade.

Diante da imensidão silenciosa do universo, o ser finalmente compreendeu que a liberdade talvez começasse exatamente onde terminava a posse.

E que o verdadeiro Manual de Propriedade do Nada continha apenas uma frase escrita em letras invisíveis:

“Aquilo que tenta possuir o vazio acaba descobrindo que era o vazio quem o possuía desde o princípio.

Mas a revelação não trouxe conforto.

A liberdade, quando surge depois de uma vida inteira de servidão invisível, possui a textura do abismo. 

Não há celebração na descoberta de que todas as muralhas eram imaginárias. Não há júbilo imediato quando se percebe que os alicerces sobre os quais se ergueu uma existência inteira foram construídos sobre névoa.

O ser permaneceu diante daquele horizonte sem nome.

Já não havia contratos.

Já não havia cláusulas.

Já não havia o nada como proprietário.

Mas também não existiam as antigas referências.

Era como despertar em uma cidade cujos mapas haviam sido queimados durante a noite.

As ruas continuavam lá.

As construções permaneciam de pé.

Entretanto, nenhum caminho conduzia a lugar algum conhecido.

E foi nesse instante que surgiu o mais profundo dos vazios.

Não o vazio da ausência.

Mas o vazio da possibilidade.

Não o vazio da perda.

O espaço aberto.

A página em branco.

A vertigem de quem descobre que não existe um destino previamente desenhado.

Durante muito tempo o ser acreditara que sua angústia vinha da falta de sentido.

Agora compreendia algo mais inquietante.

O sentido nunca estivera ausente.

Apenas jamais fora entregue pronto.

Era necessário construí-lo.

Pedra por pedra.

Pergunta por pergunta.

Fracasso por fracasso.

E essa tarefa parecia mais pesada do que carregar qualquer corrente.

Ao redor, o mundo continuava funcionando com sua habitual maquinaria de distrações.

Mercados vendiam felicidade embalada.

Discursos prometiam respostas definitivas.

Doutrinas ofereciam atalhos para a eternidade.

Ideologias distribuíam identidades prontas.

Tudo parecia convidar novamente para a velha assinatura.

Tudo parecia dizer:

“Retorne ao contrato.”

“Entregue outra vez sua inquietação.”

“Troque sua liberdade por uma explicação confortável.”

Mas o ser já conhecia o preço.

Sabia que toda certeza absoluta escondia uma pequena cláusula escrita em letras microscópicas.

Sabia que todo dogma carregava consigo uma cerca.

Sabia que toda prisão começa oferecendo proteção.

Então permaneceu imóvel.

Escutando.

Observando.

Esperando.

E no centro daquele silêncio começou a perceber algo estranho.

Muito estranho.

O nada não havia desaparecido completamente.

Continuava ali.

Mas sua forma era diferente.

Antes era um proprietário.

Agora era apenas espaço.

Antes era cárcere.

Agora era horizonte.

Antes era ausência de significado.

Agora era possibilidade de criação.

A diferença parecia mínima.

Entretanto continha universos inteiros.

Uma folha em branco pode ser uma condenação para quem espera respostas.

Mas pode ser também uma promessa para quem deseja escrever.

O mesmo vazio.

Dois destinos.

Dois olhares.

Duas interpretações.

Foi então que o ser compreendeu a natureza secreta do abismo.

Durante toda a existência acreditara que estava olhando para dentro dele.

Na verdade, era o abismo que olhava para dentro dele.

E tudo o que enxergava refletido em suas profundezas eram as próprias renúncias.

As desistências.

Os medos.

As acomodações.

As máscaras cuidadosamente colecionadas ao longo dos anos.

O vazio jamais fora um inimigo.

Apenas um espelho radical.

Um espelho incapaz de mentir.

Um espelho que removia todos os adornos.

Todas as justificativas.

Todas as ficções.

Diante dele, restava apenas aquilo que realmente existia.

Ou aquilo que realmente não existia.

O ser então caminhou.

Sem direção definida.

Sem roteiro.

Sem garantias.

Cada passo parecia inaugurar o mundo pela primeira vez.

As coisas tornaram-se novamente estranhas.

Eram familiares e desconhecidas ao mesmo tempo.

Uma árvore já não era apenas uma árvore.

Era um milagre biológico flutuando entre a terra e o céu.

Uma pedra já não era apenas uma pedra.

Era uma memória mineral atravessando milênios.

Uma respiração já não era apenas um reflexo.

Era uma negociação permanente entre o corpo e o infinito.

Tudo adquiria uma intensidade esquecida.

Como se a realidade estivesse sendo devolvida ao seu estado original.

Como se o excesso de explicações tivesse finalmente saído do caminho.

O ser percebeu que o vazio intelectual havia nascido quando deixou de admirar.

O vazio social havia crescido quando deixou de escutar.

O vazio moral havia prosperado quando deixou de responsabilizar-se por suas escolhas.

Nenhum deles surgiu de uma única vez.

Foram sedimentações lentas.

Camadas.

Poeira acumulada sobre a consciência.

E talvez a reconstrução também precisasse ocorrer lentamente.

Sem milagres.

Sem revelações grandiosas.

Sem promessas de redenção.

Apenas através de pequenos gestos.

Uma pergunta verdadeira.

Uma conversa sincera.

Uma leitura realizada sem pressa.

Um pensamento levado até suas últimas consequências.

Uma recusa em aceitar respostas fáceis.

Uma coragem silenciosa para permanecer humano em um mundo que frequentemente recompensa a superficialidade.

O nada continuava existindo.

Sempre continuaria.

Porque o nada é a sombra inevitável de toda existência.

Onde há ser, há possibilidade de não-ser.

Onde há significado, há possibilidade de vazio.

Onde há construção, há possibilidade de ruína.

Mas essa descoberta já não provocava terror.

Produzia humildade.

O ser percebeu que viver talvez não consistisse em derrotar o nada.

Ninguém derrota o nada.

Nenhuma filosofia.

Nenhuma religião.

Nenhuma ciência.

Nenhum império.

Todos terminam encontrando-o em alguma esquina do tempo.

Talvez viver significasse apenas atravessá-lo.

Reconhecê-lo.

Dialogar com ele.

Sem entregar-lhe a escritura da própria alma.

Sem permitir que se tornasse proprietário daquilo que ainda pulsa.

E assim, diante de uma existência que permanecia sem garantias, sem explicações finais e sem manuais definitivos, o ser compreendeu a última ironia.

O verdadeiro proprietário do nada não era aquele que o possuía.

Era aquele que aceitava sua presença sem tornar-se seu escravo.

Porque somente quem aprende a caminhar ao lado do vazio consegue impedir que ele ocupe todos os cômodos da casa.

E enquanto o universo prosseguia expandindo-se em silêncio entre galáxias indiferentes, estrelas moribundas e futuros inimagináveis, uma pequena centelha persistia.

Frágil.

Quase invisível.

Mas real.

A centelha da consciência.

A capacidade de perguntar.

De criar.

De negar.

De escolher.

De resistir.

E talvez fosse exatamente isso que nenhuma escritura do nada jamais conseguiria confiscar por completo.

Pois enquanto houver uma única pergunta atravessando a escuridão, uma única inquietação recusando o conforto das respostas prontas, uma única consciência disposta a contemplar o abismo sem entregar-se a ele, o contrato permanecerá incompleto.

E o nada, por mais vasto que seja, continuará encontrando diante de si a única propriedade que jamais poderá registrar em cartório algum: a liberdade inquieta de existir.

Clayton Alexandre Zocarato

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