Un rey humano
Ana Cecília Cháves Zavalaga: ‘Un rey humano’


Él ve lo que el mundo no quiere ver.
Desde la sucia azotea de un precario edificio lleno de polvo, al cual le sobrevuelan docenas de cables telefónicos y eléctricos, un dulce e inocente perrito se asoma por encima de un muro. Está parado sobre dos de sus pequeñas patitas, él observa desde la prisión de cemento a la cual fue condenado por ser mascota.
Estoy segura de que él ve algo más de lo que nosotros, los seres humanos supuestamente evolucionados, podemos ver.
Una marcha acalorada, un grupo de personas gritando sus mejores ofertas políticas, candidatos para la presidencia de los próximos comicios electorales, tienen las mejillas rojas, quemadas por el sol y también por su eufórico deseo de conseguir un voto y uno más, ese voto que los lleve a alcanzar el poder y con ese poder convertirse en los conquistadores, repitiendo la historia de la conquista, solo que esta vez es doblemente nauseabunda porque los conquistadores no son extranjeros, son, aunque no todos, parte de nuestro pueblo, estos que se dejaron corromper por el poder, su líder el señor dinero.
La marcha acabó, le siguieron mil carros, uno tras otro, motores viejos despidiendo humo y más humo, contaminando el ambiente. No hay alternativa, el conductor debe sacarle el jugo a la máquina, en la casa, una familia espera sobrevivir el día.
Un grito desafinado:
¡Paltas, tamales, piñas!…¡Caserita, están ricas!…No se lo pierda… Todo por un sol…
Un hombre flaco como un hueso, sucio y portando como vestido solo andrajos, está parado en una esquina, se rasca la cabeza llena de mugre y, quizás, los piojos le comen hasta los sesos, su aspecto se convierte en el triste espejo de la perdición y desolación.
Un joven de aproximadamente 15 años está sentado sobre el peldaño de unas gradas. De manera impresionante, mueve los dedos tipeando en su celular, sus largas piernas no se inmutan ante el paso de la gente. Él no escuchó a los políticos, tampoco al vendedor, quizás no sintió el asqueroso olor de los gases producidos por los viejos autos. Su vida está ahí, transcurriendo en línea, en una vida online.
Wow, una guapa mujer camina elegantemente vestida con un traje negro y unos zapatos de taco muy fino, ella se contornea como una gata, esperando dejar huella a su paso. No se enteró de nada, ignoró al mendigo y sus piojos, al joven de vida online ni lo vio, tampoco escuchó los gritos del frutero, las propuestas políticas no le interesaban, es apolítica, continuó su paso tratando de dejar huella.
Miles de mundos en un solo mundo, un mundo en donde existen cárceles de todos los tipos, donde el hombre destruye y aplasta convencido de su proba conciencia o inconsciencia, pocos hombres son los creadores de las leyes y del sistema manejado por la culpa, pocos enriqueciéndose de vil manera.
La culpa, ante el pecado, la culpa del qué dirán, la culpa del rico por no tener un ‟Porsche”, la culpa del pobre por ser pobre, la culpa de la joven por usar minifalda y provocar al violador, la culpa de ser analfabeto y no tener derecho a soñar, la culpa frente a un injusto sistema judicial, la culpa instaurada solo para manipular.
El inocente y dulce perrito mira, él lo piensa, estoy segura de ello.
Son absurdos los humanos, se matan, nos matan, se hieren, nos hieren, acaban con la naturaleza, con su especie y con la nuestra. ¡Qué estúpidos son algunos seres humanos! Yo soy un perro vestido de pelos, solo ladro y aúllo y ellos creen que soy un perro sin cerebro, pero veo lo que ellos no quieren ver, la autodestrucción de un mundo en el cual el rey y verdugo es el ser humano.