Levantem-se, poetas! Por que esconder tanta beleza Lacrada em ignoradas escrituras?
Há um poeta em cada homem!
Poesia não é a linha escrita As frases montadas As palavras difíceis O sentido oculto.
Poeta não é o escolhido O culto O esquisito O admirado O discutido.
Poesia não é a face voltada Ao pobre Ao rude Ao oprimido; É algo simples, Universal!
Poesia é do operário Do pedreiro Do Lixeiro Do marceneiro Do agricultor! Como é dos médicos Dos advogados Dos engenheiros Dos psicólogos Dos professores!
Nas mãos do culto É nota afinada; Nas mãos do rude É nota dissonante, Sem deixar de ser poesia!
Poesia é a oitava do maestro O tinir de instrumento do ferreiro. Está nos livros adornados a ouro E no papel de embrulhar pão; Na eloquência do orador E na mudez do flagelado.
Poesia é a flor do jardim imperial E a flor do túmulo sem nome; Está nos teatros E está nos campos;
É a chuva O sol O arco-íris; É a lama A escória O temor!
Crônicas da Ordem dos Cavaleiros Arqueiros Sarmathianos:
‘A Gênese da Nova Era de Gotland’ (I)
Logo da seção O Leitor ParticipaCrônicas da Ordem dos Cavaleiros Arqueiros Sarmathianos: ‘A Gênese da Nova Era de Gotland (I)
Jadson Porto
Jadson Porto
Jadson Porto: Possui graduação em Bacharelado e Licenciatura em Geografia pela Universidade Federal do Pará (1993), mestrado em Geografia pela Universidade Federal de Santa Catarina (1998), doutorado em Ciência Econômica pela Universidade Estadual de Campinas (2002); Pós-Doutorado em Desenvolvimento Regional, pela Universidade Regional de Blumenau (2014): Pós-Doutorado em Geografia, pela Universidade de Coimbra (Portugal) (2015); Pós-Doutorado em Estudos Sociais, pela Universidad Nacional de la Patagonia Austral – Unidade Rio Gallegos (UNPA/UARG), Argentina (2017); Pós-Doutorado em Desenvolvimento Regional, pela UniversidadeFederal de Tocantins (2020); Pós-Doutorado em Planejamento Territorial, pela Universidade de Santiago de Compostela, Espanha (2025).
Pesquisador-Visitante do Instituto de Estudos e Desenvolvimento de Galícia, Universidade de Santiago de Compostela (Idega/USC).
Comenda Mérito Científico Galileu Galilei (Febacla, 2025).
Possui 8 títulos Doutor Honoris Causa (Febacla, 2026; Northern International University, 2026; CDMM/UG, 2026; CSAEFH, 2026; IINTAD, 2026). Comenda Grã-Cruz (SBEI, 2026).
Membro Titular da Academia de Letras José de Alencar, Cadeira 03 (Curitiba, Paraná, Brasil). Membro Titular da Academia Amapaense de Letras, Cadeira 17 (Macapá, Amapá, Brasil).
Coordenador do Núcleo de Estudos Regionais e Urbanos (Nesur/Unifap).
Atualmente é professor Titular da Universidade Federal do Amapá. Professor do Mestrado em Desenvolvimento Regional da Unifap.
Hay algo profundamente absurdo en la historia de la humanidad.
Hemos aprendido a descifrar el universo, a caminar sobre la Luna, a crear máquinas capaces de almacenar el conocimiento de siglos enteros en la palma de una mano. Sin embargo, todavía no hemos aprendido a convivir plenamente entre nosotros.
Seguimos construyendo armas con la misma pasión con la que podríamos construir esperanza. Seguimos perfeccionando la destrucción mientras millones de personas intentan sobrevivir a ella.
II. La lógica invisible de la guerra
Quizás por eso pienso que la guerra le teme a los abrazos. Porque un abrazo derrumba en segundos los muros que el odio tarda años en levantar.
La guerra necesita distancia. Necesita que olvidemos el rostro del otro. Necesita convertir personas en enemigos, nombres en estadísticas y vidas en daños colaterales. Necesita, sobre todo, que dejemos de reconocernos.
Por eso se disfraza. Se viste de uniformes, banderas, discursos y consignas. Se presenta como heroísmo, como justicia o como destino inevitable. Pero detrás de cada guerra siempre aparece la misma verdad incómoda: la incapacidad humana de sostener el dolor ajeno.
III. Poder, promesas y decepción
En teoría, los presidentes son considerados los “padres de la nación”. Y si esa metáfora fuera real, su responsabilidad sería tan simple como inmensa: proteger, cuidar, guiar.
Pero la realidad insiste en desviarse de esa idea.
En cada ciclo electoral se repiten las promesas, los discursos de esperanza, las palabras que hablan de futuro. Y, sin embargo, con demasiada frecuencia, esas promesas se diluyen con el tiempo, dejando tras de sí una estela de distancia, decepción y desconfianza.
No se trata solo de política. Se trata de una pregunta más profunda: ¿qué ocurre cuando la palabra pierde su valor?
IV. La fragilidad de la existencia
Vivimos como si el tiempo fuera infinito. Pero no lo es. Ninguno de nosotros está aquí para siempre.
Y aun así, seguimos atrapados en dinámicas de conflicto, competencia y destrucción que parecen olvidar lo esencial: la vida humana es breve, frágil e irrepetible.
¿Qué sentido tiene construir un mundo lleno de violencia, engaños y guerras si el final es exactamente el mismo para todos?
Tal vez el problema no sea únicamente político, sino profundamente humano. Tal vez hemos olvidado que vivir no debería ser solo sobrevivir dentro de sistemas de confrontación, sino intentar construir algo que merezca ser habitado.
V. Cultura, violencia y normalización
Incluso la cultura con la que crecen las nuevas generaciones refleja esa tensión. Muchos de los videojuegos más populares giran en torno a la guerra, las armas y la competencia violenta, mientras millones de niños los juegan con naturalidad. No como juicio moral, sino como síntoma: la violencia ha dejado de ser excepción para convertirse en entretenimiento cotidiano.
Y entonces surge una pregunta inevitable:
Si somos capaces de imaginar tantos mundos virtuales, ¿por qué nos cuesta tanto imaginar un mundo real donde vivir no implique destruirnos unos a otros?
VI. El origen del conflicto
La guerra nunca comienza cuando se dispara un arma. Comienza mucho antes.
Comienza cuando dejamos de escuchar. Cuando creemos que nuestra verdad justifica la anulación del otro. Cuando la indiferencia se vuelve costumbre. Cuando el sufrimiento ajeno deja de interpelarnos.
VII. La otra dirección
Y, sin embargo, la historia también está llena de quienes eligieron otra dirección.
Personas que tendieron la mano donde otros levantaban el puño. Personas que respondieron con compasión en medio de la violencia. Personas que entendieron que la paz no es debilidad, sino una de las formas más exigentes del coraje.
Porque amar no es un sentimiento abstracto. Amar es un acto de reconocimiento.
Es aceptar la humanidad incluso cuando incomoda. Es rechazar la idea de que el odio sea inevitable. Es comprender que ninguna bandera vale más que una madre llorando a su hijo. Que ningún territorio justifica una infancia rota. Que ninguna victoria compensa una vida perdida.
VIII. Hacia una nueva admiración
Tal vez ha llegado el momento de cambiar el foco de nuestra admiración.
De mirar menos a quienes destruyen y más a quienes reparan.
Menos a quienes dividen y más a quienes sostienen.
Menos a quienes gritan y más a quienes escuchan.
La guerra teme a los abrazos porque los abrazos contienen una evidencia insoportable: que la humanidad, en su forma más simple, todavía desea ser cuidada.
IX. El cansancio del mundo
Hay días en los que el mundo parece demasiado pesado para mirarlo sin cansancio.
Las noticias se repiten como un eco: guerras, pobreza, hambre, enfermedades, crisis, desplazamientos, pérdidas. Como si la realidad global estuviera compuesta únicamente de fracturas.
Y en medio de ese flujo constante, aparece una sensación silenciosa pero creciente: la idea de que el mundo no deja de empeorar.
No porque el mundo haya cambiado en su esencia, sino porque la forma en que lo consumimos nos lo devuelve siempre herido.
Todo parece regido por el conflicto, por el dinero, por la desigualdad. Y en ese escenario, lo que se desea no es ignorar la realidad, sino poder respirar dentro de ella sin hundirse.
Simplemente poder escuchar, de vez en cuando, algo que no duela.
X. Lo que permanece
Al final:
Los imperios caen.
Las fronteras cambian.
Las ideologías se transforman.
Pero permanece algo más resistente que todo eso: la capacidad humana de cuidar.
Quizás la verdadera revolución de nuestro tiempo no sea tecnológica, económica ni militar.
Quizás sea emocional.
Quizás consista en reaprender lo más básico: mirar, escuchar, comprender.
Porque mientras exista un solo ser humano capaz de elegir el amor por encima del odio, la guerra no tendrá la última palabra.
XI. Preguntas incómodas del sistema
¿Cómo se sostiene la confianza en las leyes cuando, en demasiados casos, las instituciones que deberían protegerlas también fallan en representarlas con integridad, en distintos lugares del mundo?
Pensemos en la economía a nivel mundial, también resulta profundamente inquietante. En muchos casos, parece haberse normalizado una estructura en la que solo unos pocos acceden a una vida cómoda, mientras la mayoría sostiene el sistema con jornadas interminables de trabajo, a menudo superiores a las cincuenta horas semanales, intentando cubrir gastos básicos, facturas y deudas que los mantienen atrapados en un ciclo constante de presión económica.
Es como si una gran parte de la población viviera dentro de un engranaje invisible, donde el esfuerzo no siempre se traduce en estabilidad, sino en supervivencia.
Y en ese mismo escenario global, existen países marcados por sistemas políticos extremos, ya sean regímenes autoritarios o estructuras profundamente inestables, donde la libertad, la seguridad o las oportunidades no están distribuidas de manera equitativa.
Más allá de las ideologías, lo que queda expuesto es una realidad incómoda: la sensación de que el valor de la vida humana no siempre ocupa el centro de las decisiones económicas y políticas.
¿Qué somos? ¿En qué nos hemos convertido? ¿Qué es la vida, o para qué venimos a ella? Parecemos estar atrapados en estructuras que nos condicionan constantemente.
Vivimos atravesados por clases sociales, ideologías políticas y sistemas de normas que, en demasiadas ocasiones, parecen desconectados de la experiencia humana real.
Y entonces surge una pregunta incómoda, casi inevitable: si la vida es un espacio limitado y frágil, ¿por qué la organizamos tantas veces como si no lo fuera? ¿Por qué aceptamos dinámicas que nos alejan de lo esencial, de lo humano, de lo que realmente importa?
Reflexionemos sobre este manifiesto humanista contemporáneo —o ensayo filosófico-político de tono literario, como ustedes lo sientan y lo perciban deberíamos denominarlo—. Al final, vistos desde el cielo, todos parecemos diminutos, como hormigas. La vida es demasiado breve, todos deberíamos poder cumplir nuestros sueños. Pienso que ya es hora de que la humanidad pueda respirar en un mundo mejor .
¡Bajad la voz, que está con su rigor, que es grande, sin saber qué hacer, y está en su mano la calavera hablando y habla y habla, la calavera, aquélla de la trenza; la calavera, aquélla de la vida!
César Vallejo España, aparta de mí este cáliz
Estás con tus manos contra el agua y el rostro te habla con agua contraria, la tarde avisa con una vocal al oído, la ciudad templada en su rodilla de salitre, murmurando. naves de frío, y la habitación cerrándote los ojos.
Siguen pasando años imaginado por tu muerte con sabor de sombra, en esa soledad escrita por esclavos donde fuiste libre al vendaval del corazón; en esa campana que el aire escribe con la luz y luego en los labios, se va con alas susurrando. De modo que, en esa soledad de todas las vidas, los nombres que se rasgan, ya hacen sueño para la patria, la esclava mayor, de todas nuestras lágrimas.
¿Qué pasó en la vuelta de media luna? No sé, te perdí los pasos, la frente mojada con el tiempo, en la calle, las luchas iguales se extinguieron, recogía esos abrazos contra el silencio y la sangre los fusiles desvelados que te llamaban en aquel 1873 en un mes de marzo dominado de cerezos, lluvia vieja, pero la firma gritaba como un surco en el relámpago, y nuestra primera libertad tenía olor de fiebre
y los niños se bautizaban con saliva de noche estrellada, la molienda quedaba sorda bajo calaveras, ¡era el grito!
Tu sol, rociando a los mortales.
Yo regreso a la ventana que se quedó abierta frente al Cerro Concepción, donde dormía tu cuerpo o quizás cambio mi sombra en los puertos que te apagan porque la trenza del océano se hace a tu costilla a tu farol de voces, en esa mesa tendida con Betances. Yo puedo volver a morir con una estatua única repetida por tus palabras en cada lucha y estampida sintiendo el sueño y la pérdida, la raya de las hojas, por esa manumisión que nos llevó a la vida, por ti, cantando en tu descanso, volviendo a repetirte porque seguimos esclavos, duele la ceguera, es tempestad, los días se devuelen entre vidrios amargos, y no somos Puerto Rico.
Quiero ver esos ojos que se cerraron esa calma de aquel Valparaíso de las sales con la tierra roja, y el invierno en los metales nudos de olas en los flacos puertos ahogados en los siglos
Mustafa Al-Sumaidi traz ao ROL a Literatura do Iêmen, a Terra do Incenso, “onde poesia, música e artes visuais entrelaçam memória, identidade e pertencimento” (Diplomacia Business)!
Mustafa Al-Sumaidi
Mustafa Abdulmalek Al-Sumaidi, natural de Saná, Iêmen, é poeta, haikaísta, pesquisador acadêmico e tradutor literário.
Seu trabalho se concentra na interação dinâmica entre as tradições literárias árabe e inglesa.
Ele contribue para diversas plataformas regionais e internacionais, com ênfase particular em estudos de tradução, literatura comparada e expressão poética interlinguística.
Como tradutor, traduziu para o árabe a obra ‘Natureza’, de Ralph Waldo Emerson, e uma ampla seleção de poesia britânica e americana. Por outro lado, seu trabalho de tradução do árabe para o inglês apresenta coletâneas de poetas iemenitas proeminentes, além de quase uma centena de poemas clássicos e modernos selecionados, todos em fase final de preparação para publicação.
Mustafa contempla os leitores do ROL com o poema Horizon’s glow (O brilho dos horizontes), uma ode poética à inspiração artística e à natureza
Horizon’s glow
Imagem criada por IA do Gemini – https://gemini.google.com/app/09f987a00d3559df?utm_source=app_launcher&utm_medium=owned&utm_campaign=base_all
A full golden orb on the mountaintop, slowly sinking from sight. And now—what an afterglow! As if the sea itself is surging with fire, and its flames mirror the farthest reach, As if it has fallen upon a stretched autumn, causing the leaves to light up its high horizon with a violet‐tinged reflection.
My eyes have a veranda that stores hues. From its golden face, I shape a lantern, from the tones of twilight, I fashion inks for paintings unlike any other. When night descends, deep and dark, I hang it above my art table to see where its light will guide me in the realm of the Muse.
My brushes harbor what I have treasured of colors to spill and inscribe the sunrise glow, so beauty may remain alive within my veins.
Mustafa Al-Sumaidi
O brilho dos horizontes
Um orbe dourado completo no topo da montanha, afundando lentamente na vista.
E agora — que brilho residual!
Como se o próprio mar se erguesse em chamas, e suas labaredas refletissem o horizonte mais distante, como se tivesse caído sobre um outono estendido, fazendo com que as folhas iluminassem seu horizonte elevado com um reflexo tingido de violeta.
Meus olhos têm uma varanda que guarda matizes.
De sua face dourada, moldo uma lanterna, dos tons do crepúsculo, crio tintas para pinturas diferentes de todas as outras.
Quando a noite desce, profunda e escura, eu a penduro acima da minha mesa de pintura para ver para onde sua luz me guiará no reino da Musa.
Meus pincéis abrigam o que guardei como tesouro em cores para derramar e inscrever o brilho do nascer do sol, para que a beleza permaneça viva em minhas veias.