Marli FreitasImagem criada pela IA do Gemini – https://gemini.google.com/app/deb5a3dbb8b8c66c?utm_source=app_launcher&utm_medium=owned&utm_campaign=base_all
Quando Machado de Assis disse que “A arte de viver consiste em tirar o maior bem do maior mal”, Meu mundo parou… bebi o mel do seu intelecto E me entreguei ao êxtase de conhecer um gigante Que nasceu humildemente humano, neto de escravos alforriados Que trilhou suavemente o caminho do saber.
De mente brilhante, viu no Padre Silveira Sarmento, Seu mentor de latim e melhor amigo. Absorveu em detalhes os estímulos da Chácara do Livramento E depois da morte prematura de sua mãe, já em São Cristóvão, Apoiado pela madrasta, doceira em uma escola para meninas, Não teve dúvidas de que acumularia nobres aprendizados.
Espírito aventureiro, estudou Língua Francesa com o padeiro, No ‘Periódico dos Pobres’ publicou seu primeiro soneto ‘Senhora D. P. J. A.’, Frequentou a livraria de Francisco de Paula Brito, Que vendia remédios, chás e fumo, Mas também servia de encontro para uma boa conversa.
Em tenra mocidade passou a tipógrafo na ‘Imprensa Nacional’ E Manuel de Almeida, ao contemplar o seu potencial, o incentivou A seguir carreira literária, nesse contexto, passou a colaborar Com o ‘Correio Mercantil’, ao chegar à maioridade, Já era conhecido entre os intelectuais passando a repórter E jornalista no ‘Diário do Rio de Janeiro’.
Dedicou ‘Crisálidas’ aos seus pais e estreitou contatos com os poetas. Contribuiu com o hino ‘Cantada da Arcádia’ – Fluminense, Escrevia crítica teatral, aprendeu grego para conhecer Sócrates e Platão. Machado não era um homem bonito, mas era culto e elegante. Entusiasmava a esposa portuguesa Carola com cartas românticas e dizia, “Tu pertences ao pequeno grupo de mulheres que sabem amar, sentir e pensar”.
Primeiro presidente da Academia Brasileira de Letras, E criou a ‘Panelinha’ para festivos ágapes. Ao perder sua amada revela, “Foi-se a melhor parte da minha vida E aqui estou só no mundo”, e assim o poeta deixou este mundo Com as palavras de Tavares Lira, “… cercava-se de flores, círios de prata E lágrimas discretas”.
‘María Elcy Ramírez y el encanto colorido de su obra‘
Logo da seção Entrevistas ROLianasTítulo: Sevilla, 1938. Técnica : Óleo sobre lienzo. Dimensiones: 87 x 264 cm. Año: 2023. Autora: María Elcy Ramirez Cuartas. Cortesía.
Queridos amigos planetarios:
Hoy tengo el privilegio de presentarles a una excelente artista, una mujer a quien admiro profundamente, no solo por su trayectoria, sino por la humanidad que habita en ella. Me refiero a la artista plástica María Elcy Ramírez Cuartas, nacida el 24 de julio de 1954 en el municipio de Sevilla, Valle del Cauca, Colombia.
Ella recuerda sus orígenes y el ambiente en que creció: “Mis padres fueron Miguel Antonio Ramírez Guarín, labriego de sueños montañeros y caficultor de profesión, y mi madre, Estefanía Cuartas Gallego, modista de oficio; mientras trabajaba cantaba y escribía versos. Fue allí donde nació mi inspiración: en un ambiente cálido, tranquilo y amoroso donde manos dignas y juiciosas me enseñaron el valor del trabajo honesto. Sevilla, mi solar nativo, me permitió vivir la adolescencia entre lo barrial y lo veredal, en San Antonio”.
Título: Entre la vida y la muerte. Técnica: Óleo sobre lienzo. Dimensiones: 86 x 85 cm. Año: 2024. Técnia: María Elcy Ramirez Cuartas. Cortesía.
Crecer y vivir en lo rural siempre será un ambiente inspirador, y aún más para quienes se dedican al arte. Nuestra entrevistada añade: “Crecer entre paisajes cafeteros, atardeceres y amaneceres que solo Sevilla posee; disfrutar de las costumbres y la cotidianidad de mi gente campesina forjó mi alma y mi proyecto artístico. Mi obra le canta a la naturaleza para agradecer a Dios el regalo de la creación, y a mi descendencia, que represento en cinco pajaritos danzantes en medio de los paisajes. Esta conexión tan profunda y espiritual con el paisaje se vuelve melodía, alabanza, oración: un acto de amor y gratitud que es el mejor regalo para los sentidos. Lo tomo como fondo de la escena principal de mis obras, enfocadas en rendir homenaje a los oficios del pasado que se niegan a desaparecer. Oficios que hicieron historia, civilización e idiosincrasia; maneras de ser y de pensar con una carga de arte y tradición que constituían las raíces más profundas de los pueblos y su identidad”.
El estilo artístico de Elcy es costumbrista y figurativo, y aborda temáticas diversas, destacando asuntos sociales y la madre naturaleza. Desde estas líneas aprovecho para extenderle mis sinceras felicitaciones a la señora María Elcy, por su valioso trabajo los invito a conocer más de esta artista sudamericana, cuya obra artística es, sin duda, brillante, es un verdadero honor poder compartirles con ustedes amigos lectores esta entrevista. En esta amena charla hablamos de sus influencias y de los temas que aborda, además al final comparte una reflexión y un mensaje dirigido a los jóvenes que aspiran a ser artistas plásticos.
María Elcy Ramírez Cuartas, artista plástica colombiana, en una esquina de su taller posa, entre sus pinturas y pinceles con una sonrisa colorida. Foto/Cortesía.
Entrevista:
¿Qué recuerdos constantes guarda de su tierra natal Sevilla en el Departamento del Valle del Cauca?
Es imposible olvidar aquellos lugares donde amamos tanto la vida. Allí estaba la familia unida: mi padre, Miguel Antonio, campesino, labriego de sueños, que cuidaba la tierrita para darnos el sustento.
A mi madre la recuerdo amorosa y responsable, apoyando a mi padre y cuidando la casa mientras ejercía su oficio de modista. En ese ambiente familiar, sencillo y tranquilo, se respiraba la frescura del clima sevillano: la niebla acariciando las montañas cafeteras, el verdor de los cultivos florecidos, la música y los nobles campesinos en sus labores.
¿Cuántos años tenía cuando descubrió su vocación por las artes plásticas?
No sé cómo ni cuándo comenzó mi vocación por pintar… sólo puedo decir que siempre me acompañó una sensibilidad profunda por la belleza del color, su armonía en la naturaleza y el goce que me producía palpar tan de cerca, en la finca de mi padre, el canto de los pájaros, el olor de la guayaba madura, el aroma del café recién tostado y mi gente campesina cuidando con tanto amor la tierra. Esos sentimientos tan puros se convirtieron en un deseo interior, una chispa de emociones que de alguna manera tenía que expresar; desde muy joven empecé a pintar.
¿De qué manera influyó en su obra haber crecido entre paisajes coloridos y naturales como los de su pueblo?
Con orgullo puedo decir que Sevilla fue declarada por la UNESCO “Paisaje Cultural Cafetero Patrimonio de la Humanidad” en junio de 2011. Sevilla también es la “Capital Cafetera de Colombia”.
Siento que esa relación con la tierra, su generosa biodiversidad, el aire puro, la temperatura promedio de 20 grados centígrados, la vida sencilla, la dignidad y sabiduría de mis campesinos y tanta belleza natural hicieron que el paisaje fuera recurrente en mi obra y luz soñadora para mis sentidos. Regresar a la sencillez de la naturaleza y a su armonía es lo que más me inspira.
Su madre era apasionada por la música y la poesía. ¿Qué opinaba ella de sus primeros trabajos artísticos?
Se emocionaba muchísimo. Ella también fue modista, un ser humano lleno de nobleza y ternura, con una sensibilidad tan genuina que, sin darse cuenta, fue la inspiración de sus hijos. Su amor incondicional, su paciencia y sabiduría fortalecieron nuestras ilusiones, y así fue como cada uno de sus cuatro hijos fue logrando sus metas. Mi hermano mayor, de joven, incursionó en el teatro. Mi hermana Amanda es melómana. Aldemar es poeta, con énfasis en poesía zen; además, es un destacado gestor cultural.
¿En qué consiste su proyecto artístico “Homenaje a los oficios del pasado que se niegan a desaparecer”?
Mi proyecto artístico es poético, sencillo y humano, donde los protagonistas son artesanos: personas que trabajan con sus manos, mente y corazón para regalarnos piezas de arte únicas.
De nuestros campesinos exalto su resiliencia para mantener viva la biodiversidad, cuidar el medio ambiente y no dejar morir saberes ancestrales en la cultura alimentaria, el cuidado del agua y técnicas sencillas de siembra, forjando el futuro alimentario en cada semilla y en cada árbol que plantan.
En general, hace un homenaje a oficios tradicionales del pasado que hoy persisten con dificultad, resistiendo la automatización de la vida moderna. Oficios que hicieron historia, identidad y espíritu de lucha, formando parte de nuestra memoria colectiva; son los hilos que tejieron la estructura social de nuestros pueblos.
Recordemos al alfarero: sus manos de seda no sólo moldeaban objetos, sino también la tierra misma.
El cantero, con su amorosa fuerza, domó la piedra y es hoy testimonio de la arquitectura antigua.
Y así tantos otros oficios: el zapatero, el carpintero, la modista… fiel ejemplo de ingenio, paciencia y fortaleza.
En sus obras el color verde aparece con frecuencia. ¿A qué se debe esta elección cromática?
Amo el color en toda su expresión; en realidad es quien organiza mis ideas. El color verde, en especial, por ser el más vibrante y símbolo de vida pura en la naturaleza, transmite equilibrio, frescura, calma y serenidad. También lo concibo como un acto de resistencia, con la ilusión y añoranza de tener nuevos frutos de la tierra.
Siento una conexión espiritual muy fuerte con la naturaleza; observarla en silencio me permite sentir la presencia de Dios en tanta belleza y la paz profunda que me transmite: ver un amanecer, el sol saliendo por el oriente, el ocaso de un atardecer, una florecita brotando en mi jardín, el canto de los pájaros.
Así, los paisajes en mi obra se vuelven melodía y oración, una alabanza a Dios, nuestro Padre, como acto de amor y gratitud por la belleza de la creación, que es el mejor regalo para nuestros sentidos.
En estos paisajes también represento a mi descendencia con cinco pajaritos.
¿Cuáles son las principales temáticas que aborda en su obra?
Mi obra expresa recuerdos y vivencias que tocaron mi sensibilidad desde muy niña; trato de abordar sentimientos de gratitud y admiración hacia los campesinos y hacia todos los que realizan un oficio con sus manos.
También abordo temas ecológicos, haciendo un llamado urgente al cuidado del medio ambiente y aprovechando la estética del arte como herramienta para sensibilizarnos sobre los efectos del calentamiento global, que altera el equilibrio de nuestra madre tierra: hogar, refugio humano y albergue de ecosistemas y especies fundamentales para el desarrollo de la vida. El agua es un recurso vital de la existencia.
Tampoco he sido ajena a la deshumanización de la guerra, los desplazamientos forzados y el sufrimiento de madres y niños víctimas del conflicto armado en Colombia y en el mundo; dejo un registro para la memoria como un grito de solidaridad, resistencia y denuncia, cuestionando el silencio social y lo absurdo de la guerra.
¿Como artista empírica ha enfrentado rechazo por parte de otros artistas?
Personalmente no he sentido rechazo alguno. Pero sí es bueno recordar el rechazo que sufrió la mujer a lo largo de la historia y las luchas silenciosas de mujeres valientes que salieron a las calles a reclamar justicia, cuando ni siquiera podían ir a la universidad, mucho menos participar en política, ejercer cargos públicos o expresarse sin miedo como artistas.
Aquí en Colombia, después de muchas luchas, la mujer ejerció su derecho al voto en 1957. Durante siglos muchas mujeres artistas fueron invisibilizadas en la historia del arte por irreverentes y audaces; muchos años —incluso siglos— después podemos hablar de ellas para reescribir la historia.
No muy lejos tenemos a la colombiana Débora Arango (1907–2005), pionera del expresionismo, reconocida por retratar la marginación social de su época; pintó desnudos, prostitutas y acontecimientos de la violencia colombiana que le tocó vivir. Por eso su obra tiene tanto peso: mostró de manera cruda y descarnada esa realidad política. Incomodó tanto que muchas veces retiraron sus obras de exposiciones en Colombia y en Madrid. Su reconocimiento llegó tardío; hoy se consolida como la pintora más importante de la historia del arte colombiano, símbolo de rebeldía y talento crítico.
¿Qué artistas considera que han influido en su trabajo?
Ricardo Gómez Campuzano (1891–1981), bogotano, reconocido como el cantor del paisaje colombiano. Se educó en España y fue influenciado por Sorolla y Dalí, desarrollando su obra entre la vanguardia impresionista y el paisajismo tradicional.
Jean-François Millet (1814–1875), pintor realista del siglo XIX, hijo de campesinos; su pintura realista con toques socialistas, que retrataba la inocencia del hombre campesino, inspiró a grandes artistas. También admiro mucho a Vincent van Gogh y Claude Monet.
¿Qué significado tiene para usted exponer su obra en espacios públicos y en distintas ciudades?
Durante muchos años pinté por disfrute y no me inquietaba la idea de exponer, pero mis amigos me animaban constantemente. De un momento a otro surgieron muchas invitaciones, nacionales e internacionales, y de manera virtual he recibido valiosos reconocimientos que me han permitido medir cómo reaccionan distintas culturas y críticos de arte en cada espacio.
En mis exposiciones presenciales me encanta ver ese diálogo silencioso entre la obra colgada en la pared y la mirada del público, sus gestos de asombro y reflexión. Me emociona sentirlo como un premio a mi trabajo; eso es lo que retroalimenta al artista para seguir con el entusiasmo y la pasión que lo caracterizan.
¿Qué mensaje desea compartir con los jóvenes que están comenzando su camino en las artes plásticas?
Les diría que el arte es una especie de catarsis y expresión personal: que pinten lo que les emociona, lo que les haga felices o lo que les duela. Que pinten con libertad y, sobre todo, con honestidad. Que la pasión y el amor son nuestro motor más importante, acompañados de la observación constante y la pérdida del miedo a equivocarnos.
También les diría que la belleza de nuestros paisajes y la naturaleza es la maestra más completa que tenemos y está a nuestro alcance permanentemente. Observándola aprendemos sobre composición, armonía del color, texturas, luz y sombra. Y de paso le damos gracias a Dios por el regalo de la creación.
Marcus HemerlyImagem criada pela IA do Gemini – https://gemini.google.com/app/c60aac9fc2be2508?utm_ source=app_launcher&utm_medium=owned&utm_campaign=base_all
Nos alvéolos alquímicos de meus pulmões, Inspirava névoa invisível, fria ou incandescente, Digladiava-se inata ao despertar pubescente, Que assoma em “porquês” e contradições.
As lembranças registram a passagem da trilha, Aferrolhadas a meus segredos intracromossomiais, Trespassam a una história em veias abissais, De rubro sangue que na Rosa dos Ventos estribilha.
Queria me lembrar de tudo, um pouco, em tom fiel, Mas embotam a mente saudades e frustração, De como seria se ao pretérito, ferrenho, tivesse dito não.
Irrompe percepção do vivido engodo em lúcido revel, Caminhando a estrada do Eros em passiva imprudência, Criando, nostálgico e parcial, minha ideada reminiscência…
Guilherme Machado Imagem criada pela IA do Gemini, em 08/07/2026 – https://gemini.google.com/app/c3876b7bdd6b8064?utm_source=app_launcher&utm_medium=owned&utm_campaign=base_all
“A quem muito foi dado, muito será exigido; e a quem muito foi confiado, muito mais será pedido.” (Lucas 12:48)
Era uma vez um país que parecia ter sido desenhado à mão por Deus.
Sua terra era fértil e produzia quase tudo.
Seus rios pareciam mares.
Suas florestas respiravam vida e guardavam riquezas que poucos lugares do mundo conheciam.
O sol visitava sua terra durante quase o ano inteiro.
A chuva caía na medida certa.
Seus campos produziam alimento.
Seu subsolo escondia riquezas.
Era uma terra que lembrava a antiga promessa de leite e mel.
Não conhecia terremotos capazes de engolir cidades.
Nem vulcões que escurecessem seus céus.
Nem furacões que apagassem sua história.
E naquela terra também vivia um povo tão abençoado quanto perseverante.
Trabalhava muito.
Inventava caminhos quando parecia não haver saída.
Ria com facilidade.
Cantava mesmo nos dias difíceis.
Caía.
Levantava.
Tinha o estranho dom de continuar acreditando depois de cada decepção.
Quando terminou sua criação, um anjo olhou para aquele lugar e perguntou:
— Senhor… não é privilégio demais para um só povo?
Deus sorriu.
— Espere até ver o que eles farão com tudo isso.
O anjo voltou os olhos para aquela terra.
Não compreendeu a resposta.
Compreenderia muitos anos depois.
O tempo passou.
O país cresceu.
Suas cidades se multiplicaram.
Como acontece com toda grande nação, também conheceu dias difíceis.
Vieram hospitais que já não conseguiam atender todos os que precisavam.
Escolas que esperavam por dias melhores.
Estradas que pareciam nunca terminar.
Promessas que se renovavam mais depressa do que eram cumpridas.
Escândalos que desapareciam da memória antes de desaparecerem da realidade.
Com o passar dos anos, aquele povo encontrou novas formas de dividir sua atenção.
Aprendeu a ouvir mais aqueles que confirmavam suas próprias certezas do que aqueles que apresentavam perguntas difíceis.
Passou a procurar culpados para todos os problemas e salvadores para todas as soluções.
Esqueceu que nenhuma nação é construída pelas mãos de uma única pessoa, nem destruída por apenas uma delas.
As mãos humanas podem conduzir caminhos, mas nunca constroem sozinhas o futuro de uma nação.
Criou muros entre pessoas que antes dividiam as mesmas ruas.
Enquanto discutiam quem estava certo, poucos percebiam que os mesmos problemas continuavam esperando.
Mas aquele povo também havia aprendido uma estranha forma de descansar.
A cada novo ciclo, acreditavam que agora as coisas mudariam.
E talvez essa fosse uma de suas maiores virtudes.
Ou uma de suas maiores fragilidades.
A cada quatro anos havia uma grande festa.
Durante noventa minutos, esqueciam os hospitais.
Esqueciam as escolas.
Esqueciam a violência.
Esqueciam os impostos.
Esqueciam as promessas.
Esqueciam até uns dos outros.
Enquanto a bola rolava, o país parava.
E parar era a única forma que conheciam de descansar.
Nas arquibancadas, abraçavam desconhecidos como irmãos.
Nos bares, erguiam copos em uníssono.
Dentro das casas, até as famílias desunidas sentavam-se lado a lado.
A grande festa não pedia nada.
Apenas que fechassem os olhos para todo o resto.
E eles fechavam.
Fechavam com tanta força que, por um instante, quase acreditavam que o país era aquilo:
Um campo verde.
Um hino cantado a plenos pulmões.
Um riso fácil diante da televisão.
Depois do apito final, o encanto se desfazia.
Mas durava o suficiente para aliviar o peso de mais quatro anos.
Com o tempo, a festa tornou-se tão importante que o próprio calendário aprendeu a respeitá-la.
Decisões esperavam.
Debates mudavam de data.
Promessas podiam aguardar.
Afinal, havia noventa minutos que ninguém ousava interromper.
Enquanto os olhos acompanhavam a bola…
Os problemas aprendiam a permanecer imóveis.
Não porque desaparecessem.
Mas porque quase ninguém os observava.
Um dia resolveram trazer a maior festa do mundo para dentro de casa.
Pintaram fachadas.
Ergueram monumentos.
Construíram arenas.
Prometeram que, quando tudo terminasse, o país seria diferente.
E talvez tenha sido.
Apenas não da maneira como imaginavam.
Descobriram que era mais fácil inaugurar arquibancadas do que esperança.
Mais fácil iluminar estádios do que bairros esquecidos.
Mais fácil preparar noventa minutos de espetáculo do que enfrentar décadas de abandono.
Naquele ano, porém, a festa ganhou o mundo.
Um povo escolheu abrir o espetáculo lembrando aqueles que atravessaram mares para construir sua história.
Cada remada era uma homenagem às raízes que ainda sustentavam a nação.
O outro escolheu celebrar o sucesso da estação.
Afinal, um povo sempre celebra aquilo que escolhe não esquecer.
Naquele ano, porém, a festa terminou cedo.
Pela primeira vez em muito tempo, não houve tempo suficiente para esquecer.
O apito final chegou antes que o encanto pudesse voltar.
E, quando a televisão foi desligada…
Os hospitais continuavam lotados.
As escolas continuavam esperando.
As ruas continuavam inseguras.
Os impostos continuavam altos.
As promessas permaneciam onde sempre estiveram: apenas nos discursos.
Foi naquele instante que a resposta dada ao anjo finalmente fez sentido.
Deus nunca havia perguntado apenas o que aquele povo faria com suas riquezas.
Perguntava o que faria com sua atenção.
Porque aquilo que um povo escolhe olhar todos os dias, pouco a pouco, também escolhe se tornar.
Um povo raramente perde seu futuro de uma só vez.
Primeiro, perde a capacidade de lembrar.
Depois, acostuma-se a esquecer.
E, quando já não consegue distinguir distração de esperança…
chama de descanso aquilo que apenas adiou.
Naquele dia…
o silêncio venceu.
“O meu povo foi destruído porque lhe faltou conhecimento.” (Oséias 4:6)
Termino de leer una de las novelas de Penelope Douglas catalogadas como dark romance y me dispongo a escribir lo que me han parecido sus dos obras: Corrupt y Credence. Mis dedos rozan el teclado mientras escucho “All of me” en mis auriculares. Es la una de la madrugada, mi hora preferida para leer, escribir y escuchar música. Todo el mundo duerme; el silencio inunda mi salón mientras la melodía me envuelve y manipula cada una de las palabras de este texto.
Mis dedos siguen divagando por el teclado y no sé cómo explicaros que, aunque iba a comenzar pisando fuerte, me he descalzado para deslizar mis palabras y seduciros lentamente. Con suaves caricias, con un leve roce, con mi aliento cerca de vuestros labios y apenas audibles gemidos de placer que os hagan cerrar los ojos e imaginar un encuentro entre sábanas de seda. Una frase se desliza en mi interior hasta arder en un infierno de placer prohibido, embistiéndome lenta y posesivamente con cada secreto escondido en sus páginas. Y cuando el amor y el placer se difuminan entre sus hojas para volverse a encontrar, sientes que estás donde debes estar: que paseas entre sus sombras sin necesidad de ser alumbrada porque sus sombras son las tuyas. Es entonces cuando desnudas tu cuerpo y tu alma para adentrarte en sus páginas sin equipaje.
Pero cuando guardas silencio porque crees que los demás juzgarán tu lectura, comprendes que la hipocresía de la sociedad ha impuesto ciertas normas no escritas que todos seguimos. A esta sociedad no le importa el amor, no le importa el placer ni la felicidad de los demás; solo le importan las reglas que nos mantienen dentro de un círculo invisible y controlable.
¿Por qué nos gusta el dark romance? Muy sencillo: no es que nos guste lo prohibido, nos gusta la libertad de lo prohibido. Porque la vida a veces es aburrida, simple y lineal; porque los días acumulan minutos y horas que se descuentan de nuestra vida en un calendario en el que solo damos gracias por seguir avanzando.
En Corrupt, Erika Fane, una joven de familia adinerada, busca desesperadamente su independencia y dejar atrás un pasado que la atormenta. Para ello, se muda a otra ciudad para empezar la universidad. Sin embargo, allí se reencuentra con Michael Crist, el hermano mayor de su exnovio y el chico con el que siempre ha estado secretamente obsesionada. Michael, junto a sus tres mejores amigos, conocidos como Los Cuatro Jinetes, formaba un grupo intocable en su ciudad. Realizaban actos vandálicos cada víspera de Halloween, pero tres de ellos terminaron en prisión hace tres años por una noche que salió mal. Ahora que están libres, el grupo busca venganza. A partir de ahí, Michael y sus amigos comienzan un retorcido e intenso juego de manipulación psicológica, acoso y control para hacerla pagar. Sin embargo, la peligrosa tensión y la oscura atracción sexual entre Michael y Rika harán que los límites entre el odio, el miedo y el deseo se difuminen.
Con Corrupt toda la historia avanzó rápido, intercalando un hecho del pasado que marcó la vida de los protagonistas y que la autora maneja magistralmente, avanzando en ambos sentidos a la vez, de tal forma que hasta el final no conoces el panorama completo.
Por el contrario, la trama de Credence avanza al principio lentamente para recrear la evolución de la protagonista y, a pesar de hacerse algo pausada, resulta necesaria. Tiernan de Haas es una joven que ha crecido bajo la sombra de padres ricos y famosos que jamás le prestaron atención. Tras la repentina muerte de ambos, Tiernan queda huérfana y bajo la tutela legal de Jake Van Der Berg, el hermanastro de su padre, a quien ella ni siquiera conoce. Jake vive en una cabaña remota en las montañas de Colorado, completamente aislado del mundo, junto a sus dos hijos veinteañeros, Kaleb y Noah. Al mudarse con ellos, Tiernan entra en un entorno salvaje y sin reglas. Consumida por la soledad y la necesidad desesperada de sentirse querida y viva, se ve envuelta en una red de tensión emocional y atracción física con los tres hombres de la casa.
Podría describir esta última novela como psicológicamente compleja, repleta de relaciones tabú y escenas de sexo explícitamente detalladas; pero, para que me entendáis mejor, diré que en ella cada uno lucha contra sus demonios internos. Todos llevamos nuestra mochila cargada de piedras, algunos más que otros, y todo eso influye en nuestra forma de relacionarnos y de decidir.
Personalmente, al igual que en la primera novela quedé satisfecha con el desenlace porque sabía que debía ser así, con Credence habría elegido otro final. Esto lo digo a pesar de comprender que era lo que la autora nos vino desvelando desde el principio con lentitud, como si fuera atándonos un estrecho corsé poco a poco hasta encajar perfectamente en él, aunque sea aguantando la respiración.
Bueno, voy a empezar a leer una tercera novela de esta autora, con la seguridad de que me sorprenderá y me volverá a seducir, deslizando cada gemido poco ético entre sus letras de seda y placer.
Eduardo Cesario-MartínezImagem gerada pelo ChatGPT em 07/07/2026, às 21h06 – https://gemini.google.com/share/43933c0c2547?skid= 6fef1acf-87b4-47c4-b100-9bb7e9cc8556
Foi numa noite de 1978, quando lá fui, levado pelas mãos de minha mãe, para a casa de uma tia. Durante aquelas infinitas partidas de buraco, minha tia começou a puxar conversa comigo, que estava afundado no sofá.
— Gosta de música?
— Sim.
— Do quê?
— Secos & Molhados.
— Você tem os dentes separados. Aposto que canta que nem o Ney Matogrosso.
Não sei quem venceu o carteado, mesmo porque nunca gostei de passar horas fazendo e recebendo sinais do parceiro sobre essa ou aquela jogada. Gostava de paciência, mas não as de uma fileira acima. Minha avó, que sempre foi o grande amor da minha vida, me ensinou outra, que possui duas fileiras nas laterais, cada uma com quatro grupos de cinco cartas.
Além do baralho, minha avó possuía o hábito de tomar remédios. Eram tantos, que os vidrinhos se acumulavam dentro de uma gaveta na cozinha. De vez em quando, ela me dava um e dizia para ir brincar no quintal. E lá ia eu sorrindo aquele diastema, que me tornava único entre as crianças da rua.
Lembro-me de uma mangueira, que ficava mais ao fundo do terreno. Minha avó, certa vez, me disse que aquela era a minha árvore. Nem acreditei que aquele ser enorme fosse só meu. Tentei abraçar o tronco, mas meus braços de menino eram muito curtos. Além disso, a aspereza da casca me causava certo desconforto, que eu tentava disfarçar para não fazer com que a minha avó desistisse daquele gesto tão generoso. Uma árvore! Aos oito, o neto da dona Estelita possuía uma árvore.
No final de 1992, logo depois de retornar para casa nas férias da faculdade, fui informado por minha mãe que vovó não estava bem de saúde. Meu avô havia nos deixado dois anos antes por conta de um câncer tão comum aos de sua geração de fumantes. Seja como for, dona Estelita requeria cuidados e, por isso, iria morar conosco.
Não me incomodei em dividir o quarto com vovó. Pelo contrário, ela sempre havia sido minha maior confidente. Agora, no entanto, os assuntos eram outros, inclusive de supostas namoradas, que nas minhas falas se tornavam muito mais interessantes e apaixonadas por mim.
Vovó sempre me falava que queria conhecer a menina que eu fosse escolher para ser minha futura esposa. Como se eu fosse um príncipe que pudesse escolher qualquer uma das garotas da faculdade. Mal sabia ela ou, então, fingia desconhecer a minha total falta de traquejo com as mulheres. Mas isso não era motivo para deixarmos de passar horas divagando sobre as minhas inúmeras pretendentes: Maria Júlia, Roberta, Lúcia, Ana Clara, Solange, Cíntia…
Eram tantas, que já não conseguia inventar tantos nomes. E, se eu repetisse algum, minha avó, sempre muito perspicaz, logo me dizia: “Outra Mariana? Essas moças não deixam o meu neto lindo em paz!” E ríamos madrugada adentro.
Foi pouco depois da minha formatura que vovó nos deixou. Num dia chuvoso, como se toda a cidade chorasse a perda daquela mulher maravilhosa. Diante do caixão, seus olhos, mesmo fechados, pareciam enxergar a angústia que me tomava. Seu rosto sereno, entretanto, me transmitiu uma paz e a certeza de que logo estaríamos juntos novamente.