Qué complicado es ver las lágrimas que, invisibles, gritan por salir y no salen; porque esas lágrimas pesan en el alma, la inundan, la ahogan, la sumergen en un lago de agua pantanosa y la mantienen en el fondo mientras una sonrisa asoma. Es tan difícil ver el dolor de los demás e ignorarlo…
Crueles suenan mis palabras; egoístas, hipócritas, malvadas… porque tan asesino es el que daña como el que ignora. Pero duele tanto… Tan solo me protejo, me cubro los ojos y, ciega, camino sin temor por un manto estrellado, alejada del dolor.
Ignoro sus miradas, sus súplicas silenciosas y desesperadas, sus almas necesitadas. Ignoro aquellas señales que otros no ven; ignoro sus latidos desbocados, su respiración entrecortada y sus sonrisas falsas. Ignoro su dolor porque sus lágrimas despertarían las mías, porque no soy fuerte, porque cada noche lucho por ver un nuevo amanecer y sentirme en paz, porque mis monstruos acechan bajo mi cama y tengo miedo de dejar escapar la primera lágrima, esa que desbordaría las presas que me recuerdan que debo seguir en pie, aunque la tormenta arrastre mi calma.
Soy cruel, egoísta, protectora de un dolor que duerme y temo despertar; una caja de Pandora que no sabré cómo cerrar si realmente cae mi primera lágrima. Soy distinta, no mejor persona; cobarde por huir en medio de la batalla. Ruin por proteger mi alma e ignorar las balas que silban a mi alrededor en medio de un silencio que escucho gritar.
Me encojo, abrazo mi pecho, ignoro su dolor, pero ellos me llaman, les hago falta; y sé que, si sus labios pronunciasen una sola palabra, mi coraza se destruiría como un castillo de naipes sobre una balanza. Pero no hablan; ellos no saben que yo siento sus almas, que sé de su dolor, que ignoro sus tormentas para yo estar en calma.
No prometo nada, porque si en la noche subo a mi barca para salvar a los que no nadan, sé que puedo perderme y no volver sana y salva.
Mis heridas nunca sanarán del todo, mi corazón tiene demasiadas cicatrices, demasiadas noches grises, demasiadas piedras que pesan y jamás serán tiradas. No prometo nada. Pero intentaré mirar sus almas, ser menos cobarde, abandonar mi refugio y perderme en su oscuridad para encontrar el camino más digno, más honesto, aunque pierda mi espada en la batalla y no vuelva a acariciar mi calma.
“De la revolución de Nebrija a la amnesia digital – La gramática como estructura, identidad y un ‘habla bonito'”
Hermógenes L. MoraImagem criada pela IA do Gemini – https://gemini.google.com/app/0449d184a7e1aca8?utm_source=app_launcher&utm_medium=owned&utm_campaign=base_all
Antonio de Nebrija dotó de una cédula de identidad formal al español. 1492 es un año que marcó la historia; previo a este año el latín ejercía un monopolio casi criminal, la crudeza de la Edad Media solo permitía que fuesen reconocidas y estudiadas las tres lenguas que marchitaban al resto, esos tres idiomas, por mucho tiempo, no permitieron el avance de las demás, el latín el griego y el hebreo aplastaban y marginaban al castellano, al francés, al italiano y a otras lenguas por considerarlas vulgares o dialectos que cambiaban constantemente. Cabe señalar que ninguna de esas lenguas poseía un manual de reglas que validara su estudio.
Nebrija tuvo una visión revolucionaria: utilizar y aplicar las herramientas de análisis del latín en el español. Él entendía que el castellano necesitaba una estructura, ya que veía que el idioma se iba expandiendo a través de las conquistas y unificación de los reinos de España. El 18 de agosto de 1492, Nebrija publica su Gramática de la lengua castellana dando inicio al estudio profundo del idioma.
Más allá de esta introducción histórica de cómo nuestra lengua llegó a convertirse en un idioma estructurado, nos adentramos en la importancia del buen uso de nuestra gramática.
¿Por qué es importante el uso correcto de la gramática?
Para responder a esta pregunta utilizaremos un ejemplo sencillo:
«Por favor, note las comas»
«Por favor, no te las comas»
La autora argentina María Cristina Kunsch de Sokoluk en su libro Cómo dar vida a las palabras comenta que no se da a entender quien mal escribe. También refiere que al omitir signos, el mensaje resultará confuso o ambiguo.
Sokoluk, (1992). Cómo dar vida a las palabras. Editorial Vida.
El mal uso provoca que el mensaje que deseamos transmitir se distorsione o se malinterprete, una coma mal usada o un verbo mal conjugado cambian el sentido de una oración. El tiempo pasa pero seguimos entendiéndonos, ello se debe a que nuestro idioma ha evolucionado y aunque cada territorio hispanohablante conserve sus propias características idiomáticas, nos adaptamos rápidamente porque en sí existe una lengua madre que nos arropa y que conserva su estructura, independientemente del territorio donde se habla.
Grandes pensadores dieron pasos firmes hacia una nueva forma de escribir. En Nicaragua está el caso sublime del gran maestro Rubén Darío. Sin el uso acertado de las reglas de la sintaxis y de la semántica y de estructuras innovadoras en el arte de escribir, el modernismo no se hubiese explayado más allá de Latinoamérica, ni hubiese asegurado la vigencia de obras que retan al tiempo, como es el caso de Azul, Prosas profanas y Cantos de vida y esperanza.
Dependiendo del contexto social el idioma cambia; su importancia va más allá de la escritura, su esencia captura el interés según la estética que se utiliza para hacer llegar el mensaje, una buena escritura genera credibilidad y evidencia alto profesionalismo. En cambio, los vicios y errores pueden generar desconfianza en ciertos aspectos; respetar las reglas convierte a nuestra habla en una expresiva forma que permite que todos nos entiendan perfectamente.
En este cuarto de siglo, la era de la inteligencia artificial y la carrera por poseer los equipos más sofisticados, se ha convertido en una pandemia la generalizada despreocupación hacia el buen escribir, los internautas han llegado a tal extremo que la omisión de letras por sonidos les ha contaminado el oído, provocando que dejen de escribir palabras completas. Al crear una nueva forma de comunicarse están alterando horriblemente el idioma que Nebrija dotó de belleza. Debemos asumir el reto de escribir correctamente, ya sea un nombre cualquiera de cosa alguna hasta la redacción de un correo electrónico, que los mensajes de WhatsApp no carezcan de terminologías precisas, sino que inviten a ser leídos detenidamente como degustando cada palabra, saborearla como se saborea un buen café. Es menester cuidar la buena escritura, crear el hábito en nuestros hijos, en nuestros alumnos y preocuparse por el manejo de las reglas básicas, ayudar a muchas
Pesquisador apresenta conceito de ‘comunicação rebelde’ em estudo sobre pescadores urbanos do rio Sorocaba
Apresentação da pesquisa ‘Comunicação Rebelde’, de Carlos Carvalho Cavalheiro. Foto por Fernanda Ikedo
Pesquisa de doutorado apresentada no 2º Encontro de Pesquisadores do Observatório da Região Metropolitana de Sorocaba investiga a pesca urbana como forma de resistência e produção de sentidos no espaço da cidade
O pesquisador Carlos Carvalho Cavalheiro apresentou, nesta manhã, sua pesquisa de doutorado intitulada ‘Um Rio de Possibilidades: a comunicação rebelde dos pescadores da área urbana de Sorocaba’, durante o 2º Encontro de Pesquisadores do Observatório da Região Metropolitana de Sorocaba (EPO), realizado dentro da programação do evento MOBI, na Cidade Universitária da Universidade de Sorocaba (Uniso).
A investigação, vinculada ao Programa de Pós-Graduação em Comunicação e Cultura da Uniso, tem como objetivo analisar se a prática da pesca em área urbana no rio Sorocaba pode ser compreendida como uma forma de comunicação rebelde, conceito desenvolvido pelo pesquisador e seu orientador, Dr. Paulo Celso da Silva, a partir da ideia de que determinadas práticas cotidianas podem comunicar resistências, reivindicações e novas formas de apropriação do espaço urbano.
A hipótese central da pesquisa é que o pescador urbano, ao permanecer e atuar em espaços nem sempre previstos pelo planejamento oficial da cidade, utiliza táticas cotidianas que subvertem estratégias estabelecidas pelas estruturas de poder, transformando a pesca em uma prática de resistência comunicativa.
O estudo dialoga com autores como Michel de Certeau, especialmente a partir da noção das “artes de fazer” e das táticas utilizadas pelos sujeitos comuns para ressignificar os espaços impostos; Joice Berth, ao discutir as brechas existentes na arquitetura urbana e nas formas de exclusão; e David Harvey, com suas reflexões sobre o direito à cidade.
Segundo Cavalheiro, a comunicação não ocorre apenas por meios tradicionais, como jornais, rádio, televisão ou redes digitais. Ela também pode estar presente em práticas sociais, gestos cotidianos e formas de ocupação do território. Nesse sentido, a permanência dos pescadores nas margens do rio Sorocaba pode revelar uma outra maneira de comunicar a relação da população com a cidade e com seus espaços públicos.
Entre os resultados preliminares apresentados está a análise da relação entre os pescadores e as políticas públicas relacionadas ao uso do rio. A pesquisa observa, por exemplo, o debate em torno da criação de um pesqueiro municipal e as diferentes formas de apropriação do espaço do rio Sorocaba.
Outro aspecto destacado é a atuação dos próprios pescadores como agentes de cuidado ambiental e participação comunitária. Conforme registrado na pesquisa, alguns pescadores realizam ações como soltura de peixes, limpeza e acompanhamento das condições do rio, assumindo uma relação de pertencimento e responsabilidade com o território.
A pesquisa ainda está em desenvolvimento e iniciará a etapa de entrevistas com pescadores, buscando registrar suas experiências, memórias e percepções sobre o rio Sorocaba. A metodologia prevê a combinação de levantamento, categorização dos dados e entrevistas com abordagem quantitativa e qualitativa.
Para o pesquisador, compreender essas práticas permite ampliar o olhar sobre a cidade, percebendo que os espaços urbanos também são construídos pelas experiências daqueles que os utilizam diariamente. A comunicação rebelde, nesse sentido, busca evidenciar formas de expressão que surgem fora dos canais institucionais e que revelam outros modos de viver, ocupar e significar o território.
O trabalho foi apresentado no contexto do Observatório de Desenvolvimento da Região Metropolitana de Sorocaba, com orientação do professor doutor Paulo Celso da Silva e apoio do Observatório.
Revolução na moda: poeta, modelo e cantora brasileira cria o primeiro hino dedicado a uma marca de moda e transforma passarela em palco de arte total
Suziene Cavalcante – Foto por Deyce AlvesCard da Monépars – Foto por Deyce Alves
Uma inovação sem precedentes acaba de emergir no universo da moda. A poeta, escritora, cantora, compositora e modelo brasileira Suziene Cavalcante é a autora do ‘Hino à Mondèpar’, obra que eleva a moda ao território da filosofia, da arte, da consciência ambiental e da celebração da beleza atemporal.
O hino, dedicado à marca de moda sustentável Mondèpars, apresenta uma proposta inédita: transformar uma grife em tema de uma composição poética e musical de caráter épico, aproximando o universo fashion das grandes tradições culturais que historicamente inspiraram hinos, odes e celebrações artísticas.
Suziene Cavalcante também vem chamando atenção por sua trajetória no mundo da moda. A modelo foi descoberta pelo renomado caça-talentos Dilson Stein, conhecido internacionalmente por ter revelado nomes como Gisele Bündchen.
Suziene Cavalcante – Card da Monépars – Foto por Deyce Alves
Mas a inovação não para aí. O projeto artístico idealizado por Suziene propõe algo raramente visto nas passarelas contemporâneas: a união entre desfile, música, literatura e performance. A artista prepara uma apresentação na qual desfila enquanto interpreta sua própria composição, incorporando também o violino como elemento cênico e musical.
A iniciativa aponta para uma nova linguagem artística, na qual a moda deixa de ser apenas vestuário para tornar-se experiência cultural completa. Em vez de simplesmente apresentar roupas, a proposta é narrar valores, transmitir ideias e transformar o desfile em uma manifestação estética multidisciplinar.
O ‘Hino à Mondèpar’ exalta conceitos como consumo consciente, responsabilidade ambiental, elegância atemporal e a relação entre beleza e consciência. Em seus versos, a marca é apresentada como uma expressão da conexão entre arte, planeta e humanidade.
Especialistas observam que movimentos inovadores costumam surgir quando diferentes formas de expressão se encontram. Nesse sentido, o trabalho de Suziene Cavalcante representa uma ousada convergência entre poesia, música, moda e filosofia, ampliando os horizontes do que uma passarela pode significar no século XXI.
Mais do que um desfile. Mais do que uma canção.
Uma proposta cultural que pretende transformar a moda em linguagem, a roupa em texto e a passarela em palco de reflexão, beleza e transcendência.
Suziene Cavalcante – Card da Monépars – Foto por Deyce Alves
Suziene Cavalcante – Card da Monépars – Foto por Deyce Alves
Convergências – A Poesia Virtual de Tchello D’Barros Mostra individual e itinerante de poemas visuais
Poemas sem Palavras, de Juliano Lobato Mostra Itinerante de Poemas Virtuais
Card da exposição Convergências – A Poesia Virtual de Tchello D’Barros
Card da exposição Poemas sem Palavras, de Juliano Lobato
Caro leitor, nesta exposição, podemos constatar que cada obra apresentada funciona como um experimento único sobre a capacidade dos signos de gerar novos signos. Isso por se tratar de um processo contínuo de associações, deslocamentos e ressignificações.
A produção de Lobato aproxima-se de um aspecto da semiótica contemporânea: o de compreendê-la como semiose ilimitada. Isso pelo fato de se compreender que nenhum signo possui significado definitivo, pois todo significado gera novas interpretações.
Cabe dizer também que na produção de Lobato apresenta uma correlação entre Intensivismo e Poema-Processo. Talvez seja esta contribuição o que há de mais singular na sua exposição. O Intensivismo, formulado por Wlademir Dias-Pino, já apontava para uma poesia baseada na intensidade da informação visual e não na linearidade da leitura verbal.
Já o Poema-Processo radicalizou essa perspectiva ao libertar definitivamente o poema da palavra. E, a partir desses dois movimentos, Lobato vai além mar ao mergulhar profundamente nesses novos horizontes. Enquanto pesquisadora desta vertente literária, ouso dizer que Wlademir Dias-Pino deve estar muito satisfeito com a produção de Lobato.
Para Juliano Lobato, apresentar a exposição em Cuiabá tem significado especial. “Cuiabá ocupa um lugar importante na história da poesia visual brasileira, sendo berço de artistas e movimentos que influenciaram gerações. Expor essas obras ao público é uma forma de reconhecer essa herança cultural e fortalecer o diálogo entre a produção contemporânea e a comunidade.
Além de apresentar ao público a produção contemporânea de dois importantes nomes da poesia visual brasileira, as exposições também buscam aproximar os mato-grossenses do legado de Wlademir Dias-Pino, referência internacional da arte e da literatura experimental e um dos principais expoentes das vanguardas poéticas surgidas em Mato Grosso”. Vale a pena conferir!!!
Serviço
Exposição: Convergências
Artista: Tchello D’Barros
Exposição: Divergências – Cada leitor é o verdadeiro autor da poesia de cada poema Artista: Juliano Lobato
Período: 7 a 21 de junho de 2026
Local: Museu do Morro da Caixa D’Água Velha, Cuiabá/MT
Clayton A. ZocaratoImagem criada pela IA do Gemini – https://gemini.google.com/app/fd1936f6bfb1c2ae?utm_source=app_launcher&utm_medium=owned&utm_campaign=base_all
O primeiro artigo deste manual estabelece que o nada não pode ser possuído
O segundo corrige o primeiro e informa que tudo aquilo que não pode ser possuído desperta imediatamente o desejo de posse.
O terceiro artigo revoga os anteriores e declara que a propriedade é apenas uma ficção criada pelo medo de desaparecer. O restante deste documento consiste na lenta assinatura de um contrato invisível entre o ser e o vazio.
No início havia apenas uma pequena rachadura.
Nada dramático.
Uma fissura discreta atravessando o pensamento como uma linha de ferrugem sobre uma lâmina antiga.
Não era tristeza.
Não era desespero. Era apenas a sensação de que todas as coisas estavam ligeiramente deslocadas de si mesmas.
As palavras já não coincidiam com os objetos.
Os espelhos refletiam superfícies, mas não devolviam identidades.
Os dias surgiam iguais uns aos outros como páginas impressas por uma máquina cansada.
Foi então que apareceu a escritura.
Nenhuma assinatura era exigida.
Nenhuma testemunha.
Nenhum cartório.
O documento já estava assinado desde sempre.
O ser apenas descobria, tarde demais, que seu nome habitava aquelas cláusulas.
A primeira delas era simples:
“Concede-se ao proprietário o direito irrestrito de cultivar ausências.”
E as ausências começaram a crescer.
Primeiro como ervas daninhas entre os pensamentos.
Depois como árvores.
Depois como florestas inteiras.
A paisagem interior tornou-se um território de corredores vazios. As ideias passaram a ecoar sem encontrar paredes.
As perguntas reproduziam-se em velocidade assustadora, enquanto as respostas desapareciam como pássaros migratórios que jamais regressam.
O vazio intelectual não chegou como ignorância.
Chegou como excesso.
Excesso de informação.
Excesso de ruído.
Excesso de opiniões.
Uma avalanche de palavras cobrindo lentamente o significado das coisas.
Bibliotecas inteiras foram transformadas em desertos.
Os livros permaneciam sobre as estantes, mas já não eram lidos.
As frases permaneciam sobre as páginas, mas já não eram compreendidas.
O pensamento converteu-se numa fábrica de repetições.
Produzia reflexões em série.
Embalava conceitos.
Vendia certezas.
Distribuía convicções prontas para consumo.
E, ao final de cada expediente, recolhia cuidadosamente qualquer vestígio de dúvida.
O nada sorria.
Era um proprietário paciente.
Nunca exigia pagamento imediato.
Preferia os juros.
Acumulava pequenas parcelas de desistência.
Uma renúncia hoje.
Outra amanhã.
Uma reflexão abandonada.
Uma pergunta esquecida.
Uma inquietação silenciada.
Até que o território inteiro passasse para seu domínio.
Então veio a segunda cláusula.
“Concede-se ao proprietário o direito de transformar relações em superfícies.”
E o vazio social iniciou sua expansão.
As vozes multiplicaram-se.
As conversas desapareceram.
As multidões aumentaram.
Os encontros tornaram-se raros.
Jamais houvera tantas janelas abertas para o mundo.
Jamais houvera tantos quartos fechados por dentro.
A comunicação tornou-se uma ponte construída apenas até a metade do rio.
Os gestos perderam profundidade.
Os abraços passaram a tocar apenas tecidos.
Os olhares atravessavam rostos sem encontrar presença.
Todos pareciam próximos.
Ninguém realmente chegava.
O ser começou a colecionar contatos como quem coleciona sombras.
Milhares de nomes.
Milhares de imagens.
Milhares de ecos.
Nenhuma companhia.
A solidão já não era ausência de pessoas.
Era ausência de significado.
Era uma praça lotada de estátuas.
Um mercado repleto de fantasmas.
Uma festa onde cada convidado conversava exclusivamente com seu próprio reflexo.
O nada ampliava seus domínios.
Silenciosamente.
Metodicamente.
Sem violência.
Como a ferrugem.
Como a poeira.
Como a noite.
Depois surgiu a terceira cláusula.
A mais extensa.
A mais perigosa.
“Concede-se ao proprietário o direito de substituir valores por conveniências.”
E o vazio moral encontrou terreno fértil.
As palavras virtude, honra, compromisso e responsabilidade tornaram-se objetos arqueológicos.
Peças de museu.
Relíquias de uma civilização esquecida.
Tudo passou a ser medido por utilidade.
Tudo passou a ser calculado por vantagem.
Tudo passou a ser avaliado por rentabilidade.
O bem deixou de ser uma direção.
Transformou-se numa estratégia.
A verdade deixou de ser uma busca.
Transformou-se numa ferramenta.
A consciência deixou de ser uma voz.
Transformou-se num ruído de fundo facilmente ajustável.
O ser observava tudo isso sem perceber que assinava novas páginas do contrato.
Cada concessão parecia insignificante.
Cada renúncia parecia temporária.
Cada acomodação parecia razoável.
Mas o nada era um colecionador de fragmentos.
Sabia que montanhas são feitas de grãos.
Sabia que abismos começam como rachaduras.
Sabia que desertos nascem da morte lenta de pequenas fontes.
O contrato crescia.
As páginas multiplicavam-se.
As cláusulas estendiam-se para além do horizonte.
E o proprietário do nada tornava-se cada vez mais rico.
Até que chegou o momento inevitável.
A vistoria.
O ser caminhou pelos corredores da própria existência.
Abriu portas.
Examinou gavetas.
Percorreu arquivos.
Investigou memórias.
Procurou algo que ainda lhe pertencesse.
Encontrou apenas espaços vazios.
As estantes estavam intactas.
Mas os livros haviam desaparecido.
As molduras permaneciam nas paredes.
Mas as imagens haviam evaporado.
Os relógios continuavam funcionando.
Mas o tempo já não acontecia.
Tudo estava presente.
Nada existia.
Foi então que compreendeu a natureza da propriedade.
Jamais possuíra o nada.
Era o nada quem o possuía.
A escritura sempre estivera invertida.
O proprietário era a propriedade.
O senhor era o terreno.
O dono era a mercadoria.
A assinatura no final do contrato não representava uma conquista.
Representava uma rendição.
E naquele instante surgiu uma pergunta.
Talvez a última pergunta.
Talvez a única pergunta verdadeira.
Se o nada podia ser proprietário de tudo, o que existiria além dele?
Nenhuma resposta apareceu.
Apenas silêncio.
Um silêncio vasto.
Profundo.
Antigo.
Mas pela primeira vez esse silêncio não parecia vazio.
Parecia possibilidade.
Como um campo antes da semeadura.
Como uma página antes da escrita.
Como uma madrugada antes do primeiro pássaro.
Talvez o nada não fosse apenas destruição.
Talvez fosse também um espelho.
Um lugar onde todas as ilusões de posse terminam.
Um tribunal onde todas as propriedades são revogadas.
Uma fronteira onde o ser descobre que jamais possuiu coisa alguma.
Nem riquezas.
Nem ideias.
Nem pessoas.
Nem tempo.
Nem a si mesmo.
E ao compreender isso, algo inesperado aconteceu.
O contrato começou a desaparecer.
As cláusulas dissolveram-se.
As assinaturas tornaram-se poeira.
Os selos evaporaram.
As páginas transformaram-se em vento.
Restou apenas a existência.
Nua.
Sem títulos.
Sem escrituras.
Sem garantias.
Sem proprietários.
Sem propriedade.
Diante da imensidão silenciosa do universo, o ser finalmente compreendeu que a liberdade talvez começasse exatamente onde terminava a posse.
E que o verdadeiro Manual de Propriedade do Nada continha apenas uma frase escrita em letras invisíveis:
“Aquilo que tenta possuir o vazio acaba descobrindo que era o vazio quem o possuía desde o princípio.
Mas a revelação não trouxe conforto.
A liberdade, quando surge depois de uma vida inteira de servidão invisível, possui a textura do abismo.
Não há celebração na descoberta de que todas as muralhas eram imaginárias. Não há júbilo imediato quando se percebe que os alicerces sobre os quais se ergueu uma existência inteira foram construídos sobre névoa.
O ser permaneceu diante daquele horizonte sem nome.
Já não havia contratos.
Já não havia cláusulas.
Já não havia o nada como proprietário.
Mas também não existiam as antigas referências.
Era como despertar em uma cidade cujos mapas haviam sido queimados durante a noite.
As ruas continuavam lá.
As construções permaneciam de pé.
Entretanto, nenhum caminho conduzia a lugar algum conhecido.
E foi nesse instante que surgiu o mais profundo dos vazios.
Não o vazio da ausência.
Mas o vazio da possibilidade.
Não o vazio da perda.
O espaço aberto.
A página em branco.
A vertigem de quem descobre que não existe um destino previamente desenhado.
Durante muito tempo o ser acreditara que sua angústia vinha da falta de sentido.
Agora compreendia algo mais inquietante.
O sentido nunca estivera ausente.
Apenas jamais fora entregue pronto.
Era necessário construí-lo.
Pedra por pedra.
Pergunta por pergunta.
Fracasso por fracasso.
E essa tarefa parecia mais pesada do que carregar qualquer corrente.
Ao redor, o mundo continuava funcionando com sua habitual maquinaria de distrações.
Mercados vendiam felicidade embalada.
Discursos prometiam respostas definitivas.
Doutrinas ofereciam atalhos para a eternidade.
Ideologias distribuíam identidades prontas.
Tudo parecia convidar novamente para a velha assinatura.
Tudo parecia dizer:
“Retorne ao contrato.”
“Entregue outra vez sua inquietação.”
“Troque sua liberdade por uma explicação confortável.”
Mas o ser já conhecia o preço.
Sabia que toda certeza absoluta escondia uma pequena cláusula escrita em letras microscópicas.
Sabia que todo dogma carregava consigo uma cerca.
Sabia que toda prisão começa oferecendo proteção.
Então permaneceu imóvel.
Escutando.
Observando.
Esperando.
E no centro daquele silêncio começou a perceber algo estranho.
Muito estranho.
O nada não havia desaparecido completamente.
Continuava ali.
Mas sua forma era diferente.
Antes era um proprietário.
Agora era apenas espaço.
Antes era cárcere.
Agora era horizonte.
Antes era ausência de significado.
Agora era possibilidade de criação.
A diferença parecia mínima.
Entretanto continha universos inteiros.
Uma folha em branco pode ser uma condenação para quem espera respostas.
Mas pode ser também uma promessa para quem deseja escrever.
O mesmo vazio.
Dois destinos.
Dois olhares.
Duas interpretações.
Foi então que o ser compreendeu a natureza secreta do abismo.
Durante toda a existência acreditara que estava olhando para dentro dele.
Na verdade, era o abismo que olhava para dentro dele.
E tudo o que enxergava refletido em suas profundezas eram as próprias renúncias.
As desistências.
Os medos.
As acomodações.
As máscaras cuidadosamente colecionadas ao longo dos anos.
O vazio jamais fora um inimigo.
Apenas um espelho radical.
Um espelho incapaz de mentir.
Um espelho que removia todos os adornos.
Todas as justificativas.
Todas as ficções.
Diante dele, restava apenas aquilo que realmente existia.
Ou aquilo que realmente não existia.
O ser então caminhou.
Sem direção definida.
Sem roteiro.
Sem garantias.
Cada passo parecia inaugurar o mundo pela primeira vez.
As coisas tornaram-se novamente estranhas.
Eram familiares e desconhecidas ao mesmo tempo.
Uma árvore já não era apenas uma árvore.
Era um milagre biológico flutuando entre a terra e o céu.
Uma pedra já não era apenas uma pedra.
Era uma memória mineral atravessando milênios.
Uma respiração já não era apenas um reflexo.
Era uma negociação permanente entre o corpo e o infinito.
Tudo adquiria uma intensidade esquecida.
Como se a realidade estivesse sendo devolvida ao seu estado original.
Como se o excesso de explicações tivesse finalmente saído do caminho.
O ser percebeu que o vazio intelectual havia nascido quando deixou de admirar.
O vazio social havia crescido quando deixou de escutar.
O vazio moral havia prosperado quando deixou de responsabilizar-se por suas escolhas.
Nenhum deles surgiu de uma única vez.
Foram sedimentações lentas.
Camadas.
Poeira acumulada sobre a consciência.
E talvez a reconstrução também precisasse ocorrer lentamente.
Sem milagres.
Sem revelações grandiosas.
Sem promessas de redenção.
Apenas através de pequenos gestos.
Uma pergunta verdadeira.
Uma conversa sincera.
Uma leitura realizada sem pressa.
Um pensamento levado até suas últimas consequências.
Uma recusa em aceitar respostas fáceis.
Uma coragem silenciosa para permanecer humano em um mundo que frequentemente recompensa a superficialidade.
O nada continuava existindo.
Sempre continuaria.
Porque o nada é a sombra inevitável de toda existência.
Onde há ser, há possibilidade de não-ser.
Onde há significado, há possibilidade de vazio.
Onde há construção, há possibilidade de ruína.
Mas essa descoberta já não provocava terror.
Produzia humildade.
O ser percebeu que viver talvez não consistisse em derrotar o nada.
Ninguém derrota o nada.
Nenhuma filosofia.
Nenhuma religião.
Nenhuma ciência.
Nenhum império.
Todos terminam encontrando-o em alguma esquina do tempo.
Talvez viver significasse apenas atravessá-lo.
Reconhecê-lo.
Dialogar com ele.
Sem entregar-lhe a escritura da própria alma.
Sem permitir que se tornasse proprietário daquilo que ainda pulsa.
E assim, diante de uma existência que permanecia sem garantias, sem explicações finais e sem manuais definitivos, o ser compreendeu a última ironia.
O verdadeiro proprietário do nada não era aquele que o possuía.
Era aquele que aceitava sua presença sem tornar-se seu escravo.
Porque somente quem aprende a caminhar ao lado do vazio consegue impedir que ele ocupe todos os cômodos da casa.
E enquanto o universo prosseguia expandindo-se em silêncio entre galáxias indiferentes, estrelas moribundas e futuros inimagináveis, uma pequena centelha persistia.
Frágil.
Quase invisível.
Mas real.
A centelha da consciência.
A capacidade de perguntar.
De criar.
De negar.
De escolher.
De resistir.
E talvez fosse exatamente isso que nenhuma escritura do nada jamais conseguiria confiscar por completo.
Pois enquanto houver uma única pergunta atravessando a escuridão, uma única inquietação recusando o conforto das respostas prontas, uma única consciência disposta a contemplar o abismo sem entregar-se a ele, o contrato permanecerá incompleto.
E o nada, por mais vasto que seja, continuará encontrando diante de si a única propriedade que jamais poderá registrar em cartório algum: a liberdade inquieta de existir.