El ruido del mundo y el silencio de lo bueno

Osiris Valdés López

‘El ruido del mundo y el silencio de lo bueno’

Osiris Valdés López
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Imagem criada pelo ChatGPT
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I. La paradoja de la humanidad

Hay algo profundamente absurdo en la historia de la humanidad.

Hemos aprendido a descifrar el universo, a caminar sobre la Luna, a crear máquinas capaces de almacenar el conocimiento de siglos enteros en la palma de una mano. Sin embargo, todavía no hemos aprendido a convivir plenamente entre nosotros.

Seguimos construyendo armas con la misma pasión con la que podríamos construir esperanza. Seguimos perfeccionando la destrucción mientras millones de personas intentan sobrevivir a ella.

II. La lógica invisible de la guerra

Quizás por eso pienso que la guerra le teme a los abrazos. Porque un abrazo derrumba en segundos los muros que el odio tarda años en levantar.

La guerra necesita distancia. Necesita que olvidemos el rostro del otro. Necesita convertir personas en enemigos, nombres en estadísticas y vidas en daños colaterales. Necesita, sobre todo, que dejemos de reconocernos.

Por eso se disfraza. Se viste de uniformes, banderas, discursos y consignas. Se presenta como heroísmo, como justicia o como destino inevitable. Pero detrás de cada guerra siempre aparece la misma verdad incómoda: la incapacidad humana de sostener el dolor ajeno.

III. Poder, promesas y decepción

En teoría, los presidentes son considerados los “padres de la nación”. Y si esa metáfora fuera real, su responsabilidad sería tan simple como inmensa: proteger, cuidar, guiar.

Pero la realidad insiste en desviarse de esa idea.

En cada ciclo electoral se repiten las promesas, los discursos de esperanza, las palabras que hablan de futuro. Y, sin embargo, con demasiada frecuencia, esas promesas se diluyen con el tiempo, dejando tras de sí una estela de distancia, decepción y desconfianza.

No se trata solo de política. Se trata de una pregunta más profunda: ¿qué ocurre cuando la palabra pierde su valor?

IV. La fragilidad de la existencia

Vivimos como si el tiempo fuera infinito. Pero no lo es. Ninguno de nosotros está aquí para siempre.

Y aun así, seguimos atrapados en dinámicas de conflicto, competencia y destrucción que parecen olvidar lo esencial: la vida humana es breve, frágil e irrepetible.

¿Qué sentido tiene construir un mundo lleno de violencia, engaños y guerras si el final es exactamente el mismo para todos?

Tal vez el problema no sea únicamente político, sino profundamente humano. Tal vez hemos olvidado que vivir no debería ser solo sobrevivir dentro de sistemas de confrontación, sino intentar construir algo que merezca ser habitado.

V. Cultura, violencia y normalización

Incluso la cultura con la que crecen las nuevas generaciones refleja esa tensión. Muchos de los videojuegos más populares giran en torno a la guerra, las armas y la competencia violenta, mientras millones de niños los juegan con naturalidad. No como juicio moral, sino como síntoma: la violencia ha dejado de ser excepción para convertirse en entretenimiento cotidiano.

Y entonces surge una pregunta inevitable:

Si somos capaces de imaginar tantos mundos virtuales, ¿por qué nos cuesta tanto imaginar un mundo real donde vivir no implique destruirnos unos a otros?

VI. El origen del conflicto

La guerra nunca comienza cuando se dispara un arma. Comienza mucho antes.

Comienza cuando dejamos de escuchar. Cuando creemos que nuestra verdad justifica la anulación del otro. Cuando la indiferencia se vuelve costumbre. Cuando el sufrimiento ajeno deja de interpelarnos.

VII. La otra dirección

Y, sin embargo, la historia también está llena de quienes eligieron otra dirección.

Personas que tendieron la mano donde otros levantaban el puño. Personas que respondieron con compasión en medio de la violencia. Personas que entendieron que la paz no es debilidad, sino una de las formas más exigentes del coraje.

Porque amar no es un sentimiento abstracto. Amar es un acto de reconocimiento.

Es aceptar la humanidad incluso cuando incomoda. Es rechazar la idea de que el odio sea inevitable. Es comprender que ninguna bandera vale más que una madre llorando a su hijo. Que ningún territorio justifica una infancia rota. Que ninguna victoria compensa una vida perdida.

VIII. Hacia una nueva admiración

Tal vez ha llegado el momento de cambiar el foco de nuestra admiración.

De mirar menos a quienes destruyen y más a quienes reparan.

Menos a quienes dividen y más a quienes sostienen.

Menos a quienes gritan y más a quienes escuchan.

La guerra teme a los abrazos porque los abrazos contienen una evidencia insoportable: que la humanidad, en su forma más simple, todavía desea ser cuidada.

IX. El cansancio del mundo

Hay días en los que el mundo parece demasiado pesado para mirarlo sin cansancio.

Las noticias se repiten como un eco: guerras, pobreza, hambre, enfermedades, crisis, desplazamientos, pérdidas. Como si la realidad global estuviera compuesta únicamente de fracturas.

Y en medio de ese flujo constante, aparece una sensación silenciosa pero creciente: la idea de que el mundo no deja de empeorar.

No porque el mundo haya cambiado en su esencia, sino porque la forma en que lo consumimos nos lo devuelve siempre herido.

Todo parece regido por el conflicto, por el dinero, por la desigualdad. Y en ese escenario, lo que se desea no es ignorar la realidad, sino poder respirar dentro de ella sin hundirse.

Simplemente poder escuchar, de vez en cuando, algo que no duela.

X. Lo que permanece

Al final:

Los imperios caen.

Las fronteras cambian.

Las ideologías se transforman.

Pero permanece algo más resistente que todo eso: la capacidad humana de cuidar.

Quizás la verdadera revolución de nuestro tiempo no sea tecnológica, económica ni militar.

Quizás sea emocional.

Quizás consista en reaprender lo más básico: mirar, escuchar, comprender.

Porque mientras exista un solo ser humano capaz de elegir el amor por encima del odio, la guerra no tendrá la última palabra.

XI. Preguntas incómodas del sistema

¿Cómo se sostiene la confianza en las leyes cuando, en demasiados casos, las instituciones que deberían protegerlas también fallan en representarlas con integridad, en distintos lugares del mundo?

Pensemos en la economía a nivel mundial, también resulta profundamente inquietante. En muchos casos, parece haberse normalizado una estructura en la que solo unos pocos acceden a una vida cómoda, mientras la mayoría sostiene el sistema con jornadas interminables de trabajo, a menudo superiores a las cincuenta horas semanales, intentando cubrir gastos básicos, facturas y deudas que los mantienen atrapados en un ciclo constante de presión económica.

Es como si una gran parte de la población viviera dentro de un engranaje invisible, donde el esfuerzo no siempre se traduce en estabilidad, sino en supervivencia.

Y en ese mismo escenario global, existen países marcados por sistemas políticos extremos, ya sean regímenes autoritarios o estructuras profundamente inestables, donde la libertad, la seguridad o las oportunidades no están distribuidas de manera equitativa.

Más allá de las ideologías, lo que queda expuesto es una realidad incómoda: la sensación de que el valor de la vida humana no siempre ocupa el centro de las decisiones económicas y políticas.

¿Qué somos? ¿En qué nos hemos convertido? ¿Qué es la vida, o para qué venimos a ella? Parecemos estar atrapados en estructuras que nos condicionan constantemente.

Vivimos atravesados por clases sociales, ideologías políticas y sistemas de normas que, en demasiadas ocasiones, parecen desconectados de la experiencia humana real.

Y entonces surge una pregunta incómoda, casi inevitable: si la vida es un espacio limitado y frágil, ¿por qué la organizamos tantas veces como si no lo fuera? ¿Por qué aceptamos dinámicas que nos alejan de lo esencial, de lo humano, de lo que realmente importa?

  Reflexionemos sobre este manifiesto humanista contemporáneo —o ensayo filosófico-político de tono literario, como ustedes lo sientan y lo perciban deberíamos denominarlo—. Al final, vistos desde el cielo, todos parecemos diminutos, como hormigas. La vida es demasiado breve, todos deberíamos poder cumplir nuestros sueños. Pienso que ya es hora de que la humanidad pueda respirar en un mundo mejor .

Osiris Valdés López

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Muerte en Valparaiso

Mario Antonio Rosa: ‘Muerte en Valparaiso’

Mario Antonio Rosa
Mario Antonio Rosa
Mural de Ruiz Belvis

(Epístola a Segundo Ruiz Belvis)

¡Bajad la voz, que está
con su rigor, que es grande, sin saber
qué hacer, y está en su mano
la calavera hablando y habla y habla,
la calavera, aquélla de la trenza;
la calavera, aquélla de la vida!

César Vallejo
España, aparta de mí este cáliz

Estás con tus manos contra el agua
y el rostro te habla con agua contraria, la tarde avisa
con una vocal al oído, la ciudad templada
en su rodilla de salitre, murmurando. naves de frío,
y la habitación cerrándote los ojos.

Siguen pasando años imaginado por tu muerte
con sabor de sombra, en esa soledad escrita por esclavos
donde fuiste libre al vendaval del corazón;
en esa campana que el aire escribe con la luz
y luego en los labios, se va con alas susurrando.
De modo que, en esa soledad de todas las vidas,
los nombres que se rasgan, ya hacen sueño para la patria,
la esclava mayor, de todas nuestras lágrimas.

¿Qué pasó en la vuelta de media luna?
No sé, te perdí los pasos, la frente mojada con el tiempo,
en la calle, las luchas iguales se extinguieron,
recogía esos abrazos contra el silencio y la sangre
los fusiles desvelados que te llamaban en aquel 1873
en un mes de marzo dominado de cerezos, lluvia vieja,
pero la firma gritaba como un surco en el relámpago,
y nuestra primera libertad tenía olor de fiebre

y los niños se bautizaban con saliva de noche estrellada,
la molienda quedaba sorda bajo calaveras, ¡era el grito!

Tu sol, rociando a los mortales.

Yo regreso a la ventana que se quedó abierta
frente al Cerro Concepción, donde dormía tu cuerpo
o quizás cambio mi sombra en los puertos que te apagan
porque la trenza del océano se hace a tu costilla
a tu farol de voces, en esa mesa tendida con Betances.
Yo puedo volver a morir con una estatua única
repetida por tus palabras en cada lucha y estampida
sintiendo el sueño y la pérdida, la raya de las hojas,
por esa manumisión que nos llevó a la vida, por ti,
cantando en tu descanso, volviendo a repetirte
porque seguimos esclavos, duele la ceguera, es tempestad,
los días se devuelen entre vidrios amargos, y no somos Puerto Rico.

Quiero ver esos ojos que se cerraron
esa calma de aquel Valparaíso de las sales
con la tierra roja, y el invierno en los metales
nudos de olas en los flacos puertos ahogados en los siglos

quiero saber, de tu otra vida

de cualquier infinito, sin embargo.

Mario Antonio Rosa

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Living corpse

Surendra Nagaraju: Poem ‘Living corpse’

Surendra Nagaraju - Elanaaga
Surendra Nagaraju – Elanaaga
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Despite having eyes,

I can’t see beautiful things.

Though I have ears,

I can’t listen to sweet notes.

I have a heart

But no feelings are born in it.

Isn’t a corpse better than me?

Elanaaga

Cadáver vivo

Apesar de ter olhos,

não consigo ver coisas belas.

Embora tenha ouvidos,

não consigo ouvir notas doces.

Tenho um coração,

mas nele não nascem sentimentos.

Não seria um cadáver melhor do que eu?

Elanaaga

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Do Iêmen ao ROL, Mustafa Abdulmalek Al-Sumaidi!

Mustafa Al-Sumaidi traz ao ROL a Literatura do Iêmen, a Terra do Incenso, “onde poesia, música e artes visuais entrelaçam memória, identidade e pertencimento” (Diplomacia Business)!

Mustafa Al-Sumaidi

Mustafa Abdulmalek Al-Sumaidi, natural de Saná, Iêmen, é poeta, haikaísta, pesquisador acadêmico e tradutor literário.

Seu trabalho se concentra na interação dinâmica entre as tradições literárias árabe e inglesa.

Ele contribue para diversas plataformas regionais e internacionais, com ênfase particular em estudos de tradução, literatura comparada e expressão poética interlinguística.

Como tradutor, traduziu para o árabe a obra ‘Natureza’, de Ralph Waldo Emerson, e uma ampla seleção de poesia britânica e americana. Por outro lado, seu trabalho de tradução do árabe para o inglês apresenta coletâneas de poetas iemenitas proeminentes, além de quase uma centena de poemas clássicos e modernos selecionados, todos em fase final de preparação para publicação.

Mustafa contempla os leitores do ROL com o poema Horizon’s glow (O brilho dos horizontes), uma ode poética à inspiração artística e à natureza

Horizon’s glow

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A full golden orb
on the mountaintop,
slowly sinking from sight.
And now—what an afterglow!
As if the sea itself is surging with fire,
and its flames mirror the farthest reach,
As if it has fallen upon a stretched autumn,
causing the leaves to light up its high horizon
with a violet‐tinged reflection.

My eyes have a veranda that stores hues.
From its golden face, I shape a lantern,
from the tones of twilight, I fashion
inks for paintings unlike any other.
When night descends, deep and dark,
I hang it above my art table
to see where its light will guide me
in the realm of the Muse.

My brushes harbor
what I have treasured of colors
to spill and inscribe the sunrise glow,
so beauty may remain alive
within my veins.

Mustafa Al-Sumaidi

O brilho dos horizontes

Um orbe dourado completo
no topo da montanha,
afundando lentamente na vista.

E agora — que brilho residual!

Como se o próprio mar se erguesse em chamas,
e suas labaredas refletissem o horizonte mais distante,
como se tivesse caído sobre um outono estendido,
fazendo com que as folhas iluminassem seu horizonte elevado
com um reflexo tingido de violeta.

Meus olhos têm uma varanda que guarda matizes.

De sua face dourada, moldo uma lanterna,
dos tons do crepúsculo, crio
tintas para pinturas diferentes de todas as outras.

Quando a noite desce, profunda e escura,
eu a penduro acima da minha mesa de pintura
para ver para onde sua luz me guiará
no reino da Musa.

Meus pincéis abrigam
o que guardei como tesouro em cores
para derramar e inscrever o brilho do nascer do sol,
para que a beleza permaneça viva
em minhas veias.

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Despedida

Ella Dominici: Poema ‘Despedida’

Ella Dominici
Ella Dominici
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Na estrada,

a lua envelhece.

Olhos cansados

de tantos milênios

perdem-se

nas curvas do tempo.

E despedem-se

as palavras.

Uma a uma,

recolhem-se

ao longo corredor da espera,

onde o silêncio

é terra,

é semente,

é repouso.

Abre-se então o mistério

para além da noite fria.

Ali,

os olhos fincados no céu

aguardam que a poeira assente,

que o rumor dos dias se dissolva,

que a memória do sol

abandone suas últimas cinzas.

Tudo se distancia.

Tudo regressa.

E o que parecia fim

desata-se em horizonte.

Há um deslumbre

na alva que raia,

um clarão sem nome

entre a ausência e o retorno,

como se a eternidade

respirasse devagar

atrás das manhãs.

Na estrada,

a lua continua.

E nós,

feitos luz desprendida do instante,

seguimos

para dentro do infinito.

Ella Dominici

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A Jornada de Kaíke Nanne

O olhar de quem reporta e a alma de quem sente

Como dançar com os mortos
Como dançar com os mortos

Antes de nos levar para dançar com o invisível, Kaíke Nanne já dominava a arte de traduzir o mundo visível. Jornalista de fôlego e editor de trajetória impecável, sua assinatura passou pelas redações de algumas das revistas mais influentes do Brasil, como Veja, Época e Vip.

Nelas, Kaíke lapidou um olhar aguçado, capaz de enxergar a notícia onde outros viam apenas o cotidiano, consolidando-se como um profissional excepcional que entende o peso e a responsabilidade da palavra.

No entanto, sua escrita não é fruto apenas de redações fervilhantes. Kaíke é filho de Olinda, um território onde a poesia brota do chão e a história respira pelas ladeiras.

Nascido em um berço de poetas e escritores fundamentais da nossa cultura, ele carrega em seu DNA a naturalidade de quem convive com o texto como se fosse extensão do próprio corpo.

É essa fusão entre o rigor do jornalismo investigativo e a sensibilidade do herdeiro das letras que o permite transitar por temas complexos com uma fluidez rara.

A Expedição Antropológica da Alma

É com toda essa bagagem que ele nos entrega sua obra mais recente e provocativa: “Como Dançar com os Mortos” (Editora Maquinaria).

Kaike Nanne
Kaíke Nanne

No livro, o Kaíke repórter cede lugar ao Kaíke explorador.

Ele atravessa cinco continentes e mergulha em onze culturas distintas para investigar uma questão que o Ocidente moderno tenta, a todo custo, silenciar: a nossa relação com a morte.

Mais do que um relato de viagens, a obra é uma investigação sobre a vida.

Ao visitar povos como os Toraja na Indonésia ou os oráculos dos Dogon na África, o autor nos mostra que a morte pode ser integrada à existência com uma naturalidade espantosa.

Nanne não faz proselitismo; ele testemunha.

Ele nos mostra como a consciência da finitude pode ser, na verdade, um catalisador para uma vida mais plena e vibrante.

Ao ler “Como Dançar com os Mortos”, percebemos que a técnica do jornalista excepcional serviu de base para que o poeta pudesse, enfim, nos guiar em uma valsa com o mistério. É um convite à humildade e à expansão da consciência, escrito por alguém que aprendeu a ler o mundo antes mesmo de decidir contá-lo.

REDES SOCIAIS DO AUTOR

COMO DANÇAR COM OS MORTOS

SINOPSE

Um convite à escuta cuidadosa de vozes antigas, e ainda vivas, que nos ensinam outras formas de existir, celebrar e partir.

Neste livro, o autor cruza desertos e cordilheiras, glaciares e vales vulcânicos para encontrar povos que nunca romperam o vínculo com as forças invisíveis.

Testemunha um encontro místico Sámi na noite sem fim do Ártico.

Acompanha a peregrinação de um feiticeiro Dogon em busca do oráculo sagrado.

Participa de rituais com os Toraja, que convivem com os mortos dentro de casa.

Aprende lições da floresta com os Akuntsú e os Pemon, da Amazônia, e com os Batwa de Uganda e conta o que viu, o que ouviu, o que pressentiu.

Assista a resenha do canal @oqueli no YouTube

OBRA DO AUTOR

Como dançar com os mortos
Como dançar com os mortos

ONDE ENCONTRAR


Página Inicial

Resenhas da colunista Lee Oliveira




Financiamento do abismo

Clayton Alexandre Zocarato

Conto ‘Financiamento do abismo’

Clayton Alexandre Zocarato
Clayton A. Zocarato
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O banco funcionava dentro de uma catedral submersa. As colunas eram feitas de vértebras humanas empilhadas como mármore antigo, e os caixas eletrônicos respiravam lentamente, como animais adormecidos no fundo do oceano. 

Todas as manhãs, Augusto atravessava o grande salão inundado por uma luz azulada que parecia vir de um céu afogado e sentava-se diante de sua mesa, onde carimbava contratos invisíveis para pessoas sem rosto.

Ninguém sabia exatamente o que o banco financiava. Alguns diziam que eram sonhos interrompidos. Outros acreditavam que eram memórias falsas implantadas em idosos solitários. 

Havia ainda quem jurasse que os empréstimos serviam para manter viva uma criatura enterrada sob a cidade, algo tão antigo que nem possuía nome, apenas fome.

Augusto jamais perguntou.

Há muito tempo aprendera que perguntas criam corredores. E corredores levam a portas. E portas, inevitavelmente, revelam espelhos.

Seu trabalho consistia em analisar pedidos de crédito enviados por pessoas que desejavam comprar pequenas eternidades: juventude provisória, amores artificiais, filhos obedientes, silêncio interior, esquecimento seletivo, reconhecimento social, sensação de pertencimento. O banco oferecia tudo. Parcelava a alma em até quarenta anos.

Naquela terça-feira chuvosa — embora nunca chovesse dentro da cidade subterrânea — Augusto recebeu um envelope preto sem remetente. Ao abri-lo, encontrou apenas uma frase escrita com letras tortas:

“Seu financiamento foi aprovado.”

Ele sentiu um frio percorrer o corpo.

Não se lembrava de ter solicitado nada.

Passou o resto do dia tentando ignorar o envelope, mas a frase parecia crescer sobre a mesa como fungo úmido.

Ao final do expediente, percebeu que os demais funcionários haviam desaparecido. As cadeiras estavam vazias. Os relógios giravam ao contrário. Um odor de terra molhada invadia o salão.

Foi então que ouviu os passos.

Lentos.

Moles.

Como pés descalços caminhando sobre órgãos vivos.

Do corredor principal surgiu uma mulher extremamente magra vestida de branco. Seus cabelos arrastavam-se pelo chão como raízes procurando cadáveres. O rosto era familiar, embora Augusto não conseguisse lembrar de onde.

— Você atrasou muitas parcelas — disse ela.

— Eu não fiz empréstimo algum.

A mulher sorriu.

Seu sorriso possuía dentes demais.

— Todos fazem.

Ela colocou sobre a mesa um enorme contrato encadernado em pele escura.

Na capa lia-se:

CONTRATO DE EXISTÊNCIA

Augusto tentou rir, mas sua garganta produziu apenas um ruído metálico.

A mulher abriu o documento.

Cada página continha momentos de sua vida.

Seu nascimento.

Seu primeiro medo.

A tarde em que o pai o abandonou num posto de gasolina durante quarenta minutos apenas para lhe ensinar “autonomia”.

O cachorro morto encontrado na infância.

A primeira masturbação.

O cheiro do quarto da mãe durante a depressão.

O instante exato em que percebeu que envelheceria.

Tudo registrado.

Tudo assinado.

— Isso é impossível.

— Não — respondeu ela. — Impossível é existir gratuitamente.

A mulher explicou que todos os seres humanos nasciam endividados. O simples ato de respirar já gerava juros. Cada desejo produzia uma taxa adicional. O sofrimento acumulava correção monetária. O medo de morrer era a principal garantia do sistema.

— E quem criou isso?

Ela inclinou a cabeça.

— Vocês.

O salão pareceu expandir-se ao infinito.

Augusto sentiu as paredes respirarem.

A mulher desapareceu.

No lugar dela surgiu uma porta vermelha no centro do banco.

Uma porta que antes não existia.

Augusto sabia que não deveria abri-la.

Mas certas portas começam a nos abrir antes mesmo de serem atravessadas.

Ele girou a maçaneta.

Do outro lado havia um hospital abandonado.

As paredes estavam cobertas por fotografias de pessoas dormindo. Algumas sorriam. Outras choravam durante o sono. O chão era feito de água rasa, e peixes pequenos nadavam entre seringas enferrujadas.

No corredor principal, dezenas de pacientes permaneciam deitados em macas, todos usando máscaras sem expressão.

Uma enfermeira aproximou-se.

Seu rosto era completamente liso.

Sem olhos.

Sem boca.

Sem nariz.

Apenas pele.

Mesmo assim, Augusto teve a impressão de que ela sorria.

— Seja bem-vindo ao setor de inadimplência afetiva.

Ela conduziu Augusto pelos corredores.

Em um quarto havia um homem tentando arrancar o próprio reflexo do espelho.

Em outro, uma senhora costurava fotografias da juventude sobre a própria pele.

Mais adiante, crianças brincavam de funeral usando pequenos caixões de madeira.

— Quem são essas pessoas?

— Clientes.

— Do banco?

— Da realidade.

A enfermeira abriu uma porta metálica.

Dentro havia uma sala gigantesca cheia de gavetas catalogadas.

Cada gaveta possuía o nome de uma emoção.

CULPA.

VERGONHA.

DESEJO.

MELANCOLIA.

CIÚME.

NOSTALGIA.

— O que é isso?

— Arquivo central da psique humana.

Ela puxou uma gaveta marcada como “MEDO DE NÃO SER AMADO”.

Dentro havia milhões de pequenos corações batendo lentamente.

Augusto sentiu náusea.

— Isso é loucura.

— Loucura é apenas um quarto sem janelas dentro da consciência.

A enfermeira então entregou a Augusto uma chave dourada.

— O diretor deseja vê-lo.

— Diretor de quê?

— Do abismo.

Ela apontou para o elevador no fim do corredor.

As portas abriram-se sozinhas.

O interior estava cheio de areia.

Augusto entrou.

O elevador começou a descer.

Os números no painel não indicavam andares.

Indicavam idades.

Depois surgiram números negativos.

-1.

-8.

-23.

O elevador continuou descendo.

Augusto começou a ouvir vozes.

Milhares delas.

Eram pensamentos que tivera durante a vida inteira.

Pensamentos violentos.

Sexuais.

Covardes.

Ridículos.

Todos repetidos simultaneamente.

Tentou tapar os ouvidos.

Inútil.

As vozes vinham de dentro.

Quando as portas se abriram, Augusto encontrou-se diante de uma praia noturna.

O céu estava cheio de relógios derretidos.

No horizonte, um gigantesco coração mecânico pulsava lentamente dentro do oceano.

E ali, sentado numa cadeira de escritório enterrada parcialmente na areia, estava seu pai.

Morto havia quinze anos.

Usava o mesmo terno cinza do funeral.

— Você demorou — disse ele.

Augusto recuou.

— Isso não é real.

— Claro que não. Mas você sempre preferiu as coisas irreais.

O pai acendeu um cigarro.

Da fumaça surgiram pássaros negros que desapareceram no céu.

— O que é este lugar?

— Sua contabilidade interior.

— Eu estou sonhando?

— Não exatamente. Sonhos ainda possuem misericórdia.

O pai explicou que o banco era apenas a superfície administrativa de algo muito maior: uma estrutura metafísica alimentada pela incapacidade humana de aceitar o vazio.

Os homens criavam religiões, relações, dinheiro, consumo, ideologias e rotinas para evitar encarar o abismo primordial existente dentro deles.

Mas cada tentativa de preencher o vazio apenas aprofundava o próprio vazio.

Como cavar um buraco usando o próprio corpo.

— Então estamos condenados?

O pai riu.

— Condenados? Augusto, vocês transformaram a condenação em estilo de vida.

Ao longe, figuras humanas caminhavam para dentro do mar carregando televisores nas costas.

Outras enterravam os próprios rostos na areia.

Uma multidão inteira rezava diante de um enorme cartão de crédito pendurado no céu como lua.

— O que acontece com quem não paga a dívida?

O pai apontou para o oceano.

Das águas emergiam criaturas humanas sem olhos.

Elas carregavam maletas executivas presas aos pulsos por correntes.

— Tornam-se parte da máquina.

Augusto sentiu o chão tremer.

Então percebeu que a areia era feita de dentes.

Milhões deles.

O pai levantou-se lentamente.

— Existe algo que você precisa ver.

Caminharam pela praia durante horas ou segundos — naquele lugar o tempo parecia um animal ferido incapaz de mover-se em linha reta.

Chegaram a um prédio gigantesco construído inteiramente com espelhos.

Cada espelho refletia uma versão diferente de Augusto.

Augustos ricos.

Augustos miseráveis.

Augustos assassinos.

Augustos religiosos.

Augustos mendigos.

Augustos felizes.

Augustos suicidas.

— O que é isso?

— Todas as pessoas que você poderia ter sido.

Ao entrar no edifício, Augusto percebeu que os corredores eram feitos de carne pulsante.

As paredes sussurravam frases ditas por sua mãe durante a infância.

“Você precisa ser alguém.”

“Não decepcione seu pai.”

“Pessoas comuns desaparecem.”

Em uma sala encontrou centenas de versões de si mesmo sentadas diante de computadores antigos.

Todos trabalhavam compulsivamente.

Todos estavam exaustos.

Nenhum parecia saber o motivo.

Um dos Augustos ergueu a cabeça.

Seus olhos eram dois buracos vazios.

— Produzimos sentido artificial.

— Para quê?

— Para evitar o silêncio.

Outro Augusto começou a bater a cabeça contra o teclado enquanto chorava sangue.

— O silêncio revela.

As luzes piscaram.

Todos os Augustos pararam simultaneamente.

Viraram os rostos na direção dele.

E disseram juntos:

— Você ainda acredita possuir alguma coisa?

Augusto correu.

Correu pelos corredores vivos.

Correu até encontrar uma escada infinita descendo para dentro de uma escuridão líquida.

No fundo havia uma única cadeira de dentista iluminada por uma lâmpada oscilante.

Sentada nela estava a mulher do banco.

— Chegamos ao núcleo.

— O que você quer de mim?

— Nada.

Ela sorriu novamente.

— Você é quem quer alguma coisa. Sempre quis.

A mulher pediu que Augusto se sentasse.

Ele obedeceu sem compreender por quê.

Acima dele surgiu uma máquina enorme feita de olhos humanos conectados por fios umbilicais.

— O que é isso?

— O mecanismo do desejo.

A máquina começou a funcionar.

Augusto viu sua vida inteira atravessá-lo.

Cada ambição.

Cada carência.

Cada humilhação escondida sob performances de normalidade.

Percebeu que jamais amara verdadeiramente ninguém.

Apenas buscara pessoas capazes de anestesiar temporariamente seu medo de existir.

Percebeu que trabalhara não por realização, mas para provar algo indefinido a fantasmas familiares.

Percebeu que seus sonhos eram anúncios publicitários infiltrados na alma.

Percebeu que nunca estivera sozinho porque sempre carregara dentro de si um tribunal inteiro.

Começou a gritar.

A mulher aproximou-se lentamente.

— O ser humano é a única criatura que transforma a própria prisão em decoração.

A máquina acelerou.

Os olhos giravam.

Milhares deles.

Observando.

Julgando.

Consumindo.

Augusto sentiu algo romper-se dentro de sua mente.

Então aconteceu o silêncio.

Um silêncio absoluto.

Branco.

Imenso.

Pela primeira vez desde a infância, não desejava nada.

Nem sucesso.

Nem amor.

Nem permanência.

Nem respostas.

Apenas vazio.

Mas o vazio agora não parecia ameaçador.

Parecia honesto.

As correias se soltaram.

A mulher observou-o com estranha ternura.

— Poucos chegam até aqui.

— O que acontece agora?

— Agora você decide.

— Decido o quê?

— Continuar financiando o abismo ou aprender a habitá-lo.

Ela entregou-lhe um espelho pequeno.

Ao olhar, Augusto não viu seu rosto.

Viu apenas um quarto escuro.

No centro do quarto havia uma criança sentada no chão.

Ela chorava silenciosamente.

Augusto reconheceu imediatamente quem era.

A criança ergueu os olhos.

— Você me abandonou.

Augusto começou a tremer.

Tentou tocar o espelho.

A superfície tornou-se líquida.

Então caiu para dentro.

Despertou num apartamento minúsculo.

O despertador tocava.

O sol atravessava parcialmente as cortinas.

Tudo parecia normal.

Por alguns segundos acreditou que tivera apenas um pesadelo.

Levantou-se.

Foi até o banheiro.

Lavou o rosto.

Ao erguer os olhos para o espelho, encontrou uma pequena frase escrita no vidro com vapor:

“Saldo devedor: infinito.”

Augusto recuou.

O apartamento começou a emitir sons estranhos.

As paredes respiravam.

Os móveis pulsavam como órgãos internos.

Da televisão desligada surgiu a voz da mulher:

— O sistema nunca esteve fora de você.

As luzes apagaram.

No escuro, Augusto ouviu milhares de teclas sendo digitadas.

Percebeu então que sua mente inteira funcionava como um escritório administrativo dedicado a organizar medos.

Cada memória era um documento.

Cada trauma, um contrato.

Cada desejo, um boleto vencido.

Sentou-se no chão.

Exausto.

O silêncio voltou.

Lentamente compreendeu que passara a vida inteira tentando comprar autorização para existir.

Dos pais.

Da sociedade.

Do trabalho.

Do amor.

De Deus.

Sempre esperando algum carimbo metafísico que legitimasse sua presença no mundo.

Mas talvez existir fosse justamente suportar a ausência desse carimbo.

Talvez maturidade fosse aceitar que nenhuma estrutura viria salvá-lo do vazio fundamental.

Talvez liberdade começasse quando o homem deixasse de pedir empréstimos emocionais ao mundo.

Augusto chorou.

Não de tristeza.

Mas de cansaço.

Um cansaço antigo.

Herdado.

Transgeracional.

Como se milhares de ancestrais frustrados ainda respirassem dentro de seus pulmões.

A noite caiu rapidamente.

Do lado de fora, a cidade parecia normal.

Pessoas caminhavam.

Carros passavam.

Casais jantavam.

Mas Augusto agora enxergava.

Via as correntes invisíveis ligando cada ser humano às próprias carências.

Via homens usando ternos costurados com ansiedade.

Via mulheres carregando aquários cheios de expectativas mortas.

Via crianças já hipotecadas ao futuro.

Todos sorrindo.

Todos cansados.

Todos pagando parcelas emocionais intermináveis.

Na madrugada, ouviu uma batida na porta.

Ao abrir, encontrou apenas um envelope preto.

Dentro havia um único papel.

“Parabéns. Seu refinanciamento foi autorizado.”

No verso havia uma assinatura.

A sua própria.

Augusto sorriu pela primeira vez em muitos anos.

Depois queimou o papel.

As chamas iluminaram brevemente o apartamento.

E por um instante, antes que o fogo apagasse, ele teve a impressão de enxergar dentro das labaredas a gigantesca catedral submersa onde o banco continuava funcionando eternamente.

Centenas de funcionários sem rosto carimbavam contratos.

Milhões de pessoas aguardavam atendimento.

E no centro do salão, sentado sozinho diante de uma mesa vazia, estava ele mesmo.

Trabalhando.

Ainda.

Sempre.

Enquanto, muito abaixo de tudo, no fundo do abismo financiado pela humanidade inteira, alguma coisa respirava satisfeitamente.

Clayton Alexandre Zocarato

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