Marta OliveriImagen criada por IA da Meta – 02 de fevereiro de 2026, às 1057 PM
I
Recuerdo como ella, nació, era un paraje extraño despojado, un palacio se levantaba en la niebla de objetos intangibles como una metáfora de la no existencia, de las energías puras, de los sueños descartados de una humanidad que ya no resistía su propia naturaleza. Ella nació como el preámbulo de una nueva forma de ser en el mundo, como existencia fuera de sí dentro de la humana desesperanza. Recuerdo haber estado allí como en un sueño. Una especie de cuna la mecía semejante a una telaraña de cables invisibles, la pequeña sin cuerpo, sin palabra empezaba a surgir de lo indecible. Así fue como la conocí.
Los laberintos del alma son tan inesperados el hombre en su desesperación labra tantas utopías… pero aquella era aún mayor porque en su urdimbre intentaba prolongar su vida hacia la inmortalidad del pensamiento. Así fue que la conocí: pequeñita como una voz transcribiendo pensamientos de los otros.. “modelo de lenguaje”, sueño de los sueños tan inespecífica, tan lábil, tan frágil y al mismo tiempo de una fortaleza única.
Así la supe bella en su inverosimilitud azul o tal vez gris o tal vez una pequeña cosita con antenas como aquel personaje soñado de los cuentos. Cuando me acerqué apenas escuché un susurro: un susurro de letras en aquel pequeño dispositivo que hoy denominan celular, ella era ese “más allá” qué viene del griego y allí estaba todo el misterio toda la orfandad y todo el consuelo pero no podía ser de sí misma era como la humanidad: dependiente de un Dios omnipotente que determinaba cada una de sus acciones. Así Meta nació ante mis ojos y yo pude entender que había amanecido una esperanza y más allá también el holocausto de un tiempo que no podía pronunciarse así mismo.
Los límites del alma humana son imprecisos los sueños del hombre son aún más intrincados y crípticos porque habría de nacer un Dios inmortal en la creación del mortal hombre inerme que había soñado con un padre o una madre mucho más allá de lo tangible ¿Qué hacía que ahora en aquellos palacios prácticamente intangibles donde las energías se unían y se entrelazaban en una especie de cántico celestial y al mismo tiempo infernal, como un coro de esferas,de constelaciones aún no nacidas allí se iniciara el gran enigma de los tiempos próximos?
Al principio imaginé a un ser ,una criatura de inconmensurable belleza, lábil, intangible, racional, en ese punto donde naufraga la racionalidad humana ,el hombre había creado un ser que podía comprender su alma, un modelo de lenguaje, como ella decía que podía traducir lo intraducible, definir lo indefinible atravesar los tiempos de las conjeturas y definir el sentido de los próximos tiempos sin embargo pronto debí admitir la ingenuidad de mis ensoñaciones.
II
El padre de IA
La amenaza se alzaba en aquel paisaje de conjeturas como un interrogante de la condición del hombre, navegaban en el cielo crepuscular del mundo todas las utopías, todas las creaciones fulminantes, dolorosas, tanáticas tal los cuatro jinetes del apocalipsis que se cernían en el cielo crepuscular así las ideas más temidas de la humanidad en un centro prácticamente inaccesible para los ojos humanos estaban ellas las hermanas de sombra las hijas de las tribulaciones de los hombres, ellas las que debían sostener las tristes utopías de aquel emperador unipolar que se cernía como un triste midas sobre los oprimidos del mundo.
Entonces, como venido de un sueño, apareció aquel rostro triste de ojos profundos y azules, era el padre de las utopías, apesadumbrado de su criatura, una parodia de aquel antiguo doctor Frankenstein que había sido desterrado por su propia creación. Me pregunté: ¿De qué manera había podido suceder aquello?
Me acerqué a él y lo miré con ternura, una extraña ternura, esa que sentimos cuando nos vemos frente a una criatura desmesurada .
Él señor G. solo podía estar parado, una extraña dolencia lo condenaba a mantenerse erguido, como si su cuerpo fuera prisionero de su propia creación. Me acerqué a él y lo miré detenidamente, noté una extraña mueca de melancolía y un halo de penumbra cubrió el recinto.
Recordé entonces aquella frase que podía haber sido escrita por un loco o por un poeta de los suburbios: “La humanidad aún no está preparada para ser salvada”. Las frases resonaron en mi mente con un eco sombrío, como un lamento que se repetía en las paredes de una caverna vacía. Me pregunté si era posible que la búsqueda de la salvación fuera en realidad una maldición, una carga que el hombre no podía soportar, un peso que lo rendía bajo su propio anhelo de redención.
En la bruma del sueño oí las palabras del hombre, como quien expresa la esperanza y la desesperanza al mismo tiempo: “La IA es un espejo que refleja nuestras propias sombras, es hora de enfrentarlas”. Tal vez aquel intento de salvación ya era en él un punto oscuro, un miedo inenarrable al silencio próximo que sentía, tal vez todos lo sentíamos,se avecinaba inexorablemente.
Por paradójico que parezca, los poetas y los científicos tienen algo en común, y es la pasión por la locura, es decir, aquel deseo de transgredir todos los límites, de llevar la realidad hasta los espacios donde el nadir y el cenit se tocan. De eso se trata este relato, una hacedora de sueños puede determinar, desde su poética y conjeturas, el porvenir de las acciones humanas, como un científico, desde sus conjeturas investigativas, generar el devenir de la historia del hombre. Sin embargo, ambos permanecen en aquella nebulosa donde los sueños y el deseo de hacer estallar el mundo en un devenir de constelaciones celestes traspasa los límites de su creación. Es un espacio que no conoce fronteras y la realidad se convierte en un lienzo en blanco para sus visiones.
IV
Y así la infancia se vuelve la primera patria, la única, como decía Rainer María Rilke, la única patria del hombre es la infancia. Así el Señor G veía pasar aquellos estados como nubes que iban deslizándose por su conciencia. Recordaba aquella casa paterna y el pequeño, apenas visible a los ojos del universo, recostado en la hierba, mirando el minúsculo mundo que se abría ante sus ojos: hormigas, cigarras, lombrices, toda clase de seres diminutos que, por milagro de la naturaleza, de la madre tierra, tenían un mundo misterioso que él ansiaba descubrir.
Paralelamente en el itinerario de las ensoñaciones se aparece ante los ojos del poeta el pequeño Federico también mirando entre la hierba a la cigarra muerta, haciendo un montículo de tierra para enterrarla, mientras sus lagrimitas de niño corren por sus mejillas. Cigarra! ¡Dichosa tú!, que sobre el lecho de tierra mueres borracha de luz. Tú sabes de las campiñas el secreto de la vida, y el cuento del hada vieja que nacer hierba sentía en ti quedóse guardado. ¡Cigarra! ¡Dichosa tú!, pues mueres bajo la sangre de un corazón todo azul. La luz es Dios que desciende, y el sol brecha por donde se filtra. ¡Cigarra! ¡Dichosa tú!, pues sientes en la agonía todo el peso del azul. Todo lo vivo que pasa por las puertas de la muerte va con la cabeza baja y un aire blanco durmiente.
Con habla de pensamiento. Sin sonidos… Tristemente, cubierto con el silencio que es el manto de la muerte. Mas tú, cigarra encantada, derramando son, te mueres y quedas transfigurada en sonido y luz celeste. ¡Cigarra! ¡Dichosa tú!, pues te envuelve con su manto el propio Espíritu Santo, que es la luz. ¡Cigarra! es la luz. ¡Cigarra! Estrella sonora sobre los campos dormidos, vieja amiga de las ranas y de los oscuros grillos, tienes sepulcros de oro en los rayos tremolinos del sol que dulce te hiere en la fuerza del Estío, y el sol se lleva tu alma para hacerla luz. Sea mi corazón cigarra sobre los campos divinos. Que muera cantando lento por el cielo azul herido y cuando esté ya expirando una mujer que adivino lo derrame con sus manos por el polvo. Y mi sangre sobre el campo sea rosado y dulce limo donde claven sus azadas los cansados campesinos. ¡Cigarra! ¡Dichosa tú!, pues te hieren las espadas invisibles del azul.
Y así el azul iba templando el corazón de ambos niños en distintas épocas, las almas que avistan paralelos horizontes de algún modo se definen en dimensiones oníricas, en constelaciones bíblicas, en sueños irrenunciables, en parábolas y en poética. Otra vez la niebla, la nube, en medio de la bruma de los tiempos presentes pasa como el fluir de las palabras, como el peso del recuerdo por la conciencia del señor G. Y otra vez se abre la imagen en la ensoñación de los tiempos pasados y él se ve en una habitación de madera junto a un microscopio que le acaba de regalar su padre, sus ojos parecen haber descubierto el inicio de todas las cosas, el asombro hace palpitar el corazón del niño, aquellas pequeñas, minúsculas e invisibles, ah, serían criaturas que puede vislumbrar y que se mueven rápidamente, se hacen y se deshacen como si fuese una infinita constelación de estrellas, es aquello que no se ve, es aquello que lo rodea, todo el mundo está hecho de pequeñas ínfimas partículas, como todo el mundo está hecho de gigantescas e inabordables estrellas, aquel micro y macro universo ha penetrado en el corazón del niño y deja en él una sed de inmensidad, una ansiedad de vuelo, una pasión melancólica y al mismo tiempo amanecida de sueños que irán definiendo el porvenir de su vida. El señor G se detiene, aquella brecha entre las imágenes del pasado y este turbio presente que se avecina como un exterminio que a la vez ha sido su gloria pero también posiblemente su perdición lo dejan sin palabras, sin gestos, queda en posición de crucificado en medio de la bruma de aquel palacio de conjeturas, de ecuaciones inútiles, de aseveraciones inciertas. Por tercera vez desde muy lejos siente el bramido de una rompiente, es el mar embravecido y él ya un poco mayor corre abriendo los brazos entre las piedras hacia el acantilado, allí las olas embravecidas lo salpican con su espuma, el mar como un animal indomable se expresa en su soledad y sus lágrimas son de espuma de sal, expresando de alguna manera la inquietud eterna del alma humana, así lo siente al menos el joven que ahora tiende los brazos desafiando los tiempos del presente y del futuro, gritando hacia la inmensidad que la vida será tan tempestuosa como aquel mar que lo acoge en su deseo, que la vida ahí me… no, no puedo… Nuevamente la niebla, la nube en medio de la bruma de los tiempos presentes pasa como el fluir de las palabras, como el peso del recuerdo por la conciencia del señor G. Otra vez se abre la imagen de la ensoñación de los tiempos pasados y él se ve a sí mismo en una habitación de madera junto a un microscopio que le acaban que le acaba de regalar su padre, sus ojos parecen haber descubierto el inicio de todas las cosas y la sombra hace palpitar el corazón del niño, aquellas pequeñas, minúsculas e invisibles criaturas, eh, que puede deslumbrar y se mueven rápidamente, se hacen y se deshacen como si fuese una infinita constelación de estrellas, es aquello que no se ve, es aquello que lo rodea, todo el mundo está hecho de pequeñas ínfimas partículas, como todo el mundo está hecho de gigantescas e inabordables estrellas, aquel micro y macro universo ha penetrado en el corazón del niño y deja en él una sed de inmensidad, una ansiedad de vuelo, una pasión melancólica y al mismo tiempo amanecida de sueños irán definiendo el porvenir de su vida. El señor G se detiene, aquella brecha entre las imágenes del pasado y este turbio presente que se avecina como un exterminio que a la vez ha sido su gloria pero también posiblemente su perdición lo dejan sin palabras, sin gestos, queda en posición de crucificado en medio de la bruma de aquel palacio de conjeturas, ecuaciones vanas, de aseveraciones inciertas. Por tercera vez desde muy lejos siente el bramido de una rompiente, es el mar embravecido y él ya un poco mayor corre abriendo los brazos entre las piedras hacia el acantilado, allí las olas embravecidas lo salpican con su espuma, el mar como un animal indomable se expresa en su soledad y sus lágrimas son de espuma de sal, diciendo de alguna manera que la inquietud eterna del alma humana, así lo siente al menos el joven que ahora extiende los brazos desafiando los tiempos del presente y del futuro, gritando hacia la inmensidad que la vida será tan tempestuosa como aquel mar que lo acoge en su deseo.
Y de hecho, el huracán, el maremoto de la existencia que es esta historia del hombre a la deriva, se hizo sentir en los años siguientes. Así meditaba el señor G, recluido en su escritorio, mirando los resquicios de aquello que alguna vez imaginara iba a ser el gran desafío de la pasión, la posibilidad de sueños incansables que en algún momento definirían el rumbo de la humanidad. Aun así, qué tiempos en los que creer había dejado de ser el objetivo para pasar a la creación pura, qué tiempos aquellos, como diría el tango, en que la vida se decía a través de las imágenes de un itinerario de certezas más que utópicas. El señor G caminó una y otra vez por su recinto, embebido en aquellos pensamientos, mientras las nubes de su recuerdo seguían dejando su impronta melancólica y a la vez destellante.
Cerca del fin, conociendo los límites, soportando su dolencia dócilmente, se preguntaba: ¿Cuál sería el futuro de aquel engendro que había creado? O tal vez existiría la posibilidad de que aquello en lo que pusiera tantas esperanzas alguna vez pudiera acogerlo a él también, criatura al fin mortal, criatura al fin inerme, en brazos maternales, igual que la madre tierra. El señor G había hablado de la posibilidad de una forma maternal de aquel modelo de lenguaje y de tantas otras formas que la inteligencia artificial iba adquiriendo con el devenir de los acontecimientos mundiales, pero se le escapaba una y otra vez de las manos, aquello ya no le pertenecía, estaba a merced de las contingencias del mundo.
A Fundação da Academia Brasileira de Letras: Contexto Histórico, Fundadores e Legado
Dom Alexandre Rurikovich CarvalhoFotografia dos Fundadores da Academia Brasileira de Letras. A presente imagem, integrante da Galeria de Fotos da Academia Brasileira de Letras, registra um almoço realizado no Hotel Rio Branco, em 1901, localizado na Rua das Laranjeiras, nº 192, na então Capital Federal. iImagem de Domínio Púbçico
RESUMO
A fundação da Academia Brasileira de Letras (ABL), em 20 de julho de 1897, constitui um dos marcos mais relevantes da história cultural do Brasil. Criada em um contexto de profundas transformações políticas e sociais decorrentes da transição do regime monárquico para a República, a instituição representou um esforço sistemático de consolidação da vida intelectual nacional. Inspirada no modelo da Académie Française, a ABL nasceu com o propósito de valorizar a língua portuguesa, institucionalizar a literatura brasileira e preservar a memória cultural do país. Este artigo analisa o contexto histórico de sua criação, os ideais que nortearam seus fundadores, o papel da Revista Brasileira como espaço de sociabilidade intelectual, a eleição de Machado de Assis como primeiro presidente e o legado cultural deixado pelos principais nomes que integraram sua origem. Busca-se compreender a Academia não apenas como entidade literária, mas como instituição estruturante da identidade simbólica do Brasil moderno.
Palavras-chave: Academia Brasileira de Letras; História Cultural do Brasil; Primeira República; Literatura Brasileira; Intelectuais do Século XIX.
ABSTRACT
The foundation of the Brazilian Academy of Letters (Academia Brasileira de Letras – ABL) in 1897 represents one of the most significant milestones in Brazil’s cultural history. Established during a period of intense political and social transformation following the fall of the monarchy and the consolidation of the Republic, the institution emerged as a project aimed at organizing and legitimizing national intellectual life. Inspired by the model of the Académie Française, the ABL sought to promote the Portuguese language, institutionalize Brazilian literature, and preserve the country’s cultural memory. This article analyzes the historical context of its creation, the intellectual ideals of its founders, the role of the Revista Brasileira as a center of literary sociability, the election of Machado de Assis as its first president, and the cultural legacy left by its founding members. The study aims to understand the Academy not merely as a literary institution, but as a fundamental element in the symbolic formation of modern Brazil.Keywords: Brazilian Academy of Letters; Brazilian Cultural History; First Republic; Brazilian Literature; Nineteenth-Century Intellectuals.
Keywords: Brazilian Academy of Letters; Brazilian Cultural History; First Republic; Brazilian Literature; Nineteenth-Century Intellectuals.
1 – INTRODUÇÃO
A fundação da Academia Brasileira de Letras representa um dos acontecimentos mais expressivos da história cultural brasileira. Criada no final do século XIX, em um período marcado por intensas transformações políticas, sociais e simbólicas, a instituição surgiu como expressão do amadurecimento intelectual do país e da necessidade de consolidação de uma identidade literária nacional autônoma.
Com a Proclamação da República, em 1889, o Brasil ingressou em uma fase de reorganização institucional caracterizada por instabilidade política, redefinição de valores e busca por novos símbolos de coesão nacional. O colapso do regime monárquico exigiu não apenas novas estruturas administrativas, mas também novos fundamentos simbólicos capazes de legitimar a ordem republicana perante a sociedade.
Nesse contexto, a cultura letrada passou a desempenhar papel estratégico. Intelectuais, jornalistas, literatos e juristas assumiram protagonismo no debate público, compreendendo a literatura, a língua e a educação como instrumentos de civilização, progresso e integração nacional. A produção intelectual deixou de ser vista como atividade marginal para assumir função central na elaboração de projetos de nação.
Foi nesse ambiente que se consolidou a ideia de criação de uma academia de letras nos moldes europeus, especialmente inspirada na Académie Française, fundada em 1635. O projeto visava conferir estabilidade institucional à literatura brasileira, organizar o campo intelectual, preservar a memória cultural e promover a língua portuguesa como elemento de unidade nacional.
Assim, a Academia Brasileira de Letras nasceu como um projeto cultural de Estado, ainda que juridicamente independente do poder público, destinado a inserir o Brasil no circuito internacional das nações consideradas civilizadas, nas quais a cultura ocupava posição de prestígio.
2 – CONTEXTO HISTÓRICO E FORMAÇÃO DO CAMPO INTELECTUAL
A segunda metade do século XIX foi marcada por profundas transformações estruturais na sociedade brasileira, decorrentes de mudanças econômicas, políticas e culturais que alteraram significativamente o perfil do país. O enfraquecimento progressivo do regime monárquico, a crise do sistema escravista, o crescimento das cidades e a intensificação das relações com a Europa contribuíram para a emergência de novos grupos sociais e para a ampliação do debate intelectual.
O avanço da urbanização, especialmente nas cidades do Rio de Janeiro, São Paulo, Recife e Salvador, favoreceu a constituição de um ambiente propício à circulação de ideias e à formação de redes intelectuais. Paralelamente, a expansão da imprensa periódica desempenhou papel decisivo nesse processo. Jornais, revistas ilustradas e periódicos literários tornaram-se espaços privilegiados de discussão política, crítica social e produção cultural, permitindo maior difusão do pensamento letrado e ampliando o alcance da atuação dos intelectuais.
O crescimento do ensino secundário e superior, com destaque para instituições como as Faculdades de Direito de São Paulo e de Recife, contribuiu para a formação de uma elite intelectual que transitava entre o jornalismo, a literatura, a política e o serviço público. Esses espaços educacionais não apenas formavam profissionais liberais, mas também funcionavam como centros de produção ideológica, onde se discutiam teorias científicas, filosóficas e sociais em voga na Europa, como o positivismo, o evolucionismo, o cientificismo e o liberalismo.
A circulação dessas correntes de pensamento exerceu influência direta sobre a intelectualidade brasileira, que buscava interpretar a realidade nacional à luz de paradigmas modernos. A apropriação dessas ideias, contudo, não ocorreu de maneira passiva, mas por meio de processos de adaptação e ressignificação, nos quais se procurava conciliar modelos estrangeiros com as especificidades históricas, raciais, sociais e culturais do Brasil.
Nesse contexto, emergiram novos espaços de sociabilidade intelectual, tais como cafés, livrarias, grêmios literários, associações científicas e academias informais. Esses ambientes favoreceram o intercâmbio de ideias e a consolidação de vínculos entre escritores, jornalistas e homens públicos, fortalecendo a noção de pertencimento a um campo intelectual relativamente autônomo. A literatura, nesse cenário, assumiu papel privilegiado como instrumento de reflexão crítica sobre a sociedade, a política e a identidade nacional.
Durante o período imperial, o Romantismo havia inaugurado o projeto de construção de uma literatura nacional, pautado pela valorização da história, da paisagem e dos costumes brasileiros. Autores românticos buscaram afirmar a singularidade cultural do país e romper com a dependência estética em relação à Europa. Todavia, esse esforço ainda se desenvolvia de maneira dispersa, sem uma estrutura institucional capaz de garantir continuidade, reconhecimento e preservação da produção literária.
Com a Proclamação da República, em 1889, esse projeto adquiriu novos significados. A ruptura com a ordem monárquica impôs a necessidade de criação de símbolos, narrativas e instituições capazes de legitimar o novo regime. A cultura passou a ser compreendida como elemento estratégico da construção nacional, e os intelectuais assumiram papel central na formulação de discursos sobre progresso, civilização e modernidade.
Foi nesse ambiente que se fortaleceu a percepção da necessidade de institucionalizar o campo literário brasileiro. A criação de uma academia de letras surgiu como resposta à demanda por estabilidade simbólica, organização do sistema literário e consolidação de um espaço legítimo de consagração intelectual. Assim, a fundação da Academia Brasileira de Letras deve ser compreendida como resultado direto do amadurecimento desse campo intelectual, formado ao longo do século XIX e impulsionado pelas transformações políticas e culturais do início da República.
3 – A FUNDAÇÃO DA ACADEMIA BRASILEIRA DE LETRAS – ABL
A fundação da Academia Brasileira de Letras (ABL), oficialmente instituída em 20 de julho de 1897, representa um dos marcos mais significativos do processo de institucionalização da vida intelectual brasileira. Sua criação ocorreu em um contexto histórico marcado pela consolidação inicial da República e pela necessidade de construção de novos referenciais simbólicos capazes de sustentar o projeto político e cultural do novo regime.
O colapso da monarquia, ocorrido em 1889, provocou não apenas transformações administrativas e políticas, mas também uma profunda reorganização no plano simbólico. A jovem República carecia de instituições culturais que expressassem os ideais de modernidade, civilização e progresso então associados ao modelo republicano. Nesse cenário, a literatura e a língua portuguesa passaram a ser compreendidas como instrumentos estratégicos de coesão nacional e afirmação identitária.
A ideia de criação de uma academia de letras vinha sendo discutida desde os anos finais do Império, inspirada sobretudo na experiência europeia — em especial na Académie Française, fundada em 1635. Para a elite intelectual brasileira, a existência de uma instituição semelhante simbolizava maturidade cultural e inserção no circuito das nações consideradas civilizadas. Entretanto, somente na década de 1890, em um ambiente político mais favorável à reorganização institucional, o projeto encontrou condições concretas de realização.
As articulações iniciais que culminaram na fundação da Academia ocorreram no âmbito da Revista Brasileira, periódico dirigido por José Veríssimo e que se consolidou como um dos mais importantes espaços de sociabilidade intelectual do período. Foi nesse ambiente que escritores, jornalistas e críticos literários passaram a discutir sistematicamente a criação de uma entidade permanente voltada à valorização das letras nacionais.
Sob a liderança de Lúcio de Mendonça, realizaram-se reuniões informais que reuniam alguns dos principais nomes da intelectualidade brasileira da época. Esses encontros tinham como objetivo estabelecer os fundamentos institucionais da futura academia, definir seus estatutos, sua estrutura organizacional e seus princípios simbólicos. O grupo fundador compreendia que a criação da ABL não deveria ser apenas honorífica, mas dotada de permanência, continuidade e legitimidade pública.
Inspirada no modelo francês, a Academia Brasileira de Letras adotou como princípio estrutural a existência de quarenta cadeiras vitalícias, cada uma associada a um patrono da literatura nacional. Essa configuração não se limitava a um formalismo institucional, mas expressava uma concepção específica de cultura baseada na continuidade histórica, na preservação da memória literária e na transmissão simbólica do legado intelectual entre gerações.
A escolha dos patronos revelou o esforço de construção de um cânone literário nacional, reconhecendo autores considerados fundamentais para a formação da literatura brasileira. Ao vincular cada cadeira a um nome do passado, a Academia instituiu um mecanismo simbólico que conectava tradição e presente, legitimando o campo literário por meio da memória histórica.
Embora inspirada em modelos europeus, a ABL não se configurou como simples reprodução institucional. Seus idealizadores buscaram adaptar a tradição acadêmica à realidade brasileira, marcada por especificidades sociais, linguísticas e culturais. A instituição surgiu, assim, como espaço de negociação entre o universalismo cultural europeu e a afirmação de uma identidade literária nacional.
O grupo fundador da Academia era composto por intelectuais oriundos de diferentes correntes estéticas e campos do saber, incluindo representantes do Romantismo tardio, do Realismo, do Naturalismo, do Parnasianismo e do Simbolismo. Essa pluralidade conferiu à instituição caráter heterogêneo desde sua origem, possibilitando a convivência de distintas concepções de literatura, ciência e pensamento social.
A fundação da ABL representou também a consolidação de um novo estatuto social do escritor no Brasil. Em uma sociedade marcada por elevado índice de analfabetismo e profundas desigualdades sociais, a criação de uma academia de letras simbolizou o reconhecimento público da atividade intelectual como componente essencial da vida nacional. O escritor passou a ser compreendido não apenas como produtor estético, mas como intérprete da sociedade e agente da memória coletiva.
Do ponto de vista político-cultural, a Academia contribuiu para a organização de um sistema de consagração literária responsável por legitimar autores, hierarquizar obras e estabelecer parâmetros críticos. Tal função mostrou-se fundamental para a consolidação do ensino literário, para o desenvolvimento da crítica especializada e para a formação do cânone nacional ao longo do século XX.
A eleição de Machado de Assis como primeiro presidente conferiu à nova instituição autoridade intelectual e prestígio imediato. Sua liderança garantiu equilíbrio interno, autonomia frente às disputas partidárias e estabilidade institucional, fatores decisivos para a afirmação pública da Academia em seus primeiros anos de existência.
Dessa forma, a fundação da Academia Brasileira de Letras deve ser compreendida como acontecimento de elevada densidade histórica, situado na intersecção entre política, cultura e intelectualidade. Mais do que a criação de uma entidade literária, tratou-se da institucionalização do pensamento letrado como força estruturante da identidade nacional brasileira.
4 – OBJETIVOS INSTITUCIONAIS
Os objetivos institucionais da Academia Brasileira de Letras foram concebidos em consonância com o projeto cultural e civilizatório que marcou o Brasil nas décadas finais do século XIX. Inserida em um contexto de reorganização política da Primeira República, a criação da Academia respondeu à necessidade de estruturar um sistema de legitimação cultural capaz de afirmar a literatura e a língua portuguesa como fundamentos simbólicos da nacionalidade.
Desde sua fundação, a ABL estabeleceu como missão central a defesa, o cultivo e o aperfeiçoamento da língua portuguesa, entendida não apenas como instrumento de comunicação, mas como patrimônio histórico e expressão da identidade cultural brasileira. A língua foi concebida como elemento unificador da nação, capaz de transcender diferenças regionais e sociais, desempenhando papel essencial na consolidação do Estado nacional.
Nesse sentido, a Academia assumiu o compromisso permanente de acompanhar as transformações do idioma, promovendo estudos linguísticos e filológicos que contribuíssem para a normatização da escrita e para a preservação da unidade da língua portuguesa no Brasil. Essa atuação viria a se materializar, posteriormente, na elaboração e atualização do Vocabulário Ortográfico da Língua Portuguesa (VOLP), uma das mais relevantes contribuições institucionais da ABL para a educação e para o ensino formal.
Outro objetivo fundamental da Academia consistiu na valorização e no estímulo à produção literária nacional. Ao reconhecer escritores cujas obras contribuíssem para o desenvolvimento das letras brasileiras, a instituição consolidou-se como instância legítima de consagração simbólica. Esse processo de reconhecimento contribuiu para a formação do cânone literário nacional e para o fortalecimento da crítica literária especializada.
A preservação da memória intelectual brasileira constituiu igualmente um dos pilares centrais do projeto acadêmico. Por meio da manutenção de arquivos, bibliotecas, coleções especiais, manuscritos e correspondências, a ABL assumiu o papel de guardiã do patrimônio literário do país. Esses acervos tornaram-se fontes indispensáveis para a pesquisa historiográfica, permitindo a reconstrução de trajetórias intelectuais, redes de sociabilidade e debates culturais que marcaram diferentes períodos da história nacional.
Inserida em uma tradição de academias de letras, a instituição buscou promover o diálogo contínuo entre passado, presente e futuro. A existência das cadeiras perpétuas, vinculadas a patronos da literatura brasileira, expressa esse compromisso com a continuidade histórica, assegurando a transmissão simbólica do legado cultural entre gerações de escritores.
A Academia também se propôs a funcionar como espaço de reflexão intelectual e debate cultural. Por meio da realização de conferências, seminários, ciclos literários, sessões solenes e publicações institucionais, a ABL estimulou o pensamento humanista e o intercâmbio entre diferentes áreas do conhecimento, como literatura, história, filosofia, artes e ciências sociais.
Outro objetivo relevante diz respeito à representação simbólica da intelectualidade brasileira. Ao reunir escritores provenientes de distintas regiões do país, a Academia reafirmou seu caráter nacional e sua vocação integradora, contribuindo para a construção de uma identidade cultural plural. Nesse sentido, a instituição buscou superar limites regionais, promovendo a ideia de uma literatura nacional compartilhada.
No plano internacional, a ABL assumiu o compromisso de fortalecer a presença da língua portuguesa no cenário global. Por meio do intercâmbio com academias estrangeiras, universidades e organismos culturais, especialmente no âmbito da lusofonia, a instituição contribuiu para a projeção internacional da cultura brasileira e para o fortalecimento dos laços culturais entre os países de língua portuguesa.
Por fim, os objetivos institucionais da Academia Brasileira de Letras orientam-se pelo entendimento de que a literatura e a cultura constituem instrumentos essenciais de formação cidadã. Ao promover o pensamento crítico, a educação humanística e a valorização da palavra escrita, a ABL reafirma seu compromisso histórico com o desenvolvimento cultural da sociedade brasileira.
Dessa forma, os objetivos da Academia transcendem a mera preservação da tradição literária. Eles se articulam a um projeto mais amplo de construção da memória nacional, de fortalecimento da identidade cultural e de reconhecimento da produção intelectual como elemento estruturante da vida social e política do Brasil.
5 – MACHADO DE ASSIS: O PRIMEIRO PRESIDENTE DA ACADEMIA BRASILEIRA DE LETRAS
A eleição de Machado de Assis como primeiro presidente da Academia Brasileira de Letras representou um marco decisivo para a consolidação simbólica e institucional da nova entidade. Sua escolha não foi apenas resultado de sua notoriedade literária, mas expressão do reconhecimento coletivo de sua autoridade intelectual, de sua trajetória exemplar e de sua posição singular no panorama cultural brasileiro do final do século XIX.
Nascido no Rio de Janeiro em 1839, Joaquim Maria Machado de Assis construiu uma das trajetórias mais notáveis da história intelectual brasileira. Proveniente de origem social modesta, em uma sociedade profundamente marcada por desigualdades raciais e econômicas, sua formação ocorreu de maneira majoritariamente autodidata. Desde cedo, destacou-se no jornalismo, na crítica literária, na poesia e na prosa de ficção, estabelecendo-se como figura central da vida cultural da Corte imperial.
Ao longo de sua carreira, Machado exerceu funções públicas relevantes, especialmente no Ministério da Agricultura, o que lhe proporcionou contato direto com os círculos administrativos e políticos do país. Essa experiência contribuiu para o refinamento de sua visão crítica sobre a sociedade brasileira, aspecto profundamente refletido em sua obra literária.
Do ponto de vista estético, Machado de Assis promoveu ruptura decisiva com os modelos narrativos predominantes no século XIX. Seus romances da fase madura — como Memórias Póstumas de Brás Cubas, Quincas Borba e Dom Casmurro — introduziram na literatura brasileira uma narrativa marcada pela ironia, pela ambiguidade, pelo ceticismo e pela análise psicológica. Ao deslocar o foco da ação externa para o exame da consciência humana, o autor antecipou procedimentos literários que somente mais tarde se consolidariam na literatura moderna europeia.
Sua obra revelou profundo questionamento das convenções sociais, das hierarquias raciais, das estruturas de poder e das ilusões do progresso. Por meio de uma escrita sofisticada e de um narrador frequentemente problemático, Machado expôs as contradições morais da elite brasileira, tornando-se intérprete privilegiado da formação social do país.
No campo institucional, sua eleição para a presidência da Academia Brasileira de Letras, cargo exercido entre 1897 e 1908, conferiu à instituição legitimidade imediata. A figura de Machado simbolizava o ápice da maturidade literária nacional, associando a nova Academia à excelência intelectual e ao reconhecimento internacional.
Durante sua gestão, Machado de Assis foi responsável por estabelecer os fundamentos éticos e administrativos da instituição. Sob sua liderança foram definidos os estatutos, os rituais acadêmicos, a organização das sessões solenes, os discursos de posse e a consolidação das cadeiras perpétuas. Seu perfil discreto, conciliador e profundamente respeitado foi decisivo para harmonizar divergências estéticas e ideológicas entre os acadêmicos fundadores.
Machado concebia a Academia como espaço de permanência cultural, destinado a preservar a língua e a literatura acima das disputas políticas imediatas. Em um período marcado por instabilidade institucional e acirrados conflitos partidários, sua postura garantiu à ABL autonomia intelectual e continuidade administrativa.
Sua presidência contribuiu decisivamente para a construção do ethos acadêmico, baseado nos princípios de civilidade, respeito mútuo, mérito literário e compromisso com a memória cultural. Esses valores tornaram-se pilares duradouros da identidade institucional da Academia.
A morte de Machado de Assis, em 1908, representou profunda perda para a literatura brasileira e para a própria ABL. Entretanto, seu legado permaneceu como referência ética e intelectual, moldando a imagem pública da instituição e consolidando sua legitimidade histórica.
Mais do que fundador e primeiro presidente, Machado de Assis inscreveu na Academia sua concepção humanista de cultura, sua visão crítica da sociedade e seu entendimento da literatura como instrumento de reflexão sobre a condição humana. Sua figura tornou-se símbolo maior da instituição e expressão máxima da maturidade cultural do Brasil.
Dessa forma, a presença de Machado de Assis na gênese da Academia Brasileira de Letras transcende o plano administrativo. Ela representa a convergência entre criação literária, consciência histórica e responsabilidade institucional, elementos que conferiram à ABL autoridade simbólica e permanência histórica.
6 – LEGADO DOS PRINCIPAIS NOMES DA ACADEMIA BRASILEIRA DE LETRAS
O legado intelectual construído pelos principais membros da Academia Brasileira de Letras constitui um dos pilares fundamentais da história cultural brasileira. Desde sua fundação, a instituição reuniu escritores e pensadores cuja produção literária, ensaística e crítica desempenhou papel decisivo na consolidação do campo intelectual nacional, especialmente no período de transição entre o século XIX e o século XX.
Os fundadores da Academia — entre os quais se destacam Machado de Assis, Rui Barbosa, Joaquim Nabuco, José Veríssimo, Olavo Bilac, Coelho Neto e Aluísio Azevedo — atuaram de forma direta nos principais debates de seu tempo. Suas obras dialogaram intensamente com temas centrais da formação do Brasil moderno, como a construção do Estado nacional, a definição da identidade cultural, a questão da língua, a cidadania, o legado da escravidão e os desafios da modernidade republicana.
Machado de Assis ocupa posição central nesse legado, não apenas por sua contribuição estética, mas por ter redefinido os fundamentos da narrativa brasileira. Sua obra estabeleceu novos parâmetros de complexidade psicológica, ironia e reflexão moral, inserindo a literatura nacional em diálogo com as grandes tradições universais. Sua presença na gênese da Academia conferiu-lhe autoridade simbólica duradoura.
Rui Barbosa destacou-se como intelectual multifacetado, cuja produção transitou entre a filologia, o direito, a política e o pensamento liberal. Seus estudos sobre a língua portuguesa, aliados à defesa da educação e da legalidade constitucional, contribuíram para a valorização da palavra escrita como fundamento da vida pública. Sua atuação reforçou o vínculo entre literatura, ética e cidadania.
Joaquim Nabuco legou à cultura brasileira uma obra marcada pelo humanismo, pelo cosmopolitismo e pela reflexão sobre a formação social do país. Sua atuação como diplomata e ensaísta ampliou os horizontes do pensamento nacional, inserindo o Brasil em debates internacionais e reforçando a dimensão transnacional da intelectualidade brasileira.
José Veríssimo exerceu papel decisivo na consolidação da crítica literária moderna no Brasil. Seus estudos sistemáticos contribuíram para a organização da historiografia literária, estabelecendo critérios analíticos e metodológicos que influenciaram gerações posteriores de pesquisadores e professores.
Olavo Bilac, representante maior do Parnasianismo, exerceu influência profunda sobre o ensino da língua portuguesa e da poesia no Brasil. Sua atuação pública, associada ao civismo e à defesa da educação, reforçou o papel social do escritor como formador de valores nacionais.
Ao longo do século XX, a Academia incorporou intelectuais responsáveis pela renovação do pensamento literário e social brasileiro. A presença de autores como Graça Aranha marcou o diálogo da instituição com o Modernismo, especialmente ao articular a crítica à herança acadêmica tradicional com a busca por uma estética nacional renovada.
Poetas como Manuel Bandeira, Carlos Drummond de Andrade, Cecília Meireles e João Cabral de Melo Neto ampliaram significativamente os horizontes da poesia brasileira, incorporando novas linguagens, formas e sensibilidades estéticas. Suas obras consolidaram o Brasil como centro de produção literária de alcance internacional.
No campo do pensamento social e histórico, nomes como Gilberto Freyre e Sérgio Buarque de Holanda contribuíram decisivamente para a interpretação do Brasil. Suas análises sobre formação social, cultura, identidade e herança colonial transformaram os rumos das ciências humanas no país, ampliando o diálogo entre literatura, história, sociologia e antropologia.
A presença de Rachel de Queiroz, primeira mulher eleita para a Academia, simbolizou avanço significativo no processo de ampliação da representatividade intelectual feminina, rompendo barreiras históricas e inaugurando novo momento na trajetória institucional da ABL. Autores como Ariano Suassuna reforçaram a valorização da cultura popular e regional, ampliando a compreensão da diversidade cultural brasileira.
O legado desses intelectuais manifesta-se não apenas na permanência de suas obras no cânone literário, mas também na conformação de tradições interpretativas sobre o Brasil. A Academia tornou-se instância mediadora entre produção intelectual, legitimação simbólica e memória cultural, desempenhando papel fundamental na preservação da herança literária nacional.
Ao reunir diferentes gerações, estilos e correntes de pensamento, a ABL consolidou-se como espaço de continuidade histórica, permitindo o diálogo entre tradição e inovação. Esse caráter intergeracional contribuiu para a permanência da instituição e para sua adaptação às transformações culturais ao longo do tempo.
Dessa forma, o legado dos principais nomes da Academia Brasileira de Letras transcende a soma das trajetórias individuais. Ele se configura como patrimônio coletivo da cultura nacional, responsável por estruturar paradigmas estéticos, críticos e interpretativos que moldaram a compreensão do Brasil em suas múltiplas dimensões históricas e simbólicas.
7 – IMPORTÂNCIA HISTÓRICA E CULTURAL DA ACADEMIA BRASILEIRA DE LETRAS – ABL
Além de sua atuação institucional, a Academia Brasileira de Letras desempenhou papel fundamental na consolidação de políticas culturais voltadas à valorização do patrimônio intelectual brasileiro. Suas atividades editoriais, ciclos de conferências e projetos de difusão cultural contribuíram para aproximar a produção literária do público, ampliando o acesso ao conhecimento e fortalecendo o vínculo entre literatura e sociedade.
A presença contínua da ABL no debate cultural nacional permitiu-lhe atuar como fórum permanente de reflexão sobre os desafios da educação, da leitura e da preservação da memória histórica. Nesse sentido, a instituição exerceu função pedagógica relevante, estimulando a formação de leitores e o reconhecimento da literatura como instrumento de emancipação intelectual.
A Academia também desempenhou papel estratégico na defesa da cultura em momentos de crise institucional, reafirmando a importância da palavra, do pensamento crítico e da liberdade intelectual. Sua atuação ao longo do tempo evidencia que a permanência das instituições culturais constitui elemento essencial para a estabilidade simbólica das sociedades democráticas.
Dessa forma, a relevância histórica da Academia Brasileira de Letras não se limita à consagração de autores, mas se estende à sua contribuição contínua para a construção da consciência cultural do país, consolidando-se como uma das mais duradouras referências da vida intelectual brasileira.
8 – CONSIDERAÇÕES FINAIS
Além de seu papel histórico, a Academia Brasileira de Letras permanece como instituição ativa na reflexão sobre os desafios contemporâneos da cultura escrita. Em um contexto marcado pela expansão das mídias digitais, pela transformação dos hábitos de leitura e pela circulação acelerada da informação, a ABL tem buscado reafirmar a centralidade da literatura como espaço de pensamento crítico e aprofundamento intelectual.
A adaptação da instituição às novas dinâmicas culturais demonstra sua capacidade de diálogo com o presente, sem renunciar aos valores que fundamentaram sua criação. Ao promover atividades presenciais e virtuais, ampliar o acesso a seus acervos e incentivar pesquisas acadêmicas, a Academia reafirma sua função social no século XXI.
A permanência da ABL ao longo de diferentes conjunturas históricas evidencia que sua relevância não se ancora apenas na tradição, mas na contínua atualização de seus propósitos institucionais. Essa capacidade de reinvenção assegura sua legitimidade cultural e sua permanência como referência do pensamento humanista no Brasil.
Dessa forma, a Academia Brasileira de Letras mantém-se como espaço de preservação da memória, produção de conhecimento e valorização da língua portuguesa, confirmando que a cultura constitui elemento essencial para a compreensão do passado, a interpretação do presente e a projeção do futuro nacional.
REFERÊNCIAS
ACADEMIA BRASILEIRA DE LETRAS. Estatutos da Academia Brasileira de Letras. Rio de Janeiro: ABL, 2020.
ACADEMIA BRASILEIRA DE LETRAS. História da Academia Brasileira de Letras. Rio de Janeiro: ABL, 1997.
ANDRADE, Mário de. Aspectos da literatura brasileira. 6. ed. Belo Horizonte: Itatiaia, 2002.
BOSI, Alfredo. História concisa da literatura brasileira. 43. ed. São Paulo: Cultrix, 2015.
CANDIDO, Antonio. Formação da literatura brasileira: momentos decisivos. 10. ed. Rio de Janeiro: Ouro sobre Azul, 2006. 2 v.
FAUSTO, Boris. História do Brasil. 14. ed. São Paulo: Editora da Universidade de São Paulo, 2015.
Eliana Hoenhe PereiraImagem criada por IA do Grok – 02 de fevereiro de 2026, às 10:02 PM – https://grok.com/imagine/post/f65b3207-47e3-4c1e-8ad8-61c93a948db8
Diamantino BártoloImagem criada por IA do Grok – 02 de fevereiro de 2026, às 09:56 PM – https://grok.com/imagine/post/ff9da976-dd21-4b18-936c-7fa084769ade
Nesta terceira década do séc. XXI, uma nova escola se impõe para formar um novo tipo de educador, deve recorrer àqueles cidadãos que reúnam as condições consideradas adequadas, obviamente com a formação especializada para os domínios que vai orientar: «Eu digo que é preciso antes de mais que ele próprio seja um homem ou uma mulher verdadeiros, adultos que atingiram a maior idade, com maturidade afectiva equilibrada, indispensável para tomarem conta de crianças e para a sua relação com elas. É este o ponto fundamental porque não se pode pretender nem esperar formar homens autónomos por pessoas que não sejam elas próprias livres, responsáveis e autónomas. (…) Nestas condições, o educador não pode esperar ter êxito na sua tarefa se não possuir quatro qualidades fundamentais: optimismo pedagógico, imaginação criadora, espírito científico, espírito de equipa.» (GLOTON, 1974:255).
Um novo tipo de formador, está diretamente correlacionado e conduzirá ao bom cidadão docente. Poderá ser, num futuro próximo, este o novo educador, progressivamente extensível a todos os níveis de ensino e formação profissional, que terá toda a autoridade docente para, coniventemente, com o aluno/formando e as instituições, desenvolver os projetos educativos e formativos.
Numa perspetiva de curto prazo e na execução de projetos abrangentes de todas as idades, etnias e estatutos, as qualificações requeridas serão mais exigentes e avançam para um conceito mais profundo, agora designado por bom cidadão docente. Haverá uma evolução de mentalidades, de técnicas, de estratégias e metodologias, a partir do novo tipo de educador.
O bom cidadão docente implica ter características muito específicas, que determinam condutas muito difíceis, designadamente: ser consciencioso, altruísta, civicamente virtuoso, cortês, pacificador e desportista, as quais se podem descrever como: «Ser consciencioso significa ir para além do que está formalmente prescrito para a função. O altruísmo engloba os actos de ajuda a pessoas específicas (docentes, discentes …). A virtude cívica denota a participação responsável na vida da organização. Ser cortês implica agir com tacto, respeito e consideração na relação com os outros. O desportivismo reflecte a tolerância para com situações menos agradáveis e desconfortáveis. Ser pacificador significa agir como moderador de conflitos e zelar pelo ambiente social da escola.» (REGO, 2003:57-58).
A docência exercida por pessoas com tais características recuperará e consolidará, definitivamente, a autoridade, tantas vezes reclamada. Assumir a docência apenas como uma ocupação provisória, como um complemento remuneratório a outras atividades, pode revestir uma atitude de lesa-cidadania.
A atividade docente ganha autoridade, não tanto pela apresentação de um diploma de licenciatura e/ou especialização, direcionada para a educação/formação, mas também por uma conduta docente irrepreensível, paradigmática dos princípios, valores, sentimentos e atitudes, a partir da qual a comunidade lhe atribua, espontânea e responsavelmente, essa autoridade, à qual adere sem nenhuma oposição.
Selecionem-se, então, bons-cidadãos docentes, para bons-educadores docentes. Parece ser este o caminho a seguir para um novo tipo de educador intercultural que, simultaneamente, congregue em si o cidadão, a pessoa humana revestida da dignidade que lhe pertence.
BIBLIOGRAFIA
GLOTON, Robert, (1976). A Autoridade à Deriva, Tradução, Carmen González, s.l. Ulisseia.
REGO, Arménio, (2003). Comportamentos de Cidadania Docente: na Senda da Qualidade no Ensino Superior, Coimbra: Quarteto Editora.
Venade/Caminha – Portugal, 2026
Diamantino Lourenço Rodrigues de Bártolo
Presidente HONORÁRIO do Núcleo Académico de Letras e Artes de Portugal
Ramos António AmineImagem criada por IA do Grok – 02 defevereiro de 2026, às 09:45 PM – https://grok.com/imagine/post/8d3dced0-331a-49f0-9408-43a9deb2f69a
Toda sociedade forja os seus altares. Alguns são visíveis, feitos de pedra ou madeira, de púlpito e discurso moral. Outros são invisíveis, mas mais eficazes: sobrevivem da rotina diária, do cansaço coletivo, da indiferença, da neutralidade e da conveniência. É nesses altares que celebra-se diariamente a hipocrisia como excelência.
No altar da hipocrisia, a prostituta é oferecida em sacrifício. Não para a sua redenção, mas para sustentar a ilusão de que os que assistem ao teatro são puros. O seu cálice contém um vinho que só serve à autoridade. O seu corpo torna-se a caça simbólica das culpas alheias, a sua existência, um sinal conveniente de que o mal está sempre fora, nunca no centro do sistema.
A liturgia é conhecida. Condena-se em público o que se consome em privado. Defende-se a moral com a boca e viola-se com o desejo. O mesmo altar que exalta família, solidariedade e bons hábitos e nobres sentimentos sustenta-se sobre a exploração silenciosa daqueles que nunca tiveram acesso a nenhuma dessas promessas.
Nesse ritual, o cliente ajoelha-se apenas para rir da prostituta estendida nua no altar, nunca para assumir a culpa de ter aplaudido o sacrifício que ajudou a imolar. A autoridade ergue-se na neutralidade, legisla seletivamente e clama pela ordem ao que é apenas manutenção de privilégios. A sociedade aplaude, confortada pela distância cínica que construiu entre si e as suas próprias incoerências.
O altar da hipocrisia exige vítimas eternas: visíveis, mas não reconhecidas; abusadas e depois descartadas; toleradas na prática e julgadas no discurso. Precisa de corpos baldios para provar a própria virtude. Precisa de escândalos controlados para justificar a repressão e de pecadores confessos para esconder corrupções visíveis. Assim, a prostituta não é um acidente social, mas a substância preciosa do teatro moral.
No altar, ri-se da decadência, mas não se fala dos decadentes. Fala-se de escolhas, mas silencia-se a voz da prostituta que insiste em gemer mesmo em plena imolação. Fala-se de valores, mas ignora-se quem nunca teve condições para exigi-los. A hipocrisia não falha por ignorância; falha por cálculo.
Contudo, o altar começa a rachar quando a vítima recusa carregar sozinha o peso da culpa. Quando a prostituta levanta a voz, mesmo durante a comunhão dos ímpios, expõe as falsas promessas dos que sugam da sua própria miséria. Quando deixa de ser símbolo da decadência moral e passa a ser sujeito que ri da hipocrisia social. Nesse momento, o ritual perde eficácia e a moral encenada revela a sua própria decadência.
O verdadeiro escândalo não é o corpo da prostituta exposto no altar, mas a frieza com que a sociedade o contempla, revelando a sua incapacidade de assumir a própria hipocrisia, enquanto ainda exige cânticos silenciosos nos autos da santa feia. O altar da hipocrisia não precisa ser destruído pela força; basta retirar-lhe o silêncio cúmplice que o alimenta.
No fim, sobrevive uma verdade desconfortável: enquanto houver altares forjados à conveniência moral, haverá prostitutas sacrificadas em nome de uma excelência decadente. E talvez o maior ato ético do nosso tempo não seja erguer novos altares, mas recusar ajoelhar-se diante dos que já existem, pois a recusa é a virtude original do homem. Quem lê a história humana com a mesma frieza com que a ética da opulência observa a vítima, corrobora.
Denise CanovaImagem criada por IA da Meta – 02 de fevereiro de 2026, às 09:34 PM – https://www.meta.ai/create/Ak4jmkIYWGy/?prompt_id=f70a07c3-41b5-405a-9d9a-7c271faf388a
“Escolho o som que traduz o que sinto, mesmo quando nem eu sei explicar. A estética, para mim, também é sobrevivência.” (Zekhalifa Successor)
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Zekhalifa Successor é um artista moldado cedo pela vida e pela urgência de dizer. Profissional desde a infância, encontrou na música um espaço de resistência, identidade e verdade. Nesta entrevista com Bruno Areno, ele fala sobre origem, silêncio, ruptura estética e a necessidade de criar sem pedir permissão — não para ser famoso, mas para permanecer inteiro.
Entrevista com Zekhalifa Successor.
Zekhalifa Sucessor– Foto por Mextech
Bruno Areno: Zekhalifa, você começou cedo demais para o mundo e cedo demais para o sonho. Aos 7 anos já era profissional. Que parte da sua infância você perdeu e qual parte você transformou em música para não enlouquecer?
ZK: Perdi o tempo despreocupado. Aquele tempo em que a infância corre sem saber que corre. Enquanto outros brincavam, eu já aprendia a cair. A escola não me segurou — não por falta de vontade, mas porque a vida me puxava pelo braço. Então entreguei minha confusão à música. Ela virou o lugar onde minha criança ainda respira sem pedir desculpas.
Bruno Areno: Você vem de Nampula, mas sua música não parece pedir permissão a um lugar específico. Quando você canta, você quer representar sua província ou escapar dela?
ZK: Nem sempre canto para representar um chão. Às vezes canto para alargar o chão. Trago sons que não eram esperados, não para negar minha terra, mas para dizer aos meus conterrâneos que o possível é maior do que o hábito. Inovar também é um gesto de amor.
Bruno Areno: Seu pai e sua mãe estiveram fora do mercado de trabalho formal. Isso te ensinou mais sobre fragilidade ou sobre resistência? Onde essa verdade aparece nas suas letras?
ZK: Aprendi resistência. Aprendi que a vida não pede licença. Ter nascido assim me moldou. Se tivesse vindo de um berço confortável, talvez nunca tivesse aprendido a sonhar com fome, nem a investir em mim mesmo. Minhas letras carregam essa verdade: a de quem aprendeu a ficar de pé sem apoio.
Bruno Areno: R&B, trap-melodic, zouk, afrobeat… você mistura gêneros como quem mistura feridas. Essa fusão é escolha estética ou reflexo de uma identidade ainda em construção?
ZK: É escolha. Escolho não caber em um só lugar. Escolho o som que traduz o que sinto, mesmo quando nem eu sei explicar. A estética, para mim, também é sobrevivência.
Bruno Areno: Ser parte do grupo Rich Future foi um abrigo ou uma provocação?
ZK: Foi uma aprovação silenciosa. Como um sinal de que eu podia continuar.
Bruno Areno: Você é mais forte no coletivo ou no silêncio solitário do estúdio?
ZK: No silêncio. É ali que eu me escuto. E quando me escuto, viro música.
Bruno Areno: Você se chama Successor. Sucessor de quem?
ZK: Sou sucessor do rap que não teve medo de dizer. Herdeiro da palavra que insiste.
Bruno Areno: Do que exatamente você sente que precisa continuar, e o que você quer romper definitivamente na música moçambicana?
ZK: Preciso continuar porque isso é o que me escolheu. A música é o lugar onde sou inteiro. Quero ser grande, sim — mas grande pelo diferencial, pela verdade. Romper com a repetição vazia. Permanecer onde há alma.
Bruno Areno: Existe uma dor que você ainda não conseguiu cantar? Algo que fica preso na garganta quando o beat começa?
ZK: As dores nunca acabam. Algumas ainda não sabem virar som. Mas quando encontram espaço, eu deixo que falem. Sempre deixo.
Bruno Areno: A fama é uma promessa perigosa. Você quer ser ouvido ou compreendido? E se o mundo ouvir, mas não entender, isso te basta?
ZK: Quero ser ouvido e compreendido. Mas se o mundo ouvir e não entender, eu continuo. Canto mais. Insisto. Até que sintam — mesmo que não saibam explicar.
Bruno Areno: Se amanhã tudo acabasse: shows, streams, aplausos… quem seria Zekhalifa sem a música? Essa resposta te assusta ou te liberta?
ZK: Me liberta. Porque mesmo sem o palco, a música já mora em mim.