Forks

Jane Nash: Poem ‘Forks’

Jane Nash
Jane Nash
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The poem FORKS came to me thinking about forks in life, decision making and how we are meant to face these situations in life. Do I choose the first option or the other? But I was also reminded about a fork of lightning which struck the zip of a young friend of mine when he was playing football in the rain. I was very young, He was no more than 10 years old at the most, in Zambia where I was a child. I think his name was Christopher but I am unsure now. The poem reflects life – human decisions and the decision nature took with a young boy. It also serves as a remembrance for him.

FORKS

I’ve had surprisingly few
Forks in the road
Instead feeling cold metal
Stainless steel
Slice through life’s occurrences
Adventures, obstacles

Where I’ve had two options
Like changing a Mahjong hand
I’ve inevitably picked the wrong one
Preferring to follow butterflies
Forgetting their short lived summers
Barely sustain life’s beauty

The earliest fork I remember
Was the isolated streak of lightning
Forking from the ground to a zip
And in that moment
Taking life over a football in a field
Fatal mistake, playing in the rain

For the next one
Should I notice it
I’ll dowse for the result
Leaving nature to guide
Certainty abandoned
But decisions firmly made

Jane Nash

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Mi paz sin Elpis

María Beatriz Muñoz Ruiz: ‘Mi paz sin Elpis’

Maria Beatriz Muñoz Ruiz
Maria Beatriz Muñoz Ruiz
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Cuando la gente que me rodea descubre mi cara oculta de escritora y mi largo recorrido literario y periodístico, siempre me dicen: “Seguro que con alguna de tus novelas te haces famosa”. Yo sonrío y respondo que no me importa nada de eso; soy feliz escribiendo y haciendo feliz a mis lectores o, como yo digo, “soy feliz repartiendo felicidad”.

A todo el mundo le sorprende mi falta de ambición. Lo que no saben es que una vez, hace años, soñé con ganarme la vida escribiendo; soñé con el mejor trabajo del mundo y, como poetisa romántica y autora de bastantes novelas romántico-eróticas, me imaginaba escribiendo bajo un precioso sauce, sentada sobre un verde y mullido césped mientras los últimos rayos del sol bañaban mi piel, acariciándome dulcemente.

Pero aquello dolía demasiado. Tuve que caerme muchas veces hasta comprender que mi alma necesitaba paz. No deseo danzar en la brusquedad de un río agitado; necesito la paz de un apacible y escondido lago en el que únicamente pasean dos hermosos cisnes que se demuestran su amor bajo la plateada luna.

Es difícil de explicar, pero mi paz está en no esperar nada ni del universo ni de la gente. Pocas veces lo he comentado, porque mi visión del mundo y de las personas puede interpretarse como pesimista, oscura y en ruinas. Y lo cierto es… que no os equivocáis.

Los que me conocen se sorprenden al leer alguno de mis poemas llenos de melancolía y tristeza soñadora cargada de realidad grisácea, más que nada porque siempre tengo una sonrisa para cualquiera, porque los que se acercan a mí saben que van a pasar un buen rato, porque amo a los animales y soy demasiado empática con los que sufren.

Es difícil de decir, pero sigo pensando que la humanidad es el error más grande del universo. Cuando observo las estrellas y la luna bailando entre las olas del mar, cuando el rojizo atardecer muere cada día invisible a la mirada de la gente y los árboles mecen sus hojas en una sensual danza… me siento pequeña y feliz por saber que lo soy; porque nos creemos poderosos y, sin embargo, cuando la naturaleza ruge, huimos aterrados.

Os voy a contar una historia de la mitología griega que seguramente conoceréis bien: todo comienza con un desafío a los dioses. Prometeo, un titán que sentía un gran afecto por los seres humanos, decidió ayudarlos robando el fuego sagrado del Olimpo. Su objetivo era que la humanidad pudiera calentarse, cocinar y progresar. Sin embargo, este acto de rebeldía enfureció a Zeus, el rey de los dioses, quien decidió que tal regalo no quedaría sin castigo.

Para vengarse, Zeus ideó un plan ingenioso: ordenó crear a la primera mujer, Pandora. Cada dios le otorgó un don especial para hacerla irresistible: Hefesto la moldeó con arcilla, Afrodita le dio belleza y Hermes le dio elocuencia y una curiosidad insaciable. Pero Pandora no era solo un regalo; era, en realidad, una “trampa hermosa” enviada para equilibrar el beneficio que el fuego había traído a los hombres.
Zeus envió a Pandora a la Tierra como esposa para el hermano de Prometeo, Epimeteo. Con ella envió una vasija sellada, advirtiéndole que bajo ninguna circunstancia debía abrirse. Zeus sabía que la curiosidad que él mismo le había dado a la joven terminaría por ganar la batalla.

Un día, incapaz de contenerse más, Pandora levantó la tapa. En ese instante, una nube oscura de males salió disparada: la enfermedad, el dolor, la envidia, el hambre y la vejez se escaparon para siempre, llenando un mundo que hasta entonces había sido perfecto.

Aterrorizada por lo que había hecho, Pandora cerró el recipiente lo más rápido que pudo. Cuando el silencio volvió, se dio cuenta de que algo golpeaba suavemente contra las paredes del fondo. Era Elpis, la Esperanza.

Aunque los males ya estaban sueltos por todas partes, la Esperanza se quedó dentro de la vasija como el único consuelo para la humanidad. Hay muchas teorías acerca de esto; algunos dicen que esto significa que, por muy difíciles que se pongan las cosas, los seres humanos siempre conservarán esa chispa interior que permite creer en un mañana mejor.

Mis teorías, como no, se asemejan a las ideas de mi filósofo preferido, Nietzsche. ¿De verdad creéis que los dioses pensaron en Elpis como algo bueno para los humanos? Yo pienso que Elpis fue el mayor de los males, la esperanza que hace que el pueblo torturado piense que habrá tiempos mejores, y ahí es donde entra la siguiente manipulación urdida con el tiempo para seguir controlando a los tontos mortales: la religión. Esa que promete riqueza y salvación en un reino que nadie ha visto, esa que premia al que sufre y padece, al humilde, al que tiene la esperanza de ser mejor una vez muera.

Un pueblo vigilado por Dios no necesita cámaras, no necesita leyes; es fácil de controlar. Cuando Dios muera, los poderosos tendrán un grave problema, pero mientras tanto, algunos seguirán guardando a Elpis en su pecho y otros la dejarán encerrada, mientras puedan, en el lugar más oscuro. ¿Y tú? ¿Piensas que Elpis fue una bendición o una maldición?

Maria Beatriz Muñoz Ruiz

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A Arquitetura da Exaustão

CINEMA EM TELA

Marcus Hemerly

‘A Arquitetura da Exaustão: Patologia da Normalidade, Subjetividade e Pressão Conjugal no Cinema’

Card da coluna Cinema em Tela 
 A Arquitetura da Exaustão: Patologia da Normalidade, Subjetividade e Pressão Conjugal no Cinema
Card da coluna Cinema em Tela
A Arquitetura da Exaustão: Patologia da Normalidade, Subjetividade e Pressão Conjugal no Cinema

Nota-se, a partir de uma análise sobre a ressonância dos movimentos femininos na evolução histórica, que a década de 1970 representa um marco de fratura na representação do feminino. Longe do glamour apaziguador da Hollywood clássica ou do melodrama complacente das décadas anteriores, o cinema dos anos 70 tornou-se um sismógrafo das angústias estruturais de uma sociedade em transição.

Neste escopo analítico, de forma curiosa, assoma uma relevante dissecção sociológica e estética de duas obras que, embora geograficamente distantes, dialogam de forma simbiótica: o estadunidense ‘Uma Mulher Sob Influência’ (A Woman Under the Influence, 1974), de John Cassavetes, e o brasileiro ‘Inquietações de uma Mulher Casada’, de 1979, dirigido por Alberto Salvá.

Ambas as produções escrutinam as profundas fissuras que emergem quando o indivíduo feminino é coagido a habitar um molde social padronizado e, de diferentes formas, repressivo, expondo o custo psíquico e emocional da adequação aos papéis conjugais impostos. Para compreender a densidade dramática das duas protagonistas femininas — Luiza, na trama brasileira, e Mabel, no filme do mago do cinema autoral independente, o versátil Cassavetes —, é imperativo traçar um breve panorama sociológico em que estão inseridas.

A década de 1970 foi atravessada pela consolidação de importantes pautas feministas, mas as estruturas de poder e o microuniverso familiar operavam, predominantemente, sob uma inércia patriarcal opressiva, assentada na mentalidade não apenas masculina, mas de reverberações unificadoras do pensamento em ambos os extremos do continente.

Com o olhar voltado ao contexto norte-americano, nota-se que a classe trabalhadora e média lidavam com a ressaca dos movimentos civis dos anos 60. Contudo, o espaço doméstico permanecia como um monumento do conservadorismo, a despeito das inovações em várias vertentes das artes que dissonavam das realidades de pensamento arraigado social.

A mulher deveria ser a âncora emocional de um lar estável, uma anfitriã impecável e uma mãe abnegada. Qualquer desvio dessa rotação era rapidamente problematizado pela sociedade civil e médica, refletindo um viés que elevava a um tom patológico, por assim dizer, episódios de inadequação feminina ao estereótipo esperado e incutido pela visão mais rasa do “papel” da mulher no âmbito doméstico, o que, por fim, acabava por confiná-la naquele espaço.

No Brasil, de forma similar, o ano de 1979, data da produção de Salvá — que contava com a participação de Nuno Leal Maia e Otávio Augusto (no papel do marido) —, marcava o período de abertura supostamente gradual da Ditadura Militar. O país operava sob os reflexos de uma profunda crise econômica, que encerrou as ilusões do “Milagre Econômico”, e de um moralismo institucionalizado pela censura, pelas tradições religiosas e sua ressonância cultural. Vale lembrar que, de forma anacrônica, o divórcio só havia sido melhor tratado pela legislação brasileira em 1977, pela entrada ao universo jurídico da Lei nº 6.515/1977.

A partir dessa premissa, o núcleo comum entre essas duas realidades aparentemente distantes reside na exigência social do que Erving Goffman chamaria de “representação” ou performance dentro de um grupo. Tanto no subúrbio operário americano quanto na classe média urbana brasileira, a mulher estava submetida a uma adequação compulsória.

O custo psicológico de manter essa performatividade, ou dita “normalidade” exigida pelo casamento e convenções sociais, resulta, invariavelmente, em ansiedade crônica, desestabilização emocional e em uma alienação de si mesma que, nesse contexto e por tais pressões catalisadas, descortinavam implicações sobre a saúde psíquica. Um mal que era criado e abafado pela dita “sociedade tradicional”, que marginalizava, de forma conveniente, qualquer manifestação não ortodoxa dos reflexos patriarcais que ainda se institucionalizavam.

As personagens Mabel Longhetti (Gena Rowlands) e Luiza (Denise Bandeira) são arquétipos de uma mesma sintomatologia: o colapso diante da coerção doméstica. Elas vivenciam um conflito dilacerante entre os seus desejos individuais e a opressão quase robótica das expectativas sociais. Mabel, de *Uma Mulher Sob Influência*, é uma mulher cuja excentricidade, afeto transbordante e vitalidade desajeitada não cabem no roleplay de esposa e mãe da classe trabalhadora.

O filme de Cassavetes brilhantemente ilustra que a sua “loucura” não é primariamente uma condição psiquiátrica inerente, mas sim uma reação à pressão insuportável para agir de forma tida por normal. Seu marido, Nick, interpretado pelo sempre ótimo Peter Falk, a ama, mas é incapaz de suportar o peso do julgamento social sobre o comportamento da esposa, materializado pela pressão velada de seus colegas de trabalho, família e vizinhos, que criam o sustentáculo de seu imposto espaço de vivência. A interação no casamento é uma tentativa falha de adequação mútua, na qual Mabel tenta, de forma robótica, agradar e executar o papel esperado; e quando falha, seu colapso emocional é inevitável.

Luiza, por sua vez, aparentemente vive em completa harmonia com o marido truculento e em seu assumido papel de provedor, mas enfrenta uma constante angústia inominada. Inserida no conforto burguês brasileiro, sua inquietação surge do vazio existencial nascido a partir de suas contemplações individuais, quando paralelizadas ao que, externamente, lhe é imposto pelo marido e por sua própria família, que espelham seu comportamento como constantemente inadequado, construindo assim uma estrutura sempre próxima de ruir.

Ela tem o casamento estável e a posição social delineada, mas isso a sufoca sob o verniz da respeitabilidade. A maneira como ela lida com essa desestabilização emocional diverge da explosão histriônica de Mabel. Luiza interioriza o tédio e a lacuna de estímulos, até que ela se transforma em uma transgressora latente, o que, por fim, acaba se corporificando num encontro amoroso extraconjugal. Sua busca por autoafirmação ocorre contra as limitações domésticas, explorando sua própria identidade e sexualidade para além do marido provedor, desafiando a estrutura ditatorial doméstica.

Curioso perceber que, em ambas as películas, o argumento central repousa na ideia de que a “normalidade” não é um estado natural, mas um trabalho forçado. A ansiedade é o sintoma da discrepância entre quem elas são e quem elas devem aparentar ser, o que, de forma inarredável, causa o rompimento com seu modus vivendi. Esse olhar mais intimista é um tópico fértil ao cinema independente de Cassavetes. A análise sociológica desses conflitos seria incompleta sem observar como a linguagem cinematográfica articula esse mal-estar.

John Cassavetes, frequentemente considerado o patriarca do cinema independente norte-americano, desenvolveu uma metodologia de direção que é estruturalmente avessa à artificialidade de Hollywood, quando comparada às produções mais comerciais. O que, no contexto brasileiro, seria aproximado ora a derivações do cinema marginal, no âmbito temático, ora do cinema novo, no plano estético — ainda que, erroneamente, tais movimentos sejam considerados díspares.

Nesse passo, o estilo de cinema implementado por Cassavetes caracteriza-se pelo uso intenso de câmera na mão e primeiros planos fechados, gerando uma atmosfera claustrofóbica que mimetiza o confinamento psicológico da protagonista, o que se mostra intenso no filme ‘A Morte de um Bookmaker Chinês’ (1976). O recurso intensifica, por óbvio, a verossimilhança emotiva da diegese cênica, contribuindo para a concatenação de atuações viscerais, repletas de improvisação e sobreposições de diálogos. A ausência de marcas de atuação rígida permite capturar a crueza e o embaraço da inadequação social em tempo real, o que afasta a cena proposta de qualquer aparência de artificialidade.

Outro recurso mais centrado no cinema por ele proposto é traduzido pelo tempo dramático estendido, como em cenas longas que induzem o espectador a vivenciar o desconforto das interações, retirando a válvula de escape da montagem clássica a partir de hiatos emotivos. Novamente, é interessante notar como a pertinência das reflexões levantadas por Cassavetes e espelhadas na narrativa de ‘Inquietações de uma Mulher Casada’, filmes aparentemente distintos numa primeira mirada, descortinam um entrelaçar temático convergente: a audácia de despir o “ente feminino” das idealizações fílmicas.

A lente de Cassavetes recusa-se a fetichizar a loucura ou a domesticação de Mabel. Ao revés, ele documenta com uma compaixão clínica o que é infligido à personagem, pois, diferentemente de Luiza — que mesmo oprimida consegue se impor ao que lhe é impingido, ainda que gradualmente —, Mabel cede frente confrontada por suas próprias inquietações e influências, sem reduto de escapatória. Em tom de complemento, em seu brilhante trabalho, Rodrigo Desider Fischer, define a linguagem de Cassavetes como:

“(…) determinada não só pelo enredo ou pelo roteiro, mas também pelas atitudes dos atores em relação às suas personagens. A atuação é também um fator determinante do discurso da obra, concretizando outros caminhos para uma leitura visual, sonora, sinestésica, imagética e cognitiva. Ao assistir a um filme de Cassavetes é possível fazer inúmeras leituras não somente por se tratar de uma obra complexa, de uma linguagem ousada ou de um roteiro bem elaborado, mas, sobretudo, por privilegiar o trabalho dos atores.

Dessa forma, os atores potencializam a obra e possibilitam que ela alcance mais complexidade, ambiguidade e profundidade de percepção, desencadeando também novos rumos dramatúrgicos” (O corpo no cinema de John Cassavetes e sua importância para o trabalho do ator contemporâneo, disponível em: https://revistas.usp.br/pesquisator/pt_BR/article/view/36117/38838.

De outro lado, em 1979, Alberto Salvá filma um drama intimista centrado numa dona de casa de classe média, casada com um advogado de sucesso (Otávio Augusto) e atrapalhada por uma crise nervosa que desencadeia desacordos conjugais e a tentativa de uma viagem de reconciliação que logo se desvia pelo desejo. O filme não se insere em nenhum dos grandes movimentos estéticos enfáticos daquele momento, seja a consolidação histórica do Cinema Novo, ou das pornochanchadas, mas um drama psicológico urbano que olha para a intimidade burguesa com um realismo discreto, bem como a atenção à subjetividade feminina e à crise de identidade da mulher casada em meio às pressões de um casamento de classe média, ressaltando a já mencionada tensão entre conformidade social e o desejo de ruptura. Válvula motora também correlata à exaustão de colapso da personagem de

A despeito de tal proposição, o título menos falado e conhecido, dialoga na evolução histórica com o hiato da produção nacional intensificado no governo Collor (extinção da Embrafilme e Concine), e a a dita retomada do cinema brasileiro, quando o Estado volta a financiar cinema e a produção recupera um mínimo de continuidade institucional

Percebe-se que essas obras permanecem como documentos vitais na história da arte, expondo de maneira, de um lado, mais técnica e sensível, e de outro, mais escancarada e sem afagos, que a “adequação”, quando imposta como imperativo categórico para a manutenção das engrenagens sociais e conjugais, opera como uma violência institucional silenciosa.

E no silêncio e aparente segurança doméstica, muitas das piores sevícias já foram engendradas, inclusive, não raro, de forma sistemática. Os corpos e mentes de Mabel e Luiza funcionam como campos de batalha, lembrando ao espectador que a performance da normalidade e adequação imposta cobra um preço altíssimo daquelas que ousam transcender a fronteira de suas próprias vontades. E, por que não dizer, identidades.

Marcus Hemerly

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Priscila Mancussi, cidadã sorocabana!

Priscila Mancussi é condecorada com o Título de Cidadã Sorocabana em sessão solene repleta de arte e emoção

Priscila Mancussi
Priscila Mancussi

SOROCABA, SP – Em uma tarde marcada pela celebração da educação e das artes, a professora, poeta, ativista cultural e colunista do Jornal ROL, Priscila Mancussi foi oficialmente condecorada com o Título de Cidadã Sorocabana. A cerimônia ocorreu no dia 10 de abril de 2026, na Câmara Municipal de Sorocaba, por iniciativa do vereador Fábio Simoa, autor do projeto que reconhece a trajetória de dedicação da homenageada ao município. 

​Natural de Cubatão e residente em Sorocaba, Priscila consolidou sua história na cidade como professora da rede municipal de ensino e como uma das principais vozes da cena literária local. Atualmente presidente do coletivo Café & Arte em Movimento, sua atuação transcende as salas de aula, unindo pedagogia e fomento cultural. 

Um Espetáculo de Homenagens Culturais

A solenidade foi enriquecida por um momento cultural vibrante, onde diversos artistas e amigos prestaram tributo à nova cidadã sorocabana:

​Poesia: O público se emocionou com as interpretações de Josemir Lemos, com o poema “Borboletas”; da Poetisa da Luz, Shirley Ferro, com “A arte que abraça”; e de Ricco Cassiano, que apresentou “Às crianças pequeninas”. 

​Música e Dança: A harmonia musical ficou a cargo de Leonardo Andreh e Márcia Cassis, interpretando as canções “Colibri” e “Sonho Bonito”. A arte do movimento foi representada por Vânia Moreira e Jéssica Moreira na apresentação de dança “Vasto mundo”. 

​Audiovisual: Um vídeo comovente de quatro minutos trouxe mensagens de figuras importantes na trajetória de Priscila, como Simone Moisés, o embaixador da paz Romário Filho, Paulo Medrado e Cris Vaccarezza. 

Agradecimentos e Reconhecimento

Em seu discurso, Priscila fez questão de destacar o apoio fundamental de sua rede de afeto e trabalho. Expressou gratidão especial ao diretor da E.E. Brigadeiro Tobias, Sérgio Armenio, por sua liderança e parceria na educação

​No âmbito pessoal e artístico, a homenageada agradeceu o carinho de sua tia, Lilian Menezes, e de suas amigas e poetas Vânia Moreira e Cris Pimentel e sua esposa Renata Alexandre pelo apoio incondicional e permanente desde sempre, figuras constantes em sua caminhada. 

​”Este título é o reflexo de um trabalho coletivo. Agradeço imensamente ao vereador Fábio Simoa por esta honraria e a todos que acompanharam este momento tão especial, seja presencialmente ou através da transmissão pelo YouTube. Em especial pela presença ilustre do jornalista e escritor Sérgio Diniz, que vem acompanhando minha trajetória. Sorocaba é, agora e oficialmente, o meu lar e a minha inspiração,” declarou Priscila Mancussi.

​Com a galeria repleta de amigos, familiares e membros do coletivo Café & Arte em Movimento, a Sessão Solene reafirmou o papel de Priscila como uma ponte essencial entre a educação pública e a produção artística independente em Sorocaba.

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Da Costa Rica ao ROL, Alexander Anchía Vindas!

Alexander Anchía Vindas é um navegante de contos, microcontos e poesia, originário da Costa Rica – país considerado ‘mosaico vivo’ de natureza -, aportando no ROL!

Alexander Anchía Vindas
Alexander Anchía Vindas

Alexander Anchía Vindas, natural de San José, Costa Rica, é escritor e professor universitário de Turismo e professor de espanhol como segunda língua em diversos contextos.

Embaixador do Círculo Universal da Paz. Embaixador da Palavra da Fundação Egidio Serrano.

Integrou os comitês editoriais das revistas literárias Dunamis (Peru) e Azay Art (Espanha). Traduziu poemas do poeta indiano Aschok Chakravarti do inglês para o espanhol. Publicou artigos acadêmicos nos periódicos de Línguas Modernas da Universidade da Costa Rica e no Repertório Americano.

Escreveu e publicou artigos acadêmicos na área literária, e alguns de seus poemas foram traduzidos para o romeno, mandarim e inglês.

Entre suas obras publicadas estão: Puentes Inconexos (contos, 2013) e a coletânea de poemas Retratos Elementales – El Hombre Mundano (2014). Entre suas obras, destacam-se a coletânea de poesia O Mistério Despertado em Você (2018) e o romance Apocalipse do Testamento de Dom Sixto (2017).

Em relação à produção literária, a coletânea de poesia Retratos Elementares foi semifinalista no Primeiro Concurso de Literatura de Fronteira, organizado pela Universidade Nacional Autônoma do México (UNAM) em seu campus no Texas. Em 2015, recebeu Menção Honrosa pelo poema “Origem” em um concurso organizado pela Associação La Carta e pelo Museu de Altino, na Itália.

Em 2016, participou do Encontro Mundial de Poetas: ‘Seguindo os Passos do Poeta’, realizado no norte do Chile. Também participou do Encontro de Poetas de Salamanca de 2018, dedicado ao 800º aniversário da Universidade de Salamanca, onde apresentou sua coletânea de poesia, O Mistério Despertado em Você.

Foi incluído na Enciclopédia Oral de Poesia pelo projeto Zaragoza Booksmovie.

Alexander inaugura sua colaboração no ROL com o poema Cobardia (Covardia), poema existencialista sobre a alienação de si mesmo.

Cobardia

Imagem gerada pelo ChatGPT – https://chatgpt.com/c/69e0fc9d-e8ec-83e9-bc46-66edc54b72d8

Hay un desconocido
que evade mis preguntas
Hay un desconocido
que piensa por mí.

Hay una versión de mí
más carnal y rústica
que no acaba de aparecer.

Aunque vaya devotamente
a toparlo a la entrada del crepúsculo.
Pasa de mí, se burla
porque no puedo ser él.

Quizás al morir,
lo pongan en la misma caja.
Quizás ni la consiga detener
nuestro susto, cuando
por fin desaparezca en mí
aquél que nunca nació.

Mientras tanto trataré de encontrarlo
cuando el whisky levante su espuma.
Y en la interminable playa de la pregunta
sólo quede yo.

Alexander Anchía Vindas

Covardia

Há um estranho
que se esquiva das minhas perguntas.

Há um estranho
que pensa por mim.

Há uma versão mais carnal e rústica de mim
que nunca chega a aparecer.

Mesmo que eu vá devotamente
encontrá-lo ao amanhecer do crepúsculo.

Ele me ignora, zomba de mim
porque eu não posso ser ele.

Talvez quando eu morrer,
o coloquem na mesma caixa.

Talvez nem mesmo o nosso medo seja capaz de impedi-lo,
quando, finalmente, aquele que nunca nasceu desaparecer dentro de mim.

Enquanto isso, tentarei encontrá-lo
quando o uísque formar sua espuma.

E na praia infinita da pergunta,
só eu permanecerei.

Alexander Anchía Vindas

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O amor que o tempo não soube terminar

Clayton Alexandre Zocarato

Conto ‘O amor que o tempo não soube terminar’

(Inspirada na canção Please Forgive Me)

Clayton Alexandre Zocarato
Clayton A. Zocarato
Imagem gerada pelo ChatGPT

Nem todo amor precisa continuar para permanecer.
Alguns atravessam o tempo, mudam de forma… e ainda assim vivem dentro de nós.

Entre memórias, silêncios e reencontros, essa história revela que há sentimentos que não acabam — apenas aprendem a existir de outro jeito.

Havia algo nos anos 1990 que parecia suspenso no ar, como se o tempo respirasse mais devagar, permitindo que cada instante se impregnasse de significado.

            As tardes eram longas, atravessadas por rádios chiando, fitas cassete rebobinadas com caneta e promessas que não sabiam ainda o peso que carregariam no futuro. Era uma época em que o mundo começava a se abrir, mas os sentimentos ainda eram guardados com uma espécie de pudor antigo, quase sagrado.

            E foi nesse intervalo entre o analógico e o que viria depois que nasceu aquilo que jamais terminou de existir.

            Ele lembra do primeiro olhar como quem recorda um sonho recorrente. Não havia nada de extraordinário na cena, exceto o modo como o coração decidiu interromper sua rotina e bater fora de compasso.

            Era simples, quase banal, mas carregava uma densidade inexplicável. Talvez porque, naquela década, os encontros ainda não eram mediados por telas, e o acaso tinha mais autoridade do que qualquer algoritmo jamais teria.

            Ela tinha um jeito de sorrir que parecia negar o peso do mundo. E ele, ainda imerso em dúvidas juvenis, encontrou naquele sorriso um tipo de abrigo que não sabia nomear.

            Conversavam sobre tudo e nada, como se o tempo lhes fosse infinito. Falavam de filmes, de livros que talvez nunca leriam, de músicas que marcariam seus dias — e entre elas, uma em especial, que se infiltrava nas pausas do silêncio e nas lacunas do que não era dito.

            “Please forgive me“, tocava baixo, quase como uma confissão que nenhum dos dois tinha coragem de fazer em voz alta.

            E ali, entre versos que falavam de erro, arrependimento e amor persistente, eles construíam um território invisível, onde cada gesto ganhava um significado que o mundo exterior não compreendia.

            Havia uma espécie de ingenuidade naquele vínculo, mas também uma profundidade que só os encontros verdadeiros carregam.

            Porque, no fundo, amar nunca foi sobre saber — sempre foi sobre sentir.

            Mas o tempo, esse escultor impiedoso, começou a intervir.

            A década avançava, trazendo consigo suas mudanças. A modernidade insinuava-se nas pequenas coisas: novos aparelhos, novas formas de comunicação, novas urgências.

            E com ela, vieram também as distâncias — não apenas geográficas, mas existenciais. Cada um seguiu um caminho que parecia inevitável, como se a vida tivesse decidido que aquele encontro pertencia mais à memória do que ao futuro.

            Eles não brigaram. Não houve ruptura dramática. Apenas um afastamento lento, quase imperceptível, como o apagar de uma luz ao entardecer.

            E talvez tenha sido isso que mais doeu: a ausência de um fim claro.

            Porque aquilo que não se encerra continua existindo de alguma forma, insistindo em permanecer nos cantos da consciência.

            Os anos passaram.

            E com eles, vieram as responsabilidades, os erros, as escolhas que moldam quem nos tornamos. Ele construiu uma vida, como todos fazem. Trabalhou, amou outras vezes, errou outras tantas.

            Mas havia sempre uma espécie de eco, uma lembrança persistente que surgia nos momentos mais inesperados. Um cheiro, uma música, um entardecer específico — e lá estava ela, intacta no tempo.

            “Please forgive me, I can’t stop loving you…

            A canção surgia como um portal. E não importava quantos anos tivessem passado, bastava ouvi-la para que tudo retornasse com uma nitidez quase cruel.

            Não como saudade comum, mas como algo mais profundo — uma consciência de que certas conexões não obedecem às regras do tempo.

            Ele começou a se perguntar se aquilo era amor ou apenas memória idealizada.             Afinal, o que permanece não é necessariamente o que foi real, mas aquilo que escolhemos preservar.

            No entanto, havia algo naquela lembrança que resistia à análise racional. Não era perfeita, não era romantizada demais — era simplesmente viva.

            E então, num daqueles acasos que parecem ensaiados pelo próprio destino, eles se reencontraram.

            Não foi como nos filmes. Não houve música ao fundo nem câmera lenta. Foi simples, quase comum. Um olhar que reconhece antes mesmo da razão compreender.  Um silêncio carregado de tudo o que nunca foi dito. E, no entanto, havia ali uma estranha familiaridade, como se o tempo tivesse dado uma volta completa apenas para colocá-los novamente frente a frente.

            Ela ainda sorria daquele mesmo jeito.

            Mas havia algo diferente. Não no sorriso em si, mas na forma como ele o recebia. Antes, era descoberta.

            Agora, era reconhecimento. E talvez essa seja a diferença fundamental entre o amor jovem e o amor que atravessa o tempo: o primeiro surpreende, o segundo confirma.

            Sobre a vida, sobre os caminhos que seguiram, sobre o que perderam e o que encontraram. E em meio a essas palavras, havia uma corrente invisível que os conectava ao passado. Não como um peso, mas como uma base — algo que, de alguma forma, nunca deixou de existir.

            Ele percebeu então que o tempo não havia apagado o que sentiram. Apenas havia transformado.

            Porque o amor, quando verdadeiro, não precisa permanecer constante para continuar sendo real.

             Ele pode mudar de forma, de intensidade, de presença — mas não desaparece completamente. Torna-se parte daquilo que somos, influenciando nossas escolhas, nossos medos, nossas esperanças.

            E naquele reencontro, não havia mais a urgência dos anos 90, nem a ingenuidade dos primeiros sentimentos.

            Havia algo mais profundo: uma aceitação tranquila do que foram e do que ainda poderiam ser, mesmo que de maneira diferente.

            A música, inevitavelmente, voltou a surgir.

  Please forgive me, if I need you like I do…

            Eles riram ao perceber como aquela canção ainda os atravessava. Não como antes, mas com uma nova camada de significado.

            Antes, era promessa. Agora, era memória. E, de certa forma, também era reconciliação.

            Porque talvez o amor não seja sobre permanecer juntos, mas sobre aquilo que permanece em nós, independentemente das circunstâncias.

            Ao se despedirem, não houveram promessas grandiosas. Não houveram tentativas de recuperar o que o tempo já havia transformado.

            Houve apenas um entendimento silencioso de que aquele encontro, mesmo interrompido, nunca foi em vão.

            Ele seguiu seu caminho com uma leveza diferente.

            Não porque tivesse recuperado algo perdido, mas porque finalmente compreendeu que certas histórias não precisam de continuidade para terem significado.             Elas existem como fragmentos de eternidade dentro de nós, lembrando-nos de quem fomos e, de alguma forma, de quem ainda somos.

            E assim, entre lembranças, músicas e o lento passar dos anos, ele entendeu que o amor — aquele amor dos anos 1990 — não havia terminado.

            Apenas havia aprendido a existir de outro jeito.

            Mas essa constatação não veio como um alívio imediato. Pelo contrário, trouxe consigo uma densidade nova, quase filosófica, como se o sentimento precisasse agora ser compreendido não mais pela emoção crua da juventude, mas por uma consciência amadurecida, atravessada pelo tempo, pelas perdas e pelas inevitáveis transformações do ser.

            Porque há uma diferença profunda entre sentir e compreender o que se sente.

            Na juventude, o amor se impõe. Ele não pede licença, não exige justificativa, não se preocupa com coerência.

             Ele simplesmente acontece, como um fenômeno natural, quase biológico, que toma o corpo e reorganiza o mundo ao redor.

            Já na maturidade, o amor se torna também um problema filosófico.

             Ele precisa ser interpretado, revisitado, questionado. E, ainda assim, escapa.

            Era isso que o inquietava.

            Como algo que aparentemente havia ficado no passado podia ainda pulsar com tanta presença no agora? Seria memória? Seria desejo? Ou haveria, de fato, uma dimensão do amor que transcende o tempo cronológico?

            A canção voltava, como sempre.

            Não mais apenas como trilha sonora de uma lembrança, mas como um texto, quase um tratado emocional condensado em poucos versos. Ele começou a ouvi-la com outro tipo de atenção, como quem tenta decifrar não apenas a música, mas a si mesmo através dela.

            Please forgive me, I know not what I do…

            Havia algo de profundamente humano nesse pedido. O reconhecimento da própria limitação.

            A consciência de que amar, muitas vezes, é agir sem plena compreensão das consequências. É errar, insistir, retornar. É desejar mesmo quando a razão aconselha o contrário.

            E então ele pensou: talvez o amor verdadeiro não seja aquele que acerta, mas aquele que persiste apesar do erro.

            Essa ideia o atravessou com força.

            Durante anos, ele havia tentado organizar sua vida sob a lógica da coerência. Escolhas racionais, caminhos previsíveis, relações que fizessem sentido dentro de um projeto de estabilidade.

             Mas aquele amor antigo — ou melhor, aquela presença contínua — desafiava essa estrutura.

             Não fazia sentido permanecer, mas permanecia. Não era útil, mas era essencial.             Não era atual, mas era vivo.

            E isso o levava a outra reflexão: nem tudo que é verdadeiro precisa ser funcional.

            Vivemos, pensou ele, numa época que exige utilidade de tudo — até dos sentimentos. Amar deve levar a algo: a uma construção, a uma família, a uma história contínua.

             Mas e quando o amor não leva a lugar algum, e ainda assim transforma tudo?

            Talvez esse seja o tipo mais raro de amor. Aquele que não se realiza externamente, mas que, por isso mesmo, se aprofunda internamente.

            Please forgive me, I can’t stop loving you…” novamente.

            Ele percebeu que essa frase já não era mais um lamento. Era quase uma constatação ontológica.

            Como se amar não fosse uma escolha, mas uma condição. Não algo que se inicia ou se encerra, mas algo que simplesmente é o que é em si mesmo.

            E então surgiu uma ideia ainda mais inquietante: e se o amor não pertencesse ao tempo?

            Se tudo o que vivemos está submetido ao tempo — nascimento, crescimento, declínio — talvez o amor seja uma das poucas experiências que desafiam essa lógica.             Não porque ele não mude, mas porque ele não desaparece completamente. Ele se transforma, se dilui, se reconfigura, mas não se anula.

            Ele se torna parte da estrutura do ser.

            Nesse ponto, a lembrança dela já não era mais apenas pessoal. Era quase simbólica.

            Representava não apenas um encontro específico, mas a possibilidade de um tipo de conexão que ultrapassa circunstâncias. Ela se tornava, em sua memória, menos uma pessoa concreta e mais uma ideia viva — a ideia de que é possível tocar o outro de maneira irreversível.

            E isso o levou a uma pergunta inevitável: quantas pessoas carregamos dentro de nós sem percebermos?

            Talvez sejamos feitos não apenas do que vivemos, mas de todos os encontros que nos atravessaram profundamente.

            Pessoas que, mesmo ausentes, continuam operando silenciosamente em nossas escolhas, em nossos medos, em nossas formas de amar.

            Nesse sentido, ninguém vai embora completamente.

            E talvez seja por isso que a saudade dói de um jeito tão específico. Não é apenas a falta do outro — é o confronto com uma parte de nós mesmos que só existia na presença daquele outro.

            A música, mais uma vez:

            Please forgive me, if I need you like I do…

            Agora, essa necessidade não era mais literal. Não se tratava de querer a presença física, o reencontro constante, a reconstrução de algo perdido.

            Era uma necessidade mais sutil e, ao mesmo tempo, mais profunda: a necessidade de reconhecer que aquilo existiu e que continua existindo de alguma forma.

            Porque negar seria empobrecer a própria experiência de vida.

            Ele começou então a perceber que o reencontro não tinha sido sobre retomar, mas sobre legitimar. Como se ambos, ao se verem novamente, tivessem autorizado a memória a deixar de ser apenas nostalgia e se tornar compreensão.

            E há algo de profundamente libertador nisso.

            Quando deixamos de lutar contra o passado e passamos a integrá-lo, ele perde seu peso e ganha sentido. Não como algo que nos prende, mas como algo que nos compõe.

            Ainda assim, havia uma melancolia inevitável.

            Não a melancolia desesperada da perda, mas uma melancolia lúcida, quase serena. A consciência de que algumas coisas são belas justamente porque não permanecem da forma como começaram.

            Porque, se permanecessem, talvez se tornassem comuns, previsíveis, desgastadas.

            O tempo, nesse caso, não destruiu — refinou.

            Transformou o amor vivido em algo mais amplo: uma espécie de sensibilidade, uma abertura para o mundo, uma capacidade maior de sentir.

            E isso o levou a uma última reflexão, talvez a mais difícil de aceitar: nem todo amor é feito para ser vivido plenamente no plano concreto.

            Alguns existem como experiência formadora, como acontecimento interno, como marca. Não são histórias para serem continuadas, mas para serem compreendidas.

            E, paradoxalmente, são essas que mais permanecem.

            “Please forgive me…

            Dessa vez, ele não ouviu a frase como um pedido dirigido a ela. Mas a si mesmo.

            Perdoar-se por não ter entendido tudo na época. Por não ter sabido nomear o que sentia. Por ter deixado escapar algo que só mais tarde compreenderia em sua profundidade.

            Mas também por ter vivido.

            Porque, no fim, não há erro em sentir intensamente. O erro, talvez, esteja em tentar reduzir o amor a algo que ele não é: simples, linear, controlável.

            O amor é excesso. É transbordamento. É aquilo que escapa.

            E naquele instante — já distante dos anos 1990, mas ainda atravessado por eles — ele finalmente aceitou que algumas histórias não precisam de conclusão.

            Elas continuam.

            Não no mundo visível, não nas rotinas compartilhadas, não nas promessas cumpridas.

            Mas no pensamento, na memória, na forma como vemos o mundo depois delas.

            E isso, de alguma forma, é uma forma de eternidade.

            A canção terminou.

            Mas, como sempre, deixou algo no ar.

            Não um vazio — mas uma presença silenciosa.

            Como o próprio amor.

            E foi nesse silêncio, mais eloquente do que qualquer palavra, que algo novo começou a se insinuar dentro dele.

             Não era a repetição da saudade, nem o retorno de uma dor antiga. Era diferente.  Mais suave, mais luminoso, quase como se o sentimento, depois de atravessar tantos anos e tantas formas, estivesse finalmente encontrando um modo de existir sem ferir.

            Porque há um momento — raro, mas possível — em que o amor deixa de ser ausência e se torna possibilidade.

            Ele não soube identificar exatamente quando essa mudança começou. Talvez tenha sido no instante em que deixou de perguntar “e se tivesse sido diferente?” E passou a se perguntar e se ainda puder ser, de outro modo?”.

            Essa pequena inflexão no pensamento abriu um espaço inesperado, como uma janela em uma casa antiga que, por muito tempo, permaneceu fechada.

            E pela primeira vez em muitos anos, a lembrança dela não veio acompanhada de peso, mas de leveza.

            Ele voltou a pensar naquele reencontro.

            No modo como os olhares se sustentaram sem pressa. Na forma como o tempo, por alguns instantes, pareceu suspenso — não como nos anos 1990, quando tudo era intensidade e descoberta, mas agora como um reconhecimento tranquilo, quase sereno, de algo que havia resistido.

            E se aquilo não fosse apenas passado?

            Essa pergunta, que antes pareceria ingênua, agora se apresentava com uma dignidade inesperada. Não como ilusão, mas como hipótese. Não como fuga da realidade, mas como abertura para ela.

            Porque, afinal, o que define o tempo de um sentimento?

            A cronologia ou a verdade que ele carrega?

            Ele começou a perceber que talvez tivesse sido rígido demais ao interpretar a própria história.

             Como se o amor só pudesse ser válido dentro de certos formatos: início, meio, continuidade. Como se tudo aquilo que escapasse desse modelo estivesse condenado à categoria de inacabado”.

            Mas e se o inacabado não for ausência de sentido — e sim excesso?

            E se algumas histórias permanecem abertas não porque falharam, mas porque não cabem em um único ciclo?

            A ideia o inquietou, mas também o aqueceu.

            Porque, ao pensá-la, ele não sentia mais apenas nostalgia. Havia algo de vivo, algo que apontava não para trás, mas para frente. Como se o passado, em vez de encerrar possibilidades, estivesse, na verdade, alimentando novas formas de existência.

            A música voltou, quase como se acompanhasse essa transformação interna.

            Please forgive me, if I need you like I do…

            Mas agora, havia um detalhe diferente: ele não ouvia mais essa frase como um apego ao que foi.

            Havia nela um pedido que também era convite. Como se o amor, mesmo transformado, ainda encontrasse caminhos para se manifestar.

            E então ele pensou nela — não como lembrança fixa, mas como presença possível no presente.

            Onde estaria agora? O que sentiria? Será que também carregava aquele mesmo eco? Ou teria seguido de forma mais leve, deixando tudo no passado?

            Essas perguntas já não doíam.

            Elas tinham, curiosamente, um tom de esperança.

            Porque, pela primeira vez, ele não precisava que as respostas confirmassem nada.

            Bastava saber que o vínculo existiu — e que, de alguma forma, ainda vibrava.

            E talvez fosse isso que o amor amadurecido oferece: não a necessidade de possuir, mas a capacidade de reconhecer.

            Reconhecer que houve verdade. Que houve encontro. Que houve transformação.

            E que isso, por si só, já é extraordinário.

            Ainda assim, algo dentro dele ousava ir além.

            Não como insistência, mas como delicadeza.

            E se o reencontro não tivesse sido apenas um fechamento, mas um recomeço silencioso?

            Ele se lembrou do último olhar que trocaram ao se despedirem. Havia ali uma pausa — breve, quase imperceptível — mas carregada de algo que não se disse. Não era arrependimento. Não era urgência. Era… possibilidade.

            Uma possibilidade tímida, quase envergonhada de existir.

            Mas real.

            E foi nesse ponto que ele compreendeu algo essencial: a esperança não precisa ser grandiosa para ser verdadeira.

            Às vezes, ela se apresenta em gestos mínimos. Em pensamentos que persistem.             Em uma música que insiste em voltar. Em um nome que, mesmo não sendo dito, continua habitando o silêncio.

            Ele não sabia se voltariam a se encontrar.

            Não sabia se o tempo, novamente, cruzaria seus caminhos de forma concreta. Mas isso já não era o mais importante.

            Porque, de alguma forma, eles já haviam se reencontrado em um nível mais profundo — aquele onde o passado deixa de ser distância e se torna presença integrada.

            E, ainda assim, havia espaço para o futuro.

            Um futuro que não precisava repetir o que foi, nem corrigir o que não aconteceu.  Um futuro que poderia simplesmente acolher aquilo que permanece.

    Please forgive me, I can’t stop loving you…

            Dessa vez, ele sorriu ao ouvir.

            Não havia mais conflito nessa frase.

            Amar não era mais um problema a ser resolvido, nem uma memória a ser superada. Era uma condição tranquila, quase serena, como quem aceita a própria história sem resistência.

            E, curiosamente, foi essa aceitação que abriu espaço para algo novo.

            Porque quando deixamos de nos prender ao que deveria ter sido, começamos a perceber o que ainda pode ser.

            Ele passou a caminhar com outra disposição.

            Os dias, antes atravessados por uma nostalgia difusa, começaram a ganhar uma tonalidade diferente.

             Não era euforia, nem expectativa exagerada. Era uma espécie de abertura — uma sensibilidade renovada para o encontro, para o acaso, para aquilo que a vida ainda poderia oferecer.

            E isso incluía, inevitavelmente, a possibilidade de revê-la.

            Mas, se isso acontecesse, não seria mais como antes.

            Não haveria a urgência da juventude, nem o medo de perder. Haveria algo mais raro: a escolha consciente de estar.

            Porque o amor que atravessa o tempo aprende uma coisa fundamental — ele deixa de ser necessidade e se torna presença.

            E presença não se impõe. Ela se oferece.

            Talvez, pensou ele, o verdadeiro reencontro ainda não tenha acontecido.

            Talvez tudo até agora tenha sido apenas preparação.

            Não no sentido de destino inevitável, mas de maturidade suficiente para que, se um novo encontro acontecer, ele seja vivido de forma inteira — sem as interrupções do medo, da imaturidade ou da falta de compreensão.

            E, se não acontecer, ainda assim estará tudo bem.

            Porque o amor já cumpriu seu papel mais profundo: transformá-lo.

            Ainda assim, ele não negava — havia um desejo suave, quase silencioso, de que a vida lhes desse mais uma chance. Não para repetir o passado, mas para reinventá-lo.

            Para olhar novamente, mas com outros olhos.

            Para tocar, mas com outra consciência.

            Para amar, não apesar do tempo, mas através dele.

            A noite caiu devagar, como nos anos 1990.

            E, por um instante, ele teve a sensação de que o tempo não era uma linha, mas um círculo — onde certos encontros não se perdem, apenas aguardam o momento certo de se revelar novamente.

            A música, como sempre, encontrou seu caminho de volta.

            Mas dessa vez, não trouxe apenas memória.

            Trouxe futuro.

            E, no silêncio que se seguiu, ele percebeu que o amor — aquele amor — já não era apenas saudade.

            Era também esperança.

Clayton Alexandre Zocarato

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O desabafo

Sandra Albuquerque: Poema ‘O desabafo’

Sandra Albuquerque
Imagem gerada pela IA do Grok – https://grok.com/c/902cfb86-be0e-4cf7-ae5d-08b4c965f493?rid=1df541ab-0c6a-4517-8ffe-63aceb43af6b

Ah, Painho!
Eu, aqui nesta terra de chão vermelho
Descalço, sentindo a quentura que do vapor sobe
Contrastando com esta brisa que levemente soa
E olhando as gaivotas pairando no ar
Após o seu lindo bailado
Desenhando entre as nuvens baixas
Um espetáculo a parte.
Ah, Painho…
Que saudade do tempo da inocência
Da infância com os meus bisavós
Esta paisagem era bem diferente:
Os rios eram mais extensos e volumosos
As árvores eram amontoadas e os verdes se misturavam.
O aroma das flores diversas, porém inconfundíveis.
O homem respeitava a fauna e a flora
Cada um tinha seu habitat intacto.
A mãe Terra era feliz.
Todos os dias o sol vistava os povos e ao crepúsculo, despedia-se, dando lugar a noite que se aproximava, com a chegada, aos poucos da lua e das estrelas.
O plantio e a colheita eram contados pelas luas.
A mulher dava à luz, orientada pelas 9 luas.
Comíamos o que a Mãe Terra nos oferecia através do solo,das matas e das águas dos rios e mares.
Caçávamos e pescávamos, apenas, para a sobrevivência.
À noite acendíamos as fogueiras e dançávamos ao redor delas, até a hora de repousar os nossos corpos nas redes produzidas pelas mulheres de nossas aldeias.
E era através da melodia dos pássaros pela manhã e dos uivos que ouvíamos a noite que fazíamos sons que se transformavam em doces e ricas melodias.
E a tua sabedoria nos dava a noção de criar os instrumentos musicais.
Os contos dos antigos eram o nosso saber.
Era tudo tão perfeito!
De repente, o homem branco chegou e tudo ficou diferente.
A ganância levou as nossas riquezas embora .
Agora é erosão, desmatamento, queimadas e extinção.
Trocaram a pureza pelo efeito estufa: o aquecimento global.
E o tempo agora é o nosso maior inimigo.
Ah, Painho!…
Que saudade que dá !

Sandra Albuquerque

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