julho 30, 2026
Maestro rural
Irrational paranoia
Traje tradicional
A guerra em primeira pessoa
Pincesa Isabel
A Reinvenção do Ofício
De los tiempos oscuros
Últimas Notícias
Maestro rural Irrational paranoia Traje tradicional A guerra em primeira pessoa Pincesa Isabel A Reinvenção do Ofício De los tiempos oscuros

Maestro rural

image_print

Hermógenes L. Mora

‘Maestro Rural: un testimonio de la ternura encarnada’

Hermógenes L. Mora
Hermógenes L. Mora
Madia Gisselle Morales Soza (Santo Tomás, Chontales, Nicaragua) es maestra en Didácticas Específicas con especialidad en Didáctica de la Lengua y posgrado en Gestión y Calidad de la Educación. Labora en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, Managua. (CUR Chontales).
Madia Gisselle Morales Soza (Santo Tomás, Chontales, Nicaragua) es maestra en Didácticas Específicas con especialidad en Didáctica de la Lengua y posgrado en Gestión y Calidad de la Educación. Labora en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, Managua. (CUR Chontales).

La profesora y poeta chilena Gabriela Mistral escribió un poema en el que ella misma se siente protagonista de la historia relatada a través de sus versos. En el poema, Gabriela cuenta cómo una maestra rural soporta inclemencias tanto del tiempo como de muchas madres que no saben apreciar su trabajo.

En una estrofa que cito a continuación, cuenta cómo una maestra sufre de críticas maliciosas en perjuicio de su persona. Al final describe su afán por enseñar a los niños de la comunidad, y revela que el esfuerzo no ha sido en vano. Cito a continuación la estrofa completa:

Campesina, ¿recuerdas que alguna vez prendiste
su nombre a un comentario brutal o baladí?
Cien veces la miraste, ninguna vez la viste
¡y en el solar de tu hijo, de ella hay más que de ti!

«Yo fui maestra rural», de la poeta y educadora nicaragüense Madia Morales, es un testimonio lírico de altísimo valor humano, histórico y pedagógico. Escrito desde la madurez de la memoria, la voz poética reconstruye su vivencia en las comarcas y comunidades del interior de Nicaragua, articulando una propuesta donde la poesía y la vocación docente se funden en un mismo acto de creación y entrega.

En este escrito se hace presente la poesía testimonial y la lírica de acento cotidiano de Nicaragua, el poema no solo recupera la atmósfera del campo —con sus aromas, su flora, su fauna y su geografía lacustre—, sino que sitúa la experiencia educativa en un periodo de profunda efervescencia y conflicto: la década de los años ochenta.

Lejos de la grandilocuencia o la trinchera ideológica rígida, Morales opta por una épica de la ternura, en la que el aula campesina se transforma en un refugio de luz, dignidad y resistencia interior en esta tierra de pólvora y miel.

Historias como las de la poeta Madia hay muchas; es el caso de una chica de nombre Mayra Irina Aguilar (22 años) oriunda de San Juan de Nicaragua. Mayra viaja hasta La Esperanza, un pequeño poblado de la comunidad llamada Delta, situada en el punto de bifurcación donde el río San Juan y el río Colorado dividen sus aguas. No hay acceso terrestre para el transporte, esto se debe a que la zona es pantanosa.

En la esperanza, Mayra es la esperanza para la escuelita rural donde imparte multigrado. Aguilar viaja a diario desafiando el peligro, pese a su juventud, su amor por la enseñanza va más allá de soportar largas caminatas y fuertes torrenciales.

Es en honor a todos los maestros rurales que la poeta Madia Morales escribe su canto. Ella misma a sus diecisiete años prestó servicios en la comunidad Puerto Díaz ubicada a unos veintiocho kilómetros de Juigalpa, Chontales y que a la fecha se le conoce como Puerto San José del Lago (San José del Lago) por formar parte de la zona lacustre del gran lago Cocibolca.

A través del análisis del escrito de Madia, de su estructura formal, su riqueza simbólica, su anclaje geográfico e histórico y su tono casi elegíaco, el presente estudio explora cómo el poema trasciende el mero recuerdo personal para convertirse en una definición poética del aprendizaje y en un tributo a la comunidad educativa de las zonas rurales de Nicaragua.

Yo fui maestra rural

Yo fui maestra rural,
donde el amanecer olía a leña húmeda,
y a tierra bautizada de rocío.
Ahí donde las manos laboriosas,
hacían florecer el pan en la mesa
como una humilde espiga de luz.

Fui maestra en aquellos campos donde el viento
aprendía el nombre de los árboles.
Ahí donde la práctica enseña
que es el amor por los niños
lo que cincela la verdadera humanidad.

En aquel diáfano y verde espacio vi cómo
la paciencia tiene manos de ternura,
y que enseñar a los niños
es tocar su alma,
como toca la lluvia a la semilla:
sin ruido y abundante vida.

Y fui maestra rural en los años ochenta,
esos que rugían
con su polvo de guerra
y sus horizontes de pólvora.

Pero allá,
entre los maizales, los potreros
y el canto obstinado de los zanates,
la tiza dibujaba pequeños amaneceres
sobre la pizarra negra,
mientras la infancia
encendía su lámpara de sueños.

—Maestra, usted debe alimentarse
con sustancia de cabeza de gaspar—
me decía una madre,
con la sabiduría antigua del lago.

Y sin más espera me la servía
como quien sirve esperanza en un tazón de barro.

Las veredas recorridas cada mañana,
los amaneceres con olor a rocío y a madera,
las puertas abiertas,
las miradas limpias,
la campana de aquella escuelita
deshojando el día;
los cuadernos donde florecían las letras
adornadas de versos;

todo ello fue modelando mi destino
como el río pule la piedra
o como el alfarero
acaricia el barro con paciencia.

Enseñar
es sembrar luciérnagas en la noche de los otros,
es dejar un poco de sol
en unas manos pequeñas,
es aprender,
mientras se enseña,
el antiguo oficio de amar la vida.

Análisis del poema

En la tradición lírica nicaragüense, la memoria histórica suele vestirse de épica, épica de trinchera o de manifiesto político. Sin embargo, en «Yo fui maestra rural», la profesora Madia Morales realiza un gesto radical: desplaza el eje de la narrativa de los años ochenta desde el estruendo bélico hacia la quietud germinal del aula campesina. No niega el conflicto —los «horizontes de pólvora» y el «polvo de guerra» están ahí como un trasfondo insoslayable—, pero decide oponerle la «tiza dibujando pequeños amaneceres». Hay en este escrito una ética de la resistencia que no se fundamenta en las armas, sino en el acto cotidiano de nombrar el mundo.

Es un texto de una enorme delicadeza humana y un profundo arraigo histórico e identitario. configurado en verso libre distrófico (estrofas de desigual número de versos, desde tercetos hasta estrofas de nueve versos). No busca la rigidez de la métrica clásica ni de la rima consonante, sino que encuentra su ritmo en la cadencia natural del habla campesina y lírica.

Desde el punto de vista del desarrollo simbólico, el poema establece una profunda dialéctica entre la naturaleza y la técnica artesanal. La labor docente no se concibe como una imposición doctrinaria ni como un ejercicio vertical del saber, sino como un proceso de moldeado orgánico: el alfarero que acaricia el barro, el río que pule la piedra, la lluvia que toca a la semilla «sin ruido y abundante vida». Es una pedagogía del asombro y de la escucha. El docente no es un emisor absoluto, sino un sujeto transformado por la comunidad que lo acoge.

Este diálogo se materializa de manera soberbia en la estrofa del tazón de sopa de gaspar. La inserción de la voz popular:

—«Maestra, usted debe alimentarse…»— no solo territorializa la lírica en la cuenca del Cocibolca y la geografía lacustre, sino que subvierte la jerarquía del conocimiento: el saber ancestral del pueblo nutre al educador. La comida servida en barro es metáfora de la comunión, donde la hospitalidad campesina se convierte en la más alta forma de la dignidad. La entrega de la sopa simboliza la comunión entre la comunidad rural y la maestra.

Estructuralmente, Morales opta por un verso libre de ritmo pausado, sustentado en la anáfora reiterativa del pretérito (Yo fui… / Fui… / Y fui…). Esta construcción no responde al mero capricho formal, sino a la cadencia del testimonio oral, de quien se sienta a rememorar junto a la leña. La musicalidad fluye sin la rigidez de la métrica clásica porque busca parecerse al cauce natural del habla cotidiana, elevándola a categoría poética mediante imágenes de altísimo vuelo sensorial (el olor a leña húmeda, el viento aprendiendo el nombre de los árboles, la campana deshojando el día).

«Yo fui maestra rural» trasciende el marco de la autobiografía para convertirse en un tratado de filosofía pedagógica. Madia Morales nos recuerda que la verdadera educación es un oficio de penumbra y destello: «sembrar luciérnagas en la noche de los otros». En un entorno donde la historia amenazaba con devorarlo todo, el poema rescata la infancia como el territorio sagrado donde la luz todavía es posible. Transforma la memoria de la educación rural en una epopeya cotidiana. Logra un equilibrio formidable al contraponer el estruendo de la guerra con la ternura silenciosa del aula campesina, dejando como mensaje final que enseñar no es transmitir datos,

Es, en última instancia, una obra de una profunda honestidad lírica, que rechaza el panfleto para abrazar la dimensión más perdurable de la poesía: el antiguo y silencioso oficio de amar la vida.


Hermógenes L. Mora

Voltar

Facebook

Hermogenes L. Mora
Últimos posts por Hermogenes L. Mora (exibir todos)

Deixe um comentário

O seu endereço de e-mail não será publicado. Campos obrigatórios são marcados com *

PHP Code Snippets Powered By : XYZScripts.com
Social media & sharing icons powered by UltimatelySocial
Acessar o conteúdo